“Los toros”, libro que retrata lo mejor de la fiesta brava


“Los toros”, libro que retrata lo mejor de la fiesta brava en palabras de su creador.

Durante años, Jesús Sotomayor acudió de la mano de su padre a las plazas de toros y junto a él, aprendió el amor del arte taurino, sin imaginar que años más tarde, esas vivencias se verían materializadas en su libro “Los toros”, una compilación de lo mejor de la tauromaquia.

“Los toros” fue presentado la tarde del jueves en el centro de convenciones Posada del Río en la ciudad de Gómez Palacio, ahí su autor Jesús Gerardo Sotomayor Hernández, acompañado del especialista en crónica taurina y comentarista deportivo Heriberto Murrieta, habló sobre los inicios del libro y cómo la idea original cambió hasta dar el resultado que ahora se puede adquirir por tan solo 150 pesos.

Inicialmente el libro buscaba ser un punto de encuentro entre taurinos y antitaurinos, pero Sotomayor se encontró con que las personas que no apoyaban la fiesta brava, no accedían a hablar para plasmar su pensamiento, lo cual lo llevó a dar un giro en el libro.

“Cargué mi suerte simplemente a que fuera algo de sentimiento y de mi gusto por la fiesta brava, en donde relato cómo fueron mis inicios, por qué me gustaron los toros, sobre todo por los espacios de convivencia con mi padre, él siempre fue un hombre muy ocupado y lo que yo más recuerdo es cuando convivíamos en una plaza de toros”, señaló el autor del libro.

Su padre, quien también estuvo presente en el evento, no imaginaba que la esta a donde solía llevar a su hijo lo influenciaría de tal manera, hasta llevarlo a escribir el libro, donde se abordan las historias de toreros mexicanos y el respeto que debe de haber hacia el arte de la tauromaquia.

Por su parte Heriberto Murrieta, celebró la creación del libro pues argumentó que hay muy poca literatura taurina, aún y cuando el tema es muy grande y se puede desarrollar bastante bien, además señaló que esta actividad ha sido usada de una mala manera.

“La fiesta está siendo tomada como moneda de cambio política, debemos recuperar los valores en lugar de romper tradiciones, aquí hay mucho arte, pues el torero tiene 15 minutos para hacer una obra de arte con un acompañante en movimiento, aquí no caben los errores”, destacó el comentarista.

José Tomás en Aguascalientes 

En la ciudad de Aguascalientes se presento una obra literaria considerada de colección para algunos bibliófilos taurinos, se trata de José Tomás, hombre, torero y mito, de la cual sólo existen 199 ejemplares.

Durante la presentación oficial la alcaldesa de Aguascalientes, Tere Jiménez, señalo que la obra literaria contiene una selección de grabados del artista Vicente Arnás, quien plasmó parte de la personalidad del torero español.

El prólogo de esta obra fue realizado por el poeta y escritor, Felipe Benítez Reyes, e incluye poemas de Mauro Armiño.

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El extraño caso de Pagés


Estar ayer en La Maestranza fue un milagro. Según el servicio de comunicación de la empresa no había hueco -“no hay espacio”- para un medio generalista como EL ESPAÑOL. 

La acreditación pedida desde finales de marzo, el primer e-mail negativo un viernes a deshora algunas semanas después y los tonos en el teléfono ausente de José Enrique Moreno confirmaron el extraño caso de Pagés: subir los precios a la afición, como bien explicó Taurología, y no encontrar hueco para que algunos periodistas hagan su trabajo. 

Reyes de la sutileza. “¡No vengáis!”, ahogan un grito. Quieren a toda costa dejar de dar toros y no saben cómo. La empresa lleva décadas planteándolo y ahora ya se les ha sumado su gabinete de comunicación. Alguien debería acceder al ruego, liberarlos del marrón. Luego ocurre que hay tardes de no hay billetes y los que venimos a trabajar acabamos buscándonos la vida para hacerlo sin pagar. O salta el milagro. Gracias, jefe. La Maestranza es como esa mujer guapísima que sale con un idiota; peor: un torpe.

La solución: “dos o tres entradas sueltas”. Las terribles migajas, la palmada en el hombro, el favor no pedido. Ah, la televisión. Hacer una feria a través de la tv es mirar a una pecera, artificial, profilactico, guiado, un paquetito. Periodismo es estar en los sitios. “Le comunicamos que podemos atenderle los días 29 de abril y 6 de mayo”, decía, telegráfico, su último mail. 

Necesito el B1 de mal empresario.

Juan Diego Madueño.

Fuente: El Español

Entrevista: Díaz Cañabate por Joaquín  Vidal

Publicada en El País el 6 de Julio de 1979.

En otoño aparecerá el tomo quinto de Los Toros, el tratado de tauromaquia que dirigió José María de Cossío. En enero, el sexto. Todo el tomo quinto, y aproximadamente la mitad del sexto, están dedicados a biografías de toreros. El resto son trabajos monográficos con los que se completa la actualización de la obra cumbre entre cuantas han sido dedicadas al espectáculo taurino. 

Habrá, como capítulo fundamental, un estudio sobre el toreo contemporáneo , escrito por Antonio Díaz Cañabate, que es quien dirige la realización de los dos nuevos volúmenes y es entrevistado por Joaquín Vidal.

Los Toros es el título de mayor difusión de cuantos lleva editados en su historia Espasa-Calpe, y por tanto el de mayor rentabilidad, y aún ahora, casi cuarenta años después de su primera edición, se reciben pedidos de todo el mundo 
Su actualización es un intento que la editora inició hace más de diez años, pero se encontró con la negativa de José María de Cossío, quien había decidido no escribir ni una letra más sobre el tema. Después se encargó a Antonio Díaz Cañabate quien aceptó, pero tuvo muchas dificultades para llevarlo a cabo. 

Cañabate había participado en la redacción de los primeros volúmenes.

Pregunta. ¿En qué parte de la obra intervino usted fundamentalmente?

Respuesta. En las biografías. Pero antes le contaré cómo conocí a Cossío y cómo entré en Espasa-Calpe, pues es curioso. Fue durante nuestra guerra. El año 1937. A mí me gustaba mucho recorrer los puestos de libros, que abundaban en Madrid y donde había gran cantidad de ejemplares de segunda mano, seguramente porque mucha gente vendía sus bibliotecas o parte de ellas, naturalmente por necesidad, y desde luego por el afán de leer que había entonces. Un día encontré el Epistolario para amigos, de Cossío, a quien no conocía. Poco tiempo después nos presentó mi primo Antonio Garrigues, y le hablé de mi compra. Le causó gran sorpresa, pues, según me dijo, tenía toda su obra recogida en su casa de Tudanca, y le faltaba precisamente ese libro, cuya edición, limitada y numerada, se había agotado. Entonces tuve la atención -por otra parte, lógica- de regalárselo. Nos hicimos muy amigos. Desde 1935 estaba Cossío en la tarea de dirigir y escribir Los Toros para Espasa-Calpe, por encargo expreso de José Ortega y Gasset, y necesitaba colaboración. Por otro lado, yo era un ciudadano absolutamente indocumentado, y corría el riesgo de que me metieran en la cárcel por este motivo. No tenía carnet de nada. Ni siquiera disponía del recurso que utilizó mi amigo Pepín Bello, el cual, un día que los guardias le pidieron en la calle la documentación, exhibió su acreditación del congreso antipalúdico, que se celebraba en aquellas fechas, y no sólo le sirvió, sino que los guardias se pusieron firmes. Bueno, pues al conocer mi problema, Cossío me ofreció entrar como colaborador en Espasa Calpe, con lo cual, además de ayudarle en el trabajo de Los Toros, podrían facilitarme un carnet de trabajador de UGT; ya ve usted: de UGT. Aquellos eran unos tiempos curiosos.


P. ¿Cuándo empezó usted a trabajar en los dos tomos que van a aparecer en breve?



R. En realidad, hace un par de años, aunque el asunto colea desde hace siete o más. Fue precisamente José María de Cossío quien propuso que dirigiera yo la continuación de la obra. Y acepté, pero con la condición de que siguiera figurando él como autor. Es perfecta mente lógico, pues, si usted se fija, nadie dice Los Toros, sino el cossío; la fama y el prestigio de José María a raíz de la aparición de este tratado son enormes, desde luego incomparables con mi relativa y modestísima popularidad. Bien, pues me metí de lleno en el encargo. Pero no puede hacerse ni idea de los quebraderos de cabeza que tuve, principalmente porque no encontré colaboradores.


P. Parece raro, pues son muchos los escritores especializados en temas taurinos.

R. No se crea que tantos; me refiero a los que sean medianamente inteligentes. Y los que valen no pudieron, o no quisieron, colaborar. El panorama, en estas circunstancias, era negrísimo. ¿Cómo iba a afrontar yo solo tarea de tanta envergadura? De manera que, aunque esbozado el proyecto, quedó un poco olvidado. Hasta que hace un par de años o tres (no se fíe mucho de mi memoria, que soy fatal para la cosa esta de las fechas), conocí circunstancialmente a Juan José Bonifaz y me enteré de que, simplemente por afición, llevaba años recopilando datos biográficos de toreros, por cierto con muy buen método, y tenía la friolera de 8.000 fichas. ¡Qué hallazgo! Me dije: «Este es el hombre». Y resucitó lo de el cossío, y todo lo llevé a Espasa, llegamos a un acuerdo (mejor dicho, llegaron, pues en la parte económica no entro), y de inmediato nos pusimos a trabajar.

P. Es evidente que el biógrafo era la clave para continuar la obra.



R. ¡Hombre, claro! A ver, si no, de dónde iba a sacar las historias de todos los toreros que ha habido desde 1967 (fecha de publicación del tomo cuarto), que son un disparate. Para el resto, en cambio, ya era más fácil todo, y prácticamente está hecho. Fernández Cuenca ha escrito un capítulo sobre los toros en el cine; García-Ramos, sobre la reglamentación taurina; Lafuente Ferrari, sobre bellas artes, etcétera.


P. ¿Y usted?

R. He escrito la disertación, que viene a ser continuación de la que hizo Cossío en el tomo primero. Hablo del toreo de nuestro tiempo y lo juzgo en relación con una pérdida de interés notable, que es consecuencia del afeitado, de la influencia de los apoderados y de la irrupción del toreo cómico disfrazado de toreo serio. Aquí me estoy refiriendo a El Cordobés, naturalmente.


P. No le gustaba, ¿verdad?

R. ¿A mí? ¡Quite usted! Ni me gustaba, ni le admiraba, ni me creí jamás todo lo que le inventaron, incluido lo de la genialidad y el valor. Fue un torero nefasto para el espectáculo. Mejor dicho, es, porque tengo entendido que vuelve. ¿Usted sabe por qué vuelve este señor?


P. Pues a ciencia cierta, no; al parecer, añora la popularidad.



R. Lo que hay que oír. En fin, me trae sin cuidado, pues estoy totalmente al margen del mundo taurino. No me interesa.


P. Quizá no le interesó nunca. Se dice incluso que a usted le aburría ir a los toros.

R. Este es un asunto que voy a aclarar, ahora que me brinda la ocasión, aunque ya lo he hecho otras veces. A mí no me aburre ni me aburrió nunca la fiesta de toros; por el contrario, me apasiona. Lo que en cambio me aburría soberanamente es esa fiesta que nos impusieron los apoderados y los empresarios después de la guerra, y sobre todo en los años sesenta. Le quitaron el instinto al toro, con lo que el espectáculo perdió emoción; los toreros no tenían personalidad y redujeron su técnica a los dos pases, con lo cual el toreo carecía de variedad y belleza. Yo había conocido la etapa anterior, la de los grandes maestros, con el toro íntegro y de casta, y, por tanto, no me podía gustar lo que vino después. Así que vamos a precisar: soy un enamorado de la fiesta de los toros; no de este sucedáneo. Algo parecido me ocurre con Madrid, al que quiero con toda mi alma, pero no me va este Madrid de cemento y ruidos que nos han hecho.


P. Aquello de «los dos pases» fue una feliz definición suya que podíamos leer habitualmente en sus crónicas, las cuales, por cierto, eran muy ingeniosas y tenían lectores fieles. ¿Por qué dejo la crítica taurina?



R. Es usted muy amable y le agradezco sus palabras, pero esa no es la realidad. Mis crónicas valían muy poco. En realidad estaba harto, y por eso lo dejé. Tengo ahora una sensación muy acentuada de que perdí miserablemente el tiempo durante los quince años o por ahí que ejercí de crítico. Por dedicarme a esto, dejé de hacer otras cosas más importantes, escribir libros, y así. Empleé mis años mejores en una labor que no sirvió para nada.


P. No estoy de acuerdo. Usted hizo mucho bien a la fiesta.

R. Quizá, sí, era de los pocos críticos independientes que no iban a la peseta -cuando yo empecé, esto es cierto, el panorama de la crítica era lamentable-, y se tuvo que notar. Pero eso es todo. Peleé inútilmente por una causa perdida Ahora, con mis 82 años, miro hacia atrás y pienso que me equivoqué al aceptar la crítica taurina. No siento absolutamente ninguna satisfacción por haberla ejercido, y, por supuesto, no la echo de menos en absoluto.


P. ¿Antes de Abc no había hecho crítica taurina?

R. Nunca. Tenía una colaboración semanal en El Ruedo, que titulaba El planeta de los toros (más de quinientos artículos), y firmé cuatro crónicas en los cuatro únicos números que se publicaron de una revista que se llamaba La fiesta nacional. Nada más. En realidad no me dediqué a escribir en serio hasta después de la guerra, cuando ya había cumplido los cuarenta años. Esporádicamente lo había hecho en diversas revistas, pero sin pensar que me iba a dedicar a esto. Mi debut es curioso: fue el año 1931, en Le Figaro, fíjese, Pierre Brisson me pidió que escribiera, desde Madrid, una sección fija sobre la España republicana. Por razones de seguridad, en la firma utilizaba mi segundo apellido, Viteri. Me pagaban bien, pero tenía que ir a cobrar a París. Y me venía fenómeno, porque cada quince días me largaba a París y allí me gastaba: muy bien los cuartos. ¡Qué recuerdos! Después de la guerra colaboré en Arriba, Semana, La Gaceta del Norte, Heraldo de Aragón, etcétera. Yo tenía la carrera de abogado y preparé las oposiciones a secretario sindical, pero me salió mal aquello. De forma que me dediqué a escribir, que era lo que de verdad me gustaba. En Abc entré con Luis Calvo, entonces director del periódico, a quien conocí en casa del médico Eusebio Oliver, que era amigo común. Me dijo que me había leído, y me propuso escribir un artículo. Lo hice: relaté una conversación entre Pío Baroja y Gallito en casa de Sebastián Miranda, y parece que gustó. A partir de ahí colaboré asiduamente, siempre con artículos costumbristas. La cuestión de la crítica taurina fue en 1957. Era el crítico titular José María del Rey, Selipe, y no sé qué pasó, pero el hecho es que cesaba, y Luis Calvo, que tuvo necesidad urgente de nombrar un nuevo crítico, se acordó de mí. En principio no acepté, pero Calvo insistió mucho, y como éramos muy amigos no podía defraudarle. Así que, inesperadamente, y sin haberlo buscado, me vi crítico taurino. Me hizo polvo Luis Calvo, caramba.


P. ¿Y eso?

R. Pues ya le decía: pienso ahora que no debí meterme en esto, pues debí escribir otras cosas. Obligado a ver al año más de cien corridas, al llegar a la feria del Pilar estaba exhausto. He de reconocer que cogí una época mala, de gran monotonía en el toreo. Cómo estaría de despersonalizado el escalafón de matadores, que en una corrida de Bilbao llegué a confundir a Fermín Murillo con Paco Camino. ¡Qué barbaridad! Es algo que no ocurría con el toreo de la preguerra.


P. ¿Para usted la vida ha sido bonita, o un trago amargo que hay que pasar?

R. Bonita. He tenido suerte. Me he divertido todo cuanto he podido y además me he codeado con lo más selecto de mi generación. Mis mejores amigos han sido Ortega y Gasset y Zuloaga, unas personalidades cuya categoría no es preciso ponderar. Recuerdo un año que nos fuimos los tres a los carnavales de Munich…. Bueno: eso no se lo cuento. En fin, que he vivido muy bien, quizá porque tampoco mis exigencias han sido muchas. En cambio, en lo que se refiere al dinero, no he tenido ninguna suerte; allá donde había un duro a ganar fracasaba estrepitosamente. Ya ve: a mis años sigo viviendo de esto, de las colaboraciones, cosas que me encargan. Menos mal que me divierte escribir esos articulitos costumbristas que caen tan bien a los lectores.

Sevilla: El clavel seco

Julipie.

Por El GuerraDe SOL y SOMBRA.

El ambiente en Sevilla estaba hasta las nubes en tarde de clavel, todo esto bajo un cielo caprichoso que anunciaba un cartel inmejorable: Morante, Juli y Talavante con toros de Domingo Hernández y Garcigrande.

Pero como el clavel del patio estaba seco, yo, entristecido por sus tristes males me refugie en el recuerdo de otras tardes de abril y no en las imagenes de un presente incierto, con presagios fatalisticos en el futuro para la fiesta.

Y es que los toros de DH y Garcigrande hicieron que las cosas se torcieran desde el principio. El primer toro pregonaba con su falta de casta, su nula embestida y su casi nula movilidad, lo que nos esperaba. Y, en efecto, nos esperaba una corrida absolutamente decepcionante por su bajísima casta y su juego pobre, toros apagados, sin chispa, aunque el quinto se saliera de esta tónica general.

Dos cosas quedarán una vez que el clavel se seco: Juli tiene una sobrada técnica, y Juli, para la crítica comercial, siempre está importante.


No importa si Julián abre las piernas como un compás y cita al toro encorvado para pegarle cualquier cantidad de muletazos rectilíneos en donde el toro da vueltas como amaestreado, siempre dejando una considerable distancia entre él y la bestia.

Pero para los que nos gusta “el toreo de inclusión” de Pepe Alameda, el toreo del Juli esta alejado de aquellos conceptos, pero muy cercano a una clase de toreo que tan bien describió Cañabete de la siguiente manera: ‘El público es el responsable de casi todo cuanto sucede en el ruedo. Mediatizado por la propaganda o por una crítica excesivamente benevolente e inexperta (…) ha dejado de exigir lo que siempre se había tenido por toreo auténtico’

Usted pensará que a mí me aburren los toros, pero mí no me aburre ni me aburrirá nunca la fiesta de los toros; por el contrario, me apasiona. Lo que me aburre soberanamente es una fiesta que nos estan vendiendo algunos ganaderos, apoderados y  toreros que nos quieren imponer un toro al que ellos denominan como “bueno” (noble, clase, que no necesita de puyas, etc.), pero muy alejado de todo aquello que define a un toro bravo (casta, fiereza, afán de lucha, bravo en varas…) Así, han acabado por imponer el buen toro que obedece, dócil, blando, tonto y que es lo que hoy se considera un buen toro, el toro bueno, así sin más.

Y con un toro bueno de Garcigrande el Juli hizo sonar la música y hasta le corto una oreja, pisoteando la categoría y la historia de una Maestranza que este año esta irreconocible.

Morante y Talavante por su parte no se encontraron con toros buenos, por el contrario se las vieron con cuatro vagones de carne sin ningún fondo y ambos toparon con pared.

Al final el clavel se seco y, con indiferente cercanía, qué loco ensueño se descubriría si alguien cavara un hueco entre el Juli y su toro. 

* Basado en el poema de José Ángel Buesa “El clavel seco” y un fragmento de una entrevista a Antonio Díaz Cañabate por Joaquín Vidal para el diario El País.

Twitter @Twittaurino

CRÓNICA SEVILLA. 2ª FERIA DE ABRIL: «No vuelvas a apuntarme a eso de Garcigrande»

El Juli. Foto Pages.

Por María Vallejo.  

Siguiendo mi querencia de buscar refugio en la ficción para resguardarme de la irresistible realidad que envuelve el toreo, volví preparar un sueño al que asirme en la tarde de hoy. Y puestos a soñar con una Tauromaquia mejor, soñé a lo grande. Soñé que la exigencia de rotundidad de la que les hablaba ayer no daría la espantá cuando llegasen las figuras. Soñé que El Juli, por respeto a los irredentos triunfalistas que agotaron el papel, tendría la decencia de pasarse cerca, al menos, una embestida. Y, por aquello de que en esto de los toros el tres es el número de la perfección, soñé también que la engalanada terna de esta tarde no tiraría por tierra el trapío maestrante. 

Pero mis sueños, nuevamente kamikazes, duraron exactamente el tiempo que tardó en Sevilla en sucumbir al destoreo de Julián y callar ante el insulto que supone para la seriedad de cualquier plaza de primera que se lidie una parada de bueyes como la que hoy ha traído Garcigrande.

Lo más destacable del primero de la tarde fue el acierto que tuvo el ganadero al bautizarlo como Despreocupado. Haciendo honor a su nombre, el burel paseó por el albero maestrante sin humillación, celo, ni casta algunas. Un crisol de cualidades ya característico en estas ganaderías que ahora llaman –con mucho comicismo– «de garantías». Por suerte, Morante de la Puebla, que como buen torero de arte no está tocado con la vara de la vergüenza torera, tuvo el detalle de irse a por el estoque tras la segunda tanda y ahorrarnos el sufrimiento de ver al inválido implorar un desenlace. El tercero, además de la mansedumbre que mostró desde que salió por chiqueros, tuvo la desventura de no caer en la gracia al torero de la Puebla, que optó por masacrarlo en la jurisdicción del varilarguero y pasaportarlo tras tres mantazos contados y un sainete con los aceros digno de mención. Para ser sinceros, pocos bureles son los elegidos por el sevillano. Y esa circunstancia, en tardes como la de hoy –en la que, a excepción del quinto, todos los hermanos de Chalado deberían haber corrido la misma suerte–, redunda en beneficio del talante del aficionado.

Lo más entretenido de la tarde llegó en el segundo capítulo. Un toro bizco de pitones, regordío y con cara de flor de loto, bautizado, para terminar de tomar el pelo al respetable, como Impetuoso. Pero no todo fue malo. A pesar de la anodina embestida del astado, que seguía la pantagruélica muleta de El Juli con la misma emoción que un carretón, esta tarde tuvimos la oportunidad de hacer turismo por la preciosa ciudad hispalense. El torero madrileño, fiel a su concepto, convirtió cada muletazo en un turibús, que comenzaba citando desde Triana y terminaba vaciando el pase enfrente de la majestuosa Giralda. En agradecimiento al viaje, el público sevillano, que esta tarde se dejó el latiguillo de la rotundidad en casa, aplaudió la labor de Julián, sin importar que el supuesto embajador del torero actual se hubiera visto podido por un toro renqueante, manso y de media embestida. Ya en el quinto, y tras una vergonzosa simulación del tercio de varas, El Juli volvió a poner sobre el albero ese don tan suyo para tirar de los toros y embarcarlos sin escapatoria en los viajes siderales de su muleta. 

Lastima que ese poderío que desde niño tiene el madrileño siempre vaya acompañado de un desajuste que clama al cielo y unas torsiones lumbares más propias de otro espectáculo que del arte de torear. Aún así, como los guardianes del rigor se habían tomado la tarde libre, Sevilla premió el destoreo de Julián con una oreja pobre, barata y de vergüenza.

El tercero fue un manso venido a menos que, a pesar de salir inédito del jaco, llegó sin fuerza a la muleta de Alejandro Talavante. El extremeño se cruzó e intentó hacer el toreo por ambos pitones, llegando a dejar naturales templados, de buen trazo, pero de nulo contenido. A pesar de la intrascendencia del pasaje, Talavante volvió a dejar claras las bases de un concepto puro y sobrio del toreo. Pero, por más quilates que tenga la muleta de un torero, es imposible que refuljan cuando no hay delante un toro con poder. Sabedor de ello y para suerte de los tendidos, Talavante abrevió con el último de los marmolillos que esta tarde salieron por los chiqueros sevillanos.

El fracaso ganadero, que privó a los toreros de expresarse en el ruedo, sigue consolidando a Garcigrande como una divisa de garantía. Y es que, efectivamente, la ganadería salmantina –como el noventa por ciento de las que cuentan con el beneplácito de las figuras– es ya garantía inexorable del petardo.

En las gloriosas décadas de los 30 y los 40, un tal Manolete llegaría esta tarde a la habitación del hotel diciendo algo así como “Camará, a mí no vuelvas a apuntarme a eso de Garcigrande”. Pero, que no se alarmen los que hoy taparon el cemento, las figuras seguirán llevando garcigrandes bajo el brazo en los carteles de relumbrón. Al fin y al cabo, tenemos la Fiesta que queremos.

Sevilla. Real Maestranza de Caballería. 2ª de la Feria de Abril. Lleno de «No hay billetes». Se lidiaron seis toros de Garcigrande y Domingo Hernández. Corrida mansa, mal presentada y pasada de kilos. Inválido el 1º; manso y descastado el 2º; manso y venido a menos el 3º; inválido y masacrado en varas el 4º y noble con movilidad el 5º; e inválido el 6º.

Morante de la Puebla: silencio y pitos tras aviso.

El Juli: palmas y oreja.

Alejandro Talavante: silencio y silencio.

Publicado en Por El Pitón Derecho

Feria de Abril: El toro antitaurino

El diestro Julián López, ‘El Juli’, durante el segundo toro de la tarde. PACO PUENTES.

Por Antonio Lorca.

La búsqueda incansable de la suavidad puede acabar con la fiesta de los toros. Y si no, al tiempo. Las figuras de hoy están empeñadísimas en ello y seguro que lo consiguen más pronto que tarde. Lo uno y lo otro: la suavidad total y la desaparición de la fiesta.

Mientras toreros como Morante, El Juli y Talavante no entiendan que el toro moderno, estos de Garcigrande o cualquier otro de los apetecidos y exigidos por ellos, carecen de la más elemental emoción, que es condición indispensable para la pervivencia de la fiesta, no habrá futuro despejado.

Gordos, los toros elegidos por las figuras, con las fuerzas muy justas, ahogados algunos de ellos a las primeras de cambio, pero nobles y bondadosos hasta la idiotez. Ese es el toro que expulsa a la gente de las plazas; ese es el toro que aburre y desespera; el toro antitaurino. Pagar 100 euros por un tendido de sombra y calarte hasta los huesos —cayó una fina lluvia durante todo el festejo— porque la tarde no estaba para llover y has dejado el paraguas en casa merece, al menos, el sufrimiento incontenible de una buena tarde de toros. Pero no; estos de Garcigrande no hacen afición. No fijan población taurina en las plazas más allá de espectadores ocasionales ávidos de diversión y orejas facilonas.

Una cortó El Juli al quinto toro de la tarde, que acudió con alegría al caballo, donde no lo picaron como es de rigor, lo que provocó la ovación del respetable, algo ya habitual en la Maestranza. Fue pronto en banderillas y llegó a la muleta con esa suavidad tan perseguida por su lidiador. Resultó, sin embargo, que las cosas no rodaron según lo previsto. El toro soltaba la cara, embestía de forma irregular y esta condición determinó una faena larguísima e intermitente, en la que hubo destellos de enorme torería con tiempos muertos, compases insulsos y hasta un desarme, que provocó un descanso momentáneo de la música, que volvió a las notas en cuanto el torero tomó de nuevo la franela. Oreja, al fin, de poco peso.

Quede constancia, no obstante, de que El Juli había toreado muy bien con el capote toda la tarde. A este quinto lo recibió con unas verónicas muy templadas y volvió por la misma suerte en el quite, que cerró con dos medias lentísimas. Mejor, si cabe, estuvo en el segundo. Lo recibió con tres verónicas y media de categoría, y, momentos después, lo quitó con dos chicuelinas lentísimas rematadas cada una de ellas con el envés del capote, que provocaron el delirio en los tendidos.

Ese es el toro que buscan las figuras, ese toro tan noble que se convierte en un juguete en sus manos, ese toro que encierra riesgo, claro que sí, pero parece un muñeco. Después, sucedió que no hubo faena de muleta; iba bien el animal por el lado derecho, pero en la segunda tanda vio el vestido del torero cuando pasaba cerca de sus muslos y el gesto extraño no le gustó a nadie, especialmente a El Juli. Y ahí se acabó la noticia. Una mirada furtiva y esquiva descompuso la faena.

Morante no tuvo su tarde; bueno, lo que no tuvo fue su toro, porque su ánimo parecía intacto. Un buey de carne fofa era su primero, tan docilón como parado desde que pisó el ruedo maestrante. Era el antitoro, ese que adultera la esencia de la lidia y la convierte en un espectáculo denigrante. Una ruina. El cuarto no le gustó al torero desde sus primeras embestidas al capote. Le dieron de lo lindo en varas y Morante, siempre a la defensiva, se lo quitó de encima —era una birria— de la mejor manera que supo.

Tampoco fue la ocasión propicia de Talavante, siempre tan esperado. Se lució en un quite por chicuelinas en el segundo de la tarde y ese fue todo su bagaje. Acelerado y destemplado se mostró con la muleta ante el segundo, que se acabó pronto, y al que dio pases de muy baja intensidad. El sexto engañó en el caballo y se quedó como un guisando en el tercio final. Hizo bien Talavante en no aburrir al personal y finalizó con brevedad.

He aquí el resultado de las exigencias de las figuras: una tarde desesperante. El toro antitaurino tiene estas cosas. A ver si se enteran…

GARCIGRANDE, D. HERNÁNDEZ / MORANTE, EL JULI, TALAVANTE

Toros de Garcigrande-Domingo Hernández, gordos, mansos, blandos, descastados y nobles.

Morante de la Puebla: casi entera (silencio);dos pinchazos, casi entera atravesada —aviso— y tres descabellos (pitos).

El Juli: dos pinchazos y estocada (algunas palmas);estocada —aviso— y un descabello (oreja).

Alejandro Talavante: pinchazo, casi entera y dos descabellos (silencio); dos pinchazos, estocada y un descabello (silencio).

Plaza de la Maestranza. Cuarta corrida de abono, 27 de abril. Lleno de no hay billetes.

Publicado en El País 

FRANCIA: NUEVA ESENCIA DE LA TAUROMAQUIA

Corrida de toros en el anfiteatro de Arles. IMAGEN: BERNARDO PÉREZ / EDICIÓN: PAULA CASADO.

Un concepto diferente del espectáculo y el creciente número de toreros, ganaderías y novilleros animan la fiesta de los toros en las plazas del sur del país.

Por Ruben Amón – Fotos Bernardo Pérez.

El anfiteatro romano de Arlés recupera su función litúrgica, hedonista y sociológica 20 siglos después de haberse erigido en el promontorio que otea la Camarga. Un combate estilizado del toro y el hombre. Una comunidad heterogénea que celebra un rito pagano, eucarístico. Y una voz metálica que resuena por los altavoces, anunciando la celebración de “una novillada cien por cien francesa”. La reivindicación del animador se recibe entre ovaciones. Y alude al paseíllo de una terna de chavales locales —Andy Younes, Tibo García, Adrien Salenc— que van a lidiar reses de seis ganaderías francesas. Imposible imaginarlo hace unos años.

Y no digamos hace unas décadas, cuando Simón Casas, empresario de Las Ventas desde esta misma temporada, formó el primer sindicato de toreros franceses con Nimeño I. Eran los únicos afiliados. Y estaban aislados, pero obstinados también en levantarse contra la discriminación que ejercía la colonización española. Se sentían exiliados, clandestinos. Soñaban con introducir la revolución de la tauromaquia francesa.

Francia constituye en 2017 un territorio autosuficiente de ganaderías (49), plazas (51), grandes ferias (7), toreros en activo (10), primeras figuras —Sebastián Castella, Juan Bautista, Lea Vicens— y profesionales en todos los ámbitos —empresarios, banderilleros, picadores…—, y su posición de minoría exótica y de marginación predispuso una conciencia de militancia y de autodefensa que ahora sirve de modelo de urgencia al complejo de superioridad español. Más aún cuando Cataluña ha dado por abolidas las corridas. Se antoja estrafalaria la situación de los aficionados catalanes, constreñidos a cruzar la frontera de los Pirineos para participar de un espectáculo reprobado en su tierra, seña en algún tiempo de la españolidad.


    
La paella y la sangría se consumen en Arlés con la avidez de la promiscuidad cultural. Y bailan flamenco los arlesianos. E identifican el anfiteatro romano como un templo identitario. Y lo abarrotan por fuera y por dentro, acompasando el pasodoble como el himno iniciático a la corrida de toros, aunque todos los festejos empiezan con la obertura de Carmen, la ópera del compositor francés Georges Bizet. Y aunque los altavoces proclamen el hito regional de la “novillada cien por cien francesa”.

No se trata de una apropiación, sino de una merecida y trabajada asimilación. Francia fue el primer país que declaró la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial (2011). Lo hizo cumpliendo con escrúpulo los requisitos técnicos y conceptuales de la Unesco —estética, tradición, creatividad, acervo…— y consolidando una protección cuyo origen se remonta a 1951, cuando se proclamó una ley que prohibía la tauromaquia —y las peleas de gallos, y el maltrato animal— excepto donde estaba acreditada una tradición continuada. Es la famosa excepción cultural. Es el caso de Arlés. Y de Nimes. Y de Béziers. Tres arenas señeras del sudeste francés que rivalizan con las ferias principales del suroeste. Sobre todo con Bayona, Dax, Mont-de-Marsan y Vic-Fezensac.

“La necesidad de defender la tauromaquia casi en una situación de asedio nos ha convertido en pioneros de las iniciativas políticas”, explica André Viard. Fue matador de toros. Escribe, pinta, filosofa. Y desempeña la presidencia del Observatorio Nacional de las Culturas Taurinas, cuya función activista y pedagógica tanto reivindica el valor ecológico, medioambiental de la tauromaquia como la justifica desde un punto de vista ético y estético. “España ha dado por descontado que el toreo iba a ser eterno. Y que no era necesario protegerlo. Por eso allí se ha reaccionado tarde. Ha predominado la desunión de unos y otros sectores. No ha sabido utilizarse el marketing, una de las armas que mejor emplean los animalistas. Y se ha incurrido en una desesperante pasividad”.


La alarma de la prohibición catalana estimuló la reacción. Los toros pasaban de la tutela del Ministerio de Interior a la cartera del Ministerio Cultura (2011). Se declararon patrimonio histórico cultural en 2013. Y se les garantizó una protección legislativa, inmune a las competencias que pretendieran atribuirse las comunidades autónomas. 

“La cuestión es que no basta únicamente con blindar los toros”, razona André Viard. “Hay que crear un modelo de espectáculo. Atraer a los públicos. Saber exponer las cualidades de la tauromaquia en este mundo complejo, globalizado. Francia necesita a España porque España es la casa madre de la tauromaquia. Y España necesita a Francia porque aquí hemos avanzado mucho en el camino del porvenir”.

Aficionados con voz y voto

El modelo francés muestra una adhesión desacomplejada a los toros, heterogeneidad de público, mezcolanza de generaciones e implicación de los espectadores. Muchas de las plazas llegan al extremo de “alojarlos” en las comisiones taurinas, organismos municipales donde los aficionados tienen voz y hasta voto en la confección de los carteles, en la expresión de sus preferencias. 

Desconcierta el silencio, la actitud observadora, a veces gélida, del público taurino francés, pero esta misma idiosincrasia cartesiana a medida de un partido de tenis perfila a un aficionado más culto, más instruido. Y más leído también, como invitan a pensar los escaparates de las librerías que jalonan las calles céntricas de Arlés.

En Francia hay 49 ganaderías, 51 plazas de toros y 7 grandes ferias.

Bullían en las fiestas de Semana Santa. Impresionaba la “españolización” de los hábitos festivos y hedonistas. Y se vivía la tauromaquia a todas las horas —encierros, festejos de recortadores camargueses— y en todas las modalidades. Incluida la tertulia vespertina del Ayuntamiento. O las clases prácticas de toreo de salón para aficionados.


Tiene Simón Casas razones para sentirse gratificado, reconocido. Su modelo de productor creativo en Nimes y de agitador de ideas representa hoy el hito embrionario de la tauromaquia francesa. Especialmente desde finales de los ochenta, cuando el visionario extorero atrajo al anfiteatro romano los grandes acontecimientos. Litri y Camino reaparecieron con el pelo blanco para dar la alternativa a sus hijos en 1987. Luego sobrevinieron los doctorados de Jesulín de Ubrique, Manuel Caballero, Chamaco, Cristina Sánchez, El Juli, incluso la reciente alternativa de Roca Rey.



“Los toros eran en Francia un espectáculo importado. Se nos discriminaba como franceses. Y nuestras plazas no eran sino colonias españolas. Ahora hemos arraigado la fiesta por nosotros mismos. No desde el revanchismo, sino desde la identificación y la asimilación. Vivimos el toreo como una fiesta nuestra, o también nuestra. Francia ha conseguido ser autosuficiente. Y no estoy hablando de chovinismo, sino del proceso con el que hemos revitalizado e integrado la cultura mediterránea del toro”, señala Simón Casas.

Francia necesita a España porque España es la casa madre de la tauromaquia. Y España necesita a Francia porque aquí hemos avanzado mucho en el camino del porvenir”.

La mejor evidencia se encuentra en el campo. Fue la antiquísima ganadería de Hubert Yonnet la primera que debutó en Las Ventas (1991). Y la pionera de una implantación ganadera que se extiende desde las Landas hasta la Camarga. Aquí, el toro de lidia, el toro bravo, se ha arraigado como el arroz. Se ha fortalecido con la sal. Y se ha multiplicado como símbolo de la marisma en la desembocadura del Ródano.

Bien lo saben Andy Younes, Tibo García y Adrian Salenc. Sus nombres resonaban en la megafonía de Arlés como valedores de una generación que ya no necesita cruzar la frontera para aprender el oficio y torear en el campo. Han podido mirarse en el espejo de las grandes figuras. Que son Juan Bautista y Sebastian Castella. Y que se hicieron toreros porque de chavales les estimuló que un compatriota suyo, Nimeño II, fuera capaz de abrir la puerta grande de Las Ventas cuando el adjetivo de francés tenía connotaciones peyorativas. O se observaba con el recelo de un exotismo.

Un toro de Miura malogró la carrera del maestro en 1989. Lo hizo en Arlés. Y la tragedia predispuso su suicidio, de forma que Nimeño II, hermano de Nimeño I, se convirtió en el primer mártir de la historia de la tauromaquia contemporánea. Y en el héroe de una revolución que convierte a Francia en la vanguardia de este espectáculo.

Es el viaje de la clandestinidad al reconocimiento. El viaje que hizo la Viridiana de Buñuel para torear la censura franquista. No requisaron la película en la frontera porque iba escondida entre los avíos de la cuadrilla de Pedrés. Y llegó a tiempo de estrenarse en Cannes, como alegoría de la libertad. Y como paradoja premonitoria de la coyuntura contemporánea de los aficionados catalanes. También ellos tienen que cruzar la frontera y acomodarse en los tendidos de Arlés para aplaudir a los artífices y protagonistas de una novillada “cien por cien francesa”.



Sebastián Castella
, máxima figura

Si Nimeño II puede considerarse el primer torero francés “aceptado” en el escalafón español, Sebastián Castella alcanzó la categoría de máxima figura. Llegó a torear hasta 90 tardes en 2006. Y consiguió en 2015 abrir por cuarta vez la puerta grande de Las Ventas. Son evidencias estadísticas de un torero de “ida y vuelta” que nació en Béziers, de padre español, pero que se terminó forjando en Sevilla, a la vera del maestro José Antonio Campuzano.


El mestizaje explica su acento andaluz y se añade a la peculiaridad de una madre polaca. Castella, como Juan Bautista, es referencia de las principales ferias contemporáneas y afronta su decimoctava temporada de matador en una posición de madurez. Un torero vertical, hierático, que tomó la alternativa en Béziers y que adquirió una gran repercusión en las plazas mexicanas. Torea en Sevilla el 5 de mayo y dos tardes en Madrid, en San Isidro, el 19 y el 26 de mayo.

Publicado en El País 

Sevilla: Torrestrella gana crédito

José Garrido. Foto info José Garrido (Twitter)

Por Ignacio SM.

El miércoles empezó el ciclo continuado de corridas de toros de la Feria de Sevilla, con tres toreros noveles y una ganadería de solera.

José Garrido, y los que se presentaban de matadores en Sevilla, Álvaro Lorenzo y Ginés Marín, se enfrentaban al hierro de Torrestrella, que tan buenas corridas ha echado en Sevilla, pero que últimamente no había estado al nivel esperado, aunque afortunadamente, parece que vuelve por sus sus fueros.

La corrida, bien presentada, con algún toro que se escobilló, ha sido encastada y ha tenido clase y nobleza, aunque ha carecido, en general de motor. Hemos comentado que si los toreros le hubieran dado más distancia en vez de ahogarlos con las cercanías, igual podríamos haber visto más, sobre todo en los tres primeros. Cuando los toros venían de lejos, con su inercia, y no se paraban, iban largos, pero cuando se paraban ya les costaba volver a arrancarse. Lo cierto es que los tres primeros, parecían que tenían más de lo que los noveles toreros les sacaron.

El cuarto fue el mejor del encierro, bravo y encastado, y con mucho recorrido. Garrido sí lo citó de largo, y le cuajó una buena faena. El toro fue muy ovacionado en el arrastre. Garrido cortó una oreja. A Lorenzo se le ha notado algo verde y Ginés Marín se ha quedado muy quieto en el último, el de menos clase de la tarde, pero no obtuvo recompensa.

@isanchezmejias

Publicado en Blogs Sevilla ABC

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