VÍCTOR BARRIO: El Yiyo ha vuelto a morir

Victor Barrio

Por  RUBÉN AMÓN.

Los turistas que recalan en Sepúlveda preguntan qué hace un capote colgando en la torre del reloj. Y quién es Víctor Barrio. Y por qué hay tantos periodistas en la plaza. La respuesta puede aclararse en la edición dominical de El Adelantado, cuya portada recrea la tragedia de Teruel. Que podía ser una pintura de Caravaggio en su «terribilità» y que expone al torero muerto sobre la arena, exánime, abandonado de vida.

Le han hecho la autopsia en Teruel como si fuera la muerte de Barrio un misterio. Y no hay otro misterio que el sacerdocio de la tauromaquia. Ni otra explicación que la cornada silenciosa de Lorenzo, cuyo pitón izquierdo alcanzó el corazón de Barrio como el escarpelo de un cirujano, y como Burlero hizo con El Yiyo. No se restringe la fatalidad a los matices del parte médico ni a la correlación histórica. Impresiona más todavía el tributo que una y otra tragedia le ha exigido a la familia de los Saugar, linaje de banderilleros abnegados que han llevado en sus brazos como si fueran la Pietà a los mártires del corazón partido. «Pali, este toro me ha matado», murmuró El Yiyo a su peón de confianza antes desmayarse como una marioneta sin hilos.

Y ha vuelto a ocurrir. Ha sucedido que el hijo de El Pali, Pablo Saugar se llama, recogió entre sus brazos el cuerpo sin vida de Barrio. Y lo llevó hasta la enfermería con sus compañeros, sabiendo los unos y los otros que el matador de Sepúlveda estaba amortajado en su traje de luces, lívido como la estatua de un cementerio.

Y le lloran sus vecinos sepulvedanos. No metafóricamente. Una funcionaria de la Oficina de Turismo se desmorona delante de los turistas. Y nos exige respeto: «Por favor, escriban que Víctor fue torero desde que nació y ha muerto torero».

Que Víctor Barrio murió torero no admite dudas. Y que nació torero casi lo demuestra el primer disfraz que se puso a los tres años. Se lo regaló su primo, José Luis Marugán, alias Cuchareta. Y no se arrepiente de haberle inculcado el oficio, aunque los padres del torero, que regentan una panadería y un bar, trataron de disuadirlo. Querían que el chico estudiara. Y que se ganara la vida con normalidad fuera de los ruedos.

Cuchareta se ha vestido de negro esta mañana. Y ha adquirido el aspecto de un torero solanesco, caballero de la triste figura que amontona pésames y recuerdos como si fueran un exorcismo. Fotografías del chaval. Lagrimones furtivos. «No hay derecho, no hay derecho. Víctor Barrio era la reencarnación de Manolete. Alto, espigado, vertical. Era una fotocopia, pero nunca pensé que iban a parecerse en la muerte».

Tratan los sepulvedanos de disimular la tragedia. Están llenos lo bares. Y aparenta el pueblo —1.000 habitantes— una incrédula normalidad.  a las siete en sombra de la tarde, peregrinarán hacia el pabellón de deportes los vecinos como una procesión pagana. Se ha instalado allí la capilla ardiente. Se le ha vestido a Víctor Barrio de luces. Y se han apagado los ojos del señor alcalde. «Víctor era Víctor. Ni torero, ni nada. Víctor era como nosotros, uno de los nuestros», musita Ramón López.

Es del PSOE, pero las siglas no representan a nadie en la conmoción del luto. Ni siquiera representan a Raquel Sanz, concejal del PP… y esposa de Víctor Barrio, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los ha separado.

LA MUERTE DE VÍCTOR BARRIO

Ante Víctor, el torero muerto

Por Antonio Lorca.

Víctor Barrio ha alcanzado en los pitones de un toro la gloria que no pudo tocar con los dedos en este mundo. Mala suerte se llama eso en el argot de los humanos.

Ahora, ante el torero muerto parece que no cabe más que el dolor y la tristeza por el ser humano desaparecido. Pero cabe algo más: la reivindicación del torero como referencia del hombre grande que decide dedicar su vida a una vocación que persigue la gloria por el camino más cercano al fracaso.

Hay que estar loco para ser torero. No se puede calificar de otra manera a quien se enfunda en un traje de luces y se enfrenta a un animal poderoso y salvaje a sabiendas del inminente peligro y de que es una profesión plagada de ilusionantes historias rotas, de cicatrices ardientes, de decepciones personales, y, a veces, como en esta, de muerte.

Pero torero se nace. Y lo que para la mayoría de los humanos es una demencia, para el aspirante a torero es una obsesión sin la que no puede vivir.

Y elige la profesión más dura del mundo, la que lo aparta de la vida, le roba la adolescencia y la juventud, la que exige el máximo sacrificio, el esfuerzo sobrehumano, la entrega absoluta, y sin garantía de que le devolverá nada de lo aportado.

Por eso, el mundo del toro está lleno de sueños irrealizados; de toreros que lo son solo en su imaginación, pero de hombres, todos ellos, especiales y ejemplares, porque son héroes en un mundo en el que prevalece la búsqueda constante de la seguridad.

Hoy, ante el torero muerto, cabe recordar que Víctor Barrio era de uno de esos jóvenes que decidió dedicar su vida por entero al toro. Tenía ya 20 años cuando se puso delante de una becerra por primera vez. Muy tarde, pero sorprendió a todos por su afición y, sobre todo, por su tesón.

Y el 13 de junio de 2009, se vistió de luces en un pueblo de Toledo, y estuvo sensacional, según cuenta un hombre que fue su apoderado. Víctor “tuvo afición y cualidades para ser figura”, repite, “pero no siempre la suerte fue su aliada”.

¡Ay, la suerte…! Destacó como novillero y fue figura que recorrió las ferias más importantes. Pero pronto llegó la prueba de fuego, la alternativa, el Domingo de Ramos de 2013, en Madrid, con El Fundi como padrino y su compañero Juan del Álamo como testigo. No tuvo suerte ese día, ni tampoco poco más tarde, en San Isidro, y todas las posibilidades se derrumbaron.

Llegó el temido parón profesional que a tantos afecta y pocos consiguen superar. Víctor no lo consiguió; o no ha tenido tiempo para conseguirlo.

Y ahí anduvo, en tierra de nadie, hasta que en 2015, en la temprana feria de Valdemorillo, con la televisión como altavoz, se reivindicó como torero y consiguió el triunfo que hubiera necesitado en Las Ventas para alcanzar la meta soñada. Pero Madrid se le resistió una y otra vez.

Cuando llegó a Teruel contaba la tercera corrida de la temporada; pocas para quien había apostado fuerte. Y allí, el destino le jugó una faena. Quede, sin embargo, el recuerdo de un superhombre que optó por la suerte de los grandes. Él lo había barruntado en su cuenta de Twitter: “Siempre pensé que la vida la viven los cobardes y la disfrutan los valientes, aunque, a veces, el precio sea demasiado caro”. Demasiado, Víctor, demasiado…

Fuente: El País

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