¿La fiesta en paz? El Pana, semilla no sembrada, perdura en su casa-museo // Toreros pintores y dos talentosas artistas

Por Leonardo Páez.

Hay toreros que me sacan de mi casa y toreros que me sacan de la plaza, pero además hay algunos diestros que casi me vuelven piadoso. Recibí un mensaje de Salvador Solórzano, quien fuera apoderado, hasta donde se podía, de El Pana, en el que me informaba de la celebración de una misa, el domingo 2 de junio a las 11 horas, en su casa-museo de Apizaco, Tlaxcala, con el propósito de conmemorar el tercer aniversario de la partida física de tan extraordinario cuanto desaprovechado torero.

Más que asistir a la misa, me llamó la atención conocer la casa-museo de El Pana en su ciudad natal. Al llegar a Mártires del Trabajo 91, comunidad de Santa Anita Huiloac, con un distintivo mosaico en la entrada que reproduce su intenso trincherazo y la leyenda “Casa del matador Rodolfo Rodríguez El Pana, 1952-2016”, me enteré de que gracias al entusiasmo y dedicación de una de las hermanas del diestro, Marina, oceanóloga de profesión, con el apoyo de sus hermanas María Elena, Martha, Estela y Leticia, había sido posible convertir el refugio-tiradero del matador en una amplia y bien iluminada sala.

Hubo que ordenar centenares de libros, revistas, periódicos, fotografías y objetos, comenta Marina, “pues el cuarto de un torero y además soltero se convierte fácilmente en monumento al desorden o en involuntaria pero lograda escenografía de película de Fellini. Sin embargo, detrás de un caos visible, Rodolfo sabía poner un orden personal en las cosas que le interesaban, pues era hombre de una disciplinada autoformación, comprometido con la fiesta de los toros en particular y con la cultura en general. Aquí el visitante puede ver en anaqueles y repisas libros de poesía –memorizó cientos–, de arte, de idiomas –hablaba inglés y francés– y de toros propiamente. La tauromaquia de El Pana era tan rica en matices de expresión porque él creía firmemente en la cultura como sustento y suma del toreo, sin inhibir rasgos propios”, comenta orgullosa Marina.

A la derecha, una enorme vitrina protege dos ternos del torero en tonos verdes, uno con bordados en plata y otro con pasamanería en negro, precisamente el que vestía la tarde del percance en Ciudad Lerdo, un capote de paseo, montera, zapatillas, botas, trajes cortos, gorras y la frase: Muere el hombre, nace la leyenda. En el resto de las paredes, infinidad de retratos y en el centro de la sala dos bellos libros del fotógrafo español David Cordero sobre El Pana en plazas españolas, prácticamente desconocidos en México. Y atrás, el huerto que sembraba, regaba y algo atenuaba los demonios del torero: manzana, pera, capulín, ciruela, higo y nopales, con una placidez que seguramente al fin encontró.

Al despedirme pude besar las mejillas de una bella anciana de nombre Alicia y darle las gracias por haber traído al mundo un espíritu tan luminoso y desaprovechado como el de Rodolfo. Este museo privado familiar puede visitarse previa cita al 241 102 93 96, con Marina Esquivel. Vaya, se emocionará.

La noche anterior, en el salón La Aceituna del hotel La Posada, en Apizaco, una magnífica exposición pictórica fue inaugurada por Juan Antonio González Necoechea, director general del Instituto Tlaxcalteca de Cultura, con obras de los matadores-ganaderos Gonzalo Iturbe, Raúl Ponce de León y Carlos Pavón, así como de Alejandra Aguilar y Marina Iturbe. La fiesta de los toros en México rebosa valiosas expresiones artísticas; falta unir esfuerzos y apoyar talentos si no queremos seguir padeciendo toros y toreros clonados.

Publicado en La Jornada.

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