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Anuncian festival taurino para recordar a Rodolfo Rodríguez “El Pana”


De S y S.

Torreón, Coahuila.- A vísperas de conmemorar un año luctuoso de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, un grupo de aficionados taurinos llevará a cabo un homenaje con un festival el próximo 1 de mayo en la plaza de toros “Alberto Balderas” a las 5:30 de la tarde.

Lo anterior se dio a conocer este sábado por la mañana por el grupo de taurinos que conforman Rafael Cortés Montalvo, Sergio Ceballos Valdés, José Luis Orozco y Jorge Galván, quienes confirmaron que el cartel lo conforman el malagueño Javier Conde, quien ha tenido tardes importantes en Madrid, Sevilla y todo España.

También estará el torero capitalino José Mauricio, Ernesto Javier ‘Calita’  y Antonio Lomelín.

Se lidiarán 4 toros de la ganadería Santoyo y los precios van a partir de los 200 pesos y se empezarán a vender el próximo martes 18 de abril a través del sistema Boletea.

Se espera la presencia de Marina Rodríguez. Los aficionados taurinos agradecieron el apoyo brindado por la Ing. María Luisa González Achem, alcaldesa de Lerdo.

Con información de El SOL de Torreón.

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@Taurinisimos 95 – PREVIO Corridas Aniversario LXXI @ La México. Invitado @FiesPaz.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 3 de Febrero de 2017. Conducen Miriam Cardona (@MyRyCar) y Luis Eduardo Maya Lora (@CaballoNegroII).

Producción: Miguel Ramos
Operación: Abraham Romero

Invitado: Leonardo Páez (@FiesPaz)

Actualidad Taurina. Plaza México Temporada Grande 2016 – 2017. LXXI Aniversario de la Monumental.

Análisis Previo Corridas de Aniversario:

6 Toros, 6 de Fernando de la Mora para “Zotoluco” que se despide y Enrique Ponce.

6 Toros, 6 de Teófilo Gómez para Morante de la Puebla, “El Juli” y Luis David Adame que confirma la alternativa.

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 10 de Febrero de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

FB/Taurinisimo

Opinión: Los Viudos del Pana

¡Ay mi Pana! Lloran las lloronas por los rumbos de la Plaza Garibaldi.

Por Luis Cuesta para De SOL y SOMBRA.

Decían que habían venido del cielo, que el trigo y las semillas que habían traído con sus palabras, eran la fuente de la verdad. Decían que no morirían como su ídolo caído, porque sus palabras serian inmortales. Es por eso que desde sus oscuros rincones llaman herejes a los que no lo conocieron, porque estos no habían oído la doctrina del brujo del cempasúchil y no tenían como piedra de su fe aquella temporada del 78, de la que algunos de sus viudos (as) desde sus etílicos recuerdos se refieren a esta como el génesis del mártir tlaxcalteca.

Por eso no creían nada de lo escribieron aquellos nacidos después de 1978 ni osaban en confiar en ellos. Ya que ellos son los únicos capaces para oficiar la misa con la que habría de recordarse para la posteridad al hechicero de Apizaco y con ello predicar con “amplio conocimiento” en el desierto, el lado pobre del torerillo que lucho en contra de los ricos, venciendo con su sacrificio el lado negro del taurinísimo, aun a pesar de la tragedia humana que lo perseguía junto a una enorme desolación atónita que siempre le acompaño en vida al atormentado brujo tlaxcalteca.

En soledad vivía/ y en soledad ha puesto ya su nido…. brindan sus viudos.

Pero la pregunta que nos hacemos los herejes post clase del 78’ es: ¿Donde estaban los viudos del Pana en los malos tiempos? ¿Acaso estaban ahí cuando se perdió en el laberinto del alcohol y vivió de la caridad? o ¿Alguna vez lo acompañaron al centro de rehabilitación AA “La Concepción” de Santa Ana Chiautempan o al anexo en Cuernavaca?

Ya lo dijo El Pana alguna vez en una entrevista al periodista Francisco H. Reyes del Sol de Tlaxcala en el ya lejano año del 2009: Amigos pocos.

Es por eso que no deja de sorprenderme que esos falsos viudos, seguidores o conocidos del Pana, critiquen con los cuchillos desenvainados las manifestaciones sinceras de aquellos que si bien no conocieron al brujo personalmente, llegaron a admirar al personaje en vida y quizás lo harán aun mas tras su “sacrificio azteca” con el cual se evaporo de este valle de lagrimas, amargura y soledad en el que viven muchos “críticos” taurinos y seudo periodistas, quienes piensan que por escribir rumores y chismes, que les llegan a su whatsapp, están evocando a Hemingway o Pepe Alameda. Cuando la verdad no son más que remedos del actual periodismo taurino moderno, que se encuentra corrompido y viciado en la mayoría de los casos por su nula rigurosidad y su poca credibilidad.

Así que por favor estimados viudos del Pana: No mamen.

Es lo que digo yo.

¿La Fiesta en Paz? El Pana, rica herencia a valorar

Algunos han pedido guardar silencio, otros recomiendan darle vuelta a la página y los más sugieren recordar su personalidad torera, tan rica e intensa como desaprovechada por la tauromafia internacional, ese nefasto sistema taurino de complicidades, atracadores, figurines y toros artistas, es decir, desbravados pero repetidores, empeñado en acabar con la fiesta más culta que hubo en el mundo.

Pero el recuerdo y el legado del Pana, como los de todo hombre tan rico de aventura –otra vez Lorca– exige más, bastante más que la necrofilia empanicada, las esquelas al uso y el tan bueno que erahipocritón y oportunista de los plañideros del sistema, dispuestos siempre a interpretaciones sesgadas que salvaguarden el pudridero, desde la estúpida versión de que por boquiflojo, Rodolfo Rodríguez no se hizo figura, hasta los minutos de silencio en plazas donde no hubo intención de anunciarlo.

Al Pana nunca lo dejó ser el mencionado sistema taurino, ni como torero imaginativo ni como figura en cierne ni como ídolo en potencia ni mucho menos como alternante incomodísimo, de esos que con una pincelada opacan un mural pretensioso. Y desde luego tampoco lo dejaron ser ni siquiera a la hora de su muerte, pues está visto que la ciencia médica convencional y confesional o comprometida con creencias religiosas antes que con convicciones humanas, entiende la muerte como la enemiga a vencer, al costo que sea y a costa de la dignidad de la persona, 32 días o 32 años, pues la vida humana es dizque sagrada para los vitalistas falsos y la voraz industria de la salud.

¿Qué fue primero, el veto o los adjetivos? Cuando con cinismo o ingenuidad dudosa se afirma que El Pana no fue figura debido a su filosa lengua, que con sarcástico ingenio rebautizaba públicamente a las figuras del momento que se repartían el pastel –Martínez y compañía–, Manolo llevaba ya una década en el candelero y como mandón de la fiesta. Rodolfo tomó la alternativa en la Plaza México el 18 de marzo de 1979 de manos del maestro Mariano Ramos, único que osó apadrinar a los marginados valiosos, y gracias a los sonoros triunfos del año anterior en ese escenario.

Fue tal la expectación creada por El Pana que luego de su triunfal debut el empresario Alfonso Gaona lo repitió ¡diez tardes!, al comprobar que el de Apizaco daba espectáculo, dividía opiniones, gustaba, encendía racismos, escandalizaba y llenaba los tendidos. Un negociazo, pues. Sin embargo, Martínez y compañía tomaron nota y, junto con sus incondicionales de la prensa y el empresariado en turno, acordaron boicotear al tlaxcalteca, yendo las empresas contra sus propios intereses y la salud de la fiesta en México, desde entonces con una creciente comodidad de reses y alternantes.

Se cuenta que a oídos de José Gómez Ortega Gallito o Joselito El Gallo –1895-1920–, el mandón más implacable que ha habido en España, llegó algún comentario presuntuoso de su compañero José Gárate Limeño. Lejos de vetarlo le llamó por teléfono para que al siguiente domingo mataran una señora corrida de toros con un efecto inmediato: Limeño prácticamente se fue a su casa. Pero eran tiempos menos cómodos y de más bravura.

Ya lo saben entonces, aspirantes a figurar: nada de hablar de más ni de denunciar abusos, olvídense de ser diferentes, de rescatar o de inventar suertes con telas y palos, de llegar en calesa a la plaza o de fumar puro durante el paseíllo, y desde luego de ponerse a beber si les gana la frustración o la impotencia. Esto es muy serio y hay que ser bien portaditos para que los tomen en cuenta.

Por Leonardo Páez.
Publicando en la La Jornada

La sonrisa del Pana

De SOL y SOMBRA.

El Maestro Pana ya es materia del espíritu una vez que finalmente dejo su cuerpo cansado para convertirse en leyenda.

A veces el tiempo convierte de prisa en erróneo, malo y feo lo que en un momento dado parece justo, bueno y bello. Sin embargo en ocasiones el efecto es inverso y por imperfecto que fuera o quizás por verdadero, este se convierte en la verdadera belleza de un legado como el que ha dejado Rodolfo Rodriguez.

¿Qué quiere decir existir? Decían los antiguos filósofos griegos que era durar y ser consciente sin alterar nuestra vida con muchos cambios, para no cambiar nuestra esencia.

Viendo estos últimos días algunos vídeos y fotografías del Pana, lo único que nunca le cambio fue su sonrisa -aunque ya era un viejo con cicatrices de una lucha sin cuartel contra la vida- la cual siempre conservo un aspecto de inteligencia siempre tensa, acompañada de unos ojos de juez forrados de humorista.

Aquí está el secreto de mi vida nos parecía decir El Pana.

Si la excesiva inteligencia lleva a la duda o a la falsedad, es de presumir que la insensatez a veces nos conduzca a la certidumbre y a la luz. Si demasiado razonar no siempre nos lleva a la conquista de la verdad, sino a la locura, está claro que sera necesario y preciso partir de la locura para llegar a la racionalidad al tener que analizar con detenimiento la vida de este persona de leyenda.

En un mundo donde se puede obtener la notoriedad momentánea con poca fatiga, con una extravagancia cualquiera, idiota o ingeniosa. El Pana la obtuvo a la manera antigua -con su disfrute perpetuo- demostrándonos que en el toreo no siempre basta una inteligencia superior y la abundancia de dinero para trascender; ya que es preciso la intuición mágica de lo nunca visto y la potencia de un espantoso genio. Estas son cosas que no se compran ni se improvisan.

Sin contar que el resultado puede ser en vez de la fama eterna, la breve popularidad de la silla eléctrica de la critica taurina, como le sucedió al Pana en innumerables ocasiones.

Es lo que digo yo.

Twitter @LuisCuesta_

El torcido destino de El Pana

La ultima vuelta al ruedo.

Por Alcalino.

Guadalajara y Apizaco acompañaron el féretro de El Pana hasta sus plazas de toros para rendirle un último tributo. En la corrida isidril del jueves 3, en Las Ventas, se guardó un sentido minuto de silencio por el torero recién fallecido. Rodolfo Rodríguez González es el quinto matador de toros mexicano muerto como consecuencia de un percance ocurrido en el ejercicio de su profesión. Y, con 64 años, el más veterano de esa lista trágica.

Su muerte estuvo envuelta en un crudo patetismo: el mes de agonía, la debatible diligencia médica para reanimarlo dos veces –tras sendos paros espiratorio y cardiaco–, alargando la agonía de un hombre plenamente consciente, que sabía irreversible la tetraplejía a que lo condenó el violento volteo de “Pan Francés”, aquel castaño capacho de Guanamé, en la modesta placita duranguense de Ciudad Lerdo, y, finalmente, la humanitaria postura de no revivirlo tras el tercer y definitivo paro que se adoptó en el hospital tapatío donde este 2 de junio, un mes y un día después de su cogida, acabaron los días del tormentoso y atormentado espada. Humanitaria decisión, acorde del todo con los valores subyacentes a la tauromaquia, ese canto a la vida entonado al filo de la muerte.

Asombra, no obstante, la brutal indiferencia de los medios nacionales –el Esto, la relativa excepción– ante el trágico final de la pintoresca historia del Brujo de Apizaco, rica en los avatares y vicisitudes más diversos, como corresponde al torero contracultural por excelencia, cuya misma heterodoxia supuso una fulgurante llamarada de luces y sombras, efímera y alguna vez fétida pero también alucinante y forzosamente ilusionante en tiempos de atroz atonía taurina. Repudiado por la cátedra, frenado en su desbocada belicosidad y recurrentes exabruptos por los mandamases del negocio taurino en México, emergido de las tinieblas para escenificar en la Monumental cazuela una tarde histórica el día de su presunta retirada, protagonista alternativamente victorioso y derrotado de una larga lucha contra los demonios del alcohol y su tenaz inquina al poder. Dicen que, ya en el lecho último, había solicitado con la ardiente vivacidad que siempre tuvo en la mirada que le permitieran morir en paz, sin excluir al hacerlo alguna ráfaga de humor de su particularísimo sello. Si así fuera, qué bueno que encontró receptores sensibles a tan justa petición. La que al clausurar una vida aventurera y singular le abría las puertas de otra, serenamente integrada al cosmos.

Y qué triste que la noticia de su muerte haya sido noticia del día y objeto de tratamiento especial en países como Francia, España, Colombia, Perú e incluso Estados Unidos e Italia, pero no en México, donde la desdeñosa indiferencia y superficialidad de nuestros medios impresos y audiovisuales ilustra lo muy poco que importa y significa ya la tauromaquia para los responsables de tales órganos informativos. Reflejo –pero también una de las causas– de la precipitada desaparición del toreo del imaginario colectivo de este país.

Un oficio peligroso

De cerca de 400 víctimas humanas con registro en los anales de este juego mortal, los matadores de toros suman apenas medio centenar. Si descontamos las desgracias ocurridas cuando la ceremonia de la alternativa aún no estaba regulada, la cifra constatable se reduce a unos 40, aunque, razonablemente, haya que añadir a este recuento a ciertos espadas antiguos tan emblemáticos como José Cándido Expósito –el primero de ellos que perdió la vida en el ruedo (El Puerto de Santa María, 1771)–, Pepe Hillo –Joseph Delgado, que le dictó a su tocayo De la Tixera la primera Tauromaquia que se publicó, antes de sucumbir en las astas de “Barbudo”, de Peñaranda de Bracamonte (Madrid, 10.05.1801)–, el también mítico Curro Guillén, cuya muerte fue objeto de sentidos romances, (Ronda, 1820), y sin duda el cordobés Pepete, José Rodríguez y Rodríguez, tío abuelo de Manolete y primera víctima de un toro de Miura (Madrid, 1862). Apodo trágico éste de “Pepete”, pues los otros dos matadores que lo heredaran murieron por cornada: José Rodríguez Lavié (Fitero, 1899), y José Claro (Murcia, 1910).

Si somos puntillosos, al martirologio de diestros con alternativa tal vez haya que restar a los dos que habían renunciado a tal categoría cuando fueron alcanzados por la Parca: Félix Merino (Úbeda, 1927) y Manolo Montoliú (Sevilla, 1992).

Los más recientes

En el último tercio del siglo XX perdieron la vida los matadores José Mata (Villanueva de los Infantes, 1971), José Falcón (Barcelona, 1974), Francisco Rivera “Paquirri” (Pozoblanco, 1984), José Cubero “Yiyo” (Colmenar Viejo, 1985) y el maestro colombiano Pepe Cáceres (Sogamoso, 1987). De ellos, los tres últimos militaban en la primera fila, como otras celebridades, caídas también en poblaciones pequeñas, como Joselito El Gallo (Talavera de la Reina, 1920), Ignacio Sánchez Mejías (Manzanares, 1934) o Manuel Rodríguez “Manolete” (Linares, 1947).

Cinco mexicanos

Como ya se dijo, El Pana ha sido el quinto matador mexicano que un día entró en una plaza de toros para caer herido de muerte sobre sus arenas.

El primero fue Ernesto Pastor Lavergne, nacido en Ponce, Puerto Rico, de padre mexicano y madre francesa (06.04.1893). Criado y hecho torero en nuestro DF, era novillero puntero en España cuando Joselito El Gallo le dio la alternativa (Oviedo, 17.09.19) para convertirlo en su último ahijado antes de la tragedia de Talavera. Se la confirmó en Madrid el 30 de mayo siguiente Agustín García Malla en presencia de Paco Madrid, cartel poco acorde con sus méritos de torero elegante y dominador. Y luego de una triunfal temporada invernal en El Toreo –donde brilló al lado de los Gaona, Silveti y Sánchez Mejías– recibiría, en el propio coso madrileño de la carretera de Aragón, la cornada que lo llevo a la tumba, infligida por “Bellotero” del Marqués de Villagodio (05.06.21). Una muerte anacrónica, pues la herida habría sanado sin problemas de existir entonces los antibióticos.

Armando Pérez Gutiérrez –“Carmelo Pérez” en los carteles– ha sido el único genuino revolucionario del toreo nacido en México (Texcoco, 1908–Madrid, 1931). El hermano de Silverio irrumpió de golpe como el novillero sensación de 1929 y fue precipitadamente llevado a la alternativa… y a la tumba, cuando aún carecía de medios para defender su arriesgado estilo del ímpetu de las encastados astados de su tiempo. Cagancho lo doctoró dos veces en un lapso no mayor de siete meses, primero en Puebla –renunció a esa alternativa– y más tarde en El Toreo de la Condesa (03.11.29). El 17 de noviembre, “Michín”, de San Diego de los Padres, lo cogió de salida y se encarnizó de tal manera con el cuerpo inerme de Carmelo que le produjo siete cornadas, de las cuales la que le perforó la pleura no sanaría nunca. Se repuso penosamente y hasta volvió a torear, pero una neumonía relacionada con aquella herida gravísima finalmente le causó la muerte en una modesta pensión madrileña, el 18 de octubre de 1931.

Pocas manifestaciones de duelo tan multitudinarias ha vivido la ciudad de México como la que acompañó hasta el panteón Modelo los restos de Alberto Balderas, cogido y muerto el día anterior (29.12.40) por “Cobijero” de Piedras Negras. Contaba 30 años al morir, 10 de alternativa (19.09.30: Morón de la Frontera, por Manolo Bienvenida con “Hocicudo” de Guasalest) y era de las primeras figuras del país y del elenco de la temporada 1940–41 cuya quinta corrida anunció la alternativa de Andrés Blando de manos de “El Torero de México”, que era como se conocía a Alberto. El toro fatal pertenecía a “Carnicerito”, el testigo, y Balderas intervino aleatoriamente entre el segundo y el último tercio de su lidia.

Por último, José González “Carnicerito de México”, tapatío de Tepatitlán, basaba su tauromaquia en alardes temerarios –sus pares en tablas gozaron el prestigio de lo inexplicable– y, habiendo sido doctorado en Murcia por Domingo Ortega con ganado de Miura (13.09.32), era ya un veterano escaso de contratos cuando le tocó cumplir el último de ellos, en Villa Vicosa, Portugal, el 14 de septiembre de 1947. Esa tarde, el toro “Sombreiro”, de Oliveira Irmaos, séptimo del festejo, le partió la femoral al pasarlo de muleta. Precariamente atendido pese a los desvelos de Conchita Cintrón, que figuraba en el cartel de la tarde fatal, falleció al día siguiente.

Publicado en La Jornada de Oriente

Leyenda de El Pana

Leyenda de El Pana

Por Jorge F. Hernández

De madrugada en Madrid y al anochecer de México llega la noticia de que ha muerto Rodolfo Rodríguez El Pana, a consecuencia de la estrepitosa voltereta que le propinó el mes pasado un mal bicho llamado Pan Francés en la plaza de toros de Ciudad Lerdo, Durango. El percance le cercenó las vértebras cervicales, dejándolo tetrapléjico, sin habla y acaso, el movimiento de sus párpados como única ventana de comunicación. Iba vestido de verde con pasamanería en azabache, la coleta –ya con las canas de sus más de sesenta años- seguía siendo natural y de moño a la antigua y no alcanzó a esbozar ni un solo lance que confirmase que la eternidad es una larga cordobesa.

Decía el gran Eliseo Alberto que todo hombre muere del corazón, ya sea por amores contrariados que van minando la existencia o un derrame cerebral que borre la memoria, sea por un largo cáncer que absorba el azul jardín de los pulmones o el impacto imprevisto de un choque en carretera, todo hombre muere en el instante en que deja de latir su corazón. Constará entonces en el parte médico que El Pana murió a las 18.45 de un 2 de junio de 2016, aunque podrían quitarle un siglo y sería perfectamente factible que en realidad murió en esa época del toreo en sepia, cuando los aficionados iban en calesa a las plazas y en los ruedos se transformaba la tauromaquia del birlibirloque decimonónico en el toreo en redondo y por bajo, con toda la gama de quites y desplantes que hicieron de El Pana un fenómeno anacrónico.

Podemos también decir que El Pana empezó a morir precisamente por la vida que sustenta su biografía. Enterrador en un panteón anónimo de Tlaxcala, vendedor de gelatinas en las calles polvorientas de Huamantla que una vez al año se alfombran con aserrín de pétalos de todas las flores para simular que sus muertos viven en colores y posteriormente, panadero en el oficio por el cual se ganó un apodo ya legendario. Empezó a morir en cuanto parece ya cosa de novela en blanco y negro la época de los maletillas que andaban la legua con su hatillo al hombro, una muleta vieja y corneada y un capote mal engomado como manta para las madrugadas en las que se hacía la Luna, saltando las alambradas de las ganaderías para jugarse la vida con algún semental de cinco años y veinte arrobas, sin más olés que las sombras de los árboles y la callada admiración de su propia soledad. Empezó a morir cuando ya desde finales de la séptima década del siglo pasado parecía leyenda inventada por los abuelos la fugaz aparición de algún espontáneo (de pantalón de mezclilla amarrado con paliacata, camisa blanca anudada como pañuelo a la cintura y gorra de maletilla que se hunda por encima de las cejas) justo en medio de una corrida formal de luces. Empezó a morir el día que le hizo el quiebro de rodillas a un novillo encastado y se levantó para colocar al relance uno de los más memorables pares de banderillas que recuerde la Monumental Plaza México y su agonía se fue prolongando en cada una de sus actuaciones y en cada una de sus espectaculares hazañas y excentricidades: partir plaza mientras fumaba un puro, intentar el pase del Imposible (con muleta y luego, también con el capote); arrastrar las zapatillas como si anduviera en cámara lenta y alargar los muletazos con la barbilla hundida en el pecho y arqueando el cuerpo como si el mundo aún viviera noticias de la Segunda Guerra Mundial. La gloriosa y lentísima agonía de quien inventó el par de Calafia (un par de banderillas empuñadas en una sola mano, citando al quiebro y cerrado en tablas, para clavar en el instante justo de la reunión, al violín, por encima del hombro contrario y salir andando lentamente hacia una gloria que él mismo alargaba en vuelta al ruedo). Lenta agonía de todas sus controversias, su oposición abierta al dictado de las figuras y de los empresarios, su propia lucha contra el demonio del alcoholismo, la insólita resurrección el mismo día en que pretendía despedirse de los ruedos: ese milagro de Reyes Magos en el que toreó sin tiempo y dibujó un trincherazo que no acaba de fundirse, ya convertido en bronce impalpable en un palmo intocable de la arena de la plaza más grande del mundo.

Se puede decir también que todo torero –matador, novillero, banderillero, picador o aficionado de cepa- muere un poco cada vez que gana terreno la burla impune, la denostación instantánea, la crítica desde la supina ignorancia a la rara dicotomía que envuelve a las corridas de toros. Efectivamente, se trata de la lidia (calificada ya como martirio) y muerte (definida ya como asesinato) de un toro bravo (sin considerar que los llamados toros de lidia no son comparables a la vaca lechera o el buey de carreta) y todo torero muere un poco en cuanto aparecen en YouTube, Facebook, Twitter y todas las redes sociales, todas las bocas de quienes en realidad no tienen mucha idea del tema, las burlas y celebraciones en cuanto hay corneados en plazas del mundo taurino. Una cosa es la muy respetable opinión que se fundamente en contra de cualesquier conducta ajena y otra, muy diferente, la impune celebración de su desgracia, la sorna y burla del dolor de otro humano a costa del supuesto alivio para el sufrimiento animal y sí, El Pana se fue muriendo en un mundo de technicolor, fibra óptica, telefonía móvil, televisión inteligente, vuelos supersónicos y compras de todo producto por internet precisamente porque vivió siempre en un mundo de otro lenguaje.

Con todo, a los 64 años que declaraba tener de vida, Rodolfo Rodríguez seguía encarnándose cada día que se le ofrecía convertirlo en domingo y convertirse en El Pana a las cinco en punto de cada tarde. Hablaba de sí mismo en tercera persona y era de los artistas que aseguran siempre no haber logrado su mejor faena porque el mejor muletazo de toda faena perfecta es precisamente el que no se pudo dar. Para quien vive cada instante de vida entregado apasionadamente a lo que llena su corazón, la muerte empieza precisamente cuando un azar inapelable se lo impida. Aunque seguía latiendo, el corazón de un torero empezó a morir en el momento en que supo que no podría volver a torear. Descansa en paz, rara figura del toreo, ya en hombros hacia el albero sin tiempo donde torean para siempre quienes merecen la eternidad de su leyenda.

Publicada en El PAIS.

Un lidiador distinto Por Heriberto Murrieta

Por Heriberto Murrieta.

Rodolfo Rodríguez ‘El Pana’, un lidiador distinto a los demás, gozó de una enorme popularidad y dejó marcados para siempre a un puñado de románticos aficionados. Chapado a la antigua, controvertido y desigual, limitado técnicamente, pero sobrado de expresión y personalidad, el pintoresco ‘Pana’llegaba a la corrida en calesa, fumándose un puro, y hacía el paseíllo arrastrando las zapatillas por la arena.

Presa de una irregularidad crónica, el desprecio lo deprimió y lo llevó a la perdición alcohólica hasta que en 1995, tras pedirle de rodillas una nueva oportunidad al empresario Rafael Herrerías, reapareció para tumbarle una oreja a ‘Chocolatero’ de El Sauz, al que le dio un trincherazo catártico. A los pocos días, con una absurda invasión del ruedo para defender una causa que no le incumbía, nuevamente se echó la soga al cuello y cuando al fin volvió a la plaza de sus triunfos el 16 de abril de 2001, me escribió esta insólita carta para hacerme una petición:

Heriberto Murrieta

Presente

Querido hermano:

Ahora que se me presenta la anhelada oportunidad que tú me has conseguido de reaparecer en la Monumental de Insurgentes, después de tanto sufrimiento por el que tú sabes que he pasado, y debido a que ahora se está legislando sobre la donación voluntaria de órganos, quiero poner mi granito de arena y ser de los primeros en dar ese paso tan trascendental.

Debido a que estoy desesperado y harto de tanta mediocridad, habré de salir el próximo domingo a darlo todo. Si un toro me mata, quiero pedirte que obsequies todos mis órganos a mis hermanos mexicanos que los necesiten, que lo mucho o poco que quede de mi menda sea cremado y que mis cenizas sean esparcidas por todas las ganaderías tlaxcaltecas donde pastan las vacas bravas.

Sin más por el momento se despide tu hermano que mucho te agradece tus molestias y tu apoyo, no sin antes mandarte un fuerte abrazo.

Rodolfo Rodríguez ‘El Pana’

Matador de toros

Aunque este cronista nunca ha puesto ni quitado a ningún torero de ningún cartel, puede ser que las constantes evocaciones del personaje idolatrado desde la niñez hayan servido para que la empresa lo sacara del ostracismo y lo programara en el citado cartel.

A la dichosa corrida llegó ‘El Pana’ a pie, acompañado por una pintoresca caravana de aficionados, curiosos y borrachines que se contoneaban bajo las notas de una charanga no menos típica. Aquella tarde no lo mató ningún toro, pero Rodolfo conservaba una fijación: “No es chorizo ni nada de eso. En tardes de mucho compromiso he visto las características del animal que en un futuro no muy lejano tendrá que arreglarle su asunto al ‘Pana’. En verdad te digo que quisiera morir en las astas de un toro”.

heribertomurrieta65@gmail.com