Archivo de la categoría: Ivan Fandiño

Opinión: La muerte de Ivan Fandiño 


Por Luis de la Calle Robles.

No es casualidad que los soldados que regresan a sus países de origen tras haber participado en misiones de ocupación en el extranjero sufran trastornos de estrés postraumático. Como documentó la premio Nobel Svetlana Alexievich en su extraordinario Zinky Boys, no había nada más deprimente para un joven soviético que hubiera decidido cumplir en la guerra de Afganistán con su “deber internacionalista” que regresar a la URSS y descubrir que, en el mejor de los casos, sus conciudadanos le miraban con pena y en el peor, con desprecio. La camaradería creada durante la guerra, la dependencia mutua para salvar la vida, la rutina de la muerte y el éxtasis de la supervivencia, eran todas estrategias adaptativas que se volvían perjudiciales una vez recuperado el rango civil en una sociedad anestesiada frente a los horrores de los conflictos externos.

El también periodista Sebastian Junger narra en su librito Tribe pautas semejantes para los soldados estadunidenses desplegados en Iraq y Afganistán: más que una enfermedad producida por los estragos de la guerra, el sufrimiento de dichos soldados al regresar a casa parece estar dirigido por su incapacidad para adaptarse a una sociedad que no valora (e incluso rechaza) los valores y comportamientos que son precisamente necesarios para sobrevivir en un conflicto bélico. Ese desajuste entre el igualitarismo agresivo de la vida en una unidad militar y el individualismo ecléctico de la sociedad norteamericana cortocircuita a los soldados que al regresar descubren que sus esfuerzos, lejos de ser agradecidos, son en el mejor de los casos ninguneados. Los eclécticos encuentran poco que elogiar en el soldado, porque este es mero asalariado víctima del sistema (en la visión más bienpensante) o un sádico deseoso de venganza (en la visión más fanática). 

En las sociedades modernas no hay sitio para la violencia. Esto no quiere decir que no exista, sino simplemente que se trata públicamente como una mutación sorpresiva del gen humano que más pronto que tarde desaparecerá. En parte hay motivos para este optimismo. En su monumental The Better Angels of Our Nature, el psicólogo Steven Pinker evidencia la caída paulatina que las muertes violentas han experimentado al menos en Occidente. Las guerras internacionales parecen una reliquia del pasado. La caída de la URSS aceleró las transiciones democráticas (qué tipo de democracia se consolidó, esa es otra cuestión), así como la apertura de mercados internos al comercio internacional. La literatura académica sobre violencia ha encontrado que los países democráticos rara vez hacen la guerra entre ellos y que el intercambio comercial entre países también reduce las probabilidades de guerra. En el frente doméstico, con la hecatombe del marxismo rebelde, los conflictos violentos son casi monopolio del yihadismo islámico desde hace más de una década. Y donde no hay yihadistas, las disputas internas se canalizan cada vez más hacia fórmulas supuestamente apolíticas en las que los antaño rebeldes robinhoudianos hoy se rigen por la más escrupulosa regla del beneficio propio. Los ladrones, es sabido, deberían minimizar su uso de la violencia para no atraer el foco policial, y cuando se lo atraen, poco importa cómo se acabe con ellos siempre y cuando se acabe.

Sin guerras internacionales, la violencia es personificada por las masacres que con periodicidad tristemente admirable se repiten en Estados Unidos producidas por jóvenes perturbados con acceso fácil a las armas, por los ataques suicidas realizados por yihadistas en territorio europeo y por las narcofosas llenas de cadáveres anónimos. En los tres casos, los perpetradores de la violencia se representan como seres alienados y autoexcluidos, que han renunciado a formar parte de una sociedad occidental ilusionada con la utopía pacifista. Aislados de cualquier red de legitimidad política, los nuevos malvados ni siquiera tienen el consuelo de saberse en posesión de la verdad histórica. Su violencia es perversa, dice el discurso oficial, porque está desenraizada de la pacífica civilización vencedora. Pero desgraciadamente toda civilización tiene su cuota de sangre y no hay Roma sin gladiadores.

El pasado 17 de junio, el torero vasco Iván Fandiño fue mortalmente corneado en la plaza francesa de Aire-sur-l´Adour, cuando quitaba por chicuelinas al tercero de la tarde, toro de nombre “Provechito” y perteneciente a la ganadería de Baltasar Ibán. A pesar de que no faltaron miembros de la civilización pacífica que salieron a alegrarse por la desgracia ajena, tanto los profesionales (ganaderos, toreros, empresarios y periodistas) como los miles de aficionados al toreo sintieron en sus almas esa comunidad del dolor, esa solidaridad del silencio que los soldados “imperialistas” relatados por Alexievich y Junger no encontraron al regresar de sus misiones por el extranjero. 

El ritual taurómaco seguirá teniendo sentido siempre que haya personas dispuestas a jugarse la vida al ponerse delante de un toro y haya miles de aficionados que reconozcan el significado último de ese enfrentamiento atávico entre un hombre valeroso y artista y un animal fiero y noble. Sin esa comunidad de sentido, el toreo no es nada. Con esa comunidad, ya pueden aprobarse leyes y apagones mediáticos, que no desaparecerá. 

Quizás llegue el día en el que el ser humano sea capaz de abstraerse de su pasado evolutivo y garantizar derechos efectivos a los otros seres vivos que pueblan el planeta. Hasta que ese día llegue, las corridas de toros seguirán siendo una representación popular del sangriento enfrentamiento entre los hombres y los animales, un enfrentamiento que para Iván Fandiño tristemente acabó en derrota.

Publicado en La Silla Rota 

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Asociaciones taurinas francesas denuncian una canción que se burla de Fandiño


En el año 2017 el mundo ya no sabe llorar la muerte de un torero…

Dos de las grandes asociaciones taurinas de Francia han pedido la intervención de la autoridad audiovisual y de la dirección de la radio pública francesa tras la emisión en esta cadena, el pasado viernes en un programa humorístico, de una canción que se mofaba de la muerte del torero Iván Fandiño.

De SOL y SOMBRA.

PARÍS. “Aunque el aspecto provocador y de mal gusto de los humoristas no puede cuestionarse por principio”, en este caso “se han superado ampliamente los límites admisibles de la libertad de expresión”, señalaron en un comunicado conjunto la Unión de Ciudades Taurinas Francesas (UVTF) y el Observatorio Nacional de Culturas Taurinas (ONCT),

En particular -añadieron- porque en la referida canción de Frédéric Fromet hay una “voluntad deliberada de ofender” y un “ataque a los sentimientos de aflicción de la familia” de Iván Fandiño, que sufrió una cornada mortal el pasado día 17 en la plaza de Aire sur Adour, en el suroeste de Francia.

Por eso la UVTF y el ONCT justificaron su petición para que, ante unos contenidos “incalificables” contra el diestro, intervenga el Consejo Superior del Audiovisual (CSA), la dirección de Radio France, así como la de la emisora “France Inter” y su mediador.

También exigieron “por el honor de la radio de servicio público y por la credibilidad de sus programas”, que haya “excusas públicas” del autor de lo que consideran una “agresión tan inmunda como gratuita”.

Y que se les dé un derecho de réplica para “hacer justicia al hombre de honor” que fue el diestro vasco, “insultado en antena”.

Recordaron que el CSA -con competencia para evaluar el respeto de las reglas que se imponen a radios y televisiones- sancionó hace más de veinte años a una emisora porque un presentador se felicitó de la muerte en servicio de un policía, un dictamen que fue refrendado por el Consejo de Estado.

“La dimensión festiva que se dio a la muerte del torero se corresponde de forma manifiesta al mismo tipo de comportamiento”, afirmaron.

Además, advirtieron de que la “profunda hostilidad” de la creación de Fromet podría generar “reacciones malsanas, incluido el uso de la violencia” en un momento en que “el activismo anti-taurino se desborda regularmente”.

En esa línea, las organizaciones taurinas se quejaron de que la radio pública “al autorizar tales derivas (…) favorece el empobrecimiento cultural que lamentamos en las jóvenes generaciones y alimenta el aumento de la intolerancia” en la sociedad.

El humorista Frédéric Fromet, que la presentó como una “canción festiva”, decía entre otras cosas en la letra: “el toro te redujo a chorizo”, “hizo de ti una brocheta española”, “hizo de ti una fantástica tortilla” o “te fuiste como una boñiga”.

Twitter @Twittaurino

Opinión: La veracidad de la fiesta de toros

Por Salvador Giménez.

La fiesta de toros no pasa por buen momento para la sociedad de nuestro tiempo. Tachada de cruenta y arcaica por un sector animalista hueco y vacío, que incluso trata de cercenar las libertades individuales de aquellos a los que gusta, y que antepone la defensa de los derechos de los animales, tratando por todos los medios, y a cualquier precio, colocarlos a igual nivel, o incluso superior, que a de los seres humanos.

Por otro lado, otros, que dicen defender la tauromaquia, buscan un ceremonial en el que prime la estética y la belleza sobre todos los demás valores del toreo. Solo importa lo artístico buscando dejar de lado la épica y la tragedia. Venden y buscan la imposición de una fiesta incompleta, huérfana de gran parte de sus valores y con ello, sin desearlo, también colocan a la fiesta en un lugar complejo, pues los que llegan nuevos a una plaza de toros sólo están viendo una parte de lo que debe de ser la última liturgia viva de la cultura mediterránea.

La fiesta de toros necesita una defensa veraz y auténtica de todo su valor cultural y antropológico. El fundamento del toreo no es otro que la lucha primigenia de la razón del hombre contra la fuerza bruta de un animal enigmático y milenario. Una lucha a muerte, pues la tauromaquia es una representación de la vida que concluye con la muerte, siempre presente aunque no lo parezca. Por eso, se debe de mirar hacia dentro y comprobar que quedándonos con lo estético y superficial, erradicamos la tragedia y el drama de la muerte, que no es otra cosa que el fin de la vida.

Puede parecer complejo, tal vez anacrónico. Pero el drama puede hacerse presente en cualquier momento y lugar, de modo y forma que la realidad del toreo se hace notoria. El drama forma parte de la liturgia, aunque muchos traten de ignorarlo o maquillarlo con un exceso de brillo artificioso. El drama, o la muerte, van de la mano a la gloria efímera de lo que dura un triunfo.

La muerte siempre está presente. No hace más de una semana, la parca volvió a manifestarse mostrando la verdad del toreo. Un torero honesto, fiel representante de la ortodoxia más pura, caía herido mortalmente en la arena. Un torero que estaba alejado del arquetipo actual. Un torero forjado a sí mismo, fiel a un concepto y a un ideario que ha defendido hasta el final. Un torero independiente, que no atendió jamás a los cantos de sirena del sistema que adultera la fiesta a la que amaba y por la que ha entregado su vida. Un sistema que no le perdonó jamás un fallo y que no le agradeció jamás la defensa de los valores más veraces del toreo.

La muerte de Iván Fandiño en Vic-Fezensac no ha venido nada más que a mostrar la cruda realidad del rito. No han importado sus esfuerzos, sus sacrificios, sus gestas, sus triunfos, sus cimas, y también sus simas, a las que pudo superar, en unos segundos un buido pitón acabo con su vida, repitiéndose así el drama que convierte al hombre en un héroe mitológico. También esta muerte ha traído la miseria del ser humano. Una vez más los que se dicen detractores del toreo y defensores de los animales han vuelto a mostrar su crudeza, bajeza y una amoralidad infinita. Alegrarse de la muerte de un ser humano no hace nada más que poner de manifiesto su podredumbre de ideas y la escoria de unos sentimientos nulos y obtusos.

Aquel que llamaron León de Orduña entregó su vida por una fiesta que es difícil de comprender, pero que está ahí, anclada al ADN de cada español desde hace muchos años. Una fiesta que no debe de perder ni un ápice de su verdad. Es triste, pero es así, el rito sacrificial del toreo puede tener estos tintes trágicos, pero es cuando la verdad prevalece sobre lo que nos quieren hacer ver desde cierto sector que dice defenderlo.

Fandiño estuvo fuera del sistema, fue torero más de aficionados que de público ocasional, pero aún así demostró su grandeza. 

Paradójicamente nunca abrió plaza en el albero califal, aunque sí actuó en la provincia. Tres fueron sus apariciones en cosos cordobeses. El 5 de agosto de 2011 se presentó en la plaza de Villanueva de Córdoba. Le acompañaron Juan Manuel Benítez y Cesar Jiménez, estoqueando una corrida de Las Monjas. Ya dejó patente su estilo clásico y ortodoxo. 

Más tarde, en 2014, formó parte del cartel inaugural del coso de Almedinilla, donde cortó cuatro orejas y un rabo. Le acompañaron el veterano Francisco Ruiz Miguel y Manuel Díaz El Cordobés. Su última actuación en ruedos cordobeses tuvo lugar en Pozoblanco el 27 de septiembre de 2015, alternando con Manuel Escribano y el rejoneador Leonardo Hernández.


Publicado en El Día de Cordoba

@Taurinisimos 116 – Madrid, Mejores Faenas. Fandiño en Mont de Marsan. Adiós Gregorio Sánchez.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 23 de Junio de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Actualidad Taurina.

Resumen, Mejores Faenas, Madrid 2017.

Gines Marín, Enrique Ponce, Alejandro Talavante, Juan del Álamo y Sebastián Castella. Ganaderías Alcurrucén, Victoriano Del Río, Conde de Mayalde y Jandilla.

Recuerdo de Gregorio Sánchez, fallecido esta semana.

Iván Fandiño en Mont de Marsan en 2014, corrida de La Quinta.

Recuerdo infancia de Iván Fandiño (EITB).

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 30 de Junio de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

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Opinión: Tan tiernos, tan miserables

El cantante Nacho Vegas, miembro honorario del club de los miserables.


Los que pasan la noche en vela junto a su gatito enfermo y al amanecer celebran la muerte de un hombre.

Por Antonio Soler.

El agua y el aceite, un culé visceral y un fanático del Real Madrid o un gin tonic al baño maría combinan mejor que un aficionado a los toros y un antitaurino. Son dos visiones irreconciliables. Y cuando los de un lado u otro dicen que respetan al que tiene una opinión contraria lo hacen con la boca pequeña. Lo que quieren decir es que no van a ser agresivos, que no van a sacar la artillería pesada y dejarán correr el asunto. Porque el taurino, en su fuero interno, es consciente de que su interlocutor es un tipo ingenuo, un vegetariano de la vida con un concepto naif de la existencia que lo limita para apreciar la hondura del drama y la belleza sobrecogedora que representa el toreo, mientras que los antitaurinos ven a los toreristas como unos seres insensibles, guiados por la brutalidad y que anteponen su gozo al suplicio de un animal, eso que normalmente se conoce como sadismo.

Difícilmente puede haber un punto medio en esta cuestión. Los argumentos de unos y otros, por su propia naturaleza, no pueden llegar a algo que se parezca al entendimiento. El presunto arte, la tauromaquia como única posibilidad de que el toro de lidia perviva, la pancarta con los manidos nombres de Picasso o Lorca como adalides de la fiesta nacional y la crueldad, recrearse en la tortura de un animal y otra larga lista de insignes escritores o artistas antitaurinos no podrán reconciliarse jamás. Uno pertenece al segundo sector, al de quienes repudian esa manifestación atávica y desfasada, propia de sociedades primarias y donde lo más reprobable, siéndolo mucho, no es el sufrimiento de un animal, sino convertir en espectáculo una sucesión de castigos, puyas, alanceamientos y hemorragias hasta llegar a la agonía y la muerte. Ni siquiera la posibilidad de que el arte asome realmente en esos pasitos de ballet o en la grotesca indumentaria de esos personajes que valientemente se juegan la vida en busca de un sueño, de una pasión, puede justificar moralmente algo tan bajo como hacer una fiesta de algo tan sórdido como el tormento y la muerte de un ser vivo.

Precisamente por eso no pueden entenderse y mucho menos justificarse desde ningún punto de vista esas manifestaciones de alegría que surgen, normalmente amparadas en el anonimato, a la muerte de un torero. Ahora ha sido con Iván Fandiño, antes fue con Víctor Barrio. Ese doble sesgo, defensor de los animales y eufórico celebrante de la muerte de un ser humano, casa mal con cualquier atisbo de ética. Y sin embargo no es infrecuente la aparición de ese cortocircuito moral. Esos ángeles exterminadores. Esa gente que tiempo atrás adoraba la libertad, la paz y la democracia y que desde Málaga o Badajoz votaba a Herri Batasuna en las elecciones europeas. Los que pasan la noche en vela junto a su gatito enfermo y al amanecer celebran la muerte de un hombre y la desgracia de una familia. Tan tiernos, tan miserables.

Publicado en Diario Sur

¡Sí, así de enigmática e inexplicable es!

La muerte del torero”, de José Villegas. Sevilla.
Por Xavier Toscano G. de Quevedo.

Seguramente para algunos es incompresible, y debido a ello es que emiten juicios insustanciales y poco certeros. Pero la realidad es que nuestro enigmático Espectáculo Taurino es un aconteciendo histórico, artístico, cultural y social, que lleva implícito un fondo de dramatismo y muerte. Es en esta única e incomparable celebración, que contamos con dos figuras opositoras: primero a su majestad el toro bravo, y de igual forma a un lidiador llamado torero. Cada uno de ellos dotados de sus propias defensas; el toro con sus cualidades propias que le ha suministrado la naturaleza, que son su carácter de acometividad —que lo diferencia de los demás bovinos de la creación— y sus astifinas astas. Y el torero con su inteligencia reflejada en los conocimientos adquiridos —denominado “oficio”— y sus implementos: capote, muleta y estoque, que constituyen un difícil equilibrio, pero que son las herramientas necesarias para crear y dar vida a este incomparable ARTE.         

Este enmarañado dilema y sus dos protagonistas, son los elementos de una celebración solemne nacida de la casualidad —que fue el encuentro fortuito con el TORO BRAVO hace más de nueve siglos— y adoptada por el ingenio de los caballeros de esa época, y que a través de siglos de historia se convertiría en un hecho social, que no únicamente fue “adoptado” en sus inicios, sin que finalmente se “adaptó” a una sociedad que continua con “vigencia” hasta nuestros días.  

Nuestro Espectáculo Taurino es un hecho cultural, como lo han definido durante su ya dilata historia un número importante de intelectuales, poetas y filósofos, como Federico García Lorca, el Dr. Ortega y Gasset, el premio Novel de Literatura Mario Vargas Llosa, y muchos más. Sin La Fiesta Brava, sería muy difícil concebir y comprender el desarrollo de muchas sociedades, iniciando por sus creadores, el pueblo español, y continuada y perpetuada por todas aquellas naciones de nuestro continente —México como grande precursor— donde sus sociedades igualmente se “adaptaron y la adoptaron” como parte de un legado histórico-cultural.        

Esta es la realidad de nuestra Fiesta, en la cual el componente cardinal queda implícito en el riego de la tragedia de la muerte. Fundamento serio y muy radical que prevalece, pero que por ello, se convierte en algo profundo y de incalculable respeto que le es consustancial, que deriva en la probabilidad de que un TORO pueda herir e igualmente privar de la vida a un torero.    

¡Hoy de nuevo debemos reflexionar! Apenas si habíamos ajustado un año de la tragedia de Víctor Barrio —9 de junio de 2016— y que todavía se habla con melancolía de su triste desenlace. Cuando una vez más lo nubarrones tornaron de negro el cielo de nuestro enigmático e inexplicable Espectáculo Taurino.  

Y ahí está presente —¡Ay Dios Mío! ¿Por qué?— la muerte, que nos ha arrebatado la vida de otro torero. ¡Silencio, mostremos respeto! Un hombre, “Iván Fandiño Barros”, ha dejado su imagen grabada para la eternidad en la localidad francesa de Aire-sur L’ Adour. Fue en una placita modesta cercana a Mont-de-Marsan, pero él mostró su misma calidad y entrega torera, como si hubiera estado actuando en la plaza más emblemática de Nuestro Universo Taurino.

    
Sí, así de enigmática, profunda e inexplicable es la vida del TORERO, una lucha constante de renuncia en cada tarde, asumiendo un riesgo que ellos libremente han escogido, con la única ilusión —como otros tantos compañeros suyos a través de los siglos— de llegar a ser una figura importante y de alcanzar la gloria en este mágico e inigualable Espectáculo, que continuará estando presente en cada tarde y en todas las plazas del mundo, cuando el Eje Central y Único de esta milagrosa y sublime Fiesta, Su Majestad El Toro Bravo, salga a la arena.

Publicado en El Informador 

Especial Lunes de @Taurinisimos 115 – Gloria @IvanFandino (1980-2017) ¡Adiós, Torero!

Programa Especial @Taurinisimos de @RadioTVMx del lunes 19 de Junio de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Legado de Iván Fandiño, Matador de Toros.

Repaso por su carrera, filosofía y legado. Paso de Iván Fandiño por México.

Faenas en Madrid, Pachuca, tentadero en Piedras Negras.

Entrevista con Marco Antonio González, ganadero de Piedras Negras hablando sobre Iván Fandiño.

Pasodoble “Iván Fandiño” por Gema Castaño y recuerdo fotográfico, brindis a “El Pana” en la Plaza de Toros, Jorge “Ranchero” Aguilar.

Producción: Miguel Ramos.
Operación: Abraham Romero.

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 23 de Junio de 2016 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

FB/Taurinísimo

“Dense prisa… porque me estoy muriendo”


Por Jean Palette-Cazajus.

Dense prisa…porque me estoy muriendo, dijo Iván Fandiño. ¿Acaso es posible resumir mejor lo que es la historia de toda vida humana? Así lo decían los barrocos. In Ictu Oculi reza el conocido cuadro de Valdés Leal. Pero hemos olvidado su lección. Y en los últimos decenios hemos venido despreciando también el concepto de muerte heroica. La del soldado pasó a ser un valor obsoleto propio de épocas brutales, bárbaras y, queríamos creer, pretéritas. Nuestra época va revelándose día tras día presa de una vocación brutal, bárbara y oscurantista. Entretanto, los tontos frívolos consideran como muy insuficientes y mejorables valores que sólo son frágiles, precarios y vitalmente necesarios. No lo dudemos un segundo, se acerca el momento en que habrá que volver a morir para preservarlos. Algunos ya lo están haciendo.

La única otra forma de muerte heroica es la del torero en el ruedo y me atrevo a decir que el objetivo es el mismo. Recordarle al ser humano que si realmente quiere seguir siendo un sujeto emergente, definitivamente salvado del magma indiferenciado de la vida animal, tiene que elegirse un destino. Y no hay destino individual sin riesgo. Siempre que rechacemos la tentación de la mediocridad y de la sumisión. Los toros nos apasionan a los aficionados por muchas razones, pero las razones de sentirnos frustrados suelen ser mucho más numerosas. Nuestra fidelidad se debe a la grata certeza que tenemos de habernos apuntado a “la escuela más austera de vida” como aludía Marcel Proust a la exigencia ética que le llevó, de ser un lechuguino mundano, a sacrificar su salud y su vida a la escritura de su obra.

El torero también nos lleva “En busca del tiempo perdido”. El toreo, cuando es auténtico, crea por un momento un tiempo virgen, recrea el tiempo puro del Ser, provoca una efímera fisura en el espacio-tiempo. Por eso, cuando muere el torero, es de los pocos que merecen acceder al aura del héroe antiguo. Hubo una época en que los toros solían interpretarse a través del prisma “sacrificial”. Frivolidades como siempre. El único sacrificado en el ruedo es el torero. No cuando muere, sino cada vez que hace el paseíllo, puesto que se trata de la elección del riesgo, de la conversión de la rutina en conversación habitual con la muerte.

Y es así porque el lenguaje es el genitor de nuestro destino y la placenta que alimentó nuestra condición. Y no hay más destino para una especie viva que lo que sea capaz de contar de sí misma. Por esto la muerte es patrimonio exclusivo de nuestra especie y el Ser-hacia-la-Muerte, definición exclusiva del individuo humano.

Ningún ente vivo expresa mejor el inexorable expolio de la muerte como la imagen que la evolución primero, el hombre después, fueron confiriendo al toro de lidia. El toro es el mejor Eidós de la muerte, su forma-idea mejor representada y expresada. En la embestida del toro bravo no percibimos movimiento sino sólo amenaza y peligro. Sus astas dibujan en el espacio un programa perforante que aterra las carnes. Las heridas por asta de toro suelen ser devastadoras. Las de Iván Fandiño lo fueron en grado extremo. Nosotros hemos humillado la naturaleza y la hemos devastado. Esto quiere decir que también somos seres humillados y devastados. Por esto el asta letal del toro destroza las carnes pero devuelve sus víctimas a la inocencia y a la imaginación de los pueblos primeros. El torero muerto se inscribe en el tipo de imaginación que alumbró los mitos.

Me aterra particularmente la perspectiva de un tipo de muerte trágica, la más frecuente en nuestra sociedad, la muerte en la carretera, el amasijo de carnes sanguinolentas y de chatarra humeante. No solamente se pierde la vida sino la pertenencia a la humana condición. La sangre sucia en el asfalto entre cristales rotos y restos orgánicos nos retrotrae a la insignificancia cósmica del caracol aplastado que cruje bajo el zapato. Dirán los tontos que la muerte de Iván es gratuita. Lo es en el sentido oblativo, es el último regalo. Por esto la muerte del torero es realmente crística. Nos redime a todos y nos engrandece. 

Incluso a los cínicos.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan.