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La carta del torero Iván Fandiño: “Si estáis leyendo esto, todo habrá acabado”


«Seguramente, si estáis leyendo esto, todo habrá acabado».
Así, con tan desgarradora frase, sin ambages y fiel a su personalidad, comienza la carta que Iván Fandiño escribió dos años antes de su trágico percance. En esta sociedad a veces desnaturalizada, donde la mayoría cierra los ojos ante la muerte, un hombre la miró fijamente.

Como cuenta magistralmente Rosario Pérez en ‘ABC’ este 9 de agosto de 2017, Fandiño no solo dialogaba con ella cada tarde en el patio de cuadrillas -pongamos que hablamos de Madrid-, sino que la conversación se alargaba en la soledad del hotel. A sus 10 años de alternativa era ya una vieja amiga.

Y en ese silencio de la suite 201 de un cinco estrellas capitalino, en mayo de 2015, Fandiño derramó tinta mar sobre dos folios en blanco para escribir la misiva que hoy, dos años después, ha visto la luz. La luz en su familia, destinataria de la correspondencia, la de sangre y la de corazón.

La figura vasca escribió las líneas de puño y letra el 15 de mayo (así está fechada), mes y medio después de su encerrona de «No hay billetes» en Las Ventas, con seis toros de hierros míticos, en una tarde que salió cruz en lo artístico y cara en un llenazo histórico.

Aquel 15 de mayo, festividad de San Isidro, el León de Orduña, de rosa y oro, se reencontraba con la Monumental, con el calor de los fieles que siempre aguardaban su rugido pero también con su crudeza. «Probablemente, el precio que me ha tocado pagar es demasiado duro, pero mi alma está tranquila», deletrea el torero de Orduña en esta carta, algo desteñida por el paso del tiempo y que ha recorrido medio mundo, desde España a Francia, de Colombia a México, de Perú a Ecuador.

«La llevaba en una maleta que sólo utilizaba él. Su mujer, hace unos días, haciendo limpieza, se la encontró. Imagínate la emoción que sentí cuando la leí, el orgullo que siento de haber apoderado a un tío tan tío», contó su apoderado, Néstor García, a Manolo Molés en el programa «Los Toros».

En unas profundas líneas de renglones torcidos, Iván Fandiño -en la eternidad desde el pasado 17 de junio por una cornada «mortal de necesidad»- se despedía de su familia, de sus padres, de su «aita» Paco y de su «ama» Charo; de su hermana, Itziar; de su apoderado, Néstor; de su mujer, Cayetana, su gran amor, que cruzó el Atlántico para sellar una vida en común, y de su mayor tesoro, su hija Mara.

Antes de nacer su hija

Como Gabriel García Márquez, uno de sus escritores favoritos, el maestro sabía que «el mañana no le está asegurado a nadie». Cuando rubricó aquella especie de crónica de una muerte anunciada, de esa vieja conocida a la que entregaba su corazón libre por amor al toro, su hija aún no había nacido.

El destino tenía reservadas 764 lunas más al hombre y al torero, al torero y al hombre. La Historia le regaló un trozo de vida más, de aprendizaje: quiso dar valor a las cosas, no por lo que valían, sino por su significado; caminó mientras otros se detenían; se tiró de bruces, no al sol, sino al de las barbas negras y los pitones astifinos, dejando descubierto no solo su cuerpo, sino su alma.

Y a lo Nobel, el 1 de septiembre de 2015, aprendió que «cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre». Fandiño pudo sentir aquella desbordante emoción, pero cuatro meses y medio antes, cuando firmó esa misiva tan desnuda y doliente, sabía que «la muerte tenía un precio», como aquella película que tantas veces visionó antes del paseíllo, y era consciente de que su hora podía llegar en cualquier momento…

El torero entró en las páginas de la más heroica inmortalidad el 17 de junio de 2017, pero aquella carta del 15 de mayo de 2015 engrandece aún más su leyenda. Mara, en el umbral de las dos primaveras, aún no sabe leer.

Pero tiene quien le escriba: su padre. Y quien le enseñe: su madre, sus abuelos, sus tíos y su padrino, Néstor García, el hombre que confesó sentir un inmenso vacío sin su otra mitad y que ya prepara un libro sobre Iván Fandiño Barros. La historia de un mito a golpe de realidad. Como la vida. Como la muerte.

Twitter @Twittaurino 

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Opinión: La muerte de Ivan Fandiño 


Por Luis de la Calle Robles.

No es casualidad que los soldados que regresan a sus países de origen tras haber participado en misiones de ocupación en el extranjero sufran trastornos de estrés postraumático. Como documentó la premio Nobel Svetlana Alexievich en su extraordinario Zinky Boys, no había nada más deprimente para un joven soviético que hubiera decidido cumplir en la guerra de Afganistán con su “deber internacionalista” que regresar a la URSS y descubrir que, en el mejor de los casos, sus conciudadanos le miraban con pena y en el peor, con desprecio. La camaradería creada durante la guerra, la dependencia mutua para salvar la vida, la rutina de la muerte y el éxtasis de la supervivencia, eran todas estrategias adaptativas que se volvían perjudiciales una vez recuperado el rango civil en una sociedad anestesiada frente a los horrores de los conflictos externos.

El también periodista Sebastian Junger narra en su librito Tribe pautas semejantes para los soldados estadunidenses desplegados en Iraq y Afganistán: más que una enfermedad producida por los estragos de la guerra, el sufrimiento de dichos soldados al regresar a casa parece estar dirigido por su incapacidad para adaptarse a una sociedad que no valora (e incluso rechaza) los valores y comportamientos que son precisamente necesarios para sobrevivir en un conflicto bélico. Ese desajuste entre el igualitarismo agresivo de la vida en una unidad militar y el individualismo ecléctico de la sociedad norteamericana cortocircuita a los soldados que al regresar descubren que sus esfuerzos, lejos de ser agradecidos, son en el mejor de los casos ninguneados. Los eclécticos encuentran poco que elogiar en el soldado, porque este es mero asalariado víctima del sistema (en la visión más bienpensante) o un sádico deseoso de venganza (en la visión más fanática). 

En las sociedades modernas no hay sitio para la violencia. Esto no quiere decir que no exista, sino simplemente que se trata públicamente como una mutación sorpresiva del gen humano que más pronto que tarde desaparecerá. En parte hay motivos para este optimismo. En su monumental The Better Angels of Our Nature, el psicólogo Steven Pinker evidencia la caída paulatina que las muertes violentas han experimentado al menos en Occidente. Las guerras internacionales parecen una reliquia del pasado. La caída de la URSS aceleró las transiciones democráticas (qué tipo de democracia se consolidó, esa es otra cuestión), así como la apertura de mercados internos al comercio internacional. La literatura académica sobre violencia ha encontrado que los países democráticos rara vez hacen la guerra entre ellos y que el intercambio comercial entre países también reduce las probabilidades de guerra. En el frente doméstico, con la hecatombe del marxismo rebelde, los conflictos violentos son casi monopolio del yihadismo islámico desde hace más de una década. Y donde no hay yihadistas, las disputas internas se canalizan cada vez más hacia fórmulas supuestamente apolíticas en las que los antaño rebeldes robinhoudianos hoy se rigen por la más escrupulosa regla del beneficio propio. Los ladrones, es sabido, deberían minimizar su uso de la violencia para no atraer el foco policial, y cuando se lo atraen, poco importa cómo se acabe con ellos siempre y cuando se acabe.

Sin guerras internacionales, la violencia es personificada por las masacres que con periodicidad tristemente admirable se repiten en Estados Unidos producidas por jóvenes perturbados con acceso fácil a las armas, por los ataques suicidas realizados por yihadistas en territorio europeo y por las narcofosas llenas de cadáveres anónimos. En los tres casos, los perpetradores de la violencia se representan como seres alienados y autoexcluidos, que han renunciado a formar parte de una sociedad occidental ilusionada con la utopía pacifista. Aislados de cualquier red de legitimidad política, los nuevos malvados ni siquiera tienen el consuelo de saberse en posesión de la verdad histórica. Su violencia es perversa, dice el discurso oficial, porque está desenraizada de la pacífica civilización vencedora. Pero desgraciadamente toda civilización tiene su cuota de sangre y no hay Roma sin gladiadores.

El pasado 17 de junio, el torero vasco Iván Fandiño fue mortalmente corneado en la plaza francesa de Aire-sur-l´Adour, cuando quitaba por chicuelinas al tercero de la tarde, toro de nombre “Provechito” y perteneciente a la ganadería de Baltasar Ibán. A pesar de que no faltaron miembros de la civilización pacífica que salieron a alegrarse por la desgracia ajena, tanto los profesionales (ganaderos, toreros, empresarios y periodistas) como los miles de aficionados al toreo sintieron en sus almas esa comunidad del dolor, esa solidaridad del silencio que los soldados “imperialistas” relatados por Alexievich y Junger no encontraron al regresar de sus misiones por el extranjero. 

El ritual taurómaco seguirá teniendo sentido siempre que haya personas dispuestas a jugarse la vida al ponerse delante de un toro y haya miles de aficionados que reconozcan el significado último de ese enfrentamiento atávico entre un hombre valeroso y artista y un animal fiero y noble. Sin esa comunidad de sentido, el toreo no es nada. Con esa comunidad, ya pueden aprobarse leyes y apagones mediáticos, que no desaparecerá. 

Quizás llegue el día en el que el ser humano sea capaz de abstraerse de su pasado evolutivo y garantizar derechos efectivos a los otros seres vivos que pueblan el planeta. Hasta que ese día llegue, las corridas de toros seguirán siendo una representación popular del sangriento enfrentamiento entre los hombres y los animales, un enfrentamiento que para Iván Fandiño tristemente acabó en derrota.

Publicado en La Silla Rota 

Asociaciones taurinas francesas denuncian una canción que se burla de Fandiño


En el año 2017 el mundo ya no sabe llorar la muerte de un torero…

Dos de las grandes asociaciones taurinas de Francia han pedido la intervención de la autoridad audiovisual y de la dirección de la radio pública francesa tras la emisión en esta cadena, el pasado viernes en un programa humorístico, de una canción que se mofaba de la muerte del torero Iván Fandiño.

De SOL y SOMBRA.

PARÍS. “Aunque el aspecto provocador y de mal gusto de los humoristas no puede cuestionarse por principio”, en este caso “se han superado ampliamente los límites admisibles de la libertad de expresión”, señalaron en un comunicado conjunto la Unión de Ciudades Taurinas Francesas (UVTF) y el Observatorio Nacional de Culturas Taurinas (ONCT),

En particular -añadieron- porque en la referida canción de Frédéric Fromet hay una “voluntad deliberada de ofender” y un “ataque a los sentimientos de aflicción de la familia” de Iván Fandiño, que sufrió una cornada mortal el pasado día 17 en la plaza de Aire sur Adour, en el suroeste de Francia.

Por eso la UVTF y el ONCT justificaron su petición para que, ante unos contenidos “incalificables” contra el diestro, intervenga el Consejo Superior del Audiovisual (CSA), la dirección de Radio France, así como la de la emisora “France Inter” y su mediador.

También exigieron “por el honor de la radio de servicio público y por la credibilidad de sus programas”, que haya “excusas públicas” del autor de lo que consideran una “agresión tan inmunda como gratuita”.

Y que se les dé un derecho de réplica para “hacer justicia al hombre de honor” que fue el diestro vasco, “insultado en antena”.

Recordaron que el CSA -con competencia para evaluar el respeto de las reglas que se imponen a radios y televisiones- sancionó hace más de veinte años a una emisora porque un presentador se felicitó de la muerte en servicio de un policía, un dictamen que fue refrendado por el Consejo de Estado.

“La dimensión festiva que se dio a la muerte del torero se corresponde de forma manifiesta al mismo tipo de comportamiento”, afirmaron.

Además, advirtieron de que la “profunda hostilidad” de la creación de Fromet podría generar “reacciones malsanas, incluido el uso de la violencia” en un momento en que “el activismo anti-taurino se desborda regularmente”.

En esa línea, las organizaciones taurinas se quejaron de que la radio pública “al autorizar tales derivas (…) favorece el empobrecimiento cultural que lamentamos en las jóvenes generaciones y alimenta el aumento de la intolerancia” en la sociedad.

El humorista Frédéric Fromet, que la presentó como una “canción festiva”, decía entre otras cosas en la letra: “el toro te redujo a chorizo”, “hizo de ti una brocheta española”, “hizo de ti una fantástica tortilla” o “te fuiste como una boñiga”.

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The death of a matador will, paradoxically, make bullfighting more popular

Spanish bullfighter Ivan Fandino performs with a bull from the Pedraza de Yeltes ranch, at the San Fermin Festival, in Pamplona, northern Spain. (AP Photo/Alvaro Barrientos).

By Dan Hannan.

Iván Fandiño preferred to let his cape do the talking. The handsome Basque bullfighter was what the Spanish call “una persona muy seria” — a solemn, grave, laconic man. He rarely opened his mouth unless something needed saying, even down to his last words. As he was being carried from the little bullring at Aire-sur-l’Adour in southern France, he told his assistants, “Hurry up, because I’m dying.” The bull’s horn had plunged deep into his right side, damaging his liver, kidney and lung. His heart stopped at Mont-de-Marsan hospital before his wife and baby daughter could reach him.

His death, following that of the Segovian matador Victor Barrio less than a year ago, has revived the abolition debate. Before Barrio, there had been an unprecedented run of 31 years without a matador dying in the ring.

There is a persistent myth in English-language newspapers that bullfighting is in decline. It isn’t. Ticket sales peaked just before the financial crisis hit Spain, and are now reviving again. True, Catalonia voted to outlaw corridas in 2010, but more from separatist angst than from cultural or humanitarian considerations. In southern France, toreo is more popular than ever. Spanish Catalans ban bullfights to flaunt their distance from Madrid; French Catalans embrace it to flaunt their distance from Paris.

If anything, the reminder of mortality is likely to revive interest in the rite. Aficionados don’t like to talk about it, but they were worried that three decades without a fatality were damaging the integrity of the corrida. Take away the possibility of human death, and you are no longer watching a tragedy; only a circus spectacle.

The death of the bull, by contrast, is not in doubt. The animal that gored Fandiño, a fierce and quirky specimen called Provechito, was put to death. Because “corrida de toros” is bizarrely translated into English as “bullfight,” the implication is that it is a contest. This helps explain why the practice is so unpopular among English-speaking peoples. If it truly were a contest, it would be monstrously unfair, and we bridle as much at perceived one-sidedness as at the suffering.

When Spaniard uses the word “fight” (lucha) in the context of bulls, he is being derogatory: he means that the matador has lost all control and is struggling to stay alive. It would never occur to him that he is watching a competition. Rather, he is watching a tragedy — a tragedy that can be well or badly played, but that always ends the same way. As the poet Federico Lorca put it: “Toreo is the liturgy of the bulls, an authentic religious drama in which, just as in the Mass, there is adoration and sacrifice of a god.”

That adoration made our ancestors scrawl the image of the aurochs on the cave wall at Lascaux. It stirs the crowds today when they see the descendant of that aurochs, as finely bred as any racehorse, thundering onto the sands. They revere the aristocrat before them, and they want his death to be worthy of his life — something which, as Ernest Hemingway liked to tell everyone, can only be accomplished if the matador is prepared to maximize the danger to himself by working as closely as possible to the horn-tips.

Why has bullfighting become less deadly? Partly because of advances in medicine. Outside the vast, Moorish-style ring in Madrid is a statue paid for through a public appeal by toreros themselves. It is not of a bullfighter, but of a Scottish biologist: Alexander Fleming, who discovered penicillin. Partly, too, because of the profusion of taurine schools, where young men learn the craft from an early age. The leading matadors, who effectively get to dictate which bloodlines they appear with, naturally want breeds that charge simply and straightforwardly, allowing for maximum artistry. There is still a demand for “difficult” bloodlines, though, especially in France, and Fandiño specialized in these more dangerous bulls.

Will the fiesta be banned? I suspect that, in time, the breeding of animals for human use generally will cease. Our meat will be produced in laboratories, vast tracts of pastureland will be returned to nature and slaughterhouses, like bullrings, will close.

Until that moment, though, consider this. The fighting bull is not separated from his mother at birth, nor castrated, nor are his horns or tail docked. He is not penned up, nor fed on pellets. Rather, he spends five years living in a state of nature without human contact. He then dies savagely but not protractedly: by law, the matador must complete his work within fifteen minutes. If I had to choose between that life and the life of the animal that becomes your steak — let alone your veal — I wouldn’t hesitate.

Link: Washington Examiner

Opinión: El animalista inhumano


Por Ignacio Blanco.

Hace un año que falleció Victor Barrio y hace unos días fue Iván Fandiño. También nos dejó en 2017 Adrián Hinojosa, un niño de 8 años, al que el cáncer interrumpió su inocente vida y cuyo deseo era ser torero. No puedo llegar a imaginarme el sufrimiento de unos padres enfrentados a la enfermedad y muerte de su hijo, azotados durante ese trance por los indeseables animalistas inhumanos, una nueva clase social que pretendiendo amor a los animales desean la muerte a los seres humanos.

Dijo Schopenhauer que el hombre, en el fondo, es un animal terrible y cruel, en referencia a que ese fondo queda oculto por la domesticación a que nos somete la educación recibida del entorno social en el que nos desarrollamos. Un entorno social que nos trasmite como pilar básico el respeto por los demás. El respeto a su vida y su integridad, pues el ser humano como ser social, requiere de la vida en comunidad para sobrevivir y desarrollarse. Una vida social que no puede basarse en la constante agresión para lograr objetivos personales, pues estos pueden ser más altos y se obtienen con un menor coste, cuando los mismos se logran mediante la colaboración voluntaria.

Este principio liberal, básico de nuestra civilización, parece no haber sido asumido por los animalistas inhumanos. Se extiende peligrosamente el deseo a la muerte del semejante para tratar de solucionar problemas o frustraciones personales, muy propio del darwinismo social, que estos fundamentalistas del derecho animal critican cuando se da en ámbitos no relacionados con el animalismo. La competencia entre especies ha desaparecido en el caso del ser humano y esta es la razón por la que el hombre evoluciona sólo contra sí mismo, pues no hay animal en el mundo que le plantee competencia alguna. Unos compiten por dinero, otros por fama, otros por alimento, otros por la defensa de los animales y en esta lucha, en algún momento, alguien rebasa la línea roja deseando la muerte del otro, símbolo extremo de competencia.

El ansia de protección de los animales y el deseo de que estos sean tratados dignamente es encomiable, pero sólo hasta el límite de la dignidad del propio ser humano. Algo que parece comienza a cuestionarse incluso en el ámbito penal, donde ya existen casos de condenas a penas de prisión por maltrato animal, algo que el propio Karl Marx consideraría una aberración. Esta extraña evolución del derecho penal de salón de té, podría llevar en breve a que se considere genocidio la actividad de los mataderos, que exista una policía local para constatar el trato que los hamsters reciben de nuestros hijos o se decrete el derecho a una renta social para palomas cuyo sustento no está asegurado en la ciudades actuales.

Vivimos una sociedad adormecida en una ensoñación de ausencia de dolor, esfuerzo o problemas, en la que nuestros deseos se convierten en necesidades y estas en derechos. Una sociedad en la que una lata de comida para gatos es más cara de una lata de atún para consumo humano. Una extraña sociedad que enloquece con sus animales domésticos a los que en ocasiones trata mejor que a sus propios hijos. Una sociedad que cree vivir un cuento de hadas, en la que como refiere Clarasó en su Asesino de la Luna «El ser humano es incomprensible para los otros seres humanos; solo algunos animales domésticos le comprenden. Pero estos no escriben sus memorias y no se sabe lo que piensan del hombre».

Es incomprensible como el supuesto amor a los animales lleva a algunos a ser peores personas. No hay sentimiento más despreciable que desearle la muerte a otro ser humano, pero el simplismo o la debilidad mental de estos indeseables, les lleva a aliviar sus frustraciones deseándole la muerte a un niño.

No soy aficionado al toreo, no lo comprendo, no disfruto con el espectáculo de la tauromaquia, asistí en una ocasión a una corrida y no me gustó, pero no me genera el completo rechazo que me producen las manifestaciones y actitudes de aquéllos, que considerándose amantes de los animales, le desean la muerte a otra persona y me produce asco cuando lo desean a un inocente niño de 8 años, que ni siquiera llegó a cumplir su sueño de ser torero.

Me pregunto quién respeta más al animal, ¿el torero o el animalista inhumano?. Esta pregunta sólo puede ser respondida desde la perspectiva del riesgo que asume cada uno en su propósito.

En este sentido, resulta evidente que es el torero quien respeta más al animal, pues es éste el que se expone a morir. No me imagino mayor respeto que ofrecer la vida en un propósito. Exponer tu vida, arriesgarte a no volver a besar a tus hijos, verlos crecer o amarlos, supone otorgar un poder al animal, que ningún animalista comprende. Supone elevar al Toro a la categoría de ser humano, cuando este puede acabar con la vida que presentas frente a sus astas. He tratado de imaginar que pretende el torero, y me resulta evidente que no es el hecho de la muerte del toro, si así fuera, no sería necesario exponer la vida en ello, bastaría con entrar en una finca con un fusil para lograr tal objetivo. Sin conocer a ningún torero, creo imaginar lo que lo mueve, es el propio hecho de exponerse a la muerte sin quererla, pero sin rechazarla, de experimentar la vida en ese hilo de tierra que la separa del avismo de la muerte, un territorio que pocos recorren, pero que se me antoja de una extraordinaria fuerza. En los entornos de seguridad en los que vivimos actualmente, en los que nadie asume ningún riesgo, todos los problemas han de sernos solucionados por otros, frente a esas aburridas vidas que parecen rodar todas sobre la misma huella, la tauromaquia se me antoja como uno de esos reductos en los que puede suceder cualquier cosa, hasta la muerte.

En el caso del animalista inhumano, resulta evidente que no respeta más al animal que el torero. El animalista inhumano no arriesga nada en su defensa. Su mayor esfuerzo es sentarse en el retrete y trolear desde una cuenta anónima de twitter con su iPhone anticapitalista, deseándole la muerte a un torero o a un niño. Si no arriesgas nada por la causa que defiendes ¿tiene esa causa algún valor, cuando el torero arriesga la vida en su lance con el toro?.

Son estos animalistas inhumanos, estos débiles mentales, los que en su incoherencia vital se oponen a la pena de muerte, dictada por un tribunal estadounidense, pero al mismo tiempo la desean a sus semejantes cuando son ellos el jurado de su propia causa animal.

Por otro lado, cuesta entender como pretenden estos animalistas inhumanos salvar al toro de lidia sin el toreo, pues estoy convencido de que estos animalistas inhumados no dedicarían un minuto al mantenimiento de estos formidables animales, salvo que sea con el esfuerzo y el dinero de otros.

En fin, como dijera Bertrand Russell «los animales son felices mientras tengan salud y suficiente comida. Los seres humanos, piensa uno, deberían serlo, pero en el mundo moderno no lo son, al menos en la gran mayoría de los casos» y los animalistas inhumanos nunca llegarán a serlo porque la vida de un ser humano nunca estará por debajo de la vida de un animal.

Publicado en Gaceta

Opinión: La veracidad de la fiesta de toros

Por Salvador Giménez.

La fiesta de toros no pasa por buen momento para la sociedad de nuestro tiempo. Tachada de cruenta y arcaica por un sector animalista hueco y vacío, que incluso trata de cercenar las libertades individuales de aquellos a los que gusta, y que antepone la defensa de los derechos de los animales, tratando por todos los medios, y a cualquier precio, colocarlos a igual nivel, o incluso superior, que a de los seres humanos.

Por otro lado, otros, que dicen defender la tauromaquia, buscan un ceremonial en el que prime la estética y la belleza sobre todos los demás valores del toreo. Solo importa lo artístico buscando dejar de lado la épica y la tragedia. Venden y buscan la imposición de una fiesta incompleta, huérfana de gran parte de sus valores y con ello, sin desearlo, también colocan a la fiesta en un lugar complejo, pues los que llegan nuevos a una plaza de toros sólo están viendo una parte de lo que debe de ser la última liturgia viva de la cultura mediterránea.

La fiesta de toros necesita una defensa veraz y auténtica de todo su valor cultural y antropológico. El fundamento del toreo no es otro que la lucha primigenia de la razón del hombre contra la fuerza bruta de un animal enigmático y milenario. Una lucha a muerte, pues la tauromaquia es una representación de la vida que concluye con la muerte, siempre presente aunque no lo parezca. Por eso, se debe de mirar hacia dentro y comprobar que quedándonos con lo estético y superficial, erradicamos la tragedia y el drama de la muerte, que no es otra cosa que el fin de la vida.

Puede parecer complejo, tal vez anacrónico. Pero el drama puede hacerse presente en cualquier momento y lugar, de modo y forma que la realidad del toreo se hace notoria. El drama forma parte de la liturgia, aunque muchos traten de ignorarlo o maquillarlo con un exceso de brillo artificioso. El drama, o la muerte, van de la mano a la gloria efímera de lo que dura un triunfo.

La muerte siempre está presente. No hace más de una semana, la parca volvió a manifestarse mostrando la verdad del toreo. Un torero honesto, fiel representante de la ortodoxia más pura, caía herido mortalmente en la arena. Un torero que estaba alejado del arquetipo actual. Un torero forjado a sí mismo, fiel a un concepto y a un ideario que ha defendido hasta el final. Un torero independiente, que no atendió jamás a los cantos de sirena del sistema que adultera la fiesta a la que amaba y por la que ha entregado su vida. Un sistema que no le perdonó jamás un fallo y que no le agradeció jamás la defensa de los valores más veraces del toreo.

La muerte de Iván Fandiño en Vic-Fezensac no ha venido nada más que a mostrar la cruda realidad del rito. No han importado sus esfuerzos, sus sacrificios, sus gestas, sus triunfos, sus cimas, y también sus simas, a las que pudo superar, en unos segundos un buido pitón acabo con su vida, repitiéndose así el drama que convierte al hombre en un héroe mitológico. También esta muerte ha traído la miseria del ser humano. Una vez más los que se dicen detractores del toreo y defensores de los animales han vuelto a mostrar su crudeza, bajeza y una amoralidad infinita. Alegrarse de la muerte de un ser humano no hace nada más que poner de manifiesto su podredumbre de ideas y la escoria de unos sentimientos nulos y obtusos.

Aquel que llamaron León de Orduña entregó su vida por una fiesta que es difícil de comprender, pero que está ahí, anclada al ADN de cada español desde hace muchos años. Una fiesta que no debe de perder ni un ápice de su verdad. Es triste, pero es así, el rito sacrificial del toreo puede tener estos tintes trágicos, pero es cuando la verdad prevalece sobre lo que nos quieren hacer ver desde cierto sector que dice defenderlo.

Fandiño estuvo fuera del sistema, fue torero más de aficionados que de público ocasional, pero aún así demostró su grandeza. 

Paradójicamente nunca abrió plaza en el albero califal, aunque sí actuó en la provincia. Tres fueron sus apariciones en cosos cordobeses. El 5 de agosto de 2011 se presentó en la plaza de Villanueva de Córdoba. Le acompañaron Juan Manuel Benítez y Cesar Jiménez, estoqueando una corrida de Las Monjas. Ya dejó patente su estilo clásico y ortodoxo. 

Más tarde, en 2014, formó parte del cartel inaugural del coso de Almedinilla, donde cortó cuatro orejas y un rabo. Le acompañaron el veterano Francisco Ruiz Miguel y Manuel Díaz El Cordobés. Su última actuación en ruedos cordobeses tuvo lugar en Pozoblanco el 27 de septiembre de 2015, alternando con Manuel Escribano y el rejoneador Leonardo Hernández.


Publicado en El Día de Cordoba

¿La Fiesta en Paz? Iván Fandiño: legado torero y denuncia post mortem


Por Leonardo Páez.

La muerte ha sido y sigue siendo el gran tabú de la humanidad, no obstante los esfuerzos de falsos demócratas, delincuencia organizada, narcos y autoridá para familiarizarnos con aquella, en forma real o en transmisión diferida. El propósito es el mismo: alimentar el miedo a la muerte, es decir, a la vida, para que deambulen, autorregulados, los vivillos y se estorbe a los valientes. 

La puntual no conoce suertes, embestidas, terrenos ni plazas. Llega y ya, cuando tiene que llegar, no cuando una lógica amedrentada supone que sea oportuno. Que los enfermos mentales –animalistas justicieros que se alegran por la muerte de un torero– sigan ladrando junto con los dueños del pandero taurino. A unos y a otros les falta conciencia de humanidad, comprensión de lo sacrificial, de volver sagrado lo ordinario y de llevar a cabo ofrendas apasionadas en afán de trascender. A taurinos y a antis les falta, sobre todo, grandeza de espíritu. 

Iván Fandiño, fallecido el sábado 17 de junio, tras perforarle el hígado un bravo bello rey de astas agudas, de nombre Provechito, del hierro de Baltasar Ibán, poseía una tauromaquia contraria al espíritu comodón de la época, empeñado en sustentar el arte de la lidia en una falacia: disminuir la casta y la tauridad del toro para que los toreros, artistas o no, toreen bonito, como si en ello pudiera sostenerse la emoción y el dramatismo del espectáculo. A Fandiño no le interesaba –y ese es su legado– torear bonito, sino enfrentar al toro sin adjetivos –como el codicioso que lo mató, como el lleno en su ejemplar encerrona en Madrid en 2015 con toros para toreros no para posturas–, por ello gustaba de fundirse con los astados y ofrecer una tauromaquia trascendente por comprometida. La estética de la ética, hoy postergada por casi todos en aras del toro bobo y repetidor. 

Por eso a Fandiño, sobrio y cabal en el trazo, lo relegó la tauromafia que detenta el dañino circuito del figurismo globalizonzo, el taurineo abusivo de los neoconquistadores del continente inventado, que se apropió del toreo para beneficio exclusivo de algunos, siendo frenado por figuras y empresas que hoy externan sentidos pensamientos. El desfile de pésames y esquelas tras la muerte del torero tiene un tufo de oportunismo, demagogia, cinismo o todo junto. Enrique Ponce, por ejemplo, escribió en Twitter: Ayer, hoy y siempre contigo, torero grande. 

Llenaste de orgullo y grandeza el toreo con tu pureza y verdad. Se oye bien, aunque en la realidad haya sido diferente. Matador de toros desde agosto de 2005, Fandiño confirmó en Madrid casi cuatro años después, en mayo de 2009. 

Triunfó en las principales ferias de España, en las plazas francesas, donde el exigente público torista lo tenía entre sus favoritos, y se presentó con éxito en cosos de Ecuador, Colombia y México. En nuestro país, donde somos hospitalarios pero malos aficionados, incluidos empresarios, ganaderos y comunicadores, a Iván Fandiño le sirvieron en Huamantla y Pachuca encierros tan terciados, que no faltó el indignado que lo tachara de Fraudiño, como si él hubiera escogido ese infamante ganado y no sus anfitriones. Pero en años recientes así semos: entreguistas con los de fuera y rigurosos con los de casa. Sin embargo, ¿sabe cuándo confirmó Iván su alternativa en la plaza México? Acertó: nunca. No era de la tauromafia. Entonces dejémonos de reproches a destiempo entre nosotros mismos, como ha sugerido un positivo.

Publicado en La Jornada.

@Taurinisimos 116 – Madrid, Mejores Faenas. Fandiño en Mont de Marsan. Adiós Gregorio Sánchez.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 23 de Junio de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Actualidad Taurina.

Resumen, Mejores Faenas, Madrid 2017.

Gines Marín, Enrique Ponce, Alejandro Talavante, Juan del Álamo y Sebastián Castella. Ganaderías Alcurrucén, Victoriano Del Río, Conde de Mayalde y Jandilla.

Recuerdo de Gregorio Sánchez, fallecido esta semana.

Iván Fandiño en Mont de Marsan en 2014, corrida de La Quinta.

Recuerdo infancia de Iván Fandiño (EITB).

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 30 de Junio de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

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