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Sobre héroes y tumbas (In memoriam Iván Fandiño, 29.09.1980 – 17.06.2017)

Por Jean Juan Palette-Cazajus.

«Dense prisa…porque me estoy muriendo», intuyó el torero IvánFandiño tras la cornada, hoy hace un año. ¿Acaso es posible resumir mejor la historia de toda existencia humana? En el momento de encarar su trágico destino, Ivan Fandiño se convirtió en exacerbada metáfora de todos nosotros. «In Ictu Oculi», reza un cuadro sobrecogedor de Valdés Leal, en el sevillano Hospital de la Caridad. Esto es, «En un abrir y cerrar de ojos». Así vuela toda vida y así lo recordaban a todas horas los barrocos. Pero hemos olvidado su lección. Huye volando toda vida, pero más rápido se trunca todavía la de los héroes ¿Cuánto tiempo llevamos menoscabando el concepto de muerte heroica? La del soldado hace tiempo que ha pasado a ser un valor obsoleto, casi despreciado, propio, de épocas brutales, bárbaras y, queremos creer, pretéritas. Pero «el hombre es aquello que le falta» decía Georges Bataille. Es decir que iluso y peligroso es todo aquél que espera del ser humano cosa alguna que no termine generando carencia y frustración.

La historia nos lo ha mostrado y nos lo sigue mostrando inexorablemente: cuando una sociedad repica campanas triunfalistas, éstas sólo pueden sonar estridentes, destempladas y a la postre siempre fraudulentas. Prestemos oídos a un tañido aparentemente más modesto, en realidad todavía más ambicioso, el que postula nuestras sociedades democráticas simplemente como las menos malas en la historia humana. Sostenidas por valores definitivamente frágiles, precarios y cada vez más inciertos. Por esto son altamente temibles los yihadistas del progreso impepinable, los ciegos ante lo conseguido y los cegados por la quimera de las causas finales. Los insensatos que piensan que una sociedad se puede operar a corazón abierto. Entre los tumores por extirpar están los valores sacrificiales de la tauromaquia ¡Valores reaccionarios y brutales! consideran. Que sólo pueden entorpecer el porvenir entre algodones que nos espera. O esto creen.

En realidad nuestras sociedades sobreviven en un mundo cada día más tambaleante. Las vemos asediadas por jaurías brutales, dogmáticas y oscurantistas. No lo dudemos un segundo, se acerca el momento en que habrá que volver a aprender a morir en nombre de valores. Algunos ya lo están haciendo por nosotros. Pero, de momento, la única forma de muerte heroica, ejemplar y desinteresada que todavía conoce nuestra sociedad es la del torero en el ruedo y me atrevo a decir que el objetivo es el mismo: recordarle al ser humano que si realmente quiere seguir siendo un sujeto emergente, definitivamente extraído del magma indiferenciado de la vida animal, tiene que elegirse un destino. Y no hay destino individual sin riesgo. Siempre que rechacemos la sumisión al determinismo, a la inercia de nuestra herencia biológica. Siempre que marquemos diferencias: así, mientras el toro ni siquiera sabe que es toro, nosotros podemos elegir ser torero…o militante antitaurino. A los aficionados, los toros nos apasionan por muchas razones. Muchas razones tenemos también de sentirnos cada vez más frustrados. Nuestra fidelidad se debe a la grata certeza que tenemos de habernos apuntado a «la escuela más austera de vida», en expresión de Marcel Proust, a la misma exigencia ética que llevó quien empezara siendo un lechuguino mundano, a sacrificar su salud y su vida a la escritura de una obra excelsa.

El torero también nos lleva «En busca del tiempo perdido». El toreo, cuando es auténtico, crea por un momento un tiempo virgen, recrea el tiempo puro del Ser, provoca una efímera fisura en el espacio-tiempo. Por esto, cuando muere el torero, es de los pocos que merecen acceder al aura intemporal de los héroes homéricos. No nos engañemos, cuando hablamos de la dimensión «sacrificial» de los toros no nos referimos a la muerte del animal. La pasión que lleva el aficionado a la plaza es la conciencia de que la vida del torero es «Pasión». Él es el único sacrificado en el ruedo. Y no solamente cuando muere, sino tantas veces como hace el paseíllo, tantas veces como sabe que puede morir. Extraño oficio que ve la conversación habitual con la muerte elegida a modo de singular rutina.

Y es así porque el lenguaje es el genitor de nuestro destino y la placenta que alimentó nuestra condición. Y no le busquemos más destino a ninguna especie viva fuera de lo que sea capaz de contar de sí misma. Por esto la muerte es patrimonio exclusivo de nuestra especie y el Ser-hacia-la-Muerte definición privativa del individuo humano.

La evolución primero, la capacidad simbólica del hombre y la selección ganadera después, hicieron de las astas del toro de lidia el más expresivo vector de la muerte trágica. El toro es el mejor «eidós» de la muerte, su forma-idea mejor representada y expresada. En la embestida del toro bravo no percibimos el movimiento sino sólo la amenaza y el peligro. Sus astas dibujan en el espacio un programa perforante que aterra las carnes. Las heridas por asta de toros suelen ser devastadoras. Las de Iván Fandiño lo fueron en grado extremo. Nosotros, que somos naturaleza, hemos humillado la naturaleza y la hemos devastado. Esto quiere decir que nos hemos convertido también en seres humillados y devastados. Por esto el asta letal del toro destroza las carnes pero devuelve sus víctimas a la inocencia y a las zonas del alma que sólo conocieron los pueblos primeros. El torero muerto nos devuelve al mundo de sentimientos y al tipo de imaginación que alumbraron los mitos fundadores.

Hay otra modalidad de fatalidad mortal cuya perspectiva me aterra particularmente por su atroz mediocridad. Me refiero a la más frecuente en nuestra sociedad, el accidente de tráfico, carente de toda grandeza, carente de toda significación, carente de toda finalidad pero tranquilamente metabolizado por nuestras sociedades, mientras la muerte del torero escandaliza a los atolondrados. El accidente, que reduce la realidad humana a su peor inexistencia aleatoria, al amasijo de carnes sanguinolentas y de chatarra humeante. No solamente se pierde la vida en aquellas ocasiones sino la pertenencia a la humana condición. La sangre sucia en el asfalto entre cristales rotos y restos orgánicos nos retrotrae a la insignificancia cósmica del caracol aplastado que cruje bajo el zapato.

Las almas piadosas que han venido diciendo que la muerte de Iván Fandiño era gratuita no estaban interesadas en conocer la diferencia entre el accidente y la tragedia. Gratuita, la muerte de Iván lo fue en el sentido oblativo, fue su último regalo. Por esto la muerte del torero aparece realmente crística. Nos redime a todos y a todos nos engrandece. Incluso a los cínicos.

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En la plaza de Las Ventas, con Iván Fandiño en el recuerdo

Fortes brindó su primer toro a la memoria de Fandiño. PLAZA1.
Fortes brindó su primer toro a la memoria de Fandiño. PLAZA1.

Por Alejandro Martínez.

A las siete y cinco minutos de la tarde, justo al finalizar el paseíllo, en la plaza de toros de Las Ventas se hizo el silencio. Los toreros, desmonterados; el público, en pie. Un minuto de mutismo sepulcral y emociones contenidas para rendir tributo a Iván Fandiño, héroe y artista, muerto en las astas de un toro, justo hace un año, en el coso francés de Aire sur l’Adour. Un año ya sin Fandiño. Parece mentira.

Pero no fue el único homenaje de la tarde en honor y recuerdo del torero de Orduña. Dos de sus compañeros, Fortes y Álvaro Lorenzo, brindaron uno de sus respectivos toros al cielo. Y seguro que ambos, y también el tercer integrante de la terna, Joaquín Galdós, se vistieron de toreros con la idea de homenajear a su compañero con muleta y espada. No pudo ser. Y es que, al final, ese minuto de silencio inicial en recuerdo de Iván Fandiño fue, sin duda, lo más emotivo y destacable de la tarde.

Los culpables de tan pobre espectáculo fueron, sobre todo, los toros de Fermín Bohórquez. Había cierta expectación por ver lidiar a pie una corrida con este hierro, habitual en los festejos de rejoneo. Pero la expectación se tornó en total decepción conforme fueron saliendo, uno a uno, por chiqueros los seis astados enlotados. ¡Qué corrida más blanda y descastada, Dios mío! Un verdadero fraude para todos aquellos aficionados deseosos de regresar a casa repletos de emoción. Eso sí, pese al insufrible juego de los toros de Bohórquez, el mayor culpable de tan lamentable espectáculo fue el presidente Justo Polo. Sin inmutarse, e ignorando las sonoras y reiteradas protestas de los aficionados, el usía mantuvo en el ruedo varios inválidos y no los devolvió, como merecían, a los corrales.

Y así pasó; luego, los toreros no tuvieron la más mínima opción de lucimiento. Fortes, que quedó inédito, fue el más perjudicado por la afrenta presidencial. Sus dos toros fueron exactamente iguales: tan nobles como inválidos. Dos animales a los que apenas se picó y que, aún así, llegaron al último tercio absolutamente desfondados, como borrachos. Cansado de que sus oponentes perdieran las manos, y entre los gritos de enfado e indignación de los espectadores, el torero malagueño no tuvo más remedio que tirar por la calle de en medio y tomar la espada.

Dentro del desastre ganadero hubo dos ejemplares, tercero y quinto, que, a pesar de su innata sosería, al menos tuvieron algo de movilidad. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Frente a ellos, ni Álvaro Lorenzo, ni Joaquín Galdós lograron decir nada. El primero, que nada pudo hacer ante el blando y descastado segundo, no se acopló en ningún momento al quinto, perdió pasos reiteradamente y no ligó dos muletazos seguidos.

Y peor fue lo de Galdós. El peruano no sólo se mostró acelerado y mecánico con su primer enemigo, sino que en un ejercicio de pasmoso ventajismo, se dedicó a citar siempre fuera de cacho y a retrasar la pierna contraria, descargando la suerte. Además, tras pinchar en tres ocasiones al sexto, desistió en su obligación de matar al toro con el estoque y recurrió al descabello.

¡Qué falta de ambición y torería!

BOHÓRQUEZ / FORTES, LORENZO, GALDÓS

Toros de Fermín Bohórquez, correctamente presentados (salvo el cuarto), nobles, flojos y descastados. Algunos, como primero y cuarto, inválidos.

Fortes: pinchazo y estocada corta (silencio); bajonazo (silencio).

Álvaro Lorenzo: estocada baja y trasera (silencio); pinchazo y estocada algo desprendida (silencio).

Joaquín Galdós: estocada ligeramente desprendida y atravesada (palmas y sale a saludar); tres pinchazos y seis descabellos (silencio).

Plaza de toros de Las Ventas. Domingo 17 de junio. Menos de un cuarto de entrada (8.874 espectadores, según la empresa). Se guardó un minuto de silencio en memoria de Iván Fandiño en el primer aniversario de su cornada mortal.

Publicado en El País

Solo para Villamelones: Siempre Libres…

Por Manuel Naredo.

Cuando el 17 de junio del año pasado, sobre la arena de la plaza de Aire Sur L´Adour, Iván Fandiño quedó a merced de aquel toro que le empitonó cuando lanceaba con el capote, se volvería aún más clara la enorme gesta, la épica historia, de un torero vasco que luchó siempre contra corriente.

Es una historia de fuerza y valor que ya se conocía, pero que acaso no se transparentaba del todo, más allá de los corrillos cercanos a su personal y callado mundo de lucha: las puertas que se cerraban, el extraoficial boicot de las figuras, el cobro de cuentas para un torero que nunca quiso ceder a los intereses de las familias que dominaban, y dominan aún, el mundo del toreo.

En aquella lucha, el diestro nacido en Orduña contó siempre con una segunda mano incondicional, fiel como ninguna, y seguramente tan valiente como él; un enjuto alcarreño, apenas unos años mayor, que había intentado ser torero y se había conformado con hacerse parte del mundo de la mercadotecnia: Néstor García.

El mismo Néstor ha asegurado que si Fandiño hubiese nacido en Sevilla quizá otra hubiese sido la historia. También la hubiese sido si las riendas de un torero de las dimensiones del vasco hubieran sido atendidas por algún representante de las casas empresariales que dominan el negocio, pero el caso fue que se trataba de un hombre de carácter inquebrantable, ideas fijas y persistencias al límite.

Así que Fandiño y García hicieron una mancuerna indisoluble y anduvieron el camino de cardos con la frente en alto y con una necedad a toda prueba, haciendo de algunas plazas su emporio, y obligando a las empresas a hacerles compartir paseíllo con figuras que, en otros sitios, no se juntarían con ellos. Bilbao, Pamplona, Zaragoza y algunas en Francia, fueron ejemplo claro de ello.

La carrera de Fandiño, no ausente de sinsabores y descalabros, aunque siempre de la mano de Néstor, alcanzó alturas que seguramente despertaron molestias, y fue aderezada con detalles, de mayor o menor calado, que también le dieron forma: Su silencio en el rincón de siempre en el patio de cuadrillas, el perfilarse a matar sin muleta, o convertirse en el único alternante capaz de no brindar la muerte de alguno de sus toros al mismísimo Rey Juan Carlos de Borbón, en la corrida de la Beneficencia, en Madrid.

Meses después de la partida de Fandiño, Néstor García presenta este próximo lunes, en el madrileño teatro de Bellas Artes, un libro biográfico sobre el torero vasco con el título de “Mañana seré libre”. Ahí, repasa la vida de quien fuera, más que su poderdante, su amigo íntimo, y desvela las muchas piedras de ese camino que recorrieron juntos y que le ha convencido de poner distancia definitiva del mundo del toro.

Fandiño es el último héroe del siglo veintiuno”, ha dicho García, quien ha comparado al negocio taurino con la mafia siciliana, recordando los muchos pasajes de una historia que no puede entenderse sin el binomio que conformó con Iván. Un binomio, una sociedad inquebrantable, una lealtad a toda prueba, que no pudo romper, si acaso, mas que la propia muerte.

Medio kilo de papel, editado por el propio autor en clara muestra de su independentista carácter, de veinte euros de costo, con la foto del torero de terno ensangrentado en la portada y dedicado a esa niña que se quedó hace unos meses sin padre, y que debe saber que proviene no de un mártir, sino del que fuera el último héroe del siglo que vivimos.

Publicada en el Diario de Querétaro

La carta del torero Iván Fandiño: “Si estáis leyendo esto, todo habrá acabado”


«Seguramente, si estáis leyendo esto, todo habrá acabado».
Así, con tan desgarradora frase, sin ambages y fiel a su personalidad, comienza la carta que Iván Fandiño escribió dos años antes de su trágico percance. En esta sociedad a veces desnaturalizada, donde la mayoría cierra los ojos ante la muerte, un hombre la miró fijamente.

Como cuenta magistralmente Rosario Pérez en ‘ABC’ este 9 de agosto de 2017, Fandiño no solo dialogaba con ella cada tarde en el patio de cuadrillas -pongamos que hablamos de Madrid-, sino que la conversación se alargaba en la soledad del hotel. A sus 10 años de alternativa era ya una vieja amiga.

Y en ese silencio de la suite 201 de un cinco estrellas capitalino, en mayo de 2015, Fandiño derramó tinta mar sobre dos folios en blanco para escribir la misiva que hoy, dos años después, ha visto la luz. La luz en su familia, destinataria de la correspondencia, la de sangre y la de corazón.

La figura vasca escribió las líneas de puño y letra el 15 de mayo (así está fechada), mes y medio después de su encerrona de «No hay billetes» en Las Ventas, con seis toros de hierros míticos, en una tarde que salió cruz en lo artístico y cara en un llenazo histórico.

Aquel 15 de mayo, festividad de San Isidro, el León de Orduña, de rosa y oro, se reencontraba con la Monumental, con el calor de los fieles que siempre aguardaban su rugido pero también con su crudeza. «Probablemente, el precio que me ha tocado pagar es demasiado duro, pero mi alma está tranquila», deletrea el torero de Orduña en esta carta, algo desteñida por el paso del tiempo y que ha recorrido medio mundo, desde España a Francia, de Colombia a México, de Perú a Ecuador.

«La llevaba en una maleta que sólo utilizaba él. Su mujer, hace unos días, haciendo limpieza, se la encontró. Imagínate la emoción que sentí cuando la leí, el orgullo que siento de haber apoderado a un tío tan tío», contó su apoderado, Néstor García, a Manolo Molés en el programa «Los Toros».

En unas profundas líneas de renglones torcidos, Iván Fandiño -en la eternidad desde el pasado 17 de junio por una cornada «mortal de necesidad»- se despedía de su familia, de sus padres, de su «aita» Paco y de su «ama» Charo; de su hermana, Itziar; de su apoderado, Néstor; de su mujer, Cayetana, su gran amor, que cruzó el Atlántico para sellar una vida en común, y de su mayor tesoro, su hija Mara.

Antes de nacer su hija

Como Gabriel García Márquez, uno de sus escritores favoritos, el maestro sabía que «el mañana no le está asegurado a nadie». Cuando rubricó aquella especie de crónica de una muerte anunciada, de esa vieja conocida a la que entregaba su corazón libre por amor al toro, su hija aún no había nacido.

El destino tenía reservadas 764 lunas más al hombre y al torero, al torero y al hombre. La Historia le regaló un trozo de vida más, de aprendizaje: quiso dar valor a las cosas, no por lo que valían, sino por su significado; caminó mientras otros se detenían; se tiró de bruces, no al sol, sino al de las barbas negras y los pitones astifinos, dejando descubierto no solo su cuerpo, sino su alma.

Y a lo Nobel, el 1 de septiembre de 2015, aprendió que «cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre». Fandiño pudo sentir aquella desbordante emoción, pero cuatro meses y medio antes, cuando firmó esa misiva tan desnuda y doliente, sabía que «la muerte tenía un precio», como aquella película que tantas veces visionó antes del paseíllo, y era consciente de que su hora podía llegar en cualquier momento…

El torero entró en las páginas de la más heroica inmortalidad el 17 de junio de 2017, pero aquella carta del 15 de mayo de 2015 engrandece aún más su leyenda. Mara, en el umbral de las dos primaveras, aún no sabe leer.

Pero tiene quien le escriba: su padre. Y quien le enseñe: su madre, sus abuelos, sus tíos y su padrino, Néstor García, el hombre que confesó sentir un inmenso vacío sin su otra mitad y que ya prepara un libro sobre Iván Fandiño Barros. La historia de un mito a golpe de realidad. Como la vida. Como la muerte.

Twitter @Twittaurino 

Opinión: La muerte de Ivan Fandiño 


Por Luis de la Calle Robles.

No es casualidad que los soldados que regresan a sus países de origen tras haber participado en misiones de ocupación en el extranjero sufran trastornos de estrés postraumático. Como documentó la premio Nobel Svetlana Alexievich en su extraordinario Zinky Boys, no había nada más deprimente para un joven soviético que hubiera decidido cumplir en la guerra de Afganistán con su “deber internacionalista” que regresar a la URSS y descubrir que, en el mejor de los casos, sus conciudadanos le miraban con pena y en el peor, con desprecio. La camaradería creada durante la guerra, la dependencia mutua para salvar la vida, la rutina de la muerte y el éxtasis de la supervivencia, eran todas estrategias adaptativas que se volvían perjudiciales una vez recuperado el rango civil en una sociedad anestesiada frente a los horrores de los conflictos externos.

El también periodista Sebastian Junger narra en su librito Tribe pautas semejantes para los soldados estadunidenses desplegados en Iraq y Afganistán: más que una enfermedad producida por los estragos de la guerra, el sufrimiento de dichos soldados al regresar a casa parece estar dirigido por su incapacidad para adaptarse a una sociedad que no valora (e incluso rechaza) los valores y comportamientos que son precisamente necesarios para sobrevivir en un conflicto bélico. Ese desajuste entre el igualitarismo agresivo de la vida en una unidad militar y el individualismo ecléctico de la sociedad norteamericana cortocircuita a los soldados que al regresar descubren que sus esfuerzos, lejos de ser agradecidos, son en el mejor de los casos ninguneados. Los eclécticos encuentran poco que elogiar en el soldado, porque este es mero asalariado víctima del sistema (en la visión más bienpensante) o un sádico deseoso de venganza (en la visión más fanática). 

En las sociedades modernas no hay sitio para la violencia. Esto no quiere decir que no exista, sino simplemente que se trata públicamente como una mutación sorpresiva del gen humano que más pronto que tarde desaparecerá. En parte hay motivos para este optimismo. En su monumental The Better Angels of Our Nature, el psicólogo Steven Pinker evidencia la caída paulatina que las muertes violentas han experimentado al menos en Occidente. Las guerras internacionales parecen una reliquia del pasado. La caída de la URSS aceleró las transiciones democráticas (qué tipo de democracia se consolidó, esa es otra cuestión), así como la apertura de mercados internos al comercio internacional. La literatura académica sobre violencia ha encontrado que los países democráticos rara vez hacen la guerra entre ellos y que el intercambio comercial entre países también reduce las probabilidades de guerra. En el frente doméstico, con la hecatombe del marxismo rebelde, los conflictos violentos son casi monopolio del yihadismo islámico desde hace más de una década. Y donde no hay yihadistas, las disputas internas se canalizan cada vez más hacia fórmulas supuestamente apolíticas en las que los antaño rebeldes robinhoudianos hoy se rigen por la más escrupulosa regla del beneficio propio. Los ladrones, es sabido, deberían minimizar su uso de la violencia para no atraer el foco policial, y cuando se lo atraen, poco importa cómo se acabe con ellos siempre y cuando se acabe.

Sin guerras internacionales, la violencia es personificada por las masacres que con periodicidad tristemente admirable se repiten en Estados Unidos producidas por jóvenes perturbados con acceso fácil a las armas, por los ataques suicidas realizados por yihadistas en territorio europeo y por las narcofosas llenas de cadáveres anónimos. En los tres casos, los perpetradores de la violencia se representan como seres alienados y autoexcluidos, que han renunciado a formar parte de una sociedad occidental ilusionada con la utopía pacifista. Aislados de cualquier red de legitimidad política, los nuevos malvados ni siquiera tienen el consuelo de saberse en posesión de la verdad histórica. Su violencia es perversa, dice el discurso oficial, porque está desenraizada de la pacífica civilización vencedora. Pero desgraciadamente toda civilización tiene su cuota de sangre y no hay Roma sin gladiadores.

El pasado 17 de junio, el torero vasco Iván Fandiño fue mortalmente corneado en la plaza francesa de Aire-sur-l´Adour, cuando quitaba por chicuelinas al tercero de la tarde, toro de nombre “Provechito” y perteneciente a la ganadería de Baltasar Ibán. A pesar de que no faltaron miembros de la civilización pacífica que salieron a alegrarse por la desgracia ajena, tanto los profesionales (ganaderos, toreros, empresarios y periodistas) como los miles de aficionados al toreo sintieron en sus almas esa comunidad del dolor, esa solidaridad del silencio que los soldados “imperialistas” relatados por Alexievich y Junger no encontraron al regresar de sus misiones por el extranjero. 

El ritual taurómaco seguirá teniendo sentido siempre que haya personas dispuestas a jugarse la vida al ponerse delante de un toro y haya miles de aficionados que reconozcan el significado último de ese enfrentamiento atávico entre un hombre valeroso y artista y un animal fiero y noble. Sin esa comunidad de sentido, el toreo no es nada. Con esa comunidad, ya pueden aprobarse leyes y apagones mediáticos, que no desaparecerá. 

Quizás llegue el día en el que el ser humano sea capaz de abstraerse de su pasado evolutivo y garantizar derechos efectivos a los otros seres vivos que pueblan el planeta. Hasta que ese día llegue, las corridas de toros seguirán siendo una representación popular del sangriento enfrentamiento entre los hombres y los animales, un enfrentamiento que para Iván Fandiño tristemente acabó en derrota.

Publicado en La Silla Rota 

Asociaciones taurinas francesas denuncian una canción que se burla de Fandiño


En el año 2017 el mundo ya no sabe llorar la muerte de un torero…

Dos de las grandes asociaciones taurinas de Francia han pedido la intervención de la autoridad audiovisual y de la dirección de la radio pública francesa tras la emisión en esta cadena, el pasado viernes en un programa humorístico, de una canción que se mofaba de la muerte del torero Iván Fandiño.

De SOL y SOMBRA.

PARÍS. “Aunque el aspecto provocador y de mal gusto de los humoristas no puede cuestionarse por principio”, en este caso “se han superado ampliamente los límites admisibles de la libertad de expresión”, señalaron en un comunicado conjunto la Unión de Ciudades Taurinas Francesas (UVTF) y el Observatorio Nacional de Culturas Taurinas (ONCT),

En particular -añadieron- porque en la referida canción de Frédéric Fromet hay una “voluntad deliberada de ofender” y un “ataque a los sentimientos de aflicción de la familia” de Iván Fandiño, que sufrió una cornada mortal el pasado día 17 en la plaza de Aire sur Adour, en el suroeste de Francia.

Por eso la UVTF y el ONCT justificaron su petición para que, ante unos contenidos “incalificables” contra el diestro, intervenga el Consejo Superior del Audiovisual (CSA), la dirección de Radio France, así como la de la emisora “France Inter” y su mediador.

También exigieron “por el honor de la radio de servicio público y por la credibilidad de sus programas”, que haya “excusas públicas” del autor de lo que consideran una “agresión tan inmunda como gratuita”.

Y que se les dé un derecho de réplica para “hacer justicia al hombre de honor” que fue el diestro vasco, “insultado en antena”.

Recordaron que el CSA -con competencia para evaluar el respeto de las reglas que se imponen a radios y televisiones- sancionó hace más de veinte años a una emisora porque un presentador se felicitó de la muerte en servicio de un policía, un dictamen que fue refrendado por el Consejo de Estado.

“La dimensión festiva que se dio a la muerte del torero se corresponde de forma manifiesta al mismo tipo de comportamiento”, afirmaron.

Además, advirtieron de que la “profunda hostilidad” de la creación de Fromet podría generar “reacciones malsanas, incluido el uso de la violencia” en un momento en que “el activismo anti-taurino se desborda regularmente”.

En esa línea, las organizaciones taurinas se quejaron de que la radio pública “al autorizar tales derivas (…) favorece el empobrecimiento cultural que lamentamos en las jóvenes generaciones y alimenta el aumento de la intolerancia” en la sociedad.

El humorista Frédéric Fromet, que la presentó como una “canción festiva”, decía entre otras cosas en la letra: “el toro te redujo a chorizo”, “hizo de ti una brocheta española”, “hizo de ti una fantástica tortilla” o “te fuiste como una boñiga”.

Twitter @Twittaurino

The death of a matador will, paradoxically, make bullfighting more popular

Spanish bullfighter Ivan Fandino performs with a bull from the Pedraza de Yeltes ranch, at the San Fermin Festival, in Pamplona, northern Spain. (AP Photo/Alvaro Barrientos).

By Dan Hannan.

Iván Fandiño preferred to let his cape do the talking. The handsome Basque bullfighter was what the Spanish call “una persona muy seria” — a solemn, grave, laconic man. He rarely opened his mouth unless something needed saying, even down to his last words. As he was being carried from the little bullring at Aire-sur-l’Adour in southern France, he told his assistants, “Hurry up, because I’m dying.” The bull’s horn had plunged deep into his right side, damaging his liver, kidney and lung. His heart stopped at Mont-de-Marsan hospital before his wife and baby daughter could reach him.

His death, following that of the Segovian matador Victor Barrio less than a year ago, has revived the abolition debate. Before Barrio, there had been an unprecedented run of 31 years without a matador dying in the ring.

There is a persistent myth in English-language newspapers that bullfighting is in decline. It isn’t. Ticket sales peaked just before the financial crisis hit Spain, and are now reviving again. True, Catalonia voted to outlaw corridas in 2010, but more from separatist angst than from cultural or humanitarian considerations. In southern France, toreo is more popular than ever. Spanish Catalans ban bullfights to flaunt their distance from Madrid; French Catalans embrace it to flaunt their distance from Paris.

If anything, the reminder of mortality is likely to revive interest in the rite. Aficionados don’t like to talk about it, but they were worried that three decades without a fatality were damaging the integrity of the corrida. Take away the possibility of human death, and you are no longer watching a tragedy; only a circus spectacle.

The death of the bull, by contrast, is not in doubt. The animal that gored Fandiño, a fierce and quirky specimen called Provechito, was put to death. Because “corrida de toros” is bizarrely translated into English as “bullfight,” the implication is that it is a contest. This helps explain why the practice is so unpopular among English-speaking peoples. If it truly were a contest, it would be monstrously unfair, and we bridle as much at perceived one-sidedness as at the suffering.

When Spaniard uses the word “fight” (lucha) in the context of bulls, he is being derogatory: he means that the matador has lost all control and is struggling to stay alive. It would never occur to him that he is watching a competition. Rather, he is watching a tragedy — a tragedy that can be well or badly played, but that always ends the same way. As the poet Federico Lorca put it: “Toreo is the liturgy of the bulls, an authentic religious drama in which, just as in the Mass, there is adoration and sacrifice of a god.”

That adoration made our ancestors scrawl the image of the aurochs on the cave wall at Lascaux. It stirs the crowds today when they see the descendant of that aurochs, as finely bred as any racehorse, thundering onto the sands. They revere the aristocrat before them, and they want his death to be worthy of his life — something which, as Ernest Hemingway liked to tell everyone, can only be accomplished if the matador is prepared to maximize the danger to himself by working as closely as possible to the horn-tips.

Why has bullfighting become less deadly? Partly because of advances in medicine. Outside the vast, Moorish-style ring in Madrid is a statue paid for through a public appeal by toreros themselves. It is not of a bullfighter, but of a Scottish biologist: Alexander Fleming, who discovered penicillin. Partly, too, because of the profusion of taurine schools, where young men learn the craft from an early age. The leading matadors, who effectively get to dictate which bloodlines they appear with, naturally want breeds that charge simply and straightforwardly, allowing for maximum artistry. There is still a demand for “difficult” bloodlines, though, especially in France, and Fandiño specialized in these more dangerous bulls.

Will the fiesta be banned? I suspect that, in time, the breeding of animals for human use generally will cease. Our meat will be produced in laboratories, vast tracts of pastureland will be returned to nature and slaughterhouses, like bullrings, will close.

Until that moment, though, consider this. The fighting bull is not separated from his mother at birth, nor castrated, nor are his horns or tail docked. He is not penned up, nor fed on pellets. Rather, he spends five years living in a state of nature without human contact. He then dies savagely but not protractedly: by law, the matador must complete his work within fifteen minutes. If I had to choose between that life and the life of the animal that becomes your steak — let alone your veal — I wouldn’t hesitate.

Link: Washington Examiner

Opinión: El animalista inhumano


Por Ignacio Blanco.

Hace un año que falleció Victor Barrio y hace unos días fue Iván Fandiño. También nos dejó en 2017 Adrián Hinojosa, un niño de 8 años, al que el cáncer interrumpió su inocente vida y cuyo deseo era ser torero. No puedo llegar a imaginarme el sufrimiento de unos padres enfrentados a la enfermedad y muerte de su hijo, azotados durante ese trance por los indeseables animalistas inhumanos, una nueva clase social que pretendiendo amor a los animales desean la muerte a los seres humanos.

Dijo Schopenhauer que el hombre, en el fondo, es un animal terrible y cruel, en referencia a que ese fondo queda oculto por la domesticación a que nos somete la educación recibida del entorno social en el que nos desarrollamos. Un entorno social que nos trasmite como pilar básico el respeto por los demás. El respeto a su vida y su integridad, pues el ser humano como ser social, requiere de la vida en comunidad para sobrevivir y desarrollarse. Una vida social que no puede basarse en la constante agresión para lograr objetivos personales, pues estos pueden ser más altos y se obtienen con un menor coste, cuando los mismos se logran mediante la colaboración voluntaria.

Este principio liberal, básico de nuestra civilización, parece no haber sido asumido por los animalistas inhumanos. Se extiende peligrosamente el deseo a la muerte del semejante para tratar de solucionar problemas o frustraciones personales, muy propio del darwinismo social, que estos fundamentalistas del derecho animal critican cuando se da en ámbitos no relacionados con el animalismo. La competencia entre especies ha desaparecido en el caso del ser humano y esta es la razón por la que el hombre evoluciona sólo contra sí mismo, pues no hay animal en el mundo que le plantee competencia alguna. Unos compiten por dinero, otros por fama, otros por alimento, otros por la defensa de los animales y en esta lucha, en algún momento, alguien rebasa la línea roja deseando la muerte del otro, símbolo extremo de competencia.

El ansia de protección de los animales y el deseo de que estos sean tratados dignamente es encomiable, pero sólo hasta el límite de la dignidad del propio ser humano. Algo que parece comienza a cuestionarse incluso en el ámbito penal, donde ya existen casos de condenas a penas de prisión por maltrato animal, algo que el propio Karl Marx consideraría una aberración. Esta extraña evolución del derecho penal de salón de té, podría llevar en breve a que se considere genocidio la actividad de los mataderos, que exista una policía local para constatar el trato que los hamsters reciben de nuestros hijos o se decrete el derecho a una renta social para palomas cuyo sustento no está asegurado en la ciudades actuales.

Vivimos una sociedad adormecida en una ensoñación de ausencia de dolor, esfuerzo o problemas, en la que nuestros deseos se convierten en necesidades y estas en derechos. Una sociedad en la que una lata de comida para gatos es más cara de una lata de atún para consumo humano. Una extraña sociedad que enloquece con sus animales domésticos a los que en ocasiones trata mejor que a sus propios hijos. Una sociedad que cree vivir un cuento de hadas, en la que como refiere Clarasó en su Asesino de la Luna «El ser humano es incomprensible para los otros seres humanos; solo algunos animales domésticos le comprenden. Pero estos no escriben sus memorias y no se sabe lo que piensan del hombre».

Es incomprensible como el supuesto amor a los animales lleva a algunos a ser peores personas. No hay sentimiento más despreciable que desearle la muerte a otro ser humano, pero el simplismo o la debilidad mental de estos indeseables, les lleva a aliviar sus frustraciones deseándole la muerte a un niño.

No soy aficionado al toreo, no lo comprendo, no disfruto con el espectáculo de la tauromaquia, asistí en una ocasión a una corrida y no me gustó, pero no me genera el completo rechazo que me producen las manifestaciones y actitudes de aquéllos, que considerándose amantes de los animales, le desean la muerte a otra persona y me produce asco cuando lo desean a un inocente niño de 8 años, que ni siquiera llegó a cumplir su sueño de ser torero.

Me pregunto quién respeta más al animal, ¿el torero o el animalista inhumano?. Esta pregunta sólo puede ser respondida desde la perspectiva del riesgo que asume cada uno en su propósito.

En este sentido, resulta evidente que es el torero quien respeta más al animal, pues es éste el que se expone a morir. No me imagino mayor respeto que ofrecer la vida en un propósito. Exponer tu vida, arriesgarte a no volver a besar a tus hijos, verlos crecer o amarlos, supone otorgar un poder al animal, que ningún animalista comprende. Supone elevar al Toro a la categoría de ser humano, cuando este puede acabar con la vida que presentas frente a sus astas. He tratado de imaginar que pretende el torero, y me resulta evidente que no es el hecho de la muerte del toro, si así fuera, no sería necesario exponer la vida en ello, bastaría con entrar en una finca con un fusil para lograr tal objetivo. Sin conocer a ningún torero, creo imaginar lo que lo mueve, es el propio hecho de exponerse a la muerte sin quererla, pero sin rechazarla, de experimentar la vida en ese hilo de tierra que la separa del avismo de la muerte, un territorio que pocos recorren, pero que se me antoja de una extraordinaria fuerza. En los entornos de seguridad en los que vivimos actualmente, en los que nadie asume ningún riesgo, todos los problemas han de sernos solucionados por otros, frente a esas aburridas vidas que parecen rodar todas sobre la misma huella, la tauromaquia se me antoja como uno de esos reductos en los que puede suceder cualquier cosa, hasta la muerte.

En el caso del animalista inhumano, resulta evidente que no respeta más al animal que el torero. El animalista inhumano no arriesga nada en su defensa. Su mayor esfuerzo es sentarse en el retrete y trolear desde una cuenta anónima de twitter con su iPhone anticapitalista, deseándole la muerte a un torero o a un niño. Si no arriesgas nada por la causa que defiendes ¿tiene esa causa algún valor, cuando el torero arriesga la vida en su lance con el toro?.

Son estos animalistas inhumanos, estos débiles mentales, los que en su incoherencia vital se oponen a la pena de muerte, dictada por un tribunal estadounidense, pero al mismo tiempo la desean a sus semejantes cuando son ellos el jurado de su propia causa animal.

Por otro lado, cuesta entender como pretenden estos animalistas inhumanos salvar al toro de lidia sin el toreo, pues estoy convencido de que estos animalistas inhumados no dedicarían un minuto al mantenimiento de estos formidables animales, salvo que sea con el esfuerzo y el dinero de otros.

En fin, como dijera Bertrand Russell «los animales son felices mientras tengan salud y suficiente comida. Los seres humanos, piensa uno, deberían serlo, pero en el mundo moderno no lo son, al menos en la gran mayoría de los casos» y los animalistas inhumanos nunca llegarán a serlo porque la vida de un ser humano nunca estará por debajo de la vida de un animal.

Publicado en Gaceta