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Opinión: La muerte de Ivan Fandiño 


Por Luis de la Calle Robles.

No es casualidad que los soldados que regresan a sus países de origen tras haber participado en misiones de ocupación en el extranjero sufran trastornos de estrés postraumático. Como documentó la premio Nobel Svetlana Alexievich en su extraordinario Zinky Boys, no había nada más deprimente para un joven soviético que hubiera decidido cumplir en la guerra de Afganistán con su “deber internacionalista” que regresar a la URSS y descubrir que, en el mejor de los casos, sus conciudadanos le miraban con pena y en el peor, con desprecio. La camaradería creada durante la guerra, la dependencia mutua para salvar la vida, la rutina de la muerte y el éxtasis de la supervivencia, eran todas estrategias adaptativas que se volvían perjudiciales una vez recuperado el rango civil en una sociedad anestesiada frente a los horrores de los conflictos externos.

El también periodista Sebastian Junger narra en su librito Tribe pautas semejantes para los soldados estadunidenses desplegados en Iraq y Afganistán: más que una enfermedad producida por los estragos de la guerra, el sufrimiento de dichos soldados al regresar a casa parece estar dirigido por su incapacidad para adaptarse a una sociedad que no valora (e incluso rechaza) los valores y comportamientos que son precisamente necesarios para sobrevivir en un conflicto bélico. Ese desajuste entre el igualitarismo agresivo de la vida en una unidad militar y el individualismo ecléctico de la sociedad norteamericana cortocircuita a los soldados que al regresar descubren que sus esfuerzos, lejos de ser agradecidos, son en el mejor de los casos ninguneados. Los eclécticos encuentran poco que elogiar en el soldado, porque este es mero asalariado víctima del sistema (en la visión más bienpensante) o un sádico deseoso de venganza (en la visión más fanática). 

En las sociedades modernas no hay sitio para la violencia. Esto no quiere decir que no exista, sino simplemente que se trata públicamente como una mutación sorpresiva del gen humano que más pronto que tarde desaparecerá. En parte hay motivos para este optimismo. En su monumental The Better Angels of Our Nature, el psicólogo Steven Pinker evidencia la caída paulatina que las muertes violentas han experimentado al menos en Occidente. Las guerras internacionales parecen una reliquia del pasado. La caída de la URSS aceleró las transiciones democráticas (qué tipo de democracia se consolidó, esa es otra cuestión), así como la apertura de mercados internos al comercio internacional. La literatura académica sobre violencia ha encontrado que los países democráticos rara vez hacen la guerra entre ellos y que el intercambio comercial entre países también reduce las probabilidades de guerra. En el frente doméstico, con la hecatombe del marxismo rebelde, los conflictos violentos son casi monopolio del yihadismo islámico desde hace más de una década. Y donde no hay yihadistas, las disputas internas se canalizan cada vez más hacia fórmulas supuestamente apolíticas en las que los antaño rebeldes robinhoudianos hoy se rigen por la más escrupulosa regla del beneficio propio. Los ladrones, es sabido, deberían minimizar su uso de la violencia para no atraer el foco policial, y cuando se lo atraen, poco importa cómo se acabe con ellos siempre y cuando se acabe.

Sin guerras internacionales, la violencia es personificada por las masacres que con periodicidad tristemente admirable se repiten en Estados Unidos producidas por jóvenes perturbados con acceso fácil a las armas, por los ataques suicidas realizados por yihadistas en territorio europeo y por las narcofosas llenas de cadáveres anónimos. En los tres casos, los perpetradores de la violencia se representan como seres alienados y autoexcluidos, que han renunciado a formar parte de una sociedad occidental ilusionada con la utopía pacifista. Aislados de cualquier red de legitimidad política, los nuevos malvados ni siquiera tienen el consuelo de saberse en posesión de la verdad histórica. Su violencia es perversa, dice el discurso oficial, porque está desenraizada de la pacífica civilización vencedora. Pero desgraciadamente toda civilización tiene su cuota de sangre y no hay Roma sin gladiadores.

El pasado 17 de junio, el torero vasco Iván Fandiño fue mortalmente corneado en la plaza francesa de Aire-sur-l´Adour, cuando quitaba por chicuelinas al tercero de la tarde, toro de nombre “Provechito” y perteneciente a la ganadería de Baltasar Ibán. A pesar de que no faltaron miembros de la civilización pacífica que salieron a alegrarse por la desgracia ajena, tanto los profesionales (ganaderos, toreros, empresarios y periodistas) como los miles de aficionados al toreo sintieron en sus almas esa comunidad del dolor, esa solidaridad del silencio que los soldados “imperialistas” relatados por Alexievich y Junger no encontraron al regresar de sus misiones por el extranjero. 

El ritual taurómaco seguirá teniendo sentido siempre que haya personas dispuestas a jugarse la vida al ponerse delante de un toro y haya miles de aficionados que reconozcan el significado último de ese enfrentamiento atávico entre un hombre valeroso y artista y un animal fiero y noble. Sin esa comunidad de sentido, el toreo no es nada. Con esa comunidad, ya pueden aprobarse leyes y apagones mediáticos, que no desaparecerá. 

Quizás llegue el día en el que el ser humano sea capaz de abstraerse de su pasado evolutivo y garantizar derechos efectivos a los otros seres vivos que pueblan el planeta. Hasta que ese día llegue, las corridas de toros seguirán siendo una representación popular del sangriento enfrentamiento entre los hombres y los animales, un enfrentamiento que para Iván Fandiño tristemente acabó en derrota.

Publicado en La Silla Rota 

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¡Sí, así de enigmática e inexplicable es!

La muerte del torero”, de José Villegas. Sevilla.
Por Xavier Toscano G. de Quevedo.

Seguramente para algunos es incompresible, y debido a ello es que emiten juicios insustanciales y poco certeros. Pero la realidad es que nuestro enigmático Espectáculo Taurino es un aconteciendo histórico, artístico, cultural y social, que lleva implícito un fondo de dramatismo y muerte. Es en esta única e incomparable celebración, que contamos con dos figuras opositoras: primero a su majestad el toro bravo, y de igual forma a un lidiador llamado torero. Cada uno de ellos dotados de sus propias defensas; el toro con sus cualidades propias que le ha suministrado la naturaleza, que son su carácter de acometividad —que lo diferencia de los demás bovinos de la creación— y sus astifinas astas. Y el torero con su inteligencia reflejada en los conocimientos adquiridos —denominado “oficio”— y sus implementos: capote, muleta y estoque, que constituyen un difícil equilibrio, pero que son las herramientas necesarias para crear y dar vida a este incomparable ARTE.         

Este enmarañado dilema y sus dos protagonistas, son los elementos de una celebración solemne nacida de la casualidad —que fue el encuentro fortuito con el TORO BRAVO hace más de nueve siglos— y adoptada por el ingenio de los caballeros de esa época, y que a través de siglos de historia se convertiría en un hecho social, que no únicamente fue “adoptado” en sus inicios, sin que finalmente se “adaptó” a una sociedad que continua con “vigencia” hasta nuestros días.  

Nuestro Espectáculo Taurino es un hecho cultural, como lo han definido durante su ya dilata historia un número importante de intelectuales, poetas y filósofos, como Federico García Lorca, el Dr. Ortega y Gasset, el premio Novel de Literatura Mario Vargas Llosa, y muchos más. Sin La Fiesta Brava, sería muy difícil concebir y comprender el desarrollo de muchas sociedades, iniciando por sus creadores, el pueblo español, y continuada y perpetuada por todas aquellas naciones de nuestro continente —México como grande precursor— donde sus sociedades igualmente se “adaptaron y la adoptaron” como parte de un legado histórico-cultural.        

Esta es la realidad de nuestra Fiesta, en la cual el componente cardinal queda implícito en el riego de la tragedia de la muerte. Fundamento serio y muy radical que prevalece, pero que por ello, se convierte en algo profundo y de incalculable respeto que le es consustancial, que deriva en la probabilidad de que un TORO pueda herir e igualmente privar de la vida a un torero.    

¡Hoy de nuevo debemos reflexionar! Apenas si habíamos ajustado un año de la tragedia de Víctor Barrio —9 de junio de 2016— y que todavía se habla con melancolía de su triste desenlace. Cuando una vez más lo nubarrones tornaron de negro el cielo de nuestro enigmático e inexplicable Espectáculo Taurino.  

Y ahí está presente —¡Ay Dios Mío! ¿Por qué?— la muerte, que nos ha arrebatado la vida de otro torero. ¡Silencio, mostremos respeto! Un hombre, “Iván Fandiño Barros”, ha dejado su imagen grabada para la eternidad en la localidad francesa de Aire-sur L’ Adour. Fue en una placita modesta cercana a Mont-de-Marsan, pero él mostró su misma calidad y entrega torera, como si hubiera estado actuando en la plaza más emblemática de Nuestro Universo Taurino.

    
Sí, así de enigmática, profunda e inexplicable es la vida del TORERO, una lucha constante de renuncia en cada tarde, asumiendo un riesgo que ellos libremente han escogido, con la única ilusión —como otros tantos compañeros suyos a través de los siglos— de llegar a ser una figura importante y de alcanzar la gloria en este mágico e inigualable Espectáculo, que continuará estando presente en cada tarde y en todas las plazas del mundo, cuando el Eje Central y Único de esta milagrosa y sublime Fiesta, Su Majestad El Toro Bravo, salga a la arena.

Publicado en El Informador 

“Dense prisa… porque me estoy muriendo”


Por Jean Palette-Cazajus.

Dense prisa…porque me estoy muriendo, dijo Iván Fandiño. ¿Acaso es posible resumir mejor lo que es la historia de toda vida humana? Así lo decían los barrocos. In Ictu Oculi reza el conocido cuadro de Valdés Leal. Pero hemos olvidado su lección. Y en los últimos decenios hemos venido despreciando también el concepto de muerte heroica. La del soldado pasó a ser un valor obsoleto propio de épocas brutales, bárbaras y, queríamos creer, pretéritas. Nuestra época va revelándose día tras día presa de una vocación brutal, bárbara y oscurantista. Entretanto, los tontos frívolos consideran como muy insuficientes y mejorables valores que sólo son frágiles, precarios y vitalmente necesarios. No lo dudemos un segundo, se acerca el momento en que habrá que volver a morir para preservarlos. Algunos ya lo están haciendo.

La única otra forma de muerte heroica es la del torero en el ruedo y me atrevo a decir que el objetivo es el mismo. Recordarle al ser humano que si realmente quiere seguir siendo un sujeto emergente, definitivamente salvado del magma indiferenciado de la vida animal, tiene que elegirse un destino. Y no hay destino individual sin riesgo. Siempre que rechacemos la tentación de la mediocridad y de la sumisión. Los toros nos apasionan a los aficionados por muchas razones, pero las razones de sentirnos frustrados suelen ser mucho más numerosas. Nuestra fidelidad se debe a la grata certeza que tenemos de habernos apuntado a “la escuela más austera de vida” como aludía Marcel Proust a la exigencia ética que le llevó, de ser un lechuguino mundano, a sacrificar su salud y su vida a la escritura de su obra.

El torero también nos lleva “En busca del tiempo perdido”. El toreo, cuando es auténtico, crea por un momento un tiempo virgen, recrea el tiempo puro del Ser, provoca una efímera fisura en el espacio-tiempo. Por eso, cuando muere el torero, es de los pocos que merecen acceder al aura del héroe antiguo. Hubo una época en que los toros solían interpretarse a través del prisma “sacrificial”. Frivolidades como siempre. El único sacrificado en el ruedo es el torero. No cuando muere, sino cada vez que hace el paseíllo, puesto que se trata de la elección del riesgo, de la conversión de la rutina en conversación habitual con la muerte.

Y es así porque el lenguaje es el genitor de nuestro destino y la placenta que alimentó nuestra condición. Y no hay más destino para una especie viva que lo que sea capaz de contar de sí misma. Por esto la muerte es patrimonio exclusivo de nuestra especie y el Ser-hacia-la-Muerte, definición exclusiva del individuo humano.

Ningún ente vivo expresa mejor el inexorable expolio de la muerte como la imagen que la evolución primero, el hombre después, fueron confiriendo al toro de lidia. El toro es el mejor Eidós de la muerte, su forma-idea mejor representada y expresada. En la embestida del toro bravo no percibimos movimiento sino sólo amenaza y peligro. Sus astas dibujan en el espacio un programa perforante que aterra las carnes. Las heridas por asta de toro suelen ser devastadoras. Las de Iván Fandiño lo fueron en grado extremo. Nosotros hemos humillado la naturaleza y la hemos devastado. Esto quiere decir que también somos seres humillados y devastados. Por esto el asta letal del toro destroza las carnes pero devuelve sus víctimas a la inocencia y a la imaginación de los pueblos primeros. El torero muerto se inscribe en el tipo de imaginación que alumbró los mitos.

Me aterra particularmente la perspectiva de un tipo de muerte trágica, la más frecuente en nuestra sociedad, la muerte en la carretera, el amasijo de carnes sanguinolentas y de chatarra humeante. No solamente se pierde la vida sino la pertenencia a la humana condición. La sangre sucia en el asfalto entre cristales rotos y restos orgánicos nos retrotrae a la insignificancia cósmica del caracol aplastado que cruje bajo el zapato. Dirán los tontos que la muerte de Iván es gratuita. Lo es en el sentido oblativo, es el último regalo. Por esto la muerte del torero es realmente crística. Nos redime a todos y nos engrandece. 

Incluso a los cínicos.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan.

Opinión: El camino del guerrero


Por Rubén Amón.

“Que se den prisa, que el cuerpo se me escapa”. Así agonizaba Iván Fandiño sobre la arena. Así le confiaba al compañero Thomas Duffau la sensación de abandono. Se le escapaba el cuerpo al maestro vasco. 

Se le escapaba la vida. Y la escena de los toreros llevándolo a la enfermería parecía una “pietà” de oro y de sangre. No se lo podía creer Jarocho, plata de ley, salario del miedo, contrariado otra vez en las circunstancias de apremiar el traje deshabitado de un compañero exánime. Ya le había tocado hace menos de un año trasladar el cuerpo de Víctor Barrio al hule. Se le repetía la escena con una crudeza insoportable. Y se demostraban inútiles las cadenas de oro y las vírgenes, las plegarias de la capilla. Dios no podía apiadarse del sacrificado. Es la regla de la eucaristía. 

Ya le llegará la resurrección a Fandiño. No para que la disfrute su familia, sino para convertirse en estatua de bronce, en calle de Bilbao, en avenida de Orduña, en héroe de un misterio cuya coreografía es idénticamente cruel al mito grecolatino: el toro debe morir, el héroe puede morir. Y Fandiño lo sabía.

De otro modo, no estaría su cuerpo cosido y recosido de cornadas. Ni iluminaría una lámpara de aceite la habitación del hotel. Poco importa creer en Dios. Importa saber, aprender, hasta donde alcanza el tributo de sangre. Y no hay plaza pequeña ni toro misericorde. Fandiño ha muerto en la orilla del Adour. Que significa destino en su etimología primitiva. Y que reviste de fatalidad la trayectoria de un torero oscuro, obstinado, curtido a contracorriente.

Porque los toreros no nacen en Orduña. Ni debutan en Llodio. Los toreros vascos aparecen en “La Traviata” de Verdi, pero son un exotismo en la idiosincrasia del Mediterráneo. Iván Fandiño no tenía nombre ni de torero, pero torero ha sido. No ya de los valientes ni de los mártires, sino de quienes mejor comprendieron la dedicación, la entrega y la vocación sacerdotal. Hay un concepto japonés que lo define, bushido, el camino del guerrero.

Cuántas horas de soledad en el campo. Cuántas faenas de salón. Cuántas heridas. Cuánta paciencia en las tapias de los tentaderos. Y cuántas razones para confiar en sí mismo. No van a respetar en Twitter su duelo ni su cadáver porque las moscas todavía revolotean en la memoria de Víctor Barrio, apurando la gangrena, pero impresiona leer los últimos mensajes que escribió el propio Fandiño. Parecen la narrativa de una premonición.

El último de ellos es un crespón negro dedicado a la memoria de Adrián, el chavalillo que devoró el cáncer y que los toreros adoptaron como símbolo de su resistencia: “DEP, Adrián. Las personas pasan, los hechos permanecen, y tu fuerza es un ejemplo”. Podría ser su propio epitafio, pero tanto valdrían los mensajes que escribió antes de ese homenaje.

-“Nadie encuentra su camino sin haberse perdido varias veces”.

-”A veces, no hay próxima vez o segundas oportunidades. A veces es ahora o nunca”.

Ningún torero quiere morirse, pero todos los toreros están dispuestos a hacerlo en una plaza. Y mejor jóvenes que decrépitos. Y no para resucitar en estatua de bronce ni en letanía de historiador agorero, sino para darle el último sentido al coloquialismo, ya ven, de jugarse la vida. Todo al negro. Todo.

Publicado en El País 

Fandiño y la sombra de la derrota Por Francisco Apaolaza

Ivan Fandiño / Afp

Lo recuerdo en el último rincón del túnel de cuadrillas de Las Ventas, solo en compañía de muchos, clavado el mentón en el pecho. Iván Fandiño sabía sonreír, pero le acompañaba una suerte de escalofrío. Llevaba prendido en los ojos un barrunto de tormenta, como si para él siempre fuera el instante oscuro, tenso y eléctrico que precede al estallido de un rayo cercano. Siempre una batalla pendiente, siempre un desafío y allí, en medio, sus dos ojos como dos faros de penumbra. 

Muchas veces me pregunté por esa tiniebla y de pronto, los mensajes, los ‘No puede ser’ y, mientras Madrid se incendiaba en un atardecer de fuego rosado, la noticia, un pitido en los oídos y una certeza revelada: la sombra de Fandiño era la sombra de la derrota. En su mirada estaba marcada la cicatriz previa del último pitonazo.

Dicen que los toreros vienen al mundo a enseñarnos a morir y yo creo que nos enseñan a vivir. Iván Fandiño perdió el sábado la última batalla de muchas, porque existía, quizás sin saberlo, para pelear y que no salieran las cosas del todo. Nos deja ahora una lección terrible: es mentira eso de que los sueños se cumplen. No se lo crean. Las cosas no siempre salen bien. 

Fandiño había venido al mundo a abrir una reflexión sobre cómo tratamos al que lo intenta y por la razón que sea -por el toro, por el viento, por la suerte, por las putadas en los despachos, por las puñaladas, por toda la mugre humana que nos rodea y que calculo nos debe de estar llegando más o menos a la barbilla en este momento-, por cualquiera de esos factores, digo, o porque sí, al final no salen las cosas. 

Iván Fandiño vino a luchar y se ha ido para ponernos delante de nosotros todas las veces en las que damos más importancia al resultado que a la intención. Todas las veces en que decimos “Bah, ya sabía yo que se iba a equivocar”. Iván Fandiño venía del lado oculto de la luna, que decía mi padre que era donde vivían los toreros que no terminaban de triunfar mereciéndolo como lo merecía este.

Fandiño y su mirada de western habían venido al mundo a hacernos reflexionar sobre cómo tratamos al que pierde, sobre qué es más importante, si ganar guerras o pelearlas. Iván quería ser pelotari, pero en realidad nacía para perder todas las batallas por nosotros, como un enviado, como si expiara todos los éxitos, todas las conquistas que al final terminaban por llevar los nombres de los demás. Fandiño como el silencio que necesita la melodía. Fandiño perdiendo para que otros ganaran. Su regalo era la derrota hasta perderlo todo, hasta el pulso camino de un hospital de Mont-de-Marsan. Pagar el precio de otras glorias… qué injusto, pero qué tributo. 

Lo imagino al cierre de esta edición, zarandeado, perdiendo los alamares a las puertas de algún cielo en el que haya justicia. Mis honores, torero. Gracias.

Twitter ‪@ChapuApaolaza ‬

Publicado en Diario Sur 

¿La Fiesta en Paz? Ivan Fandiño, ¡hasta siempre! 

Ivan Fandiño. Foto APF.
  • Ecuador taurino, presente
  • En Venezuela, el toreo ausente

Por Leonardo Páez.

Daos prisa porque me estoy muriendo, fueron las últimas palabras del torero vasco.

Falleció ayer el encastado matador vasco Iván Fandiño Barros (Orduña, Vizcaya, 29 de septiembre de 1980) –único diestro al que nunca le interesó brindarle al monarca Juan Carlos– en el Hospital de Mont de Marsan, Francia, tras la cornada en el costado derecho que le propinó el toro Provechito, de la ganadería española de Baltasar Ibán, cuando intentaba un quite en el primer toro de Juan del Álamo; cayó y fue corneado en el suelo, durante la corrida celebrada en la población de Aire Sur L’Adour, en el suroeste francés. Fandiño había cortado la oreja de su primero. Completaba el cartel Thomas Duffau.



Es el destino pero, también, el gusto de la afición francesa por la bravura sin adjetivos, no por el tonelaje, y por los toros en puntas, más esos aciagos 30 o 40 kilómetros que separan una población sin servicios médicos especializados de otra que cuenta con éstos. Ahora vendrá la sucesión de justificaciones de esa tauromaquia ventajista y comodona, tan cara a los que figuran y quienes, por lo mismo, seguramente morirán en su cama y sin zapatos. Daos prisa porque me estoy muriendo, fueron las últimas palabras de Fandiño.

Comentaba un académico venezolano que así como Adriano, quien no obstante haber sido emperador no se le subió el cargo a la cabeza y se permitió cuestionar, nunca prohibir, el circo romano y sus espectáculos antes que por sanguinarios por monótonos, al presidente venezolano Hugo Chávez le entró la ventolera de prohibir, en 2009, la función taurina en el coso Nuevo Circo de Caracas, no por animalista, sino por nacionalista, luego de ser informado de que el único diestro venezolano de nivel internacional que queda es Leonardo Benítez.

¿Para qué sirve, entonces, esa plaza, si propietario y concesionarios no pueden sacar nuevas figuras venezolanas?, cuenta el académico que preguntó Chávez indignado. Pues para que cada año vengan toreros europeos a triunfar y a ganar dinero. ¿Qué acá no hay toreros?, replicó. Sí, pero no son figuras, presidente. Fue entonces que éste, sin sopesar las posibilidades de reglamentar y reactivar la mejor tradición taurina de Venezuela en favor de los diestros nacionales, del público y de la economía, ordenó remozar y destinar el Nuevo Circo de Caracas como espacio exclusivo del pueblo y excluir la función taurina, cancelando así la posibilidad de sanear la colonizada tradición taurina de Venezuela. A toro pasado, los imprevisores taurinos locales y europeos lamentaron tan autoritaria cuanto explicable medida.

Por ello alegra que dos diestros ecuatorianos, el matador Mariano Cruz Ordóñez y el novillero Julio Ricaurte, ambos de Riobamba, se encuentren en México, dándole curso a sus respectivas carreras; el primero, retomando sitio tras interrumpir el paso fino que mostrara desde novillero en ruedos sudamericanos y españoles, y el segundo, avecindado en Aguascalientes y acumulando fechas y triunfos en plazas de su país y de México, como recientemente en Huamantla y Ambato.

¿Por qué urge que las empresas apoyen a los buenos toreros latinoamericanos? Para tener más y mejores argumentos cuando despistados pero influenciables gobernantes prestan oídos a promotores internacionales del animalismo utilitario y las compasiones falsas o identifican prohibiciones con soluciones. La tradición taurina de los países de la región requiere de una meditada revisión y valoración de sus respectivas ofertas de espectáculo para que, unidos, inicien el repunte definitivo de una fiesta de toros latinoamericana profesional y competitiva.

Publicado en La Jornada

Los ‘animalistas’ vejan en la red a Fandiño


De SOL y SOMBRA.

Lo han vuelto a hacer. Por enésima vez las redes sociales se han utilizado para burlarse e insultar a una persona fallecida por su condición de matador de toros. No hay freno a estos delitos.


La trágica muerte de Iván Fandiño tras ser corneado por un toro en Francia ha llenado de luto a España. Desde un primer momento la conmoción, el luto, el respeto y la sorpresa llenaron las redes sociales. 

Pero, desgraciadamente, los desalmados poco a poco han ido dejando su sello, fundamentalmente en Twitter amparándose de ese supuesto anonimato de la red. Se llevan la palma los que se hacen llamar ‘animalistas’. Muchos de los comentarios no los vamos a reproducir por ser tremendamente crueles e irrespetuosos con Fandiño y sus seres queridos, pero sí vamos a testimoniar algunos de ellos para dar cuenta de lo que parecen ser auténticos delitos de odio. 

Algunos tuiteros han ido cruzando la línea roja a medida que iba trascendiendo la muerte del torero. Y no sólo son reprobables los “valientes”, dicho entre comillas, que aprovechan la muerte de un ser humano para exponer toda su miseria, sino también quienes aplauden y se mofan de este tipo de comentarios en las redes. 


Pese a que cuando ocurre un caso como este siempre trata de ponerse freno, lo cierto es que de momento no hay solución posible y los comentarios han poblado la red. 

Han sido cientos los tuits que se han cargado de insultos hacia el torero fallecido.

Lo dicho, no hay freno con estos salvajes inhumanos.

Twitter @Twittaurino

El médico que asistió a Iván Fandiño: “Era imposible salvarle la vida”

Ivan Fandiño brindado un toro a Victor Barrio, otro compañero fallecido en el ruedo.

El torero vasco, fallecido a los 36 años, sufría daños “irreversibles” en el hígado, el riñón y pulmones.

De SOL y SOMBRA.

El jefe de servicios y portavoz del hospital “Layné” de Mont de Marsan, suroeste de Francia, el profesor Poirier, ha asegurado que era “imposible” salvar la vida del diestro Iván Fandiño, que, aunque no falleció en el acto, los daños que sufría en hígado, riñón y pulmones eran “irreversibles”.

Todavía no se ha emitido ningún parte médico oficial que detalle el alcance de la fatal cornada que acabó ayer con la vida del torero vasco en la ciudad francesa de Aire Sur L’Adour.

En declaraciones al diario Sud-Oest, el doctor Poirier, que iba con el diestro en la ambulancia en el momento en el que se certificó su fallecimiento al no poder reanimarle de un segundo paro cardiaco, desvela que ni en la enfermería de la plaza ni en el hospital se hubiera podido hacer “nada” para salvarle la vida.

“El torero presentaba en el abdomen tres litros y medio de sangre negra, proveniente de las glándulas hepáticas, señal de que el hígado había reventado a causa de la cornada, que también rompió la vena cava, lo que le produjo en severo derrame interno”, explica el médico.

“Cuanto entró a la enfermería ya lo hizo prácticamente sin pulso. Era imposible tomarle la tensión arterial de lo débil que la tenía. La muerte era instantánea. Era imposible hacer nada por él. Ni en la enfermería de la plaza ni en el hospital hubiera habido forma de salvarlo”, concluye Poirier.

La defunción fue certificada alrededor de las 21:30 de la noche, hora española, casi noventa minutos después del fatal percance.

Los restos mortales de Iván Fandiño, de 36 años, aún permanecen en el hospital de Mont de Marsan, donde ya han llegado sus padres, Paco y Txaro, y su esposa, Cayetana García Barona, y a lo largo del día será traslado al tanatorio de Amurrio (Álava).
La muerte de Fandiño es la segunda de un torero español en lo que va de siglo después de la de Víctor Barrio, justo ahora que se va cumplir un año del trágico suceso en la plaza de toros de Teruel.

Twitter @Twittaurino