Archivo de la etiqueta: Cornada Ivan Fandiño

“Dense prisa… porque me estoy muriendo”


Por Jean Palette-Cazajus.

Dense prisa…porque me estoy muriendo, dijo Iván Fandiño. ¿Acaso es posible resumir mejor lo que es la historia de toda vida humana? Así lo decían los barrocos. In Ictu Oculi reza el conocido cuadro de Valdés Leal. Pero hemos olvidado su lección. Y en los últimos decenios hemos venido despreciando también el concepto de muerte heroica. La del soldado pasó a ser un valor obsoleto propio de épocas brutales, bárbaras y, queríamos creer, pretéritas. Nuestra época va revelándose día tras día presa de una vocación brutal, bárbara y oscurantista. Entretanto, los tontos frívolos consideran como muy insuficientes y mejorables valores que sólo son frágiles, precarios y vitalmente necesarios. No lo dudemos un segundo, se acerca el momento en que habrá que volver a morir para preservarlos. Algunos ya lo están haciendo.

La única otra forma de muerte heroica es la del torero en el ruedo y me atrevo a decir que el objetivo es el mismo. Recordarle al ser humano que si realmente quiere seguir siendo un sujeto emergente, definitivamente salvado del magma indiferenciado de la vida animal, tiene que elegirse un destino. Y no hay destino individual sin riesgo. Siempre que rechacemos la tentación de la mediocridad y de la sumisión. Los toros nos apasionan a los aficionados por muchas razones, pero las razones de sentirnos frustrados suelen ser mucho más numerosas. Nuestra fidelidad se debe a la grata certeza que tenemos de habernos apuntado a “la escuela más austera de vida” como aludía Marcel Proust a la exigencia ética que le llevó, de ser un lechuguino mundano, a sacrificar su salud y su vida a la escritura de su obra.

El torero también nos lleva “En busca del tiempo perdido”. El toreo, cuando es auténtico, crea por un momento un tiempo virgen, recrea el tiempo puro del Ser, provoca una efímera fisura en el espacio-tiempo. Por eso, cuando muere el torero, es de los pocos que merecen acceder al aura del héroe antiguo. Hubo una época en que los toros solían interpretarse a través del prisma “sacrificial”. Frivolidades como siempre. El único sacrificado en el ruedo es el torero. No cuando muere, sino cada vez que hace el paseíllo, puesto que se trata de la elección del riesgo, de la conversión de la rutina en conversación habitual con la muerte.

Y es así porque el lenguaje es el genitor de nuestro destino y la placenta que alimentó nuestra condición. Y no hay más destino para una especie viva que lo que sea capaz de contar de sí misma. Por esto la muerte es patrimonio exclusivo de nuestra especie y el Ser-hacia-la-Muerte, definición exclusiva del individuo humano.

Ningún ente vivo expresa mejor el inexorable expolio de la muerte como la imagen que la evolución primero, el hombre después, fueron confiriendo al toro de lidia. El toro es el mejor Eidós de la muerte, su forma-idea mejor representada y expresada. En la embestida del toro bravo no percibimos movimiento sino sólo amenaza y peligro. Sus astas dibujan en el espacio un programa perforante que aterra las carnes. Las heridas por asta de toro suelen ser devastadoras. Las de Iván Fandiño lo fueron en grado extremo. Nosotros hemos humillado la naturaleza y la hemos devastado. Esto quiere decir que también somos seres humillados y devastados. Por esto el asta letal del toro destroza las carnes pero devuelve sus víctimas a la inocencia y a la imaginación de los pueblos primeros. El torero muerto se inscribe en el tipo de imaginación que alumbró los mitos.

Me aterra particularmente la perspectiva de un tipo de muerte trágica, la más frecuente en nuestra sociedad, la muerte en la carretera, el amasijo de carnes sanguinolentas y de chatarra humeante. No solamente se pierde la vida sino la pertenencia a la humana condición. La sangre sucia en el asfalto entre cristales rotos y restos orgánicos nos retrotrae a la insignificancia cósmica del caracol aplastado que cruje bajo el zapato. Dirán los tontos que la muerte de Iván es gratuita. Lo es en el sentido oblativo, es el último regalo. Por esto la muerte del torero es realmente crística. Nos redime a todos y nos engrandece. 

Incluso a los cínicos.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan.

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Opinión: El camino del guerrero


Por Rubén Amón.

“Que se den prisa, que el cuerpo se me escapa”. Así agonizaba Iván Fandiño sobre la arena. Así le confiaba al compañero Thomas Duffau la sensación de abandono. Se le escapaba el cuerpo al maestro vasco. 

Se le escapaba la vida. Y la escena de los toreros llevándolo a la enfermería parecía una “pietà” de oro y de sangre. No se lo podía creer Jarocho, plata de ley, salario del miedo, contrariado otra vez en las circunstancias de apremiar el traje deshabitado de un compañero exánime. Ya le había tocado hace menos de un año trasladar el cuerpo de Víctor Barrio al hule. Se le repetía la escena con una crudeza insoportable. Y se demostraban inútiles las cadenas de oro y las vírgenes, las plegarias de la capilla. Dios no podía apiadarse del sacrificado. Es la regla de la eucaristía. 

Ya le llegará la resurrección a Fandiño. No para que la disfrute su familia, sino para convertirse en estatua de bronce, en calle de Bilbao, en avenida de Orduña, en héroe de un misterio cuya coreografía es idénticamente cruel al mito grecolatino: el toro debe morir, el héroe puede morir. Y Fandiño lo sabía.

De otro modo, no estaría su cuerpo cosido y recosido de cornadas. Ni iluminaría una lámpara de aceite la habitación del hotel. Poco importa creer en Dios. Importa saber, aprender, hasta donde alcanza el tributo de sangre. Y no hay plaza pequeña ni toro misericorde. Fandiño ha muerto en la orilla del Adour. Que significa destino en su etimología primitiva. Y que reviste de fatalidad la trayectoria de un torero oscuro, obstinado, curtido a contracorriente.

Porque los toreros no nacen en Orduña. Ni debutan en Llodio. Los toreros vascos aparecen en “La Traviata” de Verdi, pero son un exotismo en la idiosincrasia del Mediterráneo. Iván Fandiño no tenía nombre ni de torero, pero torero ha sido. No ya de los valientes ni de los mártires, sino de quienes mejor comprendieron la dedicación, la entrega y la vocación sacerdotal. Hay un concepto japonés que lo define, bushido, el camino del guerrero.

Cuántas horas de soledad en el campo. Cuántas faenas de salón. Cuántas heridas. Cuánta paciencia en las tapias de los tentaderos. Y cuántas razones para confiar en sí mismo. No van a respetar en Twitter su duelo ni su cadáver porque las moscas todavía revolotean en la memoria de Víctor Barrio, apurando la gangrena, pero impresiona leer los últimos mensajes que escribió el propio Fandiño. Parecen la narrativa de una premonición.

El último de ellos es un crespón negro dedicado a la memoria de Adrián, el chavalillo que devoró el cáncer y que los toreros adoptaron como símbolo de su resistencia: “DEP, Adrián. Las personas pasan, los hechos permanecen, y tu fuerza es un ejemplo”. Podría ser su propio epitafio, pero tanto valdrían los mensajes que escribió antes de ese homenaje.

-“Nadie encuentra su camino sin haberse perdido varias veces”.

-”A veces, no hay próxima vez o segundas oportunidades. A veces es ahora o nunca”.

Ningún torero quiere morirse, pero todos los toreros están dispuestos a hacerlo en una plaza. Y mejor jóvenes que decrépitos. Y no para resucitar en estatua de bronce ni en letanía de historiador agorero, sino para darle el último sentido al coloquialismo, ya ven, de jugarse la vida. Todo al negro. Todo.

Publicado en El País 

Los ‘animalistas’ vejan en la red a Fandiño


De SOL y SOMBRA.

Lo han vuelto a hacer. Por enésima vez las redes sociales se han utilizado para burlarse e insultar a una persona fallecida por su condición de matador de toros. No hay freno a estos delitos.


La trágica muerte de Iván Fandiño tras ser corneado por un toro en Francia ha llenado de luto a España. Desde un primer momento la conmoción, el luto, el respeto y la sorpresa llenaron las redes sociales. 

Pero, desgraciadamente, los desalmados poco a poco han ido dejando su sello, fundamentalmente en Twitter amparándose de ese supuesto anonimato de la red. Se llevan la palma los que se hacen llamar ‘animalistas’. Muchos de los comentarios no los vamos a reproducir por ser tremendamente crueles e irrespetuosos con Fandiño y sus seres queridos, pero sí vamos a testimoniar algunos de ellos para dar cuenta de lo que parecen ser auténticos delitos de odio. 

Algunos tuiteros han ido cruzando la línea roja a medida que iba trascendiendo la muerte del torero. Y no sólo son reprobables los “valientes”, dicho entre comillas, que aprovechan la muerte de un ser humano para exponer toda su miseria, sino también quienes aplauden y se mofan de este tipo de comentarios en las redes. 


Pese a que cuando ocurre un caso como este siempre trata de ponerse freno, lo cierto es que de momento no hay solución posible y los comentarios han poblado la red. 

Han sido cientos los tuits que se han cargado de insultos hacia el torero fallecido.

Lo dicho, no hay freno con estos salvajes inhumanos.

Twitter @Twittaurino

Muere Iván Fandiño tras recibir una cornada en Francia

Momento de la cornada.

De S y S.

El torero español Iván Fandiño, de 36 años, ha muerto tras recibir una cornada en una corrida en Aire-sur-l’Adour, en el sudoeste de Francia. El matador, natural de Orduña (Bizkaia), fue cogido por un toro de Baltasar Ibán (la becerra que mató a Antonio Bienvenida era también de esa ganadería), dehesa de El Escorial (Madrid), tras tropezarse con el capote y caer al suelo. Una vez caído, el astado lo empitonó en el costado derecho.

El torero fue prendido en un quite con el capote, momento en el que trastabilló y, una vez en el suelo, el animal le metió el pitón en el costado, a la altura de los pulmones

A toda prisa fue conducido a la enfermería, y desde allí a un hospital de Mont-de-Marsan donde nada pudieron hacer por su vida, certificando su defunción.

El diestro vasco, nació el 29 de septiembre de 1980, se vistió de luces por primera vez en Llodio (Álava), tomó la alternativa en Bibao en agosto de 2005 y la confirmó con Antonio Ferrera y Morenito de Aranda el 12 de mayo de 2009. Era un torero hecho en las capeas, sin tradición familiar en el mundo del toreo, a los que se aficionó con 14 años. Nunca quiso fichar por una casa grande.

En 2016 toreó 34 corridas, en las que logró 34 orejas y 3 rabos. Este año tuvo tres corridas en Madrid, la última el pasado 29 de mayo. Sus anteriores corridas antes de la que ha acabado con su vida fueron en Plasencia e Inca.

Torero de gran personalidad y estilo clásico, se convirtió en imprescindible en las ferias más importantes del mundo. 

El último torero español fallecido por una cornada en el ruedo fue Víctor Barrio, quien murió con 29 años, tras ser corneado en la plaza de toros de Teruel el 9 de julio de 2016. Este, a su vez, fue el primer matador muerto en el ruedo en España desde 1992. A escala mundial, un total de 138 profesionales del toro -36 matadores entre ellos- han muerto como consecuencia de las heridas sufridas en plazas, fincas o tentaderos, desde el siglo XX.