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La de Pablo Romero. Nos quitamos el sombrero por la gloria de nuestros mayores…

Cuando se dice “Pablo Romero” como cuando se dice “Miura”, uno se quita el sombrero.

Cuando se dice “Pablo Romero” se habla con respeto y con veneración, con el respeto debido a las leyendas, con la veneración que se debe a ciento treinta años de toros de lidia, a un tipo de toro único, a un tesoro ganadero y a una historia que quita el hipo. Parece mentira que haya que recordar estas cosas, que antes se aprendían cuando nos salían los dientes, cuando aprendíamos de los toros de los labios de personas sabias, aficionados que habían alcanzado a ver el toreo de antes del peto, y que tenían una percepción del toro mucho más allá de que si repone o se descuelga o toda esa jerga que empezó a meter Barquerito en sus remotas épocas del Diario 16 y que, para nuestra desgracia, se han enseñoreado de las maneras de hablar de tantos “profesionales”, como ellos dicen.

Parece mentira que haya tan poco respeto y que la banda, anestesiada por la constante visión de esos deprimentes videos, youtubes y deleznables retransmisiones televisivas, se ponga a decir las tonterías que uno oye o lee por ahí. Una pena. Ante Pablo Romero hay que estar como cuando se asiste a un prodigio, porque tal es que aún no haya desaparecido la estirpe del más hermoso toro de lidia que la intuición de unos señores ganaderos decimonónicos dio al mundo, para gloria de la ganadería brava, y de la entrega de quien sin otro interés que el de preservar la más bella de las creaciones ganaderas que pueblan las dehesas de Iberia, se hizo cargo de ese complicado legado para preservarlo y tratar de mantenerlo. Si unos franceses se hubiesen llevado los pablorromero al país vecino (Concha y Sierra o El Cura de Valverde ya están allí) hablaríamos de la devoción por el toro bravo, del romanticismo del empeño, de la hombría de bien de quien arriesga sus capitales para mantener un tesoro genético, pero como los amos son españoles, le damos leña al mono y nos quedamos más contentos que unas castañuelas. Así somos.

Y la cosa empieza en el sanedrín veterinario. Bien es sabido que hay una forma de sacar pecho y de dárselas de íntegro que consiste en arrear con unos para sacarse la espina de lo mucho que hay que tragar con otros. Como la cosa de los reconocimientos y demás se mueve en unas covachuelas oscuras e impenetrables, no es posible saber qué demonios ha ido pasando en los reconocimientos de los Partido de Resina, cuántos se rechazaron y por qué razones, cuantos vinieron y demás circunstancias que destrozan una corrida que el ganadero habría seleccionado con esmero para Madrid para quedar transformada en un “a ver si éste”. Difícil situación cuando a las dificultades propias de colocarte en la parte exterior del mundillo, se añade la agresión bien preparada desde dentro. Y luego está lo del recibimiento, que se ve que estos del Partido de Resina no han aprendido de los Fraile, en lo referido al asunto de recibir a ciertos aficionados, echarles unas rodajitas de chorizo y prepararles una caldereta en invierno, después de la ritual tournée en remolque por la finca viendo los toros de saca, los novillos y las madres, que eso luego rinde sus réditos. Márketing moderno, que ahí están los del Puerto del Lisarnasio para certificar lo que se consigue con unas barras de chorizo bien administradas alrededor de la lumbre.

El toro de Pablo Romero es ciertamente especial. Alguien debería saberlo. Para que nos entendamos, esto no tiene nada que ver con lo que criaba el bueno de don Cesáreo Sánchez, que Dios tenga en su Gloria, en Valverde, porque esto de Pablo Romero lo han toreado y lo han entendido las grandes figuras -esas sí que eran figuras- y los que no siéndolo hoy en día lo serían: si decimos Guerrita, o Belmonte, o Gallito, o Antonio Bienvenida o Antonio Ordóñez o Paco Camino, o si decimos Miguelín o, ¿por qué no? Enrique Sánchez “Tortero”, estamos poniendo al lado de los pablorromero los nombres señeros de los más incontrovertibles matadores de toros de los siglos XIX y XX. En ese sentido el que hoy en Madrid pongan en el cartel, junto a la divisa celeste y blanca, los nombres prescindibles y olvidados de Eduardo Gallo, Sebastián Ritter y Rafael Cerro explica bien a las claras que hay algo aquí que no está como debe, porque en el cartel de los pablorromero de hoy deberían haber estado los de July y Perera, que pasado mañana matarán peluches domésticos, y ya que se dicen figuras, bien podían mostrar qué eran capaces de hacer con las complicaciones y las bondades de los del Partido de Resina.

Para quien se haya dedicado a mirar el toro, y esto excluye de manera expresa a los que tienen la nefasta costumbre de ver la corrida por la deprimente televisión, la corrida ha sido de lo más interesante, por la sencilla razón de que los Partido de Resina han presentado un completísimo catálogo de incertidumbres, maneras cambiantes, humores de vaivén y despistes varios, todo ello bajo una cierta capa de mansedumbre, no de tanto gramaje como querrán decir por ahí y también con sus puntos de bravura, para quien haya estado atento.

Partamos de la base de que estos toros no sirven para lo de todos los días, no son los perrillos falderos y amaestrados como el pobre Jabatillo, al que la inconsciencia o el interés de don Javier Cano Seijo aupó antirreglamentariamente el otro día al olimpo de la vuelta al ruedo sin que el hombre haya dicho nada de dimitir, que no está el horno para bollos. Los toros herrados con la boca del horno no regalaban nada de salida y lo primero que estaban pidiendo era una lidia, no un conjunto de capotazos, uno aquí y otro allí, sino una lidia ordenada que los fijase y los ahormase.

De eso no hubo nada en los ciento veintiún minutos que duró la corrida.

Y quien dice lidia dice caballos, el viejo arte de picar ahora guarecido tras una muralla de kevlar para proteger la barriga del aleluya, atalaya desde la que un tío lancea a placer hasta sacar petroleo. Y así discurrió el primer tercio: toro suelto y a su albedrío que ve en lontananza al picador de la segunda suerte y se arranca a él desde el burladero del 6 sin atender a los capotes que se le tienden, toro que es puesto al relance, toro que se abalanza sobre el picador cuando el semoviente anda por el tendido del 10 camino de su sitio, toro al que se pone, se cita y se arranca con alegría, toro que va cambiando en varas: la primera huido, la segunda entrando con alegría, toro que después de apretar se va suelto del caballo volviendo grupas en dirección a chiqueros… una variedad bastante inusual de situaciones las que se han dado en el primer tercio de esta vigésimoquinta de abono, bastante lejos de lo de todos los días. Y eso que no hablamos de las fatiguitas para ir llevando a los toros al caballo, que ellos sólo querían hacer lo que les daba la gana. Y luego en banderillas, lo mismo: peones acosados hasta la misma boca del burladero, banderillas puestas de una en una, pasadas en falso y demás repertorio que se da cuando los de abajo no se fían ni un pelo del de negro (en este caso de los cárdenos), tercio presidido por la presencia del toro y del cambio en sus comportamientos a medida que se van enterando o a medida que van tomando conciencia de que pueden galopar.

Digno de reseñar, por poco visto en nuestros días, el cambio de actitud de los pablorromero en banderillas. Y luego, en el tercio de muerte, la inadecuación de los trasteos a las condiciones del ganado, pues se los quería meter en el saco de lo de todos los días, cuando ellos tienen su propio saco. Ya no hablamos de lo de cruzarse, lo de pisar el terreno de los toros, lo de citar con la muleta planchada, porque ya es como cosa de ciencia ficción, pero entender que estos toros de Pablo Romero, toros degollados, precisan de mando a media altura, que hay que mandar, pero no bajarles la mano más de lo preciso, como decir que estos toros piden su aire, su espacio vital y que las cercanías tan queridas por el neotoreo son para ellos invitación a no moverse, pero que en la distancia larga y en la media regalan un hermoso y vibrante galope. Y luego lo de las faenas sin concepto, faenas de sucesión de pases a ver qué pasa, cuando estos demandan toreo desde el minuto cero, comenzando por el ayudado por bajo mandón y poderoso para centrar el asunto y siguiendo con dos series por ambas manos, tres adornos  y una certera estocada, suficiente tarea como para triunfar en Madrid sin necesidad de aburrir a las ovejas, como se aburrió el tercero, harto de aguantar trapazos y telonazos que volvió grupas dejando a Gallo con la palabra en la boca cuando llevaba 45 muletazos, uno arriba o uno abajo, sin decir nada, más pelmazo que una teleoperadora de Jazztel.

A los Partido de Resina los van a dar más palos que a un opositor venezolano, pero la realidad es que hoy nos han traído a Madrid un aire tan sano, tan de vieja afición, tan al margen de lo que se estila, que nos han hecho añorar a algunos queridos aficionados de los que tanto aprendimos, que nos enseñaron a amar esta divisa, y que hace ya demasiado tiempo que no se encuentran entre nosotros.

Por José Ramón Márquez

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