
Un buen labrador, se dice, asegunda siempre. José Mauricio es mucho más que eso, un manifiesto firme que hace notar que aun hay salida para el tan enrarecido fenómeno taurino contemporáneo. Y lo hace acompañado de dos diestros que, pese a los pinchazos, pese a la nueva decepción ganadera a la que se enfrentan, muestran que hay una vía más allá de lo que corrientemente se le muestra a la Afición. Rivera y Sánchez pinchan un terrible y lamentable encierro de Montecristo anovillado, descastado, débil y geniudo, por momentos. La gran paradoja es que el régimen empresarial tiene una gran alternativa, firme, para sacudir la apatía pero enfrenta un problema mayúsculo: las ganaderías que han echado a perder todo intento en esta Temporada Grande.
Por: Luis Eduardo Maya Lora – De SOL Y SOMBRA. Plaza México.
Serán diez años el próximo día 24 de enero que se cumplirán desde que José María Luévano dejara este mundo en la carretera de San Juan del Río. El torero hidrocálido fue el primero en este siglo en, luego de salir a hombros tras cortar tres orejas el último domingo de enero de 2002, repetir a días y en cinco de Febrero la salida en volandas. El siguiente, para 2007, ha sido Arturo Macías, ligo en tres semanas, tres salidas a hombros, una en el Aniversario.
El tercer caso lo tenemos hoy en La México, su nombre, José Mauricio. Lo realiza ante un nuevo petardo ganadero, Montecristo, y él, acartelado con dos pares, ha sido el non. Nos hacen la pregunta los aficionados de sol e identificamos ese caso. También se nota el cariño con el que lo recibe la gente que hace saludar a la terna, indudablemente triunfadora, cualquiera de los tres ha probado la miel del triunfo y la hiel del dique seco.
Nos recuerda Lucio Dalla, aun las flores nacen de lo “bruto”, feo que decimos en español.
Y el mismo artista italiano decía en ese poema primero nombrado “Cara”, luego “Vita”, que nunca es fácil dejar el pasado que ha lavado el alma. Para estos toreros haber visto de frente el fracaso la nublada tarde significa reafirmar lo ocurrido el domingo pasado y aunque la entrada mejora respecto del domingo pasado, la corrida vuelve a fallar. Auténticamente frustrante ver que Fermín Rivera, que luce esa riverista combinación mercurio y oro, se estrella con un berrendo aparejado tan grandulón y zancudo como manso y descastado.
La lidia cambia y es correcto no forzar las cosas ante este boyancón astado. Se banderillea en la querencia, Fermín aguarda. Y despliega su toreo de aguante, verticalidad y firmeza. Acorta las distancias y corta salidas en plenas tablas, consigue que el manso siga la muleta y reafirma su sitio. Quizá resulta demasiado generoso al conceder un espacio al burel que no merece. Sin embargo, la faena que enciende el motor y la garganta de la afición, no desmerece el aperitivo, bisa firme y remata un gran pase de pecho y es justo el tiempo de ir a matar, no con rapidez sino con prontitud.
Pero, de nuevo, desesperante ya es, llega el pinchazo.
Tan desesperante como el uso de la espada de Juan Pablo Sánchez.
Por amor de Dios, una espada para el potosino, otra para el hidrocálido. Te rogamos, óyenos.
Porque Sánchez se las encuentra con un anovillado tercero al que todo hace correctamente, desde dar los adentros, administrar los capotazos, sujetar a la brega y ordenar a la cuadrilla. Salvo el feo gesto de quitarse las zapatillas y un desarme, Juan Pablo opone con su temple la falta de raza y la cabeza suelta del toro, su debilidad y vacilante tranco. Mejora su trazo, suave y largo, la indispuesta embestida de un toro que se torna nervioso fuera de las suertes pero que en las mismas, simplemente, no puede ni quiere.
El temple hace milagros y aparece una vez más.
De ahí que los naturales, en la única distancia que puede tomar el astado, los derechazos, en el son y altura que requiere el burel, desgarren el olé de una afición ávida de esto, de ver torear. Aun pese la falta de casta del astado que, por raro que parezca, desarma a Sánchez, permiten verle vertical e nuevos derechazos donde liga la capetillina ante lo amarrado al piso del burel. Ruge la plaza. Solo el pinchazo, enésimo de Juan Pablo, y la pésima suerte de vérselas con el inválido castaño que cierra festejo nos dejan con ganas de verlo en el apogeo que impide Montecristo.
Entre el primer pinchazo de Rivera y el referido de Sánchez, la gente vuelve a paladear y a sentir a José Mauricio con su capote que ha repuntado casi al nivel de su siempre personalísima media verónica. El tercero, un burel chico, se comporta empleándose algo más por pitón derecho de salida, en el puyazo recarga sin tanto afán, solo empuja con el pitón izquierdo e, incluso, sale defendiéndose y tardeando. Mauricio se lo piensa un momento, mal no vendría el segundo puyazo.
Pero se cambia el tercio.
Nunca es una esta una fácil decisión.
Es a partir de dos pares de banderillas de Gustavo Campos que se desmontera, cuando el tranco del toro comienza a mostrarse más largo por pitón izquierdo. José Mauricio no se dobla con el astado, le alterna a la media altura y camina por fuera de las rayas. La primera tanda muestra al burel con nervio y con violencia al final de las suertes mientras que la segunda tras gran muletazo de inicio muestran que el toro tira la señal falsa de la acometividad al tardear y regatear la embestida, mostrándose, no estar dispuesto a atacar.
Entonces el ajuste el pisar el terreno y provocar enciende al cárdeno que de pronto sale con la cara arriba y desluce, le obliga Mauricio y le hace pasar, tira largo de él incluso marcando el olvidado tiempo de cargar la suerte para orientarla al sitio de la ligazón y la plaza se emociona desgarrando el olé seco.
La mano izquierda se anuncia.
Y lo prometido se cumple con el natural que mejora la embestida del toro, largo el trazo, casi uno de vuelta entera y tras dos más, el cárdeno comienza a frenar, a quererse salir a estropear y puntear. Mauricio no cae en el garlito de pensar que ya aflojó este mustio y cenizo astado. Es más para el remate, toma la distancia, mantiene la planta y baja la mano en nueva edición, más poderos, más seca y mandona pero igualmente artística del trincherazo. De cartel. Afirmación sustancial del capitalino.
Lamentablemente el montecristo, pendiente de salir más que de entrar, impide, con la raza que se le escapa, que la faena arribe a una altura mayor. Se defiende de final, incluso distrae una vez Mauricio se arma a la muerte en la suerte natural. Espadazo caído. En otro tiempo no habría venido la oreja pero justo es premiar lo que es auténtico.
Oreja y nuevo triunfo.
Fermín Rivera, raza, paciencia, suavidad e insistencia, ante el terrible cuarto. Los toreros no lo pueden decir pero nosotros sí, la corrida has sido una auténtico despropósito de bravura. Un ejemplo de ello es el cuarto. Toda suavidad Rivera con las telas, chicuelinas desmayadas ante un toro que es toda aspiración de la mansedumbre, sin celo por el engaño sin mayor sustancia que le haga atacar. Un toro que requiere ser asistido.
Prosigue Lucio Dalla y hace ver que los hombres rescatados son los ángeles pero con arrugas en los ojos un poco feroces, un tanto más cansados pero más libres, que ya referíamos la semana pasada. Fermín no se ha cansado e inventa la casta en este astado, lo hace pasar en manejo perfecto de altura, en esconder el trapo para que complete el viaje y al que Fermín, para variar… una salida al tercio completa un nuevo episodio de su paso por La México, que así borra cualquier resquicio del pasado.
Ante ello, el segundo turno de Mauricio vislumbra un astado feo, altón y de amenazantes pitones. El de Mixcoac utiliza el capote perfecto, a la verónica haciendo que el toro pase y cerrando con la ya inconfundible media, llevando templado al caballo y con remate de serpentina y bordando el quite, hasta ahora, de la Temporada por fregolinas, primero vertical y luego a compás abierto dos más y un remate con media por detrás del cuerpo que solo el cabezazo por el lado izquierdo del toro habría de descomponer.
La ovación es inmensa.
Como el deseo del toro es pegar cabezazos, José Mauricio se dobla, quizá no con la efectividad de hace ocho días ante el duro cornipaso de Barralva. Aun así su mando vence al feo Montecristo con los derechazos lo lleva largo y con los naturales se impone hasta un leve momento de sobre confianza que lo lleva a trompicar y llevarse nuevo achuchón. Vuelto en pie regresa a someter por bajo, a doblarse y rematar a la oreja contraria que los belfos encuentren arena para preparar así la suerte suprema y dejar la espada en lo alto.
Otra oreja y otra puerta grande.
Hay para quien José Mauricio, en su nueva posición, resultará incómodo, eso pasa siempre cuando se tocan intereses. Qué bueno. Pero estamos seguro, tal como decía Lucio Dalla, ya no habrá dudas, incertidumbre, menos aun, venganzas. Ahora estamos nosotros los aficionados dispuestos a verle en todas las plazas, premio digno que llega siempre a los que deseamos respierar.
Twitter: @CaballoNegroII.
RESUMEN DEL FESTEJO.
Plaza México. Temporada Grande 2019-2020. Novena corrida del Derecho de Apartado. Menos de un tercio de plaza en tarde fría viento que no molesta la lidia. Sin solución la mala iluminación. Equivoca la Autoridad al aprobar un encierro impresentable, dejando pasar una corrida no digna de la importancia de la Plaza y el cartel.
6 Toros, 6 de Montecristo (Divisa Obispo, Verde y Oro) Pésimamente presentados, carentes de seriedad salvo el quinto pese a su fea hechura. Varios sin rabo, feos de hechura como el terrible castaño que cierra plaza, impresentable e inválido. Debió devolverse. Impresentable el tercero, un anovillado astado sin que mostrara signos exteriores manifiestos de edad. Basto y alto el escandalosamente manso berrendo aparejado que abre plaza. De mejor hechura pero chico el violento cárdeno oscuro segundo, tardo y reservón. Chincolo, remiso y sin casta alguna el cuarto hasta el grado de desesperación.
Fermín Rivera (Mercurio y Oro) Palmas y Saludos tras Aviso; José Mauricio (Pizarra y Oro) Oreja y Oreja. Salió a Hombros; Juan Pablo Sánchez (Salmón y Oro) Palmas tras Aviso y Silencio.
Saluda en el tercio Gustavo Campos tras banderillear al segundo.



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