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Torero de Cadillac – La Mitología Fundacional de la Afición por los Toros.

El Carro de los Toreros ante el Asombro de la Afición.

A diferencia de muchos de nuestros lectores, yo no nací en una familia de aficionados que me hayan inculcado los pilares de la fiesta desde pequeña. La narración de una anécdota que mi padre vivió en sus años adolescentes, cuando obtuvo su primer trabajo en la Ciudad de México, implantó en mí niñez el cuestionamiento de una fascinación. Todo eso me llevó, años después y en mis días de preparatoria, a indagar por cuenta propia. Compré y leí mi primera tauromaquia, la de Enrique Guarner –que aún conservo-, me fui a la Plaza México un domingo y pagué un sitio en las más baratas alturas. Y ese fue el momento en que me entró el veneno. He aquí una nostálgica recreación, la mitología fundacional de mi afición.

Por: Fabiola FloresDe SOL Y SOMBRA.

A mi padre, desde mi amor más puro y absoluto.

Los niños interrumpieron su cascarita cuando vieron al nuevo aprendiz. Entraron corriendo a darle la bienvenida de rigor. Recitaron su repetido discurso y se fueron a la calle con cara de satisfacción. En cuanto el susodicho tuvo un poco de confianza con sus nuevos compañeros inquirió:

-¿Es cierto que ahí estaba colgada una cabeza de toro? señaló a las alturas de un muro. Se sucedió la usual explicación con son de monotonía.

– Si, allí la tenía el patrón pero se cayó hace dos años cuando el temblor del Ángel. Ahora está en su sala.

Esos eran territorios prohibidos, tal vez no podría verla jamás.

En el ya bien establecido taller en la calle Paniagua evidenciaba, a cualquiera que atravesase el umbral, las varias décadas que respaldaban el oficio del dueño, Jorge Montero.

Se curtían las pieles utilizando enormes bandejas y tinas en un patio grande y soleado, a pocos metros, también al aire libre, estaban las piedras de mármol y las cuñas para curtir. Los cuartos que no estaban dedicados a la vivienda de la familia alojaban largas y angostas mesas subrayando la largura de las paredes. Tenían que ser muy resistentes para sostener el peso de esos tajos de mármol que enfrente tenían lo que parecían nichos de palomas enanitas.

Cada piedra era asignada a alguno de los maestros talabarteros, guardaban sus innumerables bastones de metal con diseños en las puntas –de diferentes grosores y larguras- en cubitos de madera. Allí no moraba el silencio en horas de trabajo, grabar las pieles producía un concierto de golpeteos constante. Inclusive, se llegaba a una especie de ritmo musical comunitario cubierto de nicotina, en aquel entonces fumar era un ejercicio de interiores.

De las paredes colgaban diversos utensilios: cuchillos muy delgados de diferentes curvas, punzones gruesos y angostos, tijeras, hebillas, remaches de metal, broches, agujetas de cuero, etc. Bocanadas de inspiración recibían a las canciones provenientes de la radio con Julio Jaramillo, los Tres Ases o Los Dandys.

Existía una planta constante de artesanos valiosos eran hombres orgullosos de su oficio. Y muy bien pagados pero algunos puestos eran dedicados a aprendices eventuales quienes, muchas veces, no mostraban mayor interés por llegar a ser talabarteros. En vísperas a las primeras corridas de la temporada, los trabajadores de mayor antigüedad apostaban vaticinando quién sería el joven aprendiz elegido para ese año. Cosa difícil, tomando en cuenta los requerimientos físicos y de edad que debían reunirse.

El ritual de Jorge Montero tenía que resultar lo mejor posible.

Sólo conversaban de su deporte favorito cuando jugaban, ya como equipo, los sábados en una cancha cercana. Los llamaban los “cuereros” pero empezada la Temporada Grande de la Plaza México no se conversaba de fútbol con el patrón merodeando. Montero se consideraba un buen aficionado. Y aunque el sagrario a su afición no lo había levantado en su taller toda su parafernalia la atesoraba, lejos del polvo y del humo, en los cuartos contiguos donde habitaba su esposa y los pequeños hijos.

Durante el partido sabatino y por boca de Vicente, los aprendices se enteraban del susodicho ritual, él se deleitaba al verles las caras asombradas cuando se enteraban del asunto. Les remarcaba con dramatismo:

-Algunos años, o temporadas como dice Don Jorge, nadie ha dado el tipo. Ni los más jóvenes, entonces el lugar lo toma Juan

-¿Cuál Juan?

-Aquel, el defensa central que más corre y menos panza tiene.

-Pues no tiene muy buen porte que digamos…

-Si no hay mejor candidato… no puede ser un chamaco. ¡Vamos! Tiene que ser creíble. Cuando eso pasa Don Jorge le avisa con tiempo: “Juan, ponte a dieta”.

Iban pasando las semanas. Se acercaba el día marcado en el calendario, Jorge Montero había hecho las diligencias pertinentes. En el taller se hablaba con entusiasmo entre compañeros:

– ¿Ya fue al banco el patrón? ¿ya hizo el retiro? Sí, creo ya fue la semana pasada.

– Si yo tuviera más confianza con él le recomendaba otro color, algo más serio.

-A mí me gustan los colores claros- dijo Juan. -Es que eres como jarro de Tlaquepaque…

Llegó el día de la corrida, risas inundaban el ambiente, todo mundo había pospuesto pendientes.

Ese domingo los niños desarrapados de la Colonia Moctezuma rodeaban con admiración el formidable y brillante Cadillac convertible que Jorge Montero rentaba en una agencia.

Desde temprano los ayudantes se esmeraban en lavarlo y encerarlo centímetro a centímetro; los reflejos del sol cegaban a los chiquillos, no se atrevían a tocar el imponente auto, a pesar de su preclara curiosidad, por aquello de los regaños. Juan se tomaba tan en serio su papel que estaba en capilla con dos días de anticipación. Todos sabían que el patrón tiraba sus ahorros por la ventana, en el taller había comida y bebida en abundancia.

Montero llegó con el terno rentado, fulgurante, bien cuidado… era su día, sus manos prepararon la silla con reverencia.

Alguien se atrevió a decir:

-El rojo no le queda a Juan. Don Jorge le arrojó una mirada seria y contestó:

-Yo soy quien decido. Este año Juan se vestirá con este terno… y no es rojo, se dice: “teja y oro”.

Juan entró al diminuto cuarto contiguo. Sólo Jorge Montero y su sobrino eran quienes llevaban a cabo el ritual del vestir a Juan.

Capilla, veladoras, rezos, no faltaba un detalle de toreros; de la taleguilla a los machos, todo velado de ceremonia, la montera y el capote de lujo en su sitio. Era habitual un pasmo de admiración de los aprendices cuando atravesaban el quicio del taller, testigos por primera vez de un acontecimiento de tal magnitud, quedaban boquiabiertos al ver a Juan transformado.

Jorge Montero llevaba su mejor traje y despeinando a sus pequeños dijo: “es hora”.

Besó en la frente a su mujer, le susurró al oído: “Deséame suerte, a mí y a Juan”.

Con paso firme él y su “torero” se abrieron paso entre la multitud del vecindario que esperaba fuera del zaguán. Los niños los escoltaban hasta el Cadillac convertible que adornaba el asfalto sólo por ese día y ese atardecer. El Cadillac tenía la capota puesta. Montero, se persignó, se instaló en el asiento y hecho a andar el vehículo rentado.

-¿Estás nervioso Juan? Preguntó orgulloso, Montero.

– Un poco, nunca me he visto en la necesidad de dar explicaciones, pero uno nunca sabe.

– Tú tranquilo que yo soy tu “apoderado” yo hablaré por ti si se ofrece.

Indescriptible el gozo que sentía Jorge Montero sorteando el bullicio dominguero de la Ciudad de México. Los vecinos de la colonia detenían su andar para admirar un auto que seguramente se había extraviado o pertenecía a alguien ajeno al vecindario, algún rico o un viajero. Panaderos en bicicleta hacían un alto para admirar dicha máquina mientras sostenían en la cabeza enormes cestos llenos de pan.

Montero saludaba con majestad a los grupos de mocosos que al inicio del trayecto admiraban el paso del vehículo, luego hacía sonar nervioso el claxon desde lejos; aquellos interrumpían su juego de canicas mientras se preguntaban unos a otros si era algún boxeador o artista famoso. Por fin, tres cuadras después, se divisaba el enorme letrero que promocionaba la compra de terrenos en la Colonia Moctezuma y que enfatizaba: “A cinco minutos del Zócalo”.

El paso del Cadillac era el paso de una calesa de toreros, lento, firme y sereno.

Era entonces cuando Juan gozaba el momento de entrar en el Viaducto, la moderna Avenida que acompaña a un río oculto. A su humanidad de simple ciudadano de a pie le entraba algo extraño en el estómago, eran las mariposas en vuelo de la modernidad que le hacían consquillas.

– ¡Qué de padre les quedó esto! ¿Verdad Don Jorge?

– Pero, muchacho, si ya tiene diez años.

– Para mí es nuevo.

Cuando divisió la salida a la Avenida de los Insurgentes el “apoderado” preguntó a su pasajero:

– ¿Listo? Bueno… ya vamos.

Entonces accionó el mecanismo.

En ese momento la capota se plegó hacia atrás. Despacio se abría dejando entrar el cielo, las luces del terno delatarían que él, Jorge Montero, era el chófer de un torero y además un operador de grandes aptitudes, nadie manejaba con tanto estilo y fumaba un puro al mismo tiempo.

Con destreza, Juan se encargaba de extender el regio capote de paseo justo detrás de él, sobre la capota plegada mientras el corazón de Jorge Montero experimentaba una especie de taquicardia a medida que el tráfico se apretaba, la multitud aparecía al acercarse claramente a la Monumental Plaza México.

De los camiones y tranvías desbordantes de pasajeros aficionados, salían vítores y gritos de: “¡Suerte, suerte torero!”. Pero los que tenían mejor vista y mayor sonrisa eran los atrevidos que preferían tomar el camión de “a mosca”, tanto malabar suicida valía la pena para ahorrar monedas y poder deleitarse con una cerveza “de categoría”. Estos se estiraban y apoyaban de donde se pudiera para ver al que vestia de teja y oro.

Los dos tripulantes del Cadillac se sabían cerca de su destino.

Poco a poco, los grupos de caminantes se iban multiplicando, más y más, al conjuro del cartel que marcaba la Regia Inauguración de Temporada; floristas poblaban las esquinas, los autos caros se duplicaban, todo se sucedía entonces con aun más lentitud. Ese era el ritmo que el dueño del taller buscaba, piano, piano. Cómo le causaba especial placer ver a las mujeres, que se les dificultaba por la altura de sus tacones, frenar su andar para girar bruscamente y buscar el Cadillac en la avenida.

Y oia la dulce vocecilla: – ¡Mamá, mira! Un torero. ¡Saluda, saluda!

O la voz juvenil: -¡Suerte Maestro! A cortar las orejas…

Un diálogo aquí:

– ¿Quién es el matador? No recuerdo el nombre, creo que nació en una hacienda.

– Yo le he visto mejores vestidos, este color no lo usa mucho. Yo sólo le he visto petardos.

-¡Qué va! Si viene triunfando de España. Y se trajo el “duende” torero.

Una discusión allá:

– Qué gusto que sea nuestro paisano. ¡Torero!

– Si ese nunca se arrima.

– Muy su opinión, pero ése… ¡ése sí se mancha el traje!

– Hoy abre la Puerta Grande.

Cuando dejaban Insurgentes y tomaban la calle Holbein ya arrastraban a un todo un séquito de simpatizantes que mostraban al cielo un entusiasmo de guates femeninos y viriles sombreros. Algunas aficionadas se veían tentadas, de manera anticipada, a arrojarles las flores que llevaban.

– ¡Anda! Aviéntale el sombrero.

– Este no, si es nuevo.-

Claro, porque “de Sonora a Yucatán”… Los policías les abrían el paso vedado a otros con ese halo que guardan la autoridad para el coche de los toreros. Los minutos corrían, la hora del paseillo se acerca y el toque de cuadrillas está apunto de llamar.

El secreto estaba en la precisión de los tiempos, tenían que ir lento y llegar tarde.

La multitud todavía rodeaba a Jorge Montero y a su falso torero con alegría apresurada, ya era hora de entrar a localidades para no perder el paseíllo. Veinte minutos, lenta procesión, dos vueltas a la plaza, un giro furtivo y discreto… la capota volvía a su lugar.

Juan se recogía en el interior y se cubría con una manta que estaba bajo el asiento delantero. Montero arrojaba bocanadas de satisfacción, otra Temporada, otro capricho cumplido.

Para la siguiente y Dios mediante…

-Cada vez te sale mejor Juan, enhorabuena.

-Gracias Don Jorge, es fácil si hago lo que me dice, no hablo con nadie.

-Pues al taller, a escuchar la corrida por la radio con unas buenas caguamas.

Embriagados en su euforia, no advirtieron por el retrovisor el blanco pañuelo agitado con el que una niña los despedía desde una esquina, ayudada por su padre, apoyada en un poste y soñando el traje del luces de aquel negro Cadillac.

Twitter: @Cassiel_28.

El eterno misterio del coche de los Toreros.
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