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Reseña: “Seis Claves del Arte de Torear” de Francis Wolff – Sobre los Toros, el Arte… y José Tomás.

Libro: Seis Claves del Arte de Torear de Francis Wolff.
Libro: Seis Claves del Arte de Torear de Francis Wolff.

Hace poco más de un mes, fui a una muy conocida librería de la Ciudad de México que no visito mucho por cuestiones geográficas. Fue una agradable sorpresa descubrir que ahora ya cuentan con una sección de tauromaquia; tomando nota de lo que había en los estantes descubrí cierta variedad de títulos que antes parecían inconseguibles. Esta es una pequeña reseña del más reciente libro de Francis Wolff.

Por: Fabiola FloresDe SOL Y SOMBRA.

La gran maravilla de nuestra era digital es que podemos acceder a un sinnúmero de programas de radio, televisión o tertulias taurinas.

Porque lo que más le gusta al aficionado, además de ver toros, es hablar de toros (o en su defecto, escuchar hablar de toros). Muchas veces he escuchado lamentaciones por la escasez de “intelectuales” de peso que hoy en día se declaren aficionados y además reflejen esto en su particular campo de acción. Es decir, que hoy no basta con blandir tres nombres de pintores y un premio nobel por allí, lo ideal sería que ese premio nobel actualizara la narrativa taurina. Esas quejas dejan de lado la gran calidad que han alcanzado ciertos textos taurinos de reciente publicación, hablo de los últimos veinte o veinticinco años.

A ese reclamo responde la obra de Francis Wolff, quien sin atraer la misma cantidad de reflectores que los laureados es identificado por el grueso de la afición. Tal vez es más conocido que leído. Wolff es egresado y docente de una de las instituciones educativas más prestigiadas de Francia, la École Normale Supérieure y se dedica principalmente al estudio de la Filosofía clásica, también ha publicado títulos con respecto a su otra pasión, la música. Ya es una obra de referencia sus famosas 50 Razones para defender las corridas de toros y que puede leerse aquí.

Su más reciente libro se titula Seis claves del arte de torear, publicado por Ediciones Bellaterra.

El título es muy acertado si atendemos a dos acepciones de la RAE: “noticia o idea por la cual se hace comprensible algo que era enigmático” y “elemento básico, fundamental o decisivo de algo”. Aislar cada uno de estos elementos da pie a pequeños ensayos que no dejan de formar un todo; van consolidando, una y otra vez, su tesis fundamental: que la fiesta es un fenómeno donde es imposible separar lo estético de lo ético.

Hay que mencionar que el estilo claro evidencia las grandes dotes pedagógicas del autor, supongo que la traducción le hace justicia a su quehacer de profesor. Por eso, no estaría mal recomendar este texto al neófito, a cualquier interesado en indagar un poco en lo que significa la tauromaquia sin tener que adentrarse en los innumerables detalles que demanda la apreciación de este arte.

Primera clave, la época.

Leemos a Wolff como quien descubre algo ya sabido pero que aún no hemos estructurado. Todo mundo sabe que los toros no entran en las sensibilidades que han sido atrofiadas desde la modernidad -que no la postmodernidad, eso nos queda bien claro-. Que quien busca la desaparición de la tauromaquia sólo cae en el espejismo de una “aldea global”, donde no pueden existir las particularidades culturales. El mérito del escritor está en desmenuzar y analizar dicho momento histórico con razonamientos incuestionables.

Por encima de todo, Francis expone esta particularidad de la fiesta: es una manifestación cultural donde el hecho estético es indisoluble del estético; además, añade, es la única práctica viva de esta índole (al menos en occidente).

Pero es, en esta coyuntura “postmoderna”, donde cobra mayor vigencia porque nadie pone en duda la crisis de los objetivos de la “modernidad” pues para la mayoría de los habitantes de este planeta ha representado el fracaso del bienestar prometido. En ese contexto la fiesta de toros retoma su más auténtico sentido, experimenta un giro de 360 grados y vuelve al origen.

                       “Ser moderno era considerar todos los ritos como convenciones arbitrarias; pero lo contemporáneo y la tauromaquia vuelven a descubrir los valores de lo ritual al margen de lo religioso; reconocen que la ceremonia de la muerte puede contribuir a darle sentido a la vida mostrando que es una victoria de cada instante sobre la posibilidad misma de su negación”.

Experimentamos una supuesta “crisis de las ideologías”, existe un enorme hueco sin marcos teóricos que puede llenarse con cualquier cosa. ¿Es menos legítimo colmarlo con lo que representa la tauromaquia?

Segunda clave, la Plaza.

Francis Wolff ha preferido explicar esta clave publicando de manera íntegra el texto que escribió en el año 2010 cuando fue invitado a dar el famoso pregón taurino de Sevilla que marca el comienzo de cada Feria de Abril. Muchos de esos pregones son joyas literarias, el de Wolff no se queda atrás. En dicho texto expone cómo una tarde de toros permite experimentar el momento en que “la frontera entre presentación y representación se diluye” […] “El toreo alcanza la realidad mientras que las otras artes – y el arte total de la ópera también- se conforman con soñarla”.

En la plaza, lugar donde confluye la polis, es posible constatar la existencia de las más importantes doctrinas de la filosofía clásica. Los arquetipos ideales de Platón y su reflejo en el mudo; las oposiciones aristotélicas entre el Ser en potencia y fáctico o sea, entre la materia y la forma; el estoicismo, ser estoico “es afirmar con arrojo que la quietud es más fuerte que el movimiento y que la tranquilidad del alma puede imponerse a la violencia del cuerpo, tanto el del toro como el del hombre”.

Y por último, en una tarde de toros podemos experimentar la más refinada de las teorías del placer, el epicureísmo. Sí, todo eso allí, en el albero de la Maestranza de Sevilla.

Tercera clave, el toro.

Aquí el autor intenta dar luz sobre el conocido debate acerca de la esencia de la bravura. Retoma conceptos que el aficionado cree por bien sabidos: casta, genio, bravura y mansedumbre; sus límites son difusos, entre ellos pueden existir mezclas y superposiciones. Wolff nos dice que un toro bravo es la síntesis de contradicciones constantes; su método: el planteamiento de preguntas. ¿Qué es la bravura, algo inherente o artificial? ¿Se conserva, se crea, se transforma, se pierde?

El concepto de la bravura ideal ha determinado los gustos de la afición, y por lo tanto el devenir de los cambios en la tauromaquia. Como todo buen aficionado sabe, la tauromaquia no se crea ni se destruye, sólo se transforma, no es un bloque monolítico estático. El autor nos invita a mirar con lupa esos conceptos tan llevados y traídos que a veces no resultan tan claros. ¿No es la embestida, en realidad, una especie de “defensa” que ataca para “huir”? ¿Hay bravura sin casta y/o viceversa?

¿Cuáles serían todos los matices intermedios? En dicho caso, hablamos del toro bravo como una especie en general, pero el comportamiento de ciertos individuos contradice el adjetivo.

Wolff nos recuerda que hablamos con calificativos absolutos sólo a partir de una faena en un día y hora específicos, juzgamos a un toro por el comportamiento que mostró en sólo unos cuantos minutos de su vida. ¿Y el contexto? ¿Puede jugar un papel determinante? ¿Qué es un animal doméstico? ¿El toro bravo es doméstico o salvaje?

Esto es más complicado de lo que parece; la misma existencia del toro bravo es un hecho que, por lo menos, debería deslumbrarnos. Wolff lo resume en una comparación: “El toro bravo es como la rosa, el fruto natural de la cultura humana, cultura que sólo puede mandar en la naturaleza obedeciéndola”.

Cuarta clave, el torero.

Para pocos es noticia que Francis Wolff es parcial para con un torero actual. Este apartado es una apología al arquetipo del Torero, léase José Tomás. Afortunadamente en el mundo del toro podemos convivir todos, en acuerdo y desacuerdo. José Tomás es para Wolff la más depurada personificación de lo que representa un torero, un argumento bien fundamentado.

El problema surge cuando meditamos acerca de si es posible serlo sin ser completamente una “figura” del toreo. Porque entonces comenzaríamos por tratar de definir qué implica ser una figura del toreo y en eso no entra el autor (esto es de mi cosecha). A Wolff sólo le importa demostrar como toda la metafísica del mundo entra en juego cuando torea José Tomás.

Al parecer, este apartado resume algo que desarrolló de manera más amplia en su anterior libro. Insinúa que sin importar el camino creador que hubiera elegido nuestro artista en cuestión –pudo haber sido pintor o cantante- esta autenticidad sin artilugios le lleva a depurar su arte de cualquier accesorio, lo vuelve minimalista. Como si fuera un epítome del racionalismo arquitectónico de Le Corbusier o del neoplasticismo de Mondrian (mis comparaciones). José Tomás se despoja de todo lo que no es él, se vuelve el arquetipo ideal de lo que es un torero y de esa manera recuerda al concepto griego de lo que implicaba ser un filósofo-sabio.

No sólo busca la verdad… él es la verdad.

Lo mejor es que el lector podrá corroborar todo esto si tiene la suerte de poder entrar a la Plaza México el próximo 31 de enero. Ya le darán o no la razón a este filósofo francés.

Quinta clave, los mitos del arte de torear.

Cuando el aficionado quiere indagar en la historia del toreo se enfrenta ante el monstro de la veracidad. El problema es que, siendo un arte temporal, sólo nos quedan los testimonios a manera de crónicas, fotos – que por congelar el momento no dicen mucho de la dinámica de la lidia- y en el mejor de los casos, algunos videos antiguos. Dentro de esta memoria histórica es fácil que se anquilosen, como piedras, muchos de los llamados tópicos o mitos del toreo.

Para Wolff, todo depende del cristal con que se mire, se detiene a examinar de manera detallada los dos extremos opuestos: el del aficionado que menosprecia el presente dando por sentado las glorias pasadas y a su antípoda, aquellos que sobrevaloran demasiado el momento actual de la tauromaquia – los de la frase de que “hoy se torea mejor que nunca”.

En este apartado se analiza no sólo los cambios formales por sí mismos, sino lo que implican dentro de ese marco ético-estético. A pesar de que el buen aficionado se autodenomine “abierto” o accesible, la verdad es que nos cuesta mucho trabajo separarnos de nuestros marcos de referencia taurinos.

Para quienes caen en la trampa de las etiquetas y se autodefinen con un “ismo” -toristas, toreristas o seguidores de algún torero o ganadería en específico- este aparatado es un reto a su afición, un guiño para tratar de entender la evolución de este arte de otra manera. En la parte final se explica la razón de la de la suerte suprema con la tal lucidez que muestra cómo algo tan obvio, muchas veces, nos es vedado por una cortina de humo.

Sexta clave, los aficionados y sus partidos.

Simpática es la manera en que Francis Wolff trata de definir y categorizar al aficionado taurino como si de tendencias políticas se tratase. Esta descripción puede parecerle muy ajena al lector mexicano, no le parecerá nada coherente equiparar la extrema izquierda con el aficionado ultra torista (tipo Talibán) y a su opuesto en la más reacia derecha.

Esto es debido a que en Europa, y particularmente en Francia, los procesos sociales y políticos tienen características completamente diferentes a las de nuestra reciente y muy apaleada democracia. Resulta un ejercicio interesante tratar de identificarnos dentro de alguna de estas tendencias (muy convencionales y que no tienen nada que ver con alineamientos políticos reales).

¿A qué corriente taurina pertenecemos? ¿La ultraizquierda, la izquierda, el centro, la derecha o la ultraderecha? Wolff adjudica a cada corriente sus plazas, sus ganaderías, sus figuras, sus procederes. Claro que nada es completamente absoluto, pues pueden darse combinaciones diversas, lo que daría lugar a un aficionado ecléctico.

Es un texto rico, conciso y breve, muy recomendable para cualquier aficionado. Sería una excelente lectura para aquel que, sin ser adverso a la fiesta de los toros aún no tenga un sentido claro de su peso en el subconsciente colectivo. Vivimos interesantes tiempos para el toreo de acuerdo a lo que piensa Wolff, aún es válido para la sociedad el laboratorio metafísico que se planta sobre la arena cada tarde de toros.

A eso, añado yo, se le suma la suerte de coincidir con un gran aficionado francés que nos regala tanto material para la reflexión.

Twitter: @Cassiel_28.

Francis Wolff

Seis claves del arte de torear

Ediciones Bellaterra. Col. Muletazos. 2013. 177 p.p.

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Torero de Cadillac – La Mitología Fundacional de la Afición por los Toros.

El Carro de los Toreros ante el Asombro de la Afición.

A diferencia de muchos de nuestros lectores, yo no nací en una familia de aficionados que me hayan inculcado los pilares de la fiesta desde pequeña. La narración de una anécdota que mi padre vivió en sus años adolescentes, cuando obtuvo su primer trabajo en la Ciudad de México, implantó en mí niñez el cuestionamiento de una fascinación. Todo eso me llevó, años después y en mis días de preparatoria, a indagar por cuenta propia. Compré y leí mi primera tauromaquia, la de Enrique Guarner –que aún conservo-, me fui a la Plaza México un domingo y pagué un sitio en las más baratas alturas. Y ese fue el momento en que me entró el veneno. He aquí una nostálgica recreación, la mitología fundacional de mi afición.

Por: Fabiola FloresDe SOL Y SOMBRA.

A mi padre, desde mi amor más puro y absoluto.

Los niños interrumpieron su cascarita cuando vieron al nuevo aprendiz. Entraron corriendo a darle la bienvenida de rigor. Recitaron su repetido discurso y se fueron a la calle con cara de satisfacción. En cuanto el susodicho tuvo un poco de confianza con sus nuevos compañeros inquirió:

-¿Es cierto que ahí estaba colgada una cabeza de toro? señaló a las alturas de un muro. Se sucedió la usual explicación con son de monotonía.

– Si, allí la tenía el patrón pero se cayó hace dos años cuando el temblor del Ángel. Ahora está en su sala.

Esos eran territorios prohibidos, tal vez no podría verla jamás.

En el ya bien establecido taller en la calle Paniagua evidenciaba, a cualquiera que atravesase el umbral, las varias décadas que respaldaban el oficio del dueño, Jorge Montero.

Se curtían las pieles utilizando enormes bandejas y tinas en un patio grande y soleado, a pocos metros, también al aire libre, estaban las piedras de mármol y las cuñas para curtir. Los cuartos que no estaban dedicados a la vivienda de la familia alojaban largas y angostas mesas subrayando la largura de las paredes. Tenían que ser muy resistentes para sostener el peso de esos tajos de mármol que enfrente tenían lo que parecían nichos de palomas enanitas.

Cada piedra era asignada a alguno de los maestros talabarteros, guardaban sus innumerables bastones de metal con diseños en las puntas –de diferentes grosores y larguras- en cubitos de madera. Allí no moraba el silencio en horas de trabajo, grabar las pieles producía un concierto de golpeteos constante. Inclusive, se llegaba a una especie de ritmo musical comunitario cubierto de nicotina, en aquel entonces fumar era un ejercicio de interiores.

De las paredes colgaban diversos utensilios: cuchillos muy delgados de diferentes curvas, punzones gruesos y angostos, tijeras, hebillas, remaches de metal, broches, agujetas de cuero, etc. Bocanadas de inspiración recibían a las canciones provenientes de la radio con Julio Jaramillo, los Tres Ases o Los Dandys.

Existía una planta constante de artesanos valiosos eran hombres orgullosos de su oficio. Y muy bien pagados pero algunos puestos eran dedicados a aprendices eventuales quienes, muchas veces, no mostraban mayor interés por llegar a ser talabarteros. En vísperas a las primeras corridas de la temporada, los trabajadores de mayor antigüedad apostaban vaticinando quién sería el joven aprendiz elegido para ese año. Cosa difícil, tomando en cuenta los requerimientos físicos y de edad que debían reunirse.

El ritual de Jorge Montero tenía que resultar lo mejor posible.

Sólo conversaban de su deporte favorito cuando jugaban, ya como equipo, los sábados en una cancha cercana. Los llamaban los “cuereros” pero empezada la Temporada Grande de la Plaza México no se conversaba de fútbol con el patrón merodeando. Montero se consideraba un buen aficionado. Y aunque el sagrario a su afición no lo había levantado en su taller toda su parafernalia la atesoraba, lejos del polvo y del humo, en los cuartos contiguos donde habitaba su esposa y los pequeños hijos.

Durante el partido sabatino y por boca de Vicente, los aprendices se enteraban del susodicho ritual, él se deleitaba al verles las caras asombradas cuando se enteraban del asunto. Les remarcaba con dramatismo:

-Algunos años, o temporadas como dice Don Jorge, nadie ha dado el tipo. Ni los más jóvenes, entonces el lugar lo toma Juan

-¿Cuál Juan?

-Aquel, el defensa central que más corre y menos panza tiene.

-Pues no tiene muy buen porte que digamos…

-Si no hay mejor candidato… no puede ser un chamaco. ¡Vamos! Tiene que ser creíble. Cuando eso pasa Don Jorge le avisa con tiempo: “Juan, ponte a dieta”.

Iban pasando las semanas. Se acercaba el día marcado en el calendario, Jorge Montero había hecho las diligencias pertinentes. En el taller se hablaba con entusiasmo entre compañeros:

– ¿Ya fue al banco el patrón? ¿ya hizo el retiro? Sí, creo ya fue la semana pasada.

– Si yo tuviera más confianza con él le recomendaba otro color, algo más serio.

-A mí me gustan los colores claros- dijo Juan. -Es que eres como jarro de Tlaquepaque…

Llegó el día de la corrida, risas inundaban el ambiente, todo mundo había pospuesto pendientes.

Ese domingo los niños desarrapados de la Colonia Moctezuma rodeaban con admiración el formidable y brillante Cadillac convertible que Jorge Montero rentaba en una agencia.

Desde temprano los ayudantes se esmeraban en lavarlo y encerarlo centímetro a centímetro; los reflejos del sol cegaban a los chiquillos, no se atrevían a tocar el imponente auto, a pesar de su preclara curiosidad, por aquello de los regaños. Juan se tomaba tan en serio su papel que estaba en capilla con dos días de anticipación. Todos sabían que el patrón tiraba sus ahorros por la ventana, en el taller había comida y bebida en abundancia.

Montero llegó con el terno rentado, fulgurante, bien cuidado… era su día, sus manos prepararon la silla con reverencia.

Alguien se atrevió a decir:

-El rojo no le queda a Juan. Don Jorge le arrojó una mirada seria y contestó:

-Yo soy quien decido. Este año Juan se vestirá con este terno… y no es rojo, se dice: “teja y oro”.

Juan entró al diminuto cuarto contiguo. Sólo Jorge Montero y su sobrino eran quienes llevaban a cabo el ritual del vestir a Juan.

Capilla, veladoras, rezos, no faltaba un detalle de toreros; de la taleguilla a los machos, todo velado de ceremonia, la montera y el capote de lujo en su sitio. Era habitual un pasmo de admiración de los aprendices cuando atravesaban el quicio del taller, testigos por primera vez de un acontecimiento de tal magnitud, quedaban boquiabiertos al ver a Juan transformado.

Jorge Montero llevaba su mejor traje y despeinando a sus pequeños dijo: “es hora”.

Besó en la frente a su mujer, le susurró al oído: “Deséame suerte, a mí y a Juan”.

Con paso firme él y su “torero” se abrieron paso entre la multitud del vecindario que esperaba fuera del zaguán. Los niños los escoltaban hasta el Cadillac convertible que adornaba el asfalto sólo por ese día y ese atardecer. El Cadillac tenía la capota puesta. Montero, se persignó, se instaló en el asiento y hecho a andar el vehículo rentado.

-¿Estás nervioso Juan? Preguntó orgulloso, Montero.

– Un poco, nunca me he visto en la necesidad de dar explicaciones, pero uno nunca sabe.

– Tú tranquilo que yo soy tu “apoderado” yo hablaré por ti si se ofrece.

Indescriptible el gozo que sentía Jorge Montero sorteando el bullicio dominguero de la Ciudad de México. Los vecinos de la colonia detenían su andar para admirar un auto que seguramente se había extraviado o pertenecía a alguien ajeno al vecindario, algún rico o un viajero. Panaderos en bicicleta hacían un alto para admirar dicha máquina mientras sostenían en la cabeza enormes cestos llenos de pan.

Montero saludaba con majestad a los grupos de mocosos que al inicio del trayecto admiraban el paso del vehículo, luego hacía sonar nervioso el claxon desde lejos; aquellos interrumpían su juego de canicas mientras se preguntaban unos a otros si era algún boxeador o artista famoso. Por fin, tres cuadras después, se divisaba el enorme letrero que promocionaba la compra de terrenos en la Colonia Moctezuma y que enfatizaba: “A cinco minutos del Zócalo”.

El paso del Cadillac era el paso de una calesa de toreros, lento, firme y sereno.

Era entonces cuando Juan gozaba el momento de entrar en el Viaducto, la moderna Avenida que acompaña a un río oculto. A su humanidad de simple ciudadano de a pie le entraba algo extraño en el estómago, eran las mariposas en vuelo de la modernidad que le hacían consquillas.

– ¡Qué de padre les quedó esto! ¿Verdad Don Jorge?

– Pero, muchacho, si ya tiene diez años.

– Para mí es nuevo.

Cuando divisió la salida a la Avenida de los Insurgentes el “apoderado” preguntó a su pasajero:

– ¿Listo? Bueno… ya vamos.

Entonces accionó el mecanismo.

En ese momento la capota se plegó hacia atrás. Despacio se abría dejando entrar el cielo, las luces del terno delatarían que él, Jorge Montero, era el chófer de un torero y además un operador de grandes aptitudes, nadie manejaba con tanto estilo y fumaba un puro al mismo tiempo.

Con destreza, Juan se encargaba de extender el regio capote de paseo justo detrás de él, sobre la capota plegada mientras el corazón de Jorge Montero experimentaba una especie de taquicardia a medida que el tráfico se apretaba, la multitud aparecía al acercarse claramente a la Monumental Plaza México.

De los camiones y tranvías desbordantes de pasajeros aficionados, salían vítores y gritos de: “¡Suerte, suerte torero!”. Pero los que tenían mejor vista y mayor sonrisa eran los atrevidos que preferían tomar el camión de “a mosca”, tanto malabar suicida valía la pena para ahorrar monedas y poder deleitarse con una cerveza “de categoría”. Estos se estiraban y apoyaban de donde se pudiera para ver al que vestia de teja y oro.

Los dos tripulantes del Cadillac se sabían cerca de su destino.

Poco a poco, los grupos de caminantes se iban multiplicando, más y más, al conjuro del cartel que marcaba la Regia Inauguración de Temporada; floristas poblaban las esquinas, los autos caros se duplicaban, todo se sucedía entonces con aun más lentitud. Ese era el ritmo que el dueño del taller buscaba, piano, piano. Cómo le causaba especial placer ver a las mujeres, que se les dificultaba por la altura de sus tacones, frenar su andar para girar bruscamente y buscar el Cadillac en la avenida.

Y oia la dulce vocecilla: – ¡Mamá, mira! Un torero. ¡Saluda, saluda!

O la voz juvenil: -¡Suerte Maestro! A cortar las orejas…

Un diálogo aquí:

– ¿Quién es el matador? No recuerdo el nombre, creo que nació en una hacienda.

– Yo le he visto mejores vestidos, este color no lo usa mucho. Yo sólo le he visto petardos.

-¡Qué va! Si viene triunfando de España. Y se trajo el “duende” torero.

Una discusión allá:

– Qué gusto que sea nuestro paisano. ¡Torero!

– Si ese nunca se arrima.

– Muy su opinión, pero ése… ¡ése sí se mancha el traje!

– Hoy abre la Puerta Grande.

Cuando dejaban Insurgentes y tomaban la calle Holbein ya arrastraban a un todo un séquito de simpatizantes que mostraban al cielo un entusiasmo de guates femeninos y viriles sombreros. Algunas aficionadas se veían tentadas, de manera anticipada, a arrojarles las flores que llevaban.

– ¡Anda! Aviéntale el sombrero.

– Este no, si es nuevo.-

Claro, porque “de Sonora a Yucatán”… Los policías les abrían el paso vedado a otros con ese halo que guardan la autoridad para el coche de los toreros. Los minutos corrían, la hora del paseillo se acerca y el toque de cuadrillas está apunto de llamar.

El secreto estaba en la precisión de los tiempos, tenían que ir lento y llegar tarde.

La multitud todavía rodeaba a Jorge Montero y a su falso torero con alegría apresurada, ya era hora de entrar a localidades para no perder el paseíllo. Veinte minutos, lenta procesión, dos vueltas a la plaza, un giro furtivo y discreto… la capota volvía a su lugar.

Juan se recogía en el interior y se cubría con una manta que estaba bajo el asiento delantero. Montero arrojaba bocanadas de satisfacción, otra Temporada, otro capricho cumplido.

Para la siguiente y Dios mediante…

-Cada vez te sale mejor Juan, enhorabuena.

-Gracias Don Jorge, es fácil si hago lo que me dice, no hablo con nadie.

-Pues al taller, a escuchar la corrida por la radio con unas buenas caguamas.

Embriagados en su euforia, no advirtieron por el retrovisor el blanco pañuelo agitado con el que una niña los despedía desde una esquina, ayudada por su padre, apoyada en un poste y soñando el traje del luces de aquel negro Cadillac.

Twitter: @Cassiel_28.

El eterno misterio del coche de los Toreros.

Fue un Siete de Enero… Se llamó “Rey Mago” – Un Poema sobre “El Pana”.

La foto de Palomo, en el trincherazo que retrata la irrenunciable torería de “El Pana”.

El devenir de la fiesta de toros discurre -la mayor parte del tiempo- de una forma, digamos, normal e inclusive previsible. Pero de vez en cuando existen “paréntesis” milagrosos, como el que ocurrió el siete de enero del año 2007, cuando la supuesta despedida de Rodolfo Rodríguez “El Pana” en La México se convirtió en una vuelta contundente a los ruedos. Casi todos los taurinos conocen la historia

Por: Fabiola Flores De SOL Y SOMBRA.

Durante el invierno existe cierto descanso en Europa, se dan muchos festejos en los cosos de América, las figuras cruzan el océano varias veces mientras en la dehesa peninsular hay gran actividad campera y los toreros que se quedan preparan a conciencia la llegada de la Primavera española.

Uno de esos festejos americanos de invierno ocurrió en la Capital de México hoy hace ocho años. El resultado de aquella tarde, 7 de enero de 2007, llevó al diestro tlaxcalteca Rodolfo Rodríguez “El Pana” a alternar al año siguiente junto a Morante de la Puebla primero en la Plaza México y luego en la madrileña de Vistalegre.

Hasta allí se trasladaron grupos de aficionados de toda la geografía española, ya un poco hartos de la sequía taurina –que por marzo provoca hasta malestar físico.

Según las crónicas no fue la de Carabanchel la mejor tarde del oriundo de Apizaco, no obstante, algún ojo atento recordó el video de la faena hecha a “Rey Mago” de Garfias un año antes. Así, captó algunos detalles en esa tarde madrileña y, tras volver a ver el video, salió con el ánimo de escribirle unos versos al “Brujo” del toreo mexicano.

Por eso hoy, ocho años después, porque sólo haciendo memoria de toros y faenas es como se hila el tapiz de la tauromaquia, publicamos estos versos escritos por el aficionado andaluz Francisco J. Sánchez, dedicados a Rodolfo Rodríguez.

A RODOLFO RODRÍGUEZ “EL PANA”

Burlón de encalesada rebeldía,

chamaco de limón agitanado,

maestro infiel y siempre perfumado

de “el santo olor de la panadería”.

Rey Mago que en las musas reinaría

sobre un azteca ruedo desbordado

que besa un corazón enamorado

del dulce sollozar de la alegría.

Al negro amanecer de las cantinas

le visten de “Don Juan” las mesalinas

junto a la “Porra Libre” que le reza:

Que la tarde de un séptimo de enero

un arcángel vestido de torero

soñó la eternidad de la belleza.

                                   Fernando J. Sánchez.

Twitter: @cassiel_28.

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