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Talavante: Una pena pero también una esperanza

Por Antonio Cadtañares.

Alejandro Talavante, de forma sorpresiva, anunció el pasado domingo su retirada de los ruedos, «por tiempo indefinido», aclara. Probablemente sea ese tiempo indefinido un paréntesis, pues a eso conducen las disquisiciones que podamos hacer acerca de quien es un hombre muy joven y de un torero importante como él, que bien sabe, él el primero, que le quedan muchas páginas por escribir de ese libro abierto que es la Tauromaquia.

Uno tiene muchos recuerdos de este torero. Tantos como tantos aficionados extremeños que tuvimos la suerte de verle nacer al toreo, y comprobar con gozo, y a no mucho tardar, que se había convertido en primera figura indiscutible. No es cuestión de jerarquías, pero Alejandro ha sido uno de los toreros verdaderamente importantes que ha dado Extremadura. Solo el ha abierto la Puerta del Príncipe, y cinco veces ha salido a hombros en Madrid.

Esa mente tan firme que ahora dice que se va, es la misma que una tarde noche, cuando era novillero y le ninguneaban en los carteles de la Feria de Abril, sin ningún pudor y por lo bajini se arrancó para decirnos: «Yo estoy aquí para ser figura del toreo». Y vaya si lo estaba, y vaya si lo iba a ser. Y otra noche, cuando el protagonista principal de una entrega de premios era un compañero, al verse en un lugar secundario en ese acto no dudó en arrancarse de la siguiente guisa: «No te olvides de que, con un solo muletazo, yo he abierto la Puerta del Príncipe». Hacía referencia a aquel natural interminable e inmortal que le abrió aquel pórtico. Esa certeza en si mismo siempre le ha acompañado en cuanto a su arte, aunque tal vez no en cuanto a los vaivenes de su carrera taurina.

Alejandro nos ilusionó casi de niño. Casi de niño tenia ya esa timidez de la que siempre ha hecho gala, pero también aquella mirada tan inteligente. Siempre han sido poquitas sus palabras, pero siempre fueron las adecuadas. Su hablar pausado, preciso, era todo lo contrario de la verborrea muchas veces imperante. No era muy comunicativo, pero era un joven cálido, en ningún caso antipático. Se hacia querer, y también respetar, y más cuando se echaba la muleta a la mano izquierda.

Una vez nos arrancamos en una crónica, y contábamos que una cosa era torear, que era lo que hacia Talavante, y otra era dar pases, que era lo que hacía ya no recordamos quién. Aquello a algunos les molestó, pero justo eso ha sido lo que ha distinguido el toreo de este diestro: torear, que es abarcar toda la embestida del toro.

Se presentó de novillero en Madrid en marzo de 2006, salió a hombros un compañero y el Tala, que solo saludó una ovación y escuchó palmas, fue quien dio que hablar. Aquella tarde estuvo Antonio Corbacho en las Ventas, y de allí salió el apoderamiento. Volvió en el San Isidro inmediato y, sin abrir la puerta grande, salió lanzado. También hay que decir que Alejandro nunca tuvo que dejar a Corbacho, y que, probablemente, ese ha sido el gran error de su carrera.

Uno estuvo en Cehegín la tarde de su alternativa. Con dieciocho años, tan precoz, Alejandro se doctoró. Tarde triunfal aquella, que fue el inicio de un matador de toros que inmediatamente se puso en lo más alto. Triunfos que se iniciaron en el Corpus de Granada, y tuvieron continuidad.

Llegó la temporada de 2007. El Domingo de Resurrección, en Madrid, confirmó la alternativa con El Juli de padrino y José María Manzanares de testigo. Y al sexto, un manso del Puerto de San Lorenzo, Talavante le cortó las dos orejas para así abrir, por primera vez, la Puerta de Madrid. Un manso, uno de los muchos que después llegarían, pues cabeza tan preclara siempre se ha distinguido por saber ver, y encontrar, el fondo de los toros, y hacerlo alumbrar para cuajar faenas que han quedado para el recuerdo. Después, han llegado un sin fin de ellas, en todo el orbe taurino, pero especialmente en Madrid, plaza que siempre ha entendido la verdad y la grandeza del toreo de este diestro tan especial.

El toreo de Talavante siempre se ha basado, primero, en la inteligencia. Él es un torero que se distingue por una cabeza preclara, capaz de ver al toro y sacar de él lo mejor, a veces entrando en lo profundo de animales que nadie veíamos. Después, el suyo ha sido un toreo de muy clásico concepto. Con algunas concesiones a lo sobrevenido, pero siempre partiendo de que primero es hacer el toreo de verdad.

Su verdad ha sido siempre la de pasarse los toros cerca, de torear con los vuelos, pero no para desplazar al animal hacia fuera. Su final de muletazo ha sido siempre un paradigma, el mejor de su época. Ese remate tan perceptible y delicado, ese giro de muñeca muy atrás, ha sido lo que ha dado a su toreo un aura de grandeza tan consustancial. Ese remate, que le ha permitido ligar las series de muchos pases y dar a su toreo intensidad y emoción. Si uno se para a descubrir ese aparente enigma, se da cuenta de que su toreo es de una maestría casi inalcanzable. Su torear encajado, la serenidad con la que está, a veces lo desafiante de ese estar, tan de verdad, tan metido en el terreno del toro…

¿Qué quieren que les diga? Pues que a muchos nos ha hecho mejor aficionados de lo que éramos, porque en Talavante hemos visto una vuelta de tuerca en la evolución del toreo, respetando el buen gusto y la fidelidad a los patrones clásicos, pero avanzando en la profundidad, en la longitud del muletazo, que, en este joven extremeño, a veces nos ha parecido eterno, porque de la gran longitud del trazo nos daba la impresión de que el toreo se tornaba más, y más lento.

En una maestría y en una belleza sin igual ha sido en lo que ha desembocado el toreo de Alejandro. En sus últimas temporadas, esas sensaciones nos acompañaban cuando íbamos a verlo y a disfrutar de ese arte tan depurado, tan rotundo.

Que esta retirada solo sea un paréntesis. Lo deseamos de corazón y así creemos que va a ser. La retirada de Talavante, como él dice, «por tiempo indefinido», estamos seguros que va a ser temporal. Responde, como creemos y así lo hemos publicado, a una necesidad y a una respuesta a un establisment taurino de empresarios-apoderados que, o mucho nos equivocamos, van a ser quienes acaben con la Fiesta.

A nosotros solo nos queda aguardar. También saber esperar a un torero tan grande como Alejandro Talavante. Esa es nuestra pena, que se ha ido, pero también nuestra esperanza, porque volverá.

Fuente: El Periódico de Extremadura

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“Illa, illa, illa, Padilla maravilla”

Juan José Padilla sale a hombros por la puerta grande de la plaza de La Misericordia, en Zaragoza, tras cortar dos orejas a su segundo toro. JAVIER CEBOLLADA - EFE
Juan José Padilla sale a hombros por la puerta grande de la plaza de La Misericordia, en Zaragoza, tras cortar dos orejas a su segundo toro. JAVIER CEBOLLADA – EFE.

El diestro jerezano se despide de los ruedos españoles en coincidencia con un adiós inesperado de Talavante.

Por Rubén Amón.

En plena batalla de banderas, ondearon en Zaragoza con viento del cierzo las banderas piratas de la calavera. Más honestas que las otras cuando se manipulan. Y más identificadas con la causa subversiva de Juan José Padilla, cuya eufórica despedida de los ruedos españoles, este domingo, solo podía concebirse en la plaza donde pudo haber muerto hace siete años. Y donde Alejandro Talavante, compañero de cartel junto a Manzanares, anunció por sorpresa que dejaba los ruedos indefinidamente.

La noticia no trascendió en los tendidos porque la hizo pública en Twitter y porque era Padilla el protagonista del acontecimiento entre clamores y lagrimones. Lloraban los espectadores. Y lloraba el bucanero con su único ojo. El otro se lo arrancó un toro de Ana Romero que se llamaba Marqués y que podía haberse llamado Vampiro. Y que le arrebató también el silencio. Las secuelas de aquella brutal cornada dejaron en herencia un pitido impertinente que le impide descansar, pero que le recuerda al mismo tiempo que está vivo.

De blanco y oro, como si fuera a hacer la comunión, Padilla abarrotó la plaza no tanto de aficionados como de militantes y de hoooligans(“Illa, illa, illa, Padilla, maravilla”, le cantaban). Brillaron las muñecas de José Mari Manzanares —oreja y oreja— y de Alejandro Talavante —oreja y ovación— en el toreo fundamental con las reses boyantes de Cuvillo, pero la tarde respondía al delirio programado y merecido. Una sugestión triunfalista que no desmintió Padilla en la lidia de Tortolito.

El diminutivo no le quitó presencia ni importancia al toro, pero su clase permitió a Padilla despedirse entre la histeria. La ventolera del capote. La concepción atlética de las banderillas. Y la emoción de una faena destemplada, vibrante, rodilla en tierra, que brindó a sus hijos con la serenidad de un padre que promete haber dejado el oficio de artificiero.

Heroico y admirado pirata Padilla, una forma diferente de estar en el mundo

El último arrimón puso nerviosa a la progenie, pero nunca dio la sensación de que Padilla fuera vulnerable. Ni de que fuera a marrar la estocada en los medios. Sobrevino entonces el acabose, los vivas a su madre, a la virgen del Pilar y a España. Y el clamor de una vuelta al ruedo que recorrió embozado en la bandera rojigualda, presumiendo del pañuelo negro que recubre su cabeza y los cincuenta puntos de sutura que le dieron los médicos en Arévalo el pasado mes de julio. El toro le había arrancado el cuero cabelludo con la precisión de un piel roja.

Ecce Homo. He aquí el hombre remendando como Frankenstein. Y convertido en geografía de tornillos y suturas. La cornada de Barcelona. La de Pamplona. La de San Sebastián. La de Huesca que abrió en canal su vientre. Y que ha curtido su piel como un odre viejo, hasta dejar irreconocible la anatomía de aquel becerrista al que llamaban el Panaderito. Porque repartía el pan en su bicicleta por las calles de Jerez. 45 años. 40 cornadas. Echen las cuentas.

Le brindó Manzanares el quinto toro como quien despide al barquero de la otra orilla, pero no condescendió en el homenaje. Todo lo contrario. José María Manzanares desplegó su majestad, su cadencia y su torería en la mejor dimensión estética de la temporada, mientras que Talavante conjugó la inspiración, la verticalidad y la enjundia sin miedo a relativizar el último arrebato temperamental de Padilla.

Un ojo de la cara le ha costado a Padilla hacerse rico, convertirse en figura, ocupar la portada del New York Times, regresar tres o cuatro veces de la extremaunción como quien viene de hacer unos recados. Mártir en vida de la tauromaquia, patrón de las causas imposibles, hasta el extremo de que en su casa de Sanlúcar tiene enmarcada una camisa blanca con la sangre de su propia eucaristía. No hay explicación ni la pueden dar los médicos y enfermeras que se citaron este domingo en Zaragoza para dar testimonio de la inmortalidad.

Puede que la explicación se aloje entonces en el sonido metálico de las cadenas que protegen su cuello. Un rosario. Un Cristo. Y una misión que Padilla está seguro de haber emprendido, no para ser torero ni escándalo de la sociedad acomplejada, sino para responder a las pruebas de Dios, entre la sangre y el cloroformo. Y la recompensa del cielo abierto en La Misericordia.

Se llama así la plaza de Zaragoza. Y se le abrió a Padilla la puerta grande —ovación en el primer toro, dos orejas en el cuarto—, convertido en paso de Semana Santa, idolatrado como un dios. Despojado del oro de su vestido como si cada alamar, cada hilo, cada gota de sudo, fueran la reliquia de la Virgen del Pilar.

Publicado en El País

¡Viva Matilla!, el lamentable grito de denuncia de una tauromaquia en crisis

En la atardecida del pasado sábado 29 de septiembre, en medio de la profunda desesperación que se estaba viviendo en la plaza de la Maestranza, con el muy penoso juego de los toros de la familia García Jiménez y la ridícula pantomima de Juan José Padilla, Morante de la Puebla y Roca Rey, surgió un grito desde las gradas de sol que compendiaba de manera concisa y exacta la situación actual de la tauromaquia: ¡Viva Matilla!

Matilla es el apodo de la saga García Jiménez, que nació en los años cuarenta de la mano de Teodoro García Sanchón, veedor de toros del empresario catalán Pedro Balañá. Hoy, la cabeza visible es su nieto, Antonio García Jiménez, empresario, ganadero, apoderado y mandamás del toreo en la sombra. Es un personaje anónimo para la mayoría, pero al que todos los taurinos le conceden una autoridad reverencial. Matilla es el amo, el líder. Nadie sabe explicar por qué y cómo, pero su poder e influencia se extienden a numerosas ganaderías y empresas, de modo que parece claro que pocos papeles —o ninguno— se mueven en el toreo sin su consentimiento.

Quizá, eso podría explicar que los tres hierros ganaderos de su familia estuvieran anunciados en la feria de San Miguel en un cartel de auténtico lujo, sin mérito alguno para ello.

Ya se conoce que el festejo fue escandaloso: toros muy mal presentados, mansos, descastados, sosos, birriosos…, una auténtica basura. Un atropello para las más de diez mil personas que abarrotaron la Maestranza. Un espectáculo denigrante e ignominioso, un puntillazo para la tauromaquia.

Y es en ese ambiente en el que surge el grito desolador de ¡Viva Matilla!, un rugido de denuncia, lamento y desesperanza ante la confirmación de que el toreo actual está en manos de alguien a quien poco, o nada, parece importar su rumbo; que conoce que el público aficionado a los toros es el más generoso y paciente, y sabe que nadie le pedirá cuentas.

Pero alguien será el responsable, además de Matilla, de tan grande desafuero.

Tal vez, el empresario, Ramón Valencia. Qué bueno que el primer día de la semana hubiera convocado un acto público para explicar qué pintaban en Sevilla los toros de Matilla (examen de conciencia), mostrar dolor y arrepentimiento por el daño causado, pedir perdón y comprometerse con el propósito de que esos hierros no vuelvan a aparecer nunca más por su plaza.

Qué bueno que hubiera estado acompañado por los tres toreros para que explicaran por qué aceptaron semejante bazofia y se avinieron a tan monumental ridículo.

¿Y la autoridad, que debe velar por los intereses de los espectadores? ¿Por qué la presidenta Anabel Moreno aprobó la corrida? También debiera ofrecer una explicación coherente.

Pero, no. Nadie hablará. Porque el mundo del toro es un pozo de silencio, en el que la integridad, la transparencia y la seriedad no tienen cabida.

Llegado a este punto, solo queda la resignación, que la tauromaquia nos depare algún momento de emoción a pesar de tanto atropello y aceptar la autoridad del jefe: ¡Viva Matilla!

(Por cierto, apuesten lo que quieran: los toros de la familia García Jiménez volverán a la Maestranza el año que viene. Donde manda capitán…)

(Ah, y que no se queje el empresario de Sevilla: cuenta con los mejores clientes del mundo a pesar del maltrato que reciben).

Los recortadores, ante los toros más exigentes, y los toreros, ante los ‘borregos’. Un dislate.

Día de la Tauromaquia: el mundo al revés

El martes, día 9 de octubre, la Fundación del Toro de Lidia (FTL), —la herramienta creada por todos los taurinos para la defensa, protección y promoción del mundo del toro—, organiza en Valencia el Día de la Tauromaquia, cuyo objetivo es que “todas las tauromaquias, profesionales y afición, muestren su unión y compromiso con el instrumento del que se ha dotado el sector para la defensa y promoción del mundo del toro”, según una nota de la propia Fundación.

Para ello, se celebrará un espectáculo de recortadores por la mañana y un festival taurino por la tarde.

Los recortadores “más prestigiosos de la historia de España, en activo y ya retirados”, se enfrentarán en un concurso ante toros de Adolfo Martín, Victorino Martín, Partido de Resina, Torrestrella, Saltillo, Samuel Flores y Antonio López Gibaja.

A las seis de la tarde, el coso valenciano acogerá “a las máximas figuras del toreo del momento”, (los entrecomillados pertenecen a la propia Fundación), Enrique Ponce, Julián López El Juli, José María Manzanares, Cayetano Rivera, Alejandro Talavante, Román y el novillero Borja Collado, que lidiarán novillos de Núñez del Cuvillo, Domingo Hernández, Garcigrande, Juan Pedro Domecq y Fuente Ymbro.

¿Se trata, acaso, de una broma?

Ya es discutible que un concurso de recortadores represente a la tauromaquia moderna, una modalidad arraigada en algunas zonas de este país y absolutamente desconocida en otras muy taurinas.

Pero lo llamativo no es eso; lo sorprendente e incomprensible es que los recortadores se enfrenten a toros de ganaderías toristas, serias y muy exigentes, y “las máximas figuras del toreo” se anuncien con algunos de los hierros más comerciales y cómodos, criadores del toro más anodino e insulso de la historia de la tauromaquia.

Un contrasentido impresentable; el mundo al revés. Los recortadores, aficionados que no viven del espectáculo, ante los toros más fieros y temibles, y los toreros, ante los borregos.

¿De quién habrá sido la idea? ¿Y cómo se ha atrevido la Fundación a hacerla suya?

¿Acaso es esta la mejor forma de celebrar el Día de la Tauromaquia? No, y mil veces no.

Es, quizá, la conclusión desoladora de que la Fundación del Toro de Lidia es cómplice del sistema, y está al servicio de esas figuras que tan poco bien hacen a la fiesta. Es verdad que esta institución privada vive, también, de las aportaciones económicas de los toreros, pero hay líneas que no se pueden traspasar.

En fin, que entre Matilla y su legión de subordinados, el Día de la Tauromaquia, los integrantes del festival y la Fundación, la tauromaquia seguirá en crisis. El problema es hasta cuándo…

(Y aunque la plaza de Valencia se llene, y ojalá así sea, la iniciativa es un puro dislate…)

Es hora, pues, de que la afición en pleno se levante de sus asientos, y a la de tres reconozca la autoridad del líder y lance al aire el grito de guerra: ‘VIVA MATILLA”.

Publicado en El País

Es lo que digo yo: Una apuesta pérdida

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Había una vez un torero con un duende mágico que intentó alguna vez luchar contra el sistema, pero el sistema se lo devoró…

Por Luis CuestaDe SOL y SOMBRA.

Ese podría ser el inició de un cuento de ficción taurino, pero la realidad es que el sistema no se devoró a ese torero mágico, fueron los adolfos y un espíritu apático que una vez más se le congeló en el momento clave al Tala.

O tal vez convendría aclarar un poco: Alejandro Talavante había puesto por azares del destino en esta ganadería todas sus esperanzas para su segunda comparecencia en la feria de otoño, pero los de Adolfo Martín fracasaron estrepitosamente y no han mostrado algo que permitiera abrigar una esperanza de triunfo para un torero artista como Talavante.

Los adolfos fueron tan malos como suelen ser los toros malos; inválidos y descastados como esas ganaderías por las que ha apostado tanto Talavante desde sus inicios y especialmente cuando formaba parte del Status Quo del toreo.

La verdad es que el petardo pudo ser peor, no por nada sino porque todo es empeorable en esta vida.

Pero afortunadamente para el Tala, la bronca no fue mayor. ¿Pero que paso si Talavante había partido plaza con una postura aflemencada como para dejar el alma en Madrid?

Pues paso que el Tala se atrevió con su primero a recibirlo ‘a porta gayola’ y ahí se le acabaron las ganas de quemar Madrid.

Lo que siguió fue dramático, esperábamos ver al Tala al menos poniéndose solemne y farruco, pero ni eso. El Tala al borde de la espantada no pudo ni siquiera construir alguna tanda con algo de mando para ejecutarla.

Ese torero de antaño pletórico de gusto estético y con algunos soplos de arte, hoy era un matador derrotado, sin alma y sin espíritu.

De noche le paso el cuarto de la tarde, con el que fue no fue capaz de dar dos pases seguidos con un atisbo de fundamento técnico y después de un sainete con la espada, se acabó la apuesta otoñal del Tala. Que sólo eso tuvo de bueno: que se acabó.

Hubo un tiempo – y esto no es un cuento de ficción- en que las grandes figuras también apostaban fuerte como lo hizo Talavante y de alguna manera salían victoriosos. Tan sólo hay que recordar la encerrona de Paco Camino un junio de 1970 en Madrid. “El eco romántico de Paco Camino”, fue el título de la crónica de Cañabate. Seis toros de distintas ganaderías y ocho orejas. Seis vacadas, las de mayor antigüedad: Juampedros, Buendías, Miuras, Pablorromeros… Nadie consiguió nunca tal hito en Madrid hasta que llegó el Maestro Camino.

He aquí una de las diferencias que hay entre los toreros antiguos y los modernos: a los antiguos les echaban en algunas ocasiones toros duros y los cuajaban. Los modernos, cuando les salen a esas fieras no les pueden y encima, como paso con el Tala, resulta que no los saben torear.

Talvante y coleta. La contracultura taurina en su máxima expresión.

El resto de la corrida fue un concierto de pegapasismo inconexo orquestado por dos jóvenes que también tendrán mucho que meditar: Álvaro Lorenzo y Luis David Adame, ya que ambos pasaron de puntitas por Las Ventas dejando una pobre imagen a pesar de su desbordante juventud.

Pero ya vendrán los palmeros de siempre y algunos profesionales para gritar a los cuatro vientos: ¡Baja tu! y con eso tratar de justificárse para evitar las comparaciones con algunos toreros de otra época y esta bien, en algunas ocasiones también tienen derecho a molestarse porque lo que hacen tiene más mérito que estar sentado en el tendido. Pero que poca autocritíca.

En lugar de molestarse y andarse comparando con los aficionados del tendido, porqué mejor no se miran en un espejo y se comparan con aquellos toreros antiguos a los que si les sobraba la torería y que así como le podían a los toros pastueños, también le podían al toro de poder, bravo o manso, cuya casta agresiva exigía poseer mucha técnica para dominarlo. Eso, o venían el fracaso y la cogida. Ayer por ejemplo, Talavante optó por el fracaso.

Es lo que digo yo.

Twitter @LuisCuesta_

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Ocho con Ocho: Concurrence Ouverte Por Luis Ramón Carazo

En el modelo tradicional del negocio taurino, las figuras del toreo llevan la mano en el cache o sea en el dinero que cobran; en definir fechas; toros; alternantes; que si las corridas se televisan y un largo etcétera que no es necesario detallar para comprender lo que estoy tratando de decir en unos cuantos párrafos que me permite éste espacio.

Lo que no ha sucedido en los últimos tiempos, salvo la excepción de José Tomás, es que una de las condiciones para calificar como figura es que provoquen tal expectación que los boletos en México o los billetes, vuelen de la taquilla.

Por lo anterior es que nos preguntamos: ¿Por qué no modificar el modelo tradicional y adecuarnos a los nuevos tiempos? Innovar, en pocas palabras.

Uno que se atrevió y fue muy criticado fue Simón Casas, quién para la Feria de Otoño de Madrid armó sus carteles por sorteo y por lo menos hasta ahora le ha funcionado, las entradas notablemente han mejorado con relación a los años pasados, impulsadas seguramente por haber incorporado el ingrediente de la suerte y romper con los carteles de cartabón repetidos decenas de veces con los mismos alternantes y ganaderías.

Ahora, Simón propone un sistema de la misma naturaleza para San Isidro, es decir que se continúe armando los carteles por sorteo y de esta manera la variedad en toreros y ganaderías impere en el serial.

También sugiere Casas que se separe la gestión empresarial de la de apoderamiento y dice que él mismo, como presidente de la asociación de empresarios en España está dispuesto a acatarlo, lo cual representaría un cambio mayúsculo en el otrora gran negocio taurino.

Me parece que en los tiempos que corren, es importante aplicar nuevas fórmulas para tratar de cambiar el rumbo de una fiesta hostigada por muchas facciones sociales y políticas, con una economía endeble en muchos sentidos, porque independientemente de que tenga o no razón Simón, me parece inaplazable decidir nuevos caminos, porque tal vez la competencia abierta (que es el significado en español del título francés con el que denomine está columna) sea lo que impulse hacia otros rumbos al toreo.

En nuestra capital, el elenco de Temporada Grande de La México apuesta por los toreros mexicanos y puntualmente acude a los nombres de toreros europeos que tienen ya un sitio ganado en nuestro país y por ahí incluyen a un torero maduro, que en su nueva época pudiera gustar que es Antonio Ferrera, pero se sustentan en los toreros mexicanos, quienes tendrán el peso de la temporada grande de atraer al público que salvo puntuales excepciones, no acude a sus localidades como en otras épocas.

Esperemos que la competencia sea el argumento para hacerlo y no las imposiciones y doy un caso concreto; cómo nos gustaría que en La México alternarán como no lo hacen en España, Pablo Hermoso y Diego Ventura a caballo, para provocar el llenó y entonces sí que cobrarán lo que ganan por su atractivo y no sólo por el cache de la temporada europea.

Todo lo que sea sacudir el toreo, me parece vital para responder a situaciones que pasan desapercibidas, pero que preocupan y doy un caso; es magnífico que SKY transmita en México las corridas de toros de Europa, pero duele que la transmisión la acompañen con un letrero de advertencia de ser un espectáculo no apropiado para menores de 18 años, lo cual me parece absurdo e innecesario.

Y así le podemos seguir, pero me detengo y digo con vehemencia; en tiempos de cambio habría que hacer algo distinto y no acudir a tiempos idos que están más muertos que Cuchares, que en Gloria de Dios descanse.

Última llamada para Talavante

Afronta este viernes su segundo compromiso en Las Ventas dentro del ciclo otoñal tras dar el paso al frente y aceptar el sorteo puro de Plaza 1.

Por ZABALA DE LA SERNA.

Alejandro Talavante aceptó el reto del sorteo puro, el exitoso invento de Plaza 1, de Otoño. Y ahora sólo queda una bala, gastada la de Victoriano del Río. La última bala es la de Adolfo. Este viernes se juega todo. Se da en él un fenómeno curioso: es cierto que históricamente Talavante y la presión nunca se han llevado bien. Pero también es verdad que después citas de mayúscula responsabilidad y minúscula rentabilidad -como las dos encerronas con seis toros de Victorino y Adolfo en Las Ventas- siempre ha resucitado como el torero imprevisible y esperado. Al gesto de paso al frente que dio en la lotería otoñal le apuntaban sistemáticas escopetas cargadas con los plomos del argumentario antidemagógico y la pólvora del ideario meritocrático que nos encadena a la repetitiva realidad. Los más doloroso, por sórdido, de la posible derrota de AT en Madrid será la celebración cainita del planetilla taurino. Que mañana resurja el Ave Fénix talavantista con su vuelo más majestuoso y sereno. Así como para planear sobre toda la mierda y las traicioneras corrientes de su propio ventisquero mental.

Últimos carteles de la Feria de Otoño:

Viernes 5 de octubre. Toros de Adolfo Martín para Alejandro Talavante, Álvaro Lorenzo y Luis David Adame.

Sábado 6 (Fuera de abono). Seis toros, dos de Miura, dos de Guiomar Cortés de Moura y dos de Ángel Sánchez y Sánchez para Diego Ventura en solitario.

Domingo 7. Toros de Fuente Ymbro para Diego Urdiales, Octavio Chacón y David Mora.

Publicado en El Mundo

Las Ventas: Talavante, perdido en su laberinto

Toros-monas victorianos para encumbrar a Talavante:

Por José Ramón Márquez.

El primero no lo vi. No sólo pensaba que la corrida empezaba a las seis y media, sino que además me llevé la entrada de la novillada de mañana [hoy para el lector]. De toda esa circunstancia lo más oprobioso fue que una especie de sans-coulotte que había en la Puerta Grande, que no demostró el más ínfimo interés en atender a mis mansas explicaciones, se dirigiese a mí como “caballero”, que es cosa que me enfada y me molesta sobremanera. Me busqué las mañas y, de igual forma que Fernando Arrabal entró en la Plaza de manera mágica e inexplicable el día aquél de la mítica curda nocturna en TVE, yo me vi dentro de la Plaza de manera indescifrable, gracias al Señor sean dadas.

Sirva esta ínfima digresión para explicar de alguna manera la poca mella que había hecho en mi ánimo de depauperado aficionado la campañita talavantesca que nos quiere presentar al pacense como ariete de un movimiento antisistema, y todo porque se enfadó con Toño Matilla por un asunto de dineros, y la contraprestación del taimado taurino charro fue echarle al dique seco de los contratos. Entonces Talavante se viene a Madrid sin apoderado…

-Oiga, que falta lo de la finca.

-¿Qué?

-Lo de la finca. Que me dijo un señor que en vez de billetes se quería arreglar la cosa con una finca…

-¿Y?

-…pues que era una finca en la que las liebres tenían que ponerse botas de escalada…

Dimes y diretes, que vaya usted a saber. La cosa es que Talavante perdió simultáneamente el apoderamiento y los ajustes y se viene a Madrid a “dar la cara” y con el hueco en blanco en la ficha del festejo en la parte de “Apoderado” y con un sorteo o rifa que se sacó Domb de la manga para contento de buenas gentes e incautos. Y la cosa es que Tala nunca ha sido antisistema, que más bien ha sido parte perfectamente engranada en el sistema, y que puestos a buscar heterodoxias sinceramente prefiero quedarme con el exquisito “Inclusero”, Gregorio Tébar, o con ese Curro de la Casa que anda tratando de edificarse un futuro por el campo alcarreño, dicho lo anterior sin menoscabo de que aquí somos del que lo hace, sea Julián o su porquero.

De lo que no vi, y me fue relatado por personas de mi máxima confianza, dejaré aquí la ovación con la que se celebró en la Plaza la presencia de Talavante, obligado a saludar desde el tercio, y las dos verónicas de Pablo Aguado al toro de su confirmación.

De lo que vi, lo primero fue Talavante, a quien en opinión del aficionado X. le va mucho mejor tener al público a la contra que entregado, tal y como hoy se pudo comprobar, que acaso Tala sea algo indolente en su carácter. El caso es que se plantó en el tercio y, sin más probaturas, le recetó una serie de naturales a Jaceno, número 41, que nos hicieron pensar que Talavante venía a Madrid a cerrar bocas y a dar un golpe de timón. Este prometedor inicio de faena a su primero se compone de dos series de naturales sin pensárselo, sin probaturas: naturales haciendo galopar al toro desde las tablas e iniciando la serie con la muleta plegada, pases por alto y del desprecio y luego otra más acaso de algo menos de intensidad y en seguida la mano a la diestra y la faena que se despeña en la vulgaridad del día a día, del toreo de ventaja y sin remate, del pelmazo sota, caballo y rey (and rock) de la tauromaquia contemporánea. Eso es lo que duró la apuesta de Talavante, y no hay ni que decir que el toro de Victoriano del Río era la máquina de embestir, tal y como desea su criador, y que las embestidas de Jaceno no sirvieron para que Talavante superase su indolencia y se plantease que otra faena era posible y que hoy era el día en el que todo estaba a su favor.

Evidentemente recibió los generosos aplausos de los que aman ver al toro en movimiento, a despecho de dónde viene y de a dónde va, pero la impresión neta que manda al tendido es la de una faena a menos, faena que se sume paso a paso en la vulgaridad y la ventaja que remata con un pinchazo tirando la muleta y una estocada desprendida. Muy magra la cosecha para tanto ruido, principalmente porque el toro se va sin torear. Su segundo ya no era como el otro. Recibió justas protestas por su condición blandengue, la cual le hacía no entregarse a los muletazos que se le proponían, imaginamos que para disgusto de su criador, y tirar cabezazos que deslucían bastante la labor de Talavante, ya de por si bastante deslucida. Ahora el extremeño va obligado a presentar un triunfo con los de Adolfo dentro de una semana para no tener que enfrentarse a un futuro de color catafalco.

Fortes tuvo ante sí el toro con el que sin duda habría soñado en la paz de su hotel, ese toro que encumbra o hunde, y vive Dios que las condiciones embestidoras y repetidoras de Frenoso, número 73, van a ocupar una buena parte de las pesadillas de Fortes. La cosa es que le salió el toro y él lo dejó pasar; el hombre no fue capaz de encontrar su discurso y no merece la pena hacer más leña de este árbol. La conciencia de su incapacidad con el buen Frenoso le sacó de la corrida. Le echaron al corral a su segundo y en su lugar salió una bolita de carne del Conde de Mayalde que tenía sus cosillas y al que si se le exigía un poco y se le consentía otro poco se entregaba, pero Fortes estaba fuera por completo de la corrida en esos momentos. Se quedó en la cara del toro al entrar a matar y consiguió horrorizar a la Plaza en los interminables segundos que fue zarandeado por el toro, por fortuna sin consecuencias graves. Le cogen mucho los toros a Fortes.

Y Pablo Aguado en su segundo se mostró pinturero y tan falto de compromiso como cualquier otro de los de su edad. Aguado es de los que debe dar gusto verle torear sin toro, que tiene unas buenas maneras, pero le han enseñado a dar pases de esa manera y ése es el problema, que se debe creer que el toreo va por ahí. El toro pedía distancia y no se la dio, por más que el bicho se lo trataba de explicar. No hubo forma, que él estaba a lo suyo y en lo suyo no entraba la palabra distancia. Planteó el clásico trasteo por afuera sin ajuste ni remate, guió las buenas condiciones de Corchero, número 62, a prudente distancia de su anatomía, por lo que pudiera pasar, y cuando consiguió enhebrar unos cuantos “pases” le jalearon vehementemente desde los tendidos a los que se puso a mirar sin ton ni son, en vez de intentar dar un pase que mereciese ese nombre. Luego vino la estocada desprendida que tumbó al toro y la consiguiente petición que fue atendida solícitamente por don Justo Polo, que sacó el trozo de sábana blanca a la que denominamos “pañuelo” para concederle a Pablo Aguado una inútil oreja de nulo peso y de nulo valor.

Del ganado diremos que fueron cuatro de Victoriano del Río, uno sustituido por el Mayalde del que ser habló más arriba, y dos de Toros de Cortés que ya no sé los toros de este rancho que llevamos en lo que va de año en Las Ventas, lo mismo veinte o más. Los crían para la cosa del último tercio e independientemente de lo que hicieran en los otros dos tercios, al llegar a su momento de gloria, obsequiaron graciosamente sus embestidas, por más que no fuesen aprovechadas. El ganadero estará contento.

Publicado en Salmonetes ya no nos quedan

Feria de San Miguel: Novilleros y ‘gatitos’ blanditos

Solo Juanito dio una vuelta generosa ante chicos y muy nobles novillos de Talavante.

Por Antonio Lorca.

Novilleros y novillos blanditos. Los dos. Tristes, conformistas, afligidos, decepcionantes. Los humanos y los animales. Una tarde más para la preocupación y el más soberano aburrimiento.

Tres muchachos con condiciones sobre el papel, sin edad aún para la desilusión, con ganas, se supone, de comerse el mundo y los ves en la plaza y se te cae el alma a los pies: como tres señoritos, comodones, a verlas venir, sin ánimo para exponer ni un alamar, como si disfrutaran ya de cortijos y mercedes.

Tres toreros que no tienen empacho en anunciarse con seis ‘gatitos’ de Talavante, con caritas de becerritos, sin pitones, por supuesto, -mejor presentados se han visto en esta plaza en festejos sin caballos-, enfermos de tonta nobleza, sositos, también, pero dispuestos a colaborar al triunfo de los de luces, y ni por esas. Ahí estaban los tres novilleros sin deseo alguno de armar la marimorena, de subirse en los lomos de sus novillos, de jugarse la vida y calentar los calurosos tendidos de una tarde que, por su culpa, quedó para el olvido. ¡Qué calor, y qué aburrimiento más escandaloso!

Pero, ¿qué ‘quedrán’ estos muchachos para triunfar? ¿Será, acaso, que el problema es que no tienen ‘hambre’, sinónimo de necesidad? Algo será, porque los novillos de Talavante, nobles hasta la extenuación, merecieron que alguien con ardor torero se los merendara y les cortara las orejas. Y ni una, oigan, le pasearon; todo lo más, una vuelta al ruedo, y parece que fue más por cuenta de Juanito que por empuje del público.

Por cierto, hasta la salida del quinto novillo no había pasado nada. Juanito se arrodilló en la puerta de chiqueros y con una desordenada larga cambiada recibió a su segundo; después, tres verónicas y una media, apasionadas todas, pusieron el punto de emoción que había estado ausente toda la tarde. Se le vio entonado y comprometido con la muleta, y dibujó un par de tandas que supieron a mucho menos de lo esperado. Tras pinchar llegó la vuelta inesperada. Muy desdibujado se mostró ante su primero, un novillo acaramelado y sin emoción, al que toreó a media altura y con poco fundamento.

Naufragó Ángel Jiménez, que ofreció una mala imagen ante el primero de la tarde, el más codicioso del encierro. Lo recibió a ‘portagayola’ y muleteó muy despegado y precavido a un santurrón justo de fuerza y desbordante de buenas intenciones. Y no mejoró ante el cuarto a pesar de que sonara la música (se estrenó con la batuta una mujer, hija de director habitual) tras un elegante cambio de manos.

Y silenciada vio su labor Francisco de Manuel, desvaído, soso, con pocas ideas. Insulso ante su primero, y aburrido ante el sexto, el mejor presentado del encierro que demostró más genio que bravura.

Ya se dijo: blanditos novilleros y novillos. Los utreros de Talavante, impresentables para la Maestranza, empujaron desigualmente en varas, pecaron de falta de fuerzas y derrocharon nobleza; más que toros parecían borreguitos, sin posibilidad aparente para emocionar. Pero son los deseados por estos chavales que esperan llegar así a una meta que cada vez parece estar más lejos.

TALAVANTE/JIMÉNEZ, JUANITO, DE MANUEL

Novillos de Talavante, muy mal presentados, abecerrados todos menos el sexto, astifino y con mejores hechuras, que cumplieron en los caballos, blandos, sosos y muy nobles.

Ángel Jiménez: estocada (silencio); pinchazo hondo atravesado y un descabello (silencio).

Juan Silva Juanito: estocada (ovación); pinchazo y estocada (vuelta).

Francisco de Manuel: pinchazo y estocada (silencio); estocada (silencio).

Plaza de La Maestranza. 28 de septiembre. Primer festejo de la Feria de San Miguel. Algo menos de media entrada.

Publicado en El País