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Hablemos de toros en Cali

Maletilla. Foto por Arjona.

​Por Jorge Restrepo T.

Yo que fui del oficio durante muchos años como directivo de la empresa que programaba las temporadas taurinas en Cañaveralejo, no necesito que alguien me cuente de qué tamaño es la dificultad para conformar carteles atractivos, reseñar las ganaderías que se presuman den buena lidia y, sobre todo, ajustarse a un presupuesto que, desde que la afición se alejó del espectáculo, es una verdadera aventura la contratación de toreros que cobran astronómicas cifras que hay que pagar, llenen o no llenen la plaza.

De allí que considere que el fardo que se echó sobre sus hombros Alfonso Otoya al asumir la presidencia de la sociedad anónima Plaza de Toros de Cali, es una auténtica hazaña en bien de la ciudad y de los que juzgamos a las corridas como la atracción máxima de fin de año.

Como la temporada 2015-1016 fue exitosa en todos los aspectos, Otoya y su junta directiva se propusieron no ser inferiores en la que se avecina, y fue así que el presidente contactó a los apoderados de los mejores coletudos que andan con sus trastos por las plazas españolas, y logró suscribir contratos con las luminarias que harán el paseíllo en la arena de nuestro coso.

No sé cuántos euros o dólares tiene que adquirir la empresa caleña para llenar las bolsas de quienes lidiarán los astados en las seis tardes, del 26 al 30 de diciembre. Vean estas estrellas: José María Manzanares, El Fandi, Roca Rey, López Simón, David Mora, Miguel Abellán, Sebastián Castella, el magnífico rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza en dos tardes, y los colombianos destacados Paco Perlaza, Cristóbal Pardo, Ramsés, Guerrita Chico, Luis Castrillón, Gustavo Zúñiga, y el crédito nacional Luis Bolívar que también irá en dos carteles. El que quiera más que le piquen caña, de donde proviene la linda voz Cañaveralejo.

Pero el esfuerzo que hacen Otoya y sus compañeros de directiva debe tener la única compensación válida: que la gente llene los tendidos, porque ellos nada sacan con que periodistas, como este servidor, los elogien por su buen desempeño, si esa gestión no se refleja en el balance y el flujo de caja solamente surge del público que compra las entradas para sentarse en los tendidos de sol y de sombra.

Y ya que toco el tema de la boletería, qué bueno sería que los aficionados retomen la cultura del abono, como la hubo hasta hace unos años cuando los aficionados adquirían desde marzo los abonos, que se agotaban “en par minutos”, y eso le permitía a la empresa saber con cuanto contaba para montar el espectáculo decembrino. Hoy es una especie de juego de suerte y azar en el que a estas alturas del año se ignora el monto de los recursos, y comienza ‘el parto’ esperando el resultado de la venta de boletería suelta, en la que juegan varios imponderables: que llovió, que hizo sol, que esto y que lo otro, pero los toreros y ganaderos cobran sin considerar ninguno de esos fenómenos atmosféricos.

Hasta el 15 de noviembre, vale decir el próximo martes, están a la venta los abonos. Quien no los tenga, debe acercarse a los puntos de venta para asegurar su puesto, y porque, además, queda con derecho a tener la misma ubicación en futuras temporadas.

Así que quedan cinco días para abonarse y enviarles a Otoya y demás compañeros de junta el mensaje que aquí en Cali hay una verdadera afición que los respalda, con el único respaldo que sirve: abonos comprados.

Que haya suerte y nos vemos en Cañaveralejo.

Fuente: El País de Cali

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Polémica en Cañaveralejo

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Ponce y los pequeñines.

Una oreja mal otorgada este martes en Cañaveralejo. Ninguno de los tres toreros participantes descrestó en la plaza de toros de Cali.

Por: JORGE ARTURO DÍAZ

El hispano Enrique Ponce, quien cortó la única oreja de la tarde, ejecuta un templado derechazo.

En tarde soleada, con tres cuartos de plaza, un encierro de Ernesto González, dispar de presentación y juego, remendado con dos toros de Ernesto Gutiérrez, fue material poco propicio para el triunfo de los espadas. Los de González, todos en Santacoloma, cárdenos, salpicados y asaltillados de cuerna, dos fueron terciados y dos con presencia.

Paradójicamente, sacaron más casta y dieron más juegos los pequeños que los grandes. El segundo se despitonó por la cepa y fue cambiado por un áspero Gutiérrez. El sexto, del mismo hierro manizaleño, presentó similares características.

Enrique Ponce, quien llegó en sustitución de su ahijado de alternativa, José María Manzanares, quien, operado de la espalda, hizo el viaje desde España para ver la corrida, abrió con el cornicorto Tolimense, que fue incierto, pero Ponce lució su faceta de torero lidiador. Pudo el valenciano, pero pinchó y la gran estocada no dio más que para un saludo merecido.

Los mejores momentos de la tarde vinieron con el terciado cuarto, al que sobó con paciencia maestra hasta uncirlo a la muleta y, por naturales y derechas, obligarlo a viajar templado, obediente y como hipnotizado. Hubo círculos repetidos y dos poncinas que llevaron el entusiasmo de la gente a niveles altos. El viento, que flameaba la muleta y aumentaba los riesgos, no impidió la ligazón de las series. La plaza era suya. Se tiró a matar a volapié y puso la espada en sitio, pero esta viajó hacia el costillar y asomaba un palmo de la hoja. Sin embargo, el presidente del festejo, contra toda lógica y el prestigio de la plaza, concedió una oreja inopinada que ni le pone ni le quita a la grandeza del torero, aunque sí es todo un disparate.

El caleño Paco Perlaza volvió a este ruedo, que ha sido como su patio de recreo desde la infancia. Se brindó, lleno de generosidad, desde la primera portagayola hasta el último descabello. Pero no tenía materia prima. Su lote le fue menos propicio y sus mejores logros los consiguió con el segundo bis de Gutiérrez, al que superó en casta y mando. Fue a por todas en la estocada al querer matar recibiendo. Ejecutó bien la suerte y colocó bien la espada, pero el toro se la tragó y le arrebató la posibilidad del reconocimiento. Con el mal quinto mató fuera de sitio y con dos golpes de verduguillo.

El francés Sebastián Castella vino a cerrar en Cali su mejor año. El tercero de la tarde, pequeño pero encastado, atacó la muleta en tandas cortas pero rimadas, limpias y, sobre todo, Castella sembrado y quieto. Sonaban la banda y las gargantas. La superioridad del torero era manifiesta, pero la espada dijo no. Un pinchazo, un tercio de hoja y tres descabellos fueron premiados con un saludo en los medios.

Con el sexto porfió sin esperanzas, como tratando de sacar agua de un pozo seco, y arriesgando mucho a cambio de nada. Fue más allá de lo prudente y terminó con un espadazo hondo, y hubo silencio.

Ayer no hubo suerte de varas en Cañaveralejo. Todo fueron simulacros de ‘monopicotazo’.

Publicado en EL TIEMPO
Foto por: Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

Twitter @Twittaurino