Archivo de la etiqueta: Feria de San Isidro 2017

Feria de San Isidro: Garrido, un torero contundente


Por Antonio Lorca 

Foto Bernardo Perez (El País)

El Fandi solo pudo escuchar una ovación con el mejor toro de una decepcionante corrida de Fuente Ymbro.

Ciertamente, lo estropeó al final con dos feos pinchazos al sexto, pero José Garrido se había mostrado toda la tarde como un torero de una pieza, hecho y derecho, valeroso y artista, muy serio y contundente.

Lo demostró sobradamente ante el tercero. Brindó a Don Juan Carlos, se marchó hasta la boca de riego y allí recibió al toro con dos ceñidos estatuarios y dos ayudados, tres naturales y el obligado de pecho que supieron a gloria. Continuó con la mano derecha y las dos tandas siguientes resultaron premiosas por la escasa fortaleza del animal, pero se notaba que allí estaba pasando algo importante. Tomó la muleta con la zurda, obligó a embestir de verdad a su oponente y surgieron notables naturales, y uno ellos monumental. Ante la tenue luz de la casta del toro, se cruzó y volvió a lucirse antes de ejecutar unas ajustadas bernardinas que acabaron por convencer al respetable. Mató mal, y la oreja que tenía ganada a ley se esfumó justamente.

Volvió a intentarlo con el sexto, con menos brío que el tercero, comprometido y responsable, y a fe que se mostró como un torero a tener muy en cuenta. Exprimió la muy escasa clase del toro, y todo lo emborronó con la espada. Pero está empezando, como quien dice, y merece todo el crédito. Ahí hay figura.

Él fue el mejor torero de la tarde, y el mejor toro fue el cuarto. No coincidieron, lo que suele suceder para decepción nuestra. El buen toro, que hizo una pelea desigual en varas, galopó en banderillas y derrochó encastada nobleza en la muleta le tocó a El Fandi, quien ofreció la mejor versión de sí mismo, lo que no fue suficiente para emocionar a la parroquia. Se esmeró con cuatro pares de banderillas -en el primer toro falló en uno de ellos y el presidente no le permitió continuar con los garapullos-; inició la faena de muleta de rodillas y se lució de verdad con dos redondos, un circular completo y muy templado y, ya de pie, cerró con un meritorio pase de pecho.

A estas alturas, el toro había enseñado el carné: clase, prontitud, fijeza y transmisión. Hasta siete tandas dio El Fandi, dos de ellas con la izquierda, pero no consiguió emocionar como el toro merecía. Acabó con manoletinas de rodillas en un ardid desesperado para animar los corazones, pero no. Una estocada baja acabó por deshacerlo todo.

Dibujó dos sentidas verónicas y una media en el recibo a su primero, al que banderilleó con prisas y escaso acierto; y la muleta no dijo nada. Tampoco el toro era de muchas palabras.

Y Perera pasó desapercibido. Tuvo el peor lote, es verdad, pero no fue el torero poderoso de otro tiempo. Bien de verdad su subalterno Curro Javier, torerísimo con el capote.

¿Y la corrida? A excepción del cuarto, otra birria.

Fuente Ymbro/El Fandi, Perera, Garrido

Toros de Fuente Ymbro, bien presentados, a excepción del quinto; mansos y descastados. Destacó el cuarto por su encastada nobleza en la muleta.

El Fandi: dos pinchazos y dos descabellos (silencio); estocada baja (ovación).

Miguel Ángel Perera: bajonazo descarado (silencio); estocada trasera (silencio).

José Garrido: _aviso_ media y dos descabellos (ovación); dos pinchazos _aviso_ y media estocada (silencio).

Plaza de Las Ventas. Séptima corrida de feria. 17 de mayo. Más de tres cuartos de entrada (19.928 espectadores).

Asistió el Rey Don Juan Carlos desde la meseta de toriles.

La corrida de hoy
Toros de Parladé, para Curro Díaz, Iván Fandiño y David Mora.

Publicado El País 

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Feria de San Isidro: Cuando un buen toro se va…

Curro Díaz torea al natural al cuarto de la tarde. Álvaro García.

Por Antonio Lorca.

Curro Díaz no brilló ante la nobleza y la movilidad del quinto y escuchó división de opiniones.

Cuando un buen toro se va… con las orejas colgando, algún fracaso, trufado con un jarrón de tristeza, deja atrás. La china le tocó ayer a un torero artista, fino y elegante como es Curro Díaz, que se encontró con una de esas tardes en las que la inspiración no acaba de llegar. Ya lo decía Manolo Vázquez: “Tener que hacer una obra de arte a las siete y media de la tarde de un día determinado es algo casi imposible”. Y eso fue lo que le pasó a Curro ante el cuarto de la tarde: que tenía el marco, los pinceles, la luz perfecta y el ánimo de la concurrencia, pero no tenía el cuerpo —el alma, mejor— para expresar la grandeza que la ocasión exigía.

Y miren que empezó bien. Nada más salir su primero al ruedo, se acercó con parsimonia al toro y dibujó —esta vez, sí— un manojo de preciosas verónicas que si bien no fueron un dechado de perfección, sí rebosaron serenidad, naturalidad y buen gusto. Y no acabo ahí la cosa; a renglón seguido interpretó un galleo por chicuelinas que supo a gracia celestial. Y así finalizó el presente capítulo.

El toro entró al caballo y demostró una mansedumbre dolorosa para la vista, y, además, dio muestras de invalidez. Comenzaron las protestas, y en ello estaba parte del público, cuando el banderillero Manuel Muñoz cayó en la cara del toro a la salida de un par y le infirió una cornada en el muslo.

Faena iniciada por alto y un cambio de manos con olor añejo. Detalles toreros de Curro silencian los tendidos, pero se suceden los enganchones y la escasa casta del animal. Todo se desdibujó.

La plaza se entusiasmó de esperanza cuando el cuarto, de nombre Escandaloso, se empleó en el piquero, acudió alegre en banderillas y obedeció con nobleza y prontitud a la muleta del torero. Hubo, al principio, más alborozo —otra vez, el toreo soñado y no vivido— que realidad. Había tomado Curro la muleta con la zurda, y con ella en las manos dio hasta siete tandas, en las que el toro no dejó de embestir con nobleza y fijeza y algo menos de la movilidad requerida. Hubo naturales chispeantes de empaque y hondura, pero no conjunción, ni profundidad, ni la emoción de las faenas redondas. Fue una labor intermitente, en la que lució más el toro —embistió siempre desde lejos, presto y con largo recorrido—, y, sin duda, mereció más de lo que recibió.

A Curro Díaz se le vio apresurado, eléctrico, tenso, sin pellizco ni embrujo. Vamos, que no era su momento. Lo intentó de veras, y siempre con la mano de la verdad, pero el cuadro resultante era para borrarlo y comenzar de nuevo. El brochazo final fue un bajonazo infame. En fin, que lo no puede ser, no puede ser…

Dice el parte médico que Ureña sufre traumatismo en rodilla derecha con inestabilidad ligamentosa. Nada para lo que le podía haber ocurrido. Acababa de salir el quinto, y cuando pretendía recibirlo con el capote, se le vino materialmente encima en una fracción de segundo. El torero trató de tomar el olivo —saltar al callejón—, pero no tuvo tiempo. Quedó con los pies en el estribo y medio cuerpo sobre las tablas, lo que aprovechó el toro para intentar ensartarlo como un espeto de sardinas. Felizmente, lo atropelló con la testuz y no con los astifinos pitones, pero el golpe fue tremendo. Tanto es así que el torero quedó desmadejado para el resto de la lidia.

A pesar de su maltrecho estado físico, tuvo agallas para trazar una meritoria tanda de redondos —la primera—, antes de que el toro se viniera abajo, lo que no impidió que dictara una lección de pundonor feamente coronada con la espada. Algo parecido le sucedió con el estoque en el segundo, un animal que carecía de fortaleza y clase.

Muchos pases dio López Simón al noble tercero y no dijo nada, porque a todo su quehacer le faltó olor y sabor. No tenía nada que decir el torero, o tampoco tenía cerca la inspiración. Sí dijeron, y mucho, Domingo Siro y Jesús Arruga con las banderillas, y el picador Tito Sandoval, acertado en su turno. El sexto no podía con su alma, y el torero madrileño acabó de confirmar que padece un problema de comunicación. Su casillero de mensajes está vacío.

MONTALVO / CURRO DÍAZ, PACO UREÑA, LÓPEZ SIMÓN

Toros de Montalvo, bien presentados, astifinos, mansos, nobles y muy blandos. Destacó el cuarto, bravo en el caballo, alegre en banderillas y con clase por el pitón izquierdo.

Curro Díaz: pinchazo en los costillares, bajonazo y dos descabellos (silencio); bajonazo (división de opiniones).

Paco Ureña: estocada atravesada que asoma y un descabello (silencio); pinchazo y estocada que asoma (silencio).

López Simón: estocada desprendida —aviso— (silencio); media tendida (silencio).

Paco Ureña sufrió un traumatismo en la rodilla derecha, pendiente de estudio radiológico.

El banderillero Manuel Muñoz sufrió una herida de 20 cm. en el muslo izquierdo, que contusiona el nervio ciático y causa destrozos en los músculos isquiotibiales. Pronóstico grave.

Plaza de Las Ventas. Quinta corrida de feria. 15 de mayo. Lleno aparente (22.085 espectadores). Asistieron el Rey emérito, Don Juan Carlos, y la infanta Elena.



Publicado en El País 

FERIA DE SAN ISIDRO: Ángel Otero, torerísimo en banderillas


David Mora escuchó los tres avisos y una bronca tras fallar reiteradamente con el descabello

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Por Antonio Lorca.

Cuando Ángel Otero, miembro de la cuadrilla de David Mora, levantó los brazos en los medios de la plaza y llamó la atención del segundo toro de la tarde, Las Ventas guardó el silencio que demandan las grandes ocasiones. Su oponente lo esperaba en la raya del tercio, y la preocupación general tenía más que sobrados motivos. El toro, manso de libro, huidizo y acobardado, de violentísimo y dificultoso comportamiento, se engalló, lució al cielo sus astifinos e inició un veloz y fiero acercamiento hacia su presa.

Se presagiaba que algo grandioso o dramático estaba a punto de suceder. El hombre, engrandecido en su propia heroicidad ante la mirada inquisitoria y admirativa a un tiempo de miles de corazones encogidos, corrió hacia el toro y en una fracción de segundo, de esas que parecen eternas, se produjo el encuentro entre la fuerza bruta del toro y la inteligencia torera del banderillero. Cuadró Otero a la distancia y el momento justos, levantó los brazos con gallardía, y en ese instante fugaz en que el animal busca con codicia el pecho del hombre, clavó en todo lo alto un vibrante par de banderillas mientras la plaza entera respiró, se levantó, aplaudió y gritó, todo a un tiempo, como expresión de una conmoción y un descanso, también, ante el evidente peligro que se avecinaba y la claridad de ideas del torero. La ovación fue ensordecedora, como tenía que ser. Las Ventas acababa de vivir uno de esos momentos por los que merece la pena ser aficionado a los toros. Un grandioso par de banderilleras, un destello taurino para la historia y un recuerdo imperecedero.

Ese toro tuvo su aquel. Salió de toriles huidizo y corretón y no obedeció al capote de su lidiador. De pronto, se acercó a las tablas, y dio un salto con evidente intención de averiguar lo que se escondía en el callejón. No alcanzó su objetivo, pero introdujo la cara, con sus astifinos pitones, y su largo cuello. Un alguacilillo que oteaba el horizonte a un par de metros, se quedó petrificado. No era para menos. Pero el asunto fue a más. Curioso el animal, se olvidó del capote de Mora, volvió a tablas, tomó esta vez un nuevo impulso y consiguió meter casi todo el cuerpo en el callejón. No tuvo la fortaleza suficiente para superar la altura y cayó en la arena como un fardo con toda su pesada anatomía. No se rompió por fuera, pero el porrazo sonó ¡plommmm!, y vaya usted a saber los destrozos que hizo por dentro. Este segundo suceso acaeció frente a una pareja de la Policía Nacional, bien resguardada en un burladero, y para los servidores públicos quedó el susto.

Además de la torería de Otero y la áspera mansedumbre del toro saltarín, poco más sucedió en el ruedo. Bueno, según se mire. David Mora escuchó los tres avisos en el quinto tras protagonizar un penoso sainete con el descabello a un toro noble y soso con el que no llegó a entenderse con la muleta cuando se esperaba faena grande. Decepcionó Mora ante un toro noble pero no tonto que exigía una muleta firme que no encontró. Había brindado la faena del manso segundo, pero ni el toro quería embestir ni el torero mostró la confianza necesaria. Fue despedido de la plaza con una gran bronca, como mereció su olvidable actuación.

Cinco grandes verónicas, de menos a más, ganando terreno en cada una de ellas, y firmadas con una gran media en el centro del ruedo fue lo notable de una actuación tristona de Diego Urdiales. Se las vio, en primer lugar, con un toro con clase y sin fuerzas con el que dibujó una preciosa tanda de redondos y un par de naturales en una labor incompleta y con destellos deslumbrantes. Algo importante faltó, y todo quedó desmadejado. Manso y sin calidad fue el cuarto y todo acaeció en silencio.

Garrido tampoco tuvo oponentes aptos para el triunfo. Demostró de nuevo, eso sí, que maneja el capote con soltura, hondura y gracia, y que le sobran entrega, agallas y constancia para intentar el triunfo. El tercero no se tenía en pie y llegó a echarse en la arena en el curso del último tercio; volvió a colocarse en el sitio ante el sexto, al que le robó algunos muletazos estimables antes de que el público, cansado de tanta blanda mansedumbre, le obligara a que montara la espada.

EL PILAR / URDIALES, MORA, GARRIDO

Toros de El Pilar, bien presentados, astifinos, blandos, mansos, nobles y descastados

Diego Urdiales: metisaca _aviso_ estocada y cuatro descabellos (silencio); estocada (silencio).

David Mora: pinchazo, pinchazo hondo y tres descabellos (silencio); media estocada _aviso_, nueve descabellos _2º aviso_, y siete descabellos _tercer aviso_ (gran bronca).

José Garrido: estocada baja (silencio); estocada (silencio).

Plaza de Las Ventas. Tercera corrida de feria. 13 de mayo. Casi lleno (19.538 espectadores).

Publicado en El País