Archivo de la categoría: San Isidro 2017

@Taurinisimos 111 – Feria de San Isidro, 2017. Gines Marín, Puerta Grande. Entrevista Luis Francisco Esplá.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 26 de Mayo de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Producción Miguel Ramos. Operación Abraham Romero.

Actualidad Taurina. Plaza de Toros Monumental de Las Ventas, Madrid, San Isidro 2017. Semana Taurina.

Puerta Grande, Ginés Marín.

Faenas de Sebastián Castella, El Juli, Antonio Ferrera, Alejandro Talavante, Diego Ventura, Jesús Enrique Colombo. Toro “Hebrea” de Jandilla, vuelta al ruedo.

Enlace Jonathan Aguilera desde Madrid, Periodista Taurino.

Entrevista Luis Francisco Esplá con Luis Ramón Carazo.

Recuerdo. 1997 José Tomás y “Corchito” de Alcurrucén, Puerta Grande. XX Aniversario.

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 2 de Junio de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

FB/Taurinísimo

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Decimotercera de Feria: A Julián le crecen los enanos (léase los jóvenes)

Por José Ramón Márquez.

Llegando Julián, no falla, siempre hay cosas. Es que no falla. Para su única actuación en San Isidro no se vayan a creer que el chiquitín de San Blas buscó la confrontación con Manzanares o con Talavante o con Ponce o con Roca, nada de eso. 

Como se le va pasando el arroz y por edad ya le tocaría ir abriendo carteles, que nació en el 82, el año del indulto de Belador y de la corrida del siglo, se ha buscado la triquiñuela de poner a uno al que dar la alternativa para que se coma el inicio de la tarde, romper el frío y hacer de prólogo, y como quien hace un cesto hace ciento pues su magín caviló que, ya puestos, mejor dos que uno y el tío se montó una corrida ad hoc con dos actuaciones en el papel de poderdante lo cual le abría ampliamente, a su modo de ver, las posibilidades de poder franquear la Puerta Grande de Madrid subido en el cogote de un capitalista. Parece ser que su obsesión es abrir al precio que sea la Puerta Grande de Madrid; lo mismo que el Capitán Cook estaba obsesionado por llegar más lejos que ningún hombre, Julian el Poderdante está obsesionado por tener al menos una Puerta más que Morenito de Maracay, inolvidable Pepe Nelo, con quien hasta el momento está empatado en salidas como matador.

Para que el contubernio fuera completo hacían falta dos toreros, que en este caso fueron Álvaro Lorenzo y Ginés Marín, un Presidente que tenga un hijo torero, en este caso don Justo Polo, un adiestrado tiro de benhures de la mula que hayan educado a los animales en el paso milímetro a milímetro, en el llamado paso de la ameba y, además, un anónimo colaborador que tarde lo suyo y más en abrir la puerta de arrastre por donde deben salir los benhures. De todo eso dispuso el Julián, convencido de que sería capaz de descerrojar la salida a base del llamado “una más una”: esa fórmula que ha dado tan buenos resultados para ir colando, como quien no quiere la cosa, salidas triunfales de bajo vuelo y nulo recorrido. La ocasión estaba diseñada como la Operación Overlord y aunque la cosa salió más en plan Operación Over and Over (again), nadie puede negar la alambicada urdimbre que se trajo Julián de su casa a ver si era capaz de echar abajo la puerta ésa que, al decir de los que le conocen, tantísimo le obsesiona. Los toros, de Alcurrucén, que es ganadería muy larga y con multiplicidad de productos; encaste Núñez, como es bien sabido.

El primero, Fiscal, número 25, le tocó a Álvaro Lorenzo, de Toledo, nuevo en esta Plaza. El animal arrebató el capote de las manos al matador en los lances de saludo y tras un aceptable paso por las manos del jinete y de los rehileteros se dispuso a dar su Do de pecho en la muleta del toledano. Antes asistimos a la proyección de El Padrino Parte I al lado del burladero del 9 con intercambios, besamanos y zalemas usuales en estos casos. La cara que presenta Álvaro Lorenzo es la que se esperaba en la tarde de hoy, otro torero más en cuyas maneras no se percibe rasgo alguno de personalidad, anegado en la escuela del neotoreo. Como es habitual plantea su trasteo por afuera, al estilo de los aficionados prácticos, y entre sus muletazos va cosechando una gavilla de enganchones que deslucen su labor ya de por sí poco lucida. Da la impresión de que ni él mismo sabe a qué ha venido, acaso superado por las emociones de tan crucial tarde para él. En un derrote Fiscal le quita la muleta, la herramienta de trabajo, y mientras Álvaro Lorenzo deshoja la margarita de su primero Julián en el callejón se retuerce toreando de salón para sí. El final de la actuación de Lorenzo termina en arrimón, como nos imaginábamos, trata de dar el invertido pero el toro dice que nones, se queda clavado en la pala del pitón en un parón y finalmente deja un bajonazo en las carnes de Fiscal como para llamar a la fiscalía.

A continuación le toca su cameo a Castañuela, número 91. Julián decide demostrar su poderío, tan cantado por los rapsodas, y despliega su capote para demostrar que se puede ser poderoso incluso cediendo el terreno al toro. Castañuela sale corriendo ante tal despliegue de poder y corre hacia el picador de reserva, que le sujeta, y luego dándose una carrera hasta el de tanda a su libre albedrío para hacer ver que Julián no estaba por lo de la dirección de la lidia. En banderillas se pone de manifiesto que una buena cuadrilla cuesta dinero y que Julián no está dispuesto a pagarlo. Después asistimos a la proyección de El Padrino Parte II al lado del burladero del 9 con intercambios, besamanos y otras zalemas. Julián se lo saca… ¿con poderío? hacia el tercio y sigue en su línea de poderío construyendo su faena a base de poderosos derechazos bien por las afueras y de series dadas porque sí, como mera demostración de poder, a condición de no cargar la suerte, que eso resta poderío. Luego el toro le quita la muleta, la herramienta, pero eso no es importante porque ahí está Julián con sus carreritas, aunque hoy ha hecho menos que otros días, toreo de runner, pasándose el toro lo más lejos que puede y dejándolo por allá, ensayando el invertido, recorriendo todas las partes de la Plaza, un ratito aquí, otro ratito allá, para, finalmente, recetar un julipié caído, que la bondad del pueblo convierte en la primera oreja del 1+1 con la ayuda principalísima de los benhures de la mula.

Asoma un castaño y ya sabemos que en el ruedo está Favorito, número 60, de carácter algo parado y distraído, que lo que queremos es ver cuanto antes la proyección de El Padrino Parte III al lado del burladero del 9, esta vez con algo de frialdad en los modos. El poderdado es Ginés Marín, de Jerez de la Frontera, nuevo en esta Plaza. Ginés plantea la misma tauromaquia que Julián, pero con bastante mejor tipo. Donde Julián es bajito y culibajo, Ginés es esbelto y elegante; donde Julián es tosco y basto, Gines es fino y delicado; donde Julián es mayor, Ginés es joven. Lo del muleteo, lo mismo que los anteriores, con las salvedades dichas y pondremos aquí el cite en cinco fases: 1) ponerla donde el toro no va, 2) moverse a donde se sabe que tampoco va, 3) moverse a donde el toro se da por enterado de la presencia del torero, 4) ponerse donde el toro va a ir, 5) citar y comenzar la serie. La cosa acaba con una ensalada de medios y cuartos de pase… un perfecto julibis con mejores hechuras. Un pinchazo desprendido, un pinchazo tendido y luego otro y un descabello acabaron con Favorito.

Antes de asistir a la proyección de El Padrino Parte IV al lado del burladero del 9 ya con evidentes signos de hartazgo de tanto toma y daca, vimos las fatiguitas que paso José Antonio Barroso para hacerse con los mandos del aleluya que montaba en las dos entradas al caballo de Cornetillo, número 177; lo de las banderillas es inenarrable. ¡Menuda cuadrilla la de un figuras como Julián! Y es que para tener una buena cuadrilla hay que pagarla, Julián. La faena, como es costumbre, basada en ejercicios lumbares, carreritas, echar el toro como quien tira una servilleta en el suelo de un bar, ratonería con quinquenios y de pronto, oh, milagro, un natural, un auténtico y buen natural de Julián, que anotado queda. Después aguanta un terrorífico parón en el que el torero está en la oreja derecha del toro, toda la cabeza pasada, que entusiasma a las gentes. Ya casi puede tocar Julián la llave de la Puerta Grande: el 1+1 ha funcionado, pero hay que matar y ahí se le atraviesa el julipié, pinchando, luego otro dejando una baja trasera. Todo se enfría y Julián se queda sin su Puerta 1+1, porque 1+0 es 1.

Allá se fue Álvaro Lorenzo a practicar el toreo, o lo que sea, con el quinto, Peleón, número 170 un Núñez muy ensillado al que los peones habían dejado como un acerico con banderillas por diversas partes de su corpachón. Después de Julián Lorenzo brilla porque aunque la faena que propone es la previsible faena post-juliana basada en la ausencia de verdad tiene mejor tipo y es más fresco en su destoreo, al ser más joven. Termina con el Canónico arrimón que todos hacen a los toros que no inspiran miedo y lo mata de una gran estocada, marcando tiempos lentamente y dejando una entera hasta la gamuza ligeramente atravesada. La estocada de la feria hasta ahora, porque no ha habido otra.

Y de postre ahí tenemos de nuevo a Ginés Marín, esta vez con Barberillo, número 117, toro corto que apenas si cumple en varas y de óptimas condiciones para la muleta, con una bonita embestida y un tranco alegre, nada cansino. En este toro se revela la inteligencia de Ginés, que en seguida ve las condiciones del toro, sus ganas de embestir a la distancia, su manera de meter la cara y, sin dudarlo, pone en marcha una faena basada en los mismos principios que todas las del resto de la tarde con dos derivadas, que diría un tertuliano de la radio: de un lado la inteligencia del torero en hacer series muy templadas, verticales y muy bien ligadas, con el toro siempre en movimiento, que es lo que más puede gustar a los públicos actuales, y a continuación finalizar la serie en una fantasía de tres o cuatro remates consecutivos, una trincherilla, un molinete, uno del desprecio y uno de pecho pongamos por caso. El chico pone en ebullición la Plaza con esa claridad de ideas y tiene la cabeza fría como para juntar sus cuatro o cinco series, todas de similar jaez, y en seguida ir a por el acero, dar otra serie de similar remate de fantasía y luego una estocada baja que tira al toro y pone en sus manos las dos orejas que vino Julián a buscar. Ginés, no nos engañemos, ha toreado sobre los mismos argumentos de Julián, pero ha sido capaz de amalgamar a la perfección una faena inteligente y a favor de su obra de la que su valor más elevado es su condición densa, con algunos retazos de calidad algo incierta.

Se fue Julián por la puerta de caballos. Junto al burladero del 9 a Ginés Marín le esperaban las anchas espaldas del Yiyo de Yunquera de Henares para sacarle a hombros hacia la calle de Alcalá, a cumplir su sueño.

Fuentehttp://salmonetesyanonosquedan.blogspot.mx/2017/05/decimetercera-de-feria-julian-le-crecen.html?m=1

Feria de San Isidro: Un corridón de toros


Por Antonio Lorca.

Quizá sea exagerado el titular, sin duda, pero pretende expresar que fue una corrida distinta, novedosa, sorprendente y, sobre todo, torista en el mejor y más amplio sentido de la palabra. Es exagerado porque el quinto fue devuelto por su manifiesta invalidez; es exagerado porque solo un toro, el segundo, de nombre Hebrea, fue sencillamente extraordinario y recibió los honores de la vuelta al ruedo. Pero valgan esas cuatro palabras porque encierran la experiencia de una corrida en la que embistieron todos los toros, incluido el sobrero de Salvador Domecq; cumplieron sobradamente en varas —de largo y con alegría el segundo, el tercero, el quinto y el sexto—; fueron todos alegres en banderillas y permitieron el lucimiento de Chicote, José Chacón, Domingo Siro, Jesús Arruga y hasta del propio Paquirri, que banderilleó al cuarto. Y embistieron de largo, con nobleza y clase en el tercio final los seis. ¿Quién puede pedir más? Un corridón de toros, aunque pueda parecer exagerado.

El mejor, sin duda, el segundo, el tal Hebrea, de 527 kilos de peso, bien presentado y astifino como toda la corrida. Tuvo defectos, pero hubiera sido indultado en cualquier plaza. Acudió presto en los dos encuentros con el caballo, aunque bien es verdad que no hizo una gran pelea; dobló las manos en el quite de López Simón, y escarbó en varios momentos de la lidia. Pero fue un toro de bandera por su casta desbordante, por su movilidad, su poderío, su fijeza y humillación; en una palabra, por su calidad exuberante en las banderillas —vistoso y alegre galope—, y en el tercio final, de incansable embestida, mejor por el lado derecho que por el zurdo. Era un espectáculo el noble y fiero ímpetu con el que el toro buscaba la muleta, al tiempo que su encastada nobleza realzaba todo el quehacer del torero.

Fue uno de esos toros que justifican una afición y la dedicación y el sacrificio de un ganadero. Un toro para recuperar la esperanza, una vez más, y confirmar de nuevo que el toro bravo y encastado es el protagonista indiscutible de esta fiesta. Cuando hay toro, surge la emoción.

Hebrea recibió los honores de una solemne vuelta al ruedo en la que Las Ventas le rindió sentido homenaje al héroe triunfador.

Pero no fue el único toro bravo de la tarde. El tercero también acudió de largo al cite del picador, permitió el lucimiento de los banderilleros y repitió incansable a la muleta de López Simón. Y el sexto, otro toro bravo en el caballo, perseguidor en el segundo tercio y con las dificultades propias de la casta en la muleta. Repitió hasta la saciedad no sin ciertas asperezas.

Fue muy aceptable el lote de Rivera Ordóñez, nobles ambos, y con menos movilidad, quizá, que los demás en el último, aunque quedará para siempre la duda si fue problema de los toros o de la impericia de su lidiador.

Y fue magnífico el sobrero, que también dejó alto su pabellón ante el piquero, obedeció a los banderilleros y se lució en una faena tan larga como anodina de su matador.

En fin, que la corrida no tuvo más que un fallo: los toreros. Los tres tendrían que haber salido a hombros por la puerta grande, pero todo el premio se redujo a una solitaria oreja que paseó Castella del segundo. ¿Qué pasó? Pues que estuvieron mal; así de sencillo y concluyente.

Veamos: Castella quiso estar a la altura de Hebrea y no lo consiguió. Lo intentó con toda su alma, pero la calidad del animal era insuperable. En su haber, dos naturales circulares templados y hermosos, y muchos buenos pases que levantaron un clamor exagerado. En el quinto, quiso arrancar otra oreja, pero no pudo. Su faena fue larga, irregular y deslavazada, muy lejos de la calidad de su oponente.

López Simón está en horas bajas. Ayer naufragó en sus dos toros, desvaído, insípido, anodino, aburrido y superficial. Tuvo dos toros de premio y los dos desaprovechó.

Se despidió Rivera Ordóñez. No está para estos compromisos. Quiso y eso es todo. Lo intentó de veras, pero su corazón no le permitió heroicidades. Adiós, muy buenas, y que dé las gracias a quien deba por el favor recibido.

Banderilleó al cuarto con voluntad y acierto y fue lo mejor de su actuación.

Fue la suya una despedida sin alma, sin afecto, sin un abrazo; una despedida sin alegría. Vamos, que podía haberlo hecho con un mensaje de Twitter y se hubiera ahorrado el mal trago.

La corrida de hoy

Toros de El Torero, para Joselito Adame, Francisco J. Espada y Ginés Marín.

FERIA DE SAN ISIDRO: Ginés Marín, por la puerta grande 


Por Antonio Lorca.

Salir a hombros por la puerta grande el día de la confirmación de alternativa es el premio gordo con el que sueña todo el que se viste de luces. Y se lo ha llevado el joven Ginés Marín no porque jugara a la lotería, sino porque se encontró con un toro —el sexto de la tarde— excepcional para la muleta, y se entretuvo en realizar una faena primorosa de principio a fin, preñada de ritmo, compás, armonía, largura, profundidad y elegancia. Un compendio, en fin, de torería. La plaza vibró, rugió y se conmocionó ante el derroche de belleza que brotó de la pronta embestida, profunda, desbordante de clase y transmisión de un toro incansable a la hora de perseguir la muleta con fijeza y humillación. Un toro para la triunfal consagración o la derrota definitiva de un torero.

Por fortuna, la ilusión y la fortaleza de Marín, torero de la nueva hornada, se encontraron con la inspiración artística, y entre todas dibujaron una obra de arte que ha devuelto la alegría a los entristecidos tendidos de Las Ventas.

Recibió Marín al toro con unas aseadas verónicas; derribó en el primer puyazo y no confirmó su supuesta bravura en el segundo, fue pronto en banderillas y ofreció un derroche de calidad en el tercio final. La primera tanda con la mano izquierda hizo presagiar lo mejor: magníficos naturales, largos, bellísimos, coronados con una preciosa trincherilla y un pase del desprecio. Un natural grande —sobrenatural—, en la siguiente, cuando ya el toro, Barberillo de nombre, de 528 kilos de peso, había desnudado sus cualidades delante de todos. Templadísimo resultaron los redondos posteriores, nacidos de una total simbiosis entre toro y torero.

La plaza disfrutaba como casi nunca, después de tanto hastío continuado, y aún quedaban destellos de toreo excelso, otro natural inmenso, un molinete, un largo pase de pecho… Y el toro que se siente agotado, exprimido, y se quiere marchar de la pelea.

Una estocada casi en el hoyo de las agujas, pero de efectos fulminantes, hizo que los tendidos se poblaran de pañuelos y Marín paseara merecidamente dos orejas que lo aúpan al podio de los grandes triunfadores.

Pero pasaron más cosas. El propio Marín realizó una faena de menos a más, plena de disposición y entrega, a un toro aplomado, noble y blando que se lidió en tercer lugar.

Y algo mejor: El Juli a punto estuvo de acompañar a Marín en la salida a hombros si mata a la primera a su segundo toro. No le sobra exquisitez a este torero, pero es una enciclopedia de conocimiento, en la que destacan el oficio y la experiencia. Le falta misterio y sensibilidad, pero es un derroche de técnica y poderío. Así lo demostró en sus dos toros. Le cortó la oreja al primero, un animal exigente, al que superó en todos los terrenos; y volvió a dictar otra lección de maestro ante el cuarto. Absolutamente parado en el tercio de banderillas, se transfiguró ante el imán de la muleta de El Juli, que se lo llevó al centro del ruedo y allí le mostró los secretos de la lidia.

Lo enseñó a embestir, la muleta siempre en la cara, y dibujó redondos enjundiosos y un manojo de naturales largos y hondos. No tenía más fondo el animal, que, incluso, llegó a derrumbarse en la arena, pero el torero exprimió las pocas gotas de casta restante con un arrimón final y un par de adornos muy bien vendidos al respetable, que estalló en una ovación clamorosa. Si mata a la primera, que no fue así, hace acto de presencia la polémica, porque El Juli hubiera salido a hombros tras una doble actuación poderosa, aunque no redonda ni completa.

Si alguna objeción se le puede poner a Álvaro Lorenzo es su pesadez. La cantidad nunca es sinónimo de calidad ni el cansancio de alegría. Se le vio suelto, firme, con gracia, con sentido estético y empaque. Se le vio que atesora maneras que pueden dar que hablar. Decepcionante y de corta embestida fue su primero, al que no encontraba el momento para la suerte final; y dejó la impronta de su buen gusto ante el sexto, al que muleteó con prestancia y temple sin que el asunto llegara a más.

Alcurrucén/El Juli, Lorenzo, Marín

Toros de Alcurrucén, bien presentados, mansos y muy nobles. Sobresalió el sexto por su movilidad, clase y transmisión.

El Juli: estocada caída (oreja); pinchazo, casi entera baja y un descabello (ovación).

Álvaro Lorenzo, que confirmó la alternativa: estocada caída (ovación); estocada —aviso— (ovación).

Ginés Marín, que confirmó la alternativa: tres pinchazos —aviso— y un descabello (ovación); estocada (dos orejas). Salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de Las Ventas. Decimoquinta corrida de feria. 25 de mayo. Lleno (23.007 espectadores).

Fuente: El País

Entrevista: “El Toro prosperará siempre.” Luis Francisco Esplá con @Carazo_TDN.

De nueva cuenta, entre el trajín isidril y el recuerdo de la torre añeja, Luis Ramón Carazo conversa con un personaje que no requiere introducción alguna, Luis Francisco Esplá habla, principalmente, de un hecho que se hizo, malamente, tópico en México: si La México es “festivalera”, todas las plazas tienen algo de ello. En una declaración, que es más que una necesaria aclaración, las cosas quedan claras 33 años después. Esplá nos regala varias perlas, con su torería y arte sin iguales en un imperdible encuentro.

Por: Luis Ramón Carazo. ENTREVISTA. De SOL Y SOMBRA. Madrid.

Son 33 años desde que Luis Francisco Esplá confirmó en la Plaza México.

Aquel día, Ricardo Sánchez cortaría un rabo a “Capitán” de De Santiago y Luis Francisco Esplá no tuvo la suerte deseada. Y peor aun, el santo de espaldas por una declaración que no explica la ausencia de 20 años de suelo mexicano (reapareció en Guadalajara en 2004) sin que hubiera vuelto a La México jamás.

Y este prejuicio dejó no a Esplá sino a La México sin ver al alicantino.

Por ello es momento de escuchar al mítico diestro al que vemos ahora en Madrid, ya retirado de las lides taurinas salvo la esporádica aparición del año pasado, siempre artista, siempre culto y siempre en torero.

Que lo disfruten.

Twitter: @Carazo_TDN.

FERIA DE SAN ISIDRO: El extraño caso de Talavante


Por Juan Diego Mudeño.

Nenito tenía la negrura de un túnel. Alto, montado, el morrillo era una pelota erizada, todos los caracoles oscuros repartidos en la esfera que hacía de muelle. El mate de los pitones lavado y fino. El interior, una incógnita. Un fuego en las tripas calentaba sin quemar el carbón. A su aire saltó a la plaza. Ahí iba sin detenerse en casi nada ese tío de Cuvillo. En el ‘7’, convertido esta tarde en plaza de abastos coordinada, con guión, la jauría mutó en murmullo. Volvieron a retomar las protestas de inmediato -quién los dirige, qué sombra los gobierna- justo al rozar Nenito el peto. No quiso pelea, yéndose de la montura, olvidándose, escurriéndose hacia la izquierda del estribo. Pero volvió. Y empujó moviendo por toda la cal la catedral que se le echaba encima. Las lenguas de fuego asomaban por la nariz.

Hervía el combustible cuando se lanzó a la aventura de la muleta. La locomotora en marcha. Talavante lo esperaba con la seguridad convertida en facilidad. Así de simple, tendida la muleta como un cordaje. Sube, que nos vamos. La respuesta fue una trazada interior de la bicha en el siguiente muletazo. Nenito y Talavante se dieron una tregua de dos trincherillas y un pase de pecho. La acometividad y el celo desbordaron la siguiente serie en una primavera de bravura. 

Talavante ordenaba con la serenidad de torear un huracán. Cuando el trazo se redujo, justo el instante en el que las bambas lo enganchaban, para empezar a redondear, trastabillaron ambos y la caída del matador pisó el cable. Apagón. A tientas prendió la derecha. Vino una bocanada de aire caliente. No falló Nenito un uppercut directo a la rodilla. Silbó otra vez velocísimo y con el matador todavía en el aire, medio prendido, a punto de caer, escupió siete derrotes en uno. A merced, Talavante se levantó escapando de aquel callejón lúgubre, herido. Una lámina de sangre bajaba por la mirilla taladrada en el muslo. Rechazando un torniquete volvió a la cara. La expectación se palpaba. Se miraban las gentes. Crepitaba la plaza en frecuencia baja. Esta vez al natural hubo la intensidad del encuentro. Reunida la serie. La gavilla de naturales que la siguió elevó al matador, por fin en su velocidad, el trazo como liebre. Un pase de pecho a pies juntos rindió definitivamente a los 24.000. Nenito no vio venir la espada. Talavante lo esperó. La estocada decantó los puntos y Talavante cruzó el ruedo agarrando el trozo de cuvillo, una oreja como premiazo, cicatriz y recuerdo de la batalla.

El extraño caso de Talavante tuvo el piloto con el segundo. Otro jabonero, como el año pasado. Lo pitaron nada más verlo. Está claro que en Madrí es imposible lidiar toros bonitos. Las hechuras medidas, el trapío desde el rabo, con esa cola peluda y rubia. Los pitones le daban el perfil, no lo tapaban. Al ‘7’ hay consideraciones que se le escurren. Resultó que Tristón no lo fue. Talavante se puso a torear de inmediato. Otra faena de idas y venidas. Es raro como consiente tanto a los toros. Lo ve clarísimo y no le importa que lo rodeen. A la gente no llega tanto pero está pasando algo. Quizá no rompe pero tampoco está mal. No sé. Unas veces imponía su velocidad, otras no. El toro lanzaba un tornillazo como ariete. Destelló un cambio de mano. Pasó muy cerca el primer natural. Enganchados los muletazos a veces. Apretó en la última tanda por la derecha y esa serie transcendió por fin, apurando al toro, pero pinchó el raro acontecimiento de ventajas y mando.

Juan Bautista pidio calma a los irreductibles con la muleta montada, planchada. La protesta convertida en zumbido. Delante el bonito cuarto, un tacazo desde el sorteo. Le tocó, cómo no. El toro es verdad que estaba en el límite de fuerza. Flojeaba y lo sostenía a duras penas toda esa clase. Humillación, un final de muletazo girando la cara. Algún bien cantó más al toro. Iba de largo. Al natural las mejores embestidas, con el silenciador de la profundidad. Toreaba Bautista por fin en silencio. Los naturales con la derecha como si lo hubiera cuajado antes. Era complicado ese equilibrio de fuerzas, público y paciencia. Lo mató recibiendo.

Había quitado antes por una mezcla de crinolinas y gallosinas. Lo mejor la larga para dejar al salinero, una manta blanca sobre la piel salpicada de colacao, Tobillita en el caballo. No tuvo fuerza. Hizo las cosas bien. Bautista lo intentó rápidamente. No le obligó, estuvo asentado. El toro también. Dos derechazos relajados, suaves. Buscaba el francés y cuando encontró resultó tarde. Se había parado Tobillita. 
 

A Roca Rey, que tuvo peor suerte, lo estaban esperando. Libró una chicuelina suicida. Parado y renqueante el tercero, que soltaba la cara de pura impotencia. Hubo un atisbo. Y el sexto, más alto y veleto, se jodió las manos en el cambiado y sólo pudo matarlo: el puñetazo del acero lo apagó como una colilla, aplastada la panza contra la arena.

Ficha del festejo

Monumental de las Ventas. Miércoles, 23 de mayo de 2017. Décimo cuarta de feria. No hay billetes. Toros de Núñez del Cuvillo, 1º sin fuerza, emocionante el exigente 2º, 3º descompuesto, con clase el 4º, 5º encastado, se lesionó el 6º.

Juan Bautista, de grosella y oro. Estocada casi entera. Un descabello (silencio). En el cuarto, estocada algo caída en suerte de recibir (división de opiniones).

Alejandro Talavante, de pizarra y oro. Pinchazo arriba, buena estocada (saludos). En el quinto, estocada desprendida en la suerte de recibir (oreja).

Roca Rey, de azul noche y oro. Espadazo en el número (silencio). En el sexto estocada trasera (ovación de despedida).

Parte médico


Herida por asta de toro en tercio inferior de la cara interna del muslo derecho, con una trayectoria hacia arriba y hacia dentro de 20 centímetros, que produce amplio despegamiento de tejido celular subcutáneo sin afectación de plano muscular. Pronóstico reservado.

Fuente: El Español

Feria de San Isidro: Arrebato inconcluso


Por Antonio Lorca.


Foto: Kiko Huesca.

El diestro extremeño Alejandro Talavante con su segundo durante la corrida de la feria de San Isidro.

Alejandro Talavante, torero de hondo sentimiento e inspiración, tuvo un lote de puerta grande y solo cortó una oreja. Pobre balance. Y no porque sus obras maestras no fueran coronadas a ley, sino porque a sus dos faenas le faltó la grandeza que exigían los toros.

No fue, ni mucho menos, el mejor Talavante. Gustó, claro que sí, porque da pinceladas henchidas de color, pero no arrebató, ni conmovió ni puso la plaza a sus pies. En fin, que una tarde inconclusa la tiene cualquier artista.

Se llevo el lote de la corrida. Mansos los dos, como los demás, pero ambos toros se vinieron arriba en banderillas y llegaron al tercio final con movilidad, codicia y casta suficiente para poner en apuros a cualquier coletudo y ofrecer en bandeja un triunfo a un torero grande.

Talavante es de estos últimos, y de los que exigen, además, este tipo de ganaderías, sobre el papel cómodas y nobles; pero estos dos, además de un carácter bonancible, derrocharon fiereza, lo que viene a complicar la tarea de los artistas. No están acostumbrados ellos a tanto derroche de energía, a tanto motor en las entrañas, y, claro, algunos brochazos salen desdibujados.

Eso le ocurrió a Talavante. La faena de muleta a su primero fue de más a menos. En la primera tanda con la mano derecha el toro buscó con raza la muleta, y el torero salvó con honor ese primer encuentro, bien rematado con un cambio de manos, un molinete y el de pecho.

Repitió el animal por el lado contrario, enganchó el engaño y ya los muletazos no surgieron con tanta plasticidad. Mecánicos y acelerados resultaron los redondos siguientes, y, a partir de entonces, se deshizo el encanto. El toro siguió embistiendo, pero el torero ya no fue el mismo. La obra no quedó rematada. Ni el torero estuvo a la altura del toro, ni hubo conexión entre ambos. Mejor Talavante en los adornos que en el toreo fundamental, y quedó patente que la grandeza esperada no había hecho acto de presencia. Eso sucedió porque el toro era exigente, y ya se sabe…

De menos a más fue la segunda. Otro toro encastado, este con genio áspero, que le permitió, sin embargo, lucirse de entrada con unos naturales largos, que remató con una preciosa trincherilla. Perdió la muleta y resbaló en la siguiente tanda, también con la zurda, y, cuando citó con la mano derecha, el toro se quedó corto en el viaje, le levantó los pies del suelo y se lo echó a los lomos. Salió dolorido de la voltereta y sus compañeros le insistieron para que se dirigiera a la enfermería, lo que no consintió. El parte demostró después que la herida no era grave. Con el público enardecido (suele ocurrir tras una cogida), Talavante dibujó dos tandas de naturales de categoría antes de cobrar una estocada baja. Le concedieron una oreja tras una mayoritaria petición, y con el trofeo en la mano cruzó el diámetro de la plaza para ponerse en manos del equipo médico.

No tuvo suerte Roca Rey porque su primer toro fue el único que, de verdad, se paró a mitad de faena, y el sexto se lesionó gravemente tras dos pases cambiados por la espalda que rompieron materialmente al animal.

Se jugó el tipo, no obstante, con los ceñidísimos estatuarios con los que comenzó la faena al tercero, derecho el torero como una vela, asentado en la arena, que remató con un pase del desprecio y el obligado de pecho. Unos redondos más aguantó el burel antes de venirse abajo definitivamente por su falta de fuerza y ausencia de casta. Quiso Roca Rey jugar de verdad la última carta de la tarde, y, tras un quite por chicuelinas de Bautista, respondió con otro por saltilleras y gaoneras ajustadísimas, que desprendieron verdadera emoción. Brindó al público, llegaron los dos pases por la espalda, pero el toro quedó tan seriamente lesionado que se desplomó para siempre.

No fue el convidado de piedra Juan Bautista, pero así se quedó el respetable ante sus formas anodinas, frías e insípidas. Sus dos toros fueron nobilísimos y tontunos, de esos que los coge un artista y les hace encaje de bolillos. Pero Bautista no lo es, como la mayoría de los habitantes del globo terráqueo, y no dijo nada. Dio muchos pases, alargó la primera faena de manera innecesaria, pero no sintió nada. La historia se repitió ante el cuarto, y Bautista corroboró que es un torero sin alma que, no obstante, se lució con un variado repertorio con el capote.

La corrida de hoy

Toros de Alcurrucén, para El Juli, Álvaro Lorenzo y Ginés Marín (los dos últimos confirman la alternativa).

DEL CUVILLO/BAUTISTA, TALAVANTE, ROCA REY

Toros de Núñez del Cuvillo, justos de presentación, mansos, blandos y muy nobles. Destacaron segundo y quinto por su movilidad y raza.

Juan Bautista: estocada y un descabello (silencio); bajonazo (división de opiniones).

Alejandro Talavante: pinchazo y estocada (ovación); estocada baja (oreja).

Roca Rey: bajonazo descarado (silencio); estocada (silencio).

Parte médico: Talavate sufrió una herida en el tercio inferior del muslo derecho, con una trayectoria de 20 cms. que despega el tejido subcutáneo sin afectar a los músculos. Pronóstico reservado.

Plaza de Las Ventas. Decimocuarta corrida de feria. 24 de mayo. Lleno de ‘no hay billetes’ (23.624 espectadores).

Publicado en El País 

Las Ventas: 007


Por Jorge F. Hernández.

Fue tan insulso y desagradable el paso de los toros de Valdefresno sobre el ruedo de Las Ventas que sólo dan ganas de escribir sobre la muerte de Roger Moore, mejor conocido como James Bond y rendir un callado homenaje a las víctimas del enésimo ataque terrorista, ahora en Mánchester del Reino Unido.

007: cero la corrida de por sí parchada con sus propios hermanos de Fraile Mazas y cero las posibles ganas de reconocer lo poco que se esforzaban en hacer los toreros, banderilleros, picadores e incluso, once again, los cabestros capirote de Florito que se tuviern que llevar de vuelta al corral a dos blandengues de Valdefresno y 7, el tendido de los siempre inquietos que por hoy llevaban toda la razón en sus constantes críticas, aplausos de protesta y coros que exigen la presencia del Toro, el de veras, el que fuera bravo y noble, encastado, repetidor, galopante; el que hunde el hocico en la arena con embestidas de embeleso y siembra un respeto inapelable con su bravura a flor de piel, con el cara seria y los belfos cerrados y la mirada de lince… y todo eso que convertía a James Bond en el agente secreto con licencia para matar.

Never say Never, como una de sus películas podría ser el placebo para algunos buenos aficionados que se resignen a reconocerle cierto mérito a Daniel Luque ante el galimatías que le presentó un tal Perseguido del hierro de Carriquiri que parecía haber sido tentado cuando era eral y salió como sobrero para reconocer de memoria no sólo el ruedo y los burladeros, sino al picador con la vara. También hay que celebrar que Fortes se toma tan en serio lo de la torería que camina arrastrando las zapatillas como si lo pintaran al óleo y hay que reconocer esos cuatro naturales de rodillas con los que abrió su faena al infumable Cigarro de Valdefresno que no podía con el alma ni con los 521 de su desabrido encaste y creo que también habrá que reconocer el valor a toda prueba de Juan Leal, sobre todo en la rara geometría con la que tuvo que intentar pasar al agrio y acobardado Pomposico II, una calistenia que parecía triángulo isósceles y que estuvo a punto de costarle una cornada… una trama enredada, con los villanos cornudos sembrando desconciertos y si acaso, un par de banderillas, un par de puyazos como carga de caballería y un par de razones de puro valor y cierta vergüenza que tienen que mostrar los agentes secretos vestidos de oro, plata o pasamanería en azabache para salir airosos en la desgraciada y descastada película en la que han caído las corridas cuando son tan lamentables.

Fuente: El País