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Resurrección en Madrid. Puedo y no quiero de Díaz y quiero y no puedo de Garrido


Por José Ramón Márquez.

Para presentar esta corrida de toros del Domingo de Resurrección, mano a mano, los expertos en mercadotecnia de Plaza 1 organizaron un acto en el gimnasio Momo (sic), emplazado en la llamada Caja Mágica, recinto deportivo que se halla en el antaño temible barrio de San Fermín, situando a los toreros que se anunciaban dentro de un ring de boxeo. Acaso poniendo a Curro Díaz y a José Garrido dentro de las doce cuerdas, con el impar Matías Prats ejerciendo de speaker, pretendían dar al encuentro un aire de rivalidad, de desafío, de confrontación de estilos… Acaso pretendían dar la sensación de que había una tensión entre los protagonistas de la tarde, una especie de Mayweather y Canelo del toreo, que se trasladaría al redondel de Las Ventas para poder contemplar la decisión de cada uno de ellos por estar por encima del otro. De esto, como puede suponerse, no hubo nada. 
Prevaleció la visión contemporánea de los toreros como “compañeros” que ni se molestan ni se pisan la manguera, que eso va más acorde con estos mansos tiempos que vivimos, y por allí no asomó ni la rivalidad, ni el desafío ni ná de ná, no vaya a ser que alguno se lleve un berrinche. Mucho nos tememos que si en estos tiempos hubiese alguno que, al romper el paseíllo, se le ocurriese decir aquello de “¡Cornás pa tóos, hijos de p…!”, sería inmediatamente acusado de delito de odio y censurada de forma unánime en todas las redes sociales su ineducada y violenta actitud. Ya lo dice Morante, mientras besuquea la uña de un paquidermo: “Vivimos tiempos raros, complicados para los animales, no sólo para los humanos.” 

La otra parte del espectáculo, la que no estuvo en el ring de la Caja Mágica, eran los toros, que en principio eran los que tenían la cosa más complicada, como tan bien señalaba el inmarcesible artista de la Puebla del Río, pues la previsión era -y como tal se cumplió- de que ninguno de ellos volviese a contemplar en su vida terrenal los cercados de piedra de Los Vaenes, predios donde don Agustín Montes Díaz cuida el ganado que, procedente de una compra a Luis Algarra y a Francisco Medina, hierra con la eme, de Montes,y la de, de Díaz, y lidia en las Plazas con el nombre de El Montecillo. 
Volveremos aquí a reseñar la gran corrida que don Agustín soltó en Madrid el 2 de mayo de hace un par de años y lo poco clara que resultó la del Isidro 2016 para tomar un poco de carrerilla y ponerle los peros a la que se ha traído hoy a Madrid. 
Lo primero la presentación, que entre el más gordo y el más flaco había ciento setenta y cinco kilogramos de diferencia, que se dice pronto; lo segundo lo mansa tirando a descastada que ha salido, con toros saliendo sueltos de la vara a toda carrera; lo tercero lo tirando a blanda que resultó, ya que sin desplomarse ni mucho menos, tampoco dio la sensación de que los pupilos de don Agustín fuesen hercúleos titanes. La verdad es que no parece que el material visto en Madrid esta tarde sea como para que el mayoral se haya ido lo que se dice feliz, pues la cosa en comportamiento ni apuntó a lo juampedrero de su origen ni tampoco a la interesante variedad de comportamientos, viveza, dureza de pezuñas y seriedad de hace dos años. 
En descargo de los bóvidos digamos que no hubo durante toda la tarde el más mínimo sentido de la lidia, que se picó de pena, llevándose la palma de la inutilidad la incompetencia varilarguera de Javier García “Jabato hijo”, que Antonio Chacón recibió un puntazo corrido cuando entraba en el burladero del 10, acosado por el cuarto, Bordador, número 78, sin que hubiese por allí un capote para llevarse al toro y que hubo un toro, Campanita, número 40, que ofreció franca su embestida por si su matador se decidía a aprovecharla en beneficio propio.

En su primero Curro Díaz planteó una faena breve que no llega en momento alguno a cobrar vuelo, pero en la que quedan algunos retazos de la clase que atesora el jienense, sin que muchos se diesen cuenta. Venciendo su natural prevención hacia el toro, en seguida se queda quieto y ofrece su muleta de manera franca sin rectificar la posición, el medio pecho por delante, ligando dos muletazos. Es tan sólo un fulgor del toreo bueno, que no tiene continuidad en un trasteo en el que prima cierta desconfianza del torero, empeñado en no acabar el muletazo y fiando la solución de sus problemas a la inequívoca y torera estampa que compone Curro Díaz en su manera de estar en la Plaza. Mata de una estocada entera de buena ejecución.

Su segundo se llamaba Argentino, número 66, y lo mismo se podía haber llamado Barrabás, porque desde que lo recibió con la franela se vio que no tenía la más mínima intención de llegar a nada con él. Lo tuvo bastante claro y no anduvo pajareando, lo tocó por ambos pitones, no le gustó lo que vio y se echó a matar, esta vez con menos puntería que en el primero.

El tercero, un jabonero claro que atendía por Campanita, sirvió para poner a prueba la ambición de Curro Díaz. El animal se movía por ambos lados, acudió pronto a los cites y no hizo aspaviento alguno como para temerle más allá de lo que dicta la prudencia. Curro recibe a ese toro de manera muy personal con esos suaves trincherazos suyos, acaso más de acompañamiento que de mando, pero que ponen la Plaza a mil por hora. Ése es el momento en que Curro Díaz, en vez de profundizar en su toreo hacia adelante, buscando la hondura y el desgarro, opta por ceder la posición al toro, esconder la pierna de salida de manera inmisericorde y dedicarse a moverlo de acá para allá sin que se produzca el milagro del toreo, que una cosa es pegar pases y otra muy distinta torear. Con ese jarro de agua fría la afición se queda con un palmo de narices y la faena va despeñándose a menos y quedándose en una futesa. El toro se va sin torear, Curro Díaz firma una faenilla sin ambición de grandeza, óptima para un gache, y deja pasar la ocasión de pegar un aldabonazo fuerte en Madrid. Tuvo material y lo dejó ir. Y luego, con el estoque lo degolló.

Y GarridoJosé Garrido no se sabe qué demonios hacía en este ring. A Garrido la tarde le vino grande. En su primero, Virtuoso, número 84, le jalearon unos telonazos como al modo de verónicas que se dio el toro solo y yendo por donde le vino en gana y luego su labor se diluyó en la lidia y muerte del animal sin que nada reseñable ocurriese. El segundo, un castaño listón albardado bragado, Bordador, número 78, que desde el principio cantó la excelencia de su pitón izquierdo, le dio la oportunidad de entrar en la corrida. 
La lástima para él fue que el toro necesitaba que se le provocase metiéndose en su terreno, cosa que Garrido ni soñaba hacer, por lo que las posibilidades de mandar al tendido un inequívoco mensaje de decisión y de ganas se diluyeron como el azucarillo aquél de cuando había azucarillos. Garrido se obstinó en no ir donde el toro le respondía y el toro se empeñó en no ir donde el matador se la ponía, por lo que no hubo acuerdo. El sexto, Novillero, número 59, con Garrido fuera de la corrida, fue el mastodonte cárnico de 680 kilos, casi 60 arrobas, que era un pobrecillo que no se comía a nadie y bastante tenía con arrastrar sus lorzas. Ahí Garrido volvió a insistir en los mismos argumentos que en los anteriores sin que su labor llegase a emocionar ni a los más impresionables.

Luego, a la salida, había quienes se quejaban, pero al menos los que hicimos Domingo de Resurrección en Madrid habíamos visto algo parecido a una corrida de toros. 
Anda que si nos llegamos a quedar en Sevilla…

Fuente: Salmonetes ya no nos quedan

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Domingo de Resurrección: Reencuentro con la sevillana más guapa

Una mal presentada, descastada e inválida corrida de Núñez del Cuvillo entristeció una tarde luminosa

Por Antonio Lorca.

Es, sin duda, la sevillana más guapa. ¿Del mundo? Quizá; no es fácil conocerlas a todas, pero esta es de una belleza inmaculada, una preciosidad, de esas que te dejan sin habla. Y cuantas más veces la admiras, más te gusta. Vuelves cada año por estas fechas, y La Maestranza, -de la plaza se trata, qué se creían- se presenta vestida como una reina, limpia, perfumada, reluciente, coloreada de amarillo, blanco y rojo, de estreno y dispuesta para el noviazgo, una temporada más, con la fiesta que le da sentido a su existencia.

Sus buenos dineros se gasta la corporación maestrante en que parezca una sevillana en flor a pesar de su edad; y así, cada primavera abre sus puertas para gozo y deleite de todas las miradas, y se convierte en la pasarela más hermosa para el arte más sublime. Así es la rosa; así es la plaza de toros de La Maestranza de Sevilla, una obra de arte construida a trompicones, en tiempos distintos, sin el objetivo, quizá, de ser una belleza, pero lo es por obra y gracia de una milagrosa armonía.

Visitar esta plaza un Domingo de Resurrección luminoso como el de ayer es una gozada que no tiene precio; quien no la conozca que apunte en su agenda una próxima visita. No le defraudará. Merece la pena disfrutar con la sevillana más guapa. Vacía es una maravilla; llena, como ayer, transmite una impresión indescriptible. Qué pena que tan extraordinario escenario no albergara un espectáculo en consonancia con su categoría. Se inauguró la temporada con un cartel de postín: Morante, Manzanares y Roca Rey, con toros de Núñez del Cuvillo, una combinación perfecta para los aficionados toreristas que tanto abundan en detrimento de la exigencia del toro y el torero heroico.

A nadie sorprende que las figuras eligieran la ganadería gaditana, pues se aprobaron seis toros muy justos de presencia, nobles hasta la saciedad, y amuermados, descastados, inválidos y vacíos de bravura. Una corrida sin fuerza y bondadosa. Tonta e inservible hasta la exageración. Y de tal modo no es fácil que el arte se haga presente. Y mira que está fácil Sevilla, defecto que ya viene de lejos; mira que se aplauden vulgaridades, y se jalean momentos que hace poco exigían el silencio expectante. Pues ni por esas; no hay manera de entresacar secuencias de recordada emoción. Anda que no tiene ganas Sevilla de que triunfe Morante… 

Y él también, pero con estos toros tendrá que esperar, como espera cada año, que le salga el gordo de la lotería para mostrar sus esencias. Ayer, un detalle por aquí, otro por allá, y poco más. Decisión, mucha, con capote y muleta, pero, mientras persista con estos toros, nada. Lo intentó en su primero, distraído y sin fondo de casta, con cara de niño, y se justificó con algunos muletazos con la mano derecha. Se lució por delantales en un quite al tercero que cerró con una media cincelada con una lentitud tan sentida como imperceptible. Ante el cuarto volvió a intentarlo sin éxito ante otro animal inservible.

¿Y Manzanares? Decir que cayó de pie en esta plaza es quedarse corto. Sevilla lo arropa y lo empuja hacia el triunfo, y ayer no paseó alguna oreja porque falló con la espada ante el quinto. Su innata elegancia destaca aún más ante toretes infumables como los de Núñez del Cuvillo. Algo más se dejó el quinto, que no fue picado, como toda la corrida, y lo muleteó con nervio, despegado casi siempre y con una decisión muy agradecida por los tendidos. No acertó a la hora de matar y todo quedó en una cariñosa ovación. Desapercibido quedó en su primero, un muerto en vida.

Y se esperaba todo de Roca Rey. A pesar de lo que pudiera creerse, seguro, seguro que no habrá aprendido la lección, y en cuanto pueda volverá con esta ganadería. Es el sino de las llamadas ‘figuras’.
Lo intentó de principio a fin, intervino en quites por chicuelinas y con el capote a la espalda, intentó capotear de rodillas al sexto, pero toda su labor no pasó de decidida y discreta. Se dio un arrimón ante el tercero, que no merecía otra cosa, pues no permitía el toreo de muleta por su falta de fuerza y movilidad, y ni eso pudo intentar ante el último, inválido protestado, que urgía su paso a una vida más placentera.

Del Cuvillo/Morante, Manzanares, Roca

Toros de Núñez del Cuvillo, muy justos de presentación –el primero, anovillado-, mansos, descastados y muy blandos.

Morante de la Puebla: cuatro pinchazos _aviso_ pinchazo y media (silencio); estocada caída, tres descabellos y el toro se echa (ovación).

José María Manzanares: estocada (silencio); pinchazo y estocada _aviso_ (ovación).

Roca Rey: estocada (ovación); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de La Maestranza. Inauguración de la temporada. 16 de abril. Lleno de ‘no hay billetes’. Se guardó un minuto de silencio en memoria de los toreros Manolo Cortés y Pepe Ordóñez y del niño Adrián Hinojosa

Roca Rey.

Publicado en El País 

Plaza México: Reiteran su torería Juan Luis Silis y Pepe Murillo ante lotes complicados

Una entrada lamentable para la última corrida de la feria de la Cuaresma.

Por Leonardo Páez.

Hay espectáculos diseñados por malos taurinos, quienes intentan rebasar a los antitaurinos en su prisa por darle la puntilla a la incomprendida y manoseada fiesta de los toros, en México y en otros países.

En la vigesimoprimera y última corrida de la temporada grande 2016-17 en la Plaza México –grande en peso, no en bravura–, que debió haber sido uno de los festejos más interesantes no de la temporada sino de muchos años, pero que a la postre echó a perder el ganado –buenas intenciones no matan criterio–, comparecieron tres toreros sobrados de cualidades pero relegados por el voluntarismo de unos, la ceguera de otros y lo nefasto del sistema taurino.

Alternaron el hidrocálido Fabián Barba –37 años de edad, 13 de alternativa y tres corridas toreadas este 2017–, el tapatío Pepe Murillo –30, nueve de matador y este año una sola tarde, la del domingo pasado–, auténtica revelación de la temporada, que luego de casi una década de alternativa, una lucha porfiada y un despliegue increíble de paciencia –la ciencia de tu propia paz–, después de que en más de dos décadas la anterior empresa no vio ni oyó a tan dotado torero, y el capitalino Juan Luis Silis –36, ocho y una corrida este año, pues triunfar en la México ya no es como antes–, tras poderosa y templada faena en la primera de estas funciones de oportunidad, luego de estar a las puertas de la muerte, volver a salirle a exigentes toros de José Julián Llaguno en Pachuca y triunfar, como sus compañeros de cartel, tras años de ninguneos y complejos de promotores sin visión pero colonizados. Se lidiaron reses del hierro jalisciense de San Marcos, bien presentadas pero indefinidas de estilo, escasas de bravura y sobradas de genio –mansedumbre defensiva–, que a la postre dieron al traste con la disposición de los alternantes. Volvió a acudir escaso público, tan gritón como ocasional, más bien atorado en el concepto de la lidia con figurines importados y toritos de la ilusión.

Sosería inevitable

Si bien Fabián Barba pechó con el peor lote, su voluntad y pundonor no bastaron para remontar las condiciones de sus enemigos, aunque en tandas cortas lograra meter en la muleta a su primero, geniudo, reservón e incierto, para agradecer en el tercio, y cayera inevitablemente en la sosería de su segundo.

Pepe Murillo se gusta en su tauromaquia y gusta a los tendidos. Decidido y fino, ante el soso, tardo y débil primero del hierro de Valparaíso –al que dejó lucido cuarteo Gerardo Angelino, agradeciendo en el tercio-, Pepe consiguió un trasteo sobrio y meritorio por ambos lados a fuerza de colocación y mando, con más valor, idea y sello que muchos que torean 25 tardes al año. Dejó un pinchazo arriba, es decir, sin aliviarse en el embroque, y varios descabellos que enfriaron a la gente. Pero con su segundo, con más recorrido y transmisión, repitió un gran quite por gaoneras muy quietas, bajando la mano de la salida, y con la pañosa reiteró el arte de sentir y hacer sentir en naturales ceñidos y sentidos apenas valorados por la asamblea. Tras pinchar, salió al tercio a agradecer una fuerte ovación.

Juan Luis Silis no tiene toro aborrecido. Con su primero, bello, castaño, sosillo, supo sobreponerse a las ráfagas de viento y consiguió tandas por ambos lados, y con el cierraplaza, el menos malo del encierro, estructuró en el centro del ruedo una inteligente y poderosa faena empañada con dos pinchazos, lo que no le impidió recorrer el anillo en aplaudida vuelta. En México hay muy buenos toreros desconocidos; faltan buenos empresarios que los hagan valer.

Publicado en La Jornada 

Nadie rompe el mal fario de ganado y asistencia en la Plaza México

 

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El Payo.

 

  • Estilo de El Payo y faena de Juan Pablo Sánchez salvan festejos
  • En las corridas 5 y 6 las mansadas fueron de San Isidro y Julián Hamdan

Por Leonardo Páez.

Quién carajos escoge ganaderías y selecciona encierros para la Plaza México? Los que lo hicieron y lo hacen –¿apoderados, figurines, veedores, empresas?–, simplemente están enterrando el espectáculo iniciado en esta ciudad en 1526, hace apenas 490 años. Los taurinos seudopositivos culpan a los antitaurinos de las amenazas a la fiesta y exhortan a asistir a la plaza, no obstante los consecutivos fiascos de ganado y combinaciones de toreros.

Jamás imaginaron los aficionados pensantes –han de quedar como 23– que ofrecer corridas de toros en la Plaza México se volvería ciencia, fórmula complicada o manual de iniciados, excepto cuando la postmodernidad rebasó a la sensatez y suma de esfuerzos que en otros tiempos propiciaron el avance y las expresiones de este país.

–¿Qué querían, trapío o movilidad? –preguntó un sofista y además villamelón.

–Oiga, ¡queremos ambos!, porque la fiesta sin bravura se convierte en basura –atajó una aficionada de cepa –y añadió: si los prósperos empresarios que sustituyeron a otros al frente de la plaza luego de dos décadas no entienden que la gente quiere emoción y rivalidad a cargo de toros y de alternantes, la Unesco nunca va a reconocer a la tauromaquia como patrimonio cultural inmaterial ni la gente va a volver a los tendidos. Estos nuevos magnates taurinos tampoco tienen un concepto claro de bravura, de mercadotecnia ni de organización, no obstante su experiencia haciendo dinero en otros campos.

En la quinta corrida de la temporada la nueva empresa decidió dejar en ocioso mano a mano lo que originalmente era terna con Luis David Adame, lesionado, en vez de haber incluido a Sergio Flores o a Fermín Rivera, triunfadores recientes en ese coso. ¿El resultado? Menos de un cuarto de entrada, luego de que hasta los cubeteros saben que Sebastián Castella –50 corridas en 2016– hace tiempo alcanzó nivel de incompetencia como figura europea y sin imán de taquilla en el coso de Insurgentes, al grado de que la corrida programada para el viernes 9 de diciembre con el diestro francés se pospuso para el 18 con otros toreros.

Afortunadamente su alternante, el queretano Octavio García El Payo –28 tardes este año–, de regreso de una meritoria y triunfal campaña española en plazas modestas, realizó con el cierraplaza Caporal (531 kilos) el menos malo de los de San Isidro, un trasteo de muy altos vuelos, más por la expresión de Octavio que por la conjunción del manso voluntarioso y el encastado torero, que a su recia tauromaquia añade ahora un sello, un tono, que rebasa elegancia y temple para remontarse a algo todavía más difícil: expresión interior de una vida vivida, decidida y reflejada en la ejecución de la

s suertes.Tras dejar un volapié en lo alto que hizo doblar sin puntilla, el diestro paseó una oreja cortada a ley.

Ayer la entrada fue más pobre, con el extremeño Miguel Ángel Perera –46 corridas–, quien tampoco se ha hecho del público capitalino, que alternó con Juan Pablo Sánchez –nueve tardes en 2016 y así quieren que salgan figuras– y Fermín Espinosa Armillita IV –12 corridas–, para lidiar un encierro manso de solemnidad de Julián Hamdan. Quien lo escogió, en la comodidad llevó la penitencia.

El menos malo de los seis astados –de a pujal por viaje o puyazo fugaz en forma de ojal–, segundo de la tarde, correspondió a Juan Pablo, que logró un trasteo de salón por ambos lados, con muletazos de la casa, de un temple privilegiado que el voluntarismo empresarial no ha querido aprovechar. Sólo la calidad torera de Sánchez atenuó la mansedumbre y falta de transmisión del toro. Tras dejar una estocada casi entera, paseó un apéndice. Lo demás fue lo de menos.

Publicado en La Jornada.

Petardea Leo Valadez en su encerrona…

Foto Culturo Internet.


Por: Sergio Martín del Campo. R. 

El coro de ¡toro, toro! y el único actor de la función patéticamente viéndose como una frágil barca en medio de embravecida tormenta fue la más elocuente síntesis del resultado de la encerrona de Leo Valadez; esto mientras se bajaba el telón escuchándose a la vez en el viento los tres avisos, muy a pesar de la amabilidad del juez que poco caso hizo del cronómetro. 

Sería ridículo y grosero, tras la evidencia observada, el buscar elementos para justificar a un joven que durante toda la función y en el transcurso de la lidia de hasta siete utreros, no pudo trascender en una tarde que había incubado abundantes expectativas.


Los testigos del petardo fue la clientela que hizo menos de media entrada, y el escenario el viejo coso del barrio de San Marcos de la capital aguascalentense.


Para dar realidad a las acciones se liberaron de toriles siete ungulados de cinco criaderos distintos, formando finalmente un encierro de buena presencia, no sin dejar de señalar al que abrió plaza, éste con el hierro de Montecristo, cómodo de testa y escurrido de carnes, consecuencia, quizás, de sus malos pesebres. El juego de la partida fue variada, empezando con el débil aunque noble primero ya acotado, sígase con el segundo de la vacada de Los Encinos, animal fijo, de extenso recorrido que en todos terrenos embistió bien y bonito y que en el arrastre fueron aplaudidos sus despojos, continúese con el tercero proveniente de los potreros de Santa María de Xalpa, que pronto se soldó en la arena, recuérdese al cuarto de la misma dehesa, un bóvido soso aunque algo admitió el toreo, pásese por el quinto de Teófilo Gómez, igualmente soso aunque dejándose, lléguese al sexto, del hierro de Boquilla del Carmen, buen animal por el cuerno derecho, y acábese con el de regalo quemado según la marca de La Paz, un novillo bueno que aunque tendía a buscar el patrocinio de las maderas, al tomar la muleta iba tras ella con recorrido y clase deslumbrantes.


Reiteradas ocasiones señalé que el joven de Aguascalientes es un elemento que practica la tauromaquia con técnica y buen gusto, sin embargo, carece de sello y esta vez rubricó el juicio; por más que hizo la lucha durante esta tarde abrumadora de severo compromiso, no logró penetrar en las profundidades del toreo. Es inconsciente de cómo desarrollar la esencial parte sentimental y artística de tal.


De su insípido paso por el albero centenario puede anotarse en sus escasos buenos haberes la serie nítida y variada de suertes con la capa ante el primero, otra labor capotera bien ejecutada al segundo e igual catálogo de hechos con el mismo engaño ante el quinto, empero en el transcurso de su hacer con el tercero se sintió con claridad su desconexión rotunda tanto con el público como con el ejercicio delicado del toreo.


De la suerte suprema ni hablar; a cinco novillos los pinchó y se le observaron estocadas, la mayoría, de pésima ejecución y no menos mala colocación. Al cuarto se animó a clavarle banderillas, no obstante, se sintió apurado e ignorante del dominio del segundo tercio.


Todavía, al sentir muy cerca el borde del barranco en cuyo fondo se encontraba esperándolo el compacto petardo, se le alcanzó la necia puntada de obsequiar un séptimo, solo para reeditar los acontecimientos de sus anteriores adversarios. Como un robot sin alma le toreó y en comprimida diligencia de su nefasto empleo del arma al tratar de matar a los otros seis, del balcón del juez se remitieron sin remedio los tres avisos… pitos luego se desgranaron de los escaños en atención a la desilusión causada, mientras que en seguida manifestación tronaban las palmas para la buena res cuando sus despojos eran conducidos al patio de los carniceros. Ni un solo ole salido de las entrañas del público se escuchó.


Aquí la boleta técnica de esta intrascendente tarde: al tercio, silencio, silencio, oreja protestada, silencio, división y pitos luego de los tres avisos…


Publicado Noticiero Taurino.

Feria de El Pilar: Enrique Ponce hace un homenaje al toreo

Enrique Ponce hace un homenaje al toreo pero, ay… ¡esa espada!

Por Carlos Ilián.

Enrique Ponce brindó la muerte del cuarto toro a su cuadrilla para despedir la temporada. Un agradecimiento que luego se convirtió en un homenaje al toreo porque Enrique se encontró con Fabricante, un toro bueno, de gran fijeza que le sirvió para desplegar toda una lección de capacidad en la que mezcló lo fundamental con lo accesorio. Cada detalle, cada movimiento, tenían un argumento, no era cuestión de improvisar sobre la marcha, aunque lo más torero y grandioso de su faena le salió de su inspiración cuando echó los vuelos de la muleta al belfo del toro y se lo trajo para bordar el natural. Cuatro muletazos mágicos.

Una gran obra torera que quiso culminar con el indulto del toro. No era para tanto. Ponce se desconcentró y falló tres veces con la espada. Con esa espada acababa de acribillar un faenón. Cayetano salió en tromba y se lio a torear con sabor y con genio a su primero, que se quedaba cortito. Tenía enjundia lo que hacia Cayetano, el más Ordóñez de su casa. Dos pinchazos le dejaeron sin premio. En el quinto se aburrió ante el moribundo animalito.

López Simón se trabajó dos faenas por encima de un lote borreguil y sin fuerza. Muchos pases y mucha voluntad que le valieron la oreja del tercero gracias a un espadazo. Desde luego se ganó y sudó el sueldo.

Plaza de Zaragoza. Cuarta corrida. Casi lleno. Toros de JUAN PEDRO DOMECQ (4), serios de presencia, pero excepto el 4º, que tuvo calidad y le dieron juna exagerada vuelt al ruedo, la corrida fue blandísima y descastada. ENRIQUE PONCE (8), de carmelita y oro. Estocada corta y dos descabellos (silencio). Tres pinchazos y estocada. Un aviso (vuelta). CAYETANO RIVERA (6), de fucsia y azabache. Dos pinchazos y estocada (saludos). Dos pinchazos, estocada y dos descabellos. Silencio. LÓPEZ SIMÓN (6), de frambuesa y oro. Estocada (una oreja). Estocada tendida, pinchazo, estocada corta y descabello. Un aviso (ovación)

Foto: Marca

Ni El Cid es El Cid ni Adolfo es Adolfo ni Las Ventas son Las Ventas


Por José Ramón  Marqués.

Por la mañana un novillero del que ignoro su nombre hizo el paseíllo de rodillas. Dicen que fue por una promesa, que no nos importa, pero un tío tuvo la ocurrencia de hacer el paseíllo de hinojos, como los peregrinos que ves en México llegando a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, como los que ves en Lourdes, y nadie hubo que le indicase que en Las Ventas los paseíllos se hacen estando erguido y que las promesas se hacen en Jesús de Medinaceli. 

Anteayer un señor vestido con un traje azul se arrojó al ruedo a cuerpo limpio a hacer un quite a Curro Díaz, habiendo en la Plaza nueve peones de brega y dos matadores de alternativa, y cuando se anuncia que se le va a sancionar al del traje por lo antirreglamentario de su acción salta un coro de plañideras con que si eso es injusto y desproporcionado, en vez de clamar contra los once de luces que nada hicieron. En Las Ventas también. El otro día un novillero que quiso brindar su toro al doctor que le intervino de urgencia tras una fortísima cornada, en vez de irse hacia la puerta de la enfermería se fue al burladero del 5 e hizo salir al ruedo, sin ton ni son, al galeno vestido con su americana azul, sus pantalones beige y sus zapatos negros. En Las Ventas. Tres cosas tomadas al azar en estos últimos días de la Feria de Otoño en las que apenas reconocemos nuestra Plaza, estas Ventas que cada vez van siendo menos Ventas olvidadas del rito, de la liturgia, de los usos y de las costumbres y travestida de manera ostensible en bulliciosa Plaza aldeana con las gentes comiendo pipas a dos carrillos y atronándose a cubatas. Las Ventas no son Las Ventas.

Para cerrar la Feria anunciaron una de Adolfo Martín. En esta temporada que ahora termina Adolfo habrá lidiado unas siete u ocho corridas de toros, lo que es un número significativo, de las cuales dos en Madrid, la de San Isidro, que no dijo nada, y ésta de hoy, que lo mismo. Si las señas de identidad de los cárdenos albaserradas han sido la fiereza, la casta, el peligro o la inteligencia y la emoción que esas cosas traen a la Plaza, bien podemos decir que desde aquel Baratero del San Isidro de 2015 no vemos en la Monumental un toro de Adolfo que se mueva en el registro de lo que más nos gusta de esta vacada. Adolfo ha traído a Madrid este año doce toros de los que no se queda recuerdo alguno. 

Las dos corridas de Adolfo Martín en Madrid han estado compuestas por toros a los que nadie hubiese hecho caso de no venir avalados por la divisa verde y encarnada y por el hierro de la uve en un panal. El primero era una máquina de embestir sin intención ninguna: un toro para hacer el toreo bonito; el segundo en seguida dobla las manos y adolece de una palmaria falta de fuerzas; el tercero blando y descompuesto; el cuarto es el que más está en la onda que se espera de la casa, se para, mira y se cuela llegando a veces al tendido la sensación de peligro; el quinto, un cinqueño pasado, más que terciado en la cosa anatómica, bastante tontorrón; el sexto embiste sin casta con la cara a media altura. Magra cosecha la de Adolfo y morrocotuda decepción de la cátedra, que se queda con las cambiantes condiciones de los del Puerto del día anterior antes que con la sosería de estos Adolfos light. Adolfo no es Adolfo.

Cuando Manuel Jesús El Cid comienza su trasteo a Sombrerillo, número 8, parece que a lo mejor la cosa va a funcionar en el registro mejor del de Salteras, pero cuando empieza a tirar de oficio para armar una faena a base de líneas, sin arriesgar un alamar, cuando proclama la seguridad de su técnica sin dotarla del alma que nace de la adecuada colocación, cuando la sucesión de los muletazos templados no es capaz de levantar a las gentes de sus asientos es evidente que su toreo no encandila y cuando echa mano del recurso de las cercanías, él, que es torero de distancias, va quedando patente poco a poco la falta de pasión con que el torero ha planteado la totalidad de su faena al Adolfo. Y luego, en su segundo, Murcianito, número 38, pone la miel en los labios con un inicio de faena en que hace galopar al toro para en seguida caer en la misma reiteración de argumentos que en el anterior, queriendo armar su labor sobre la base del oficio, de la innegable solvencia que le dan sus dieciséis años de alternativa y de su capacidad para templar, sin comprender que eso no sirve para tapar el carácter mecánico, frío y falto de alma de su trasteo en el que deliberadamente se ausenta del sitio donde el toreo se hace grande, sitio que él conoce perfectamente. El Cid no es el Cid.

El resto de la corrida fue Rafaelillo y Morenito de Aranda. De Rafaelillo hay que decir que se encontró con un toro totalmente a contraestilo que fue el primero. El tal Carpintero, número 16, era, como antes se dijo, la máquina de embestir, la Adolfo’s Charge Machine, un domingohernández cárdeno para entendernos, sin una mala mirada ni un gesto desagradable, y como se podía esperar, eso es lo más inconveniente que podía ocurrirle a Rafaelillo, que se desenvuelve infinitamente mucho mejor en los toros complicados, que se revuelven y buscan que en los que acuden al cite, humillan y meten la cara. Anduvo el hombre como pudo medio tratando de justificar su falta de arte con el que hacerle a Carpintero un mueble a medida de sus condiciones, y cuando el murciano se deshizo del toro tras una estocada y un golpe de descabello las gentes subrayaron el arrastre del toro con una ovación. En su segundo la cosa rodó de manera más acorde a los intereses y a las capacidades de Rafael Rubio pues el toro, que fue el más adolfo de los seis, provocó el susto de alguna colada, tuvo su peligro y siempre dio la impresión de saber por dónde se andaba el torero, que tiró del valor que tiene hartamente demostrado para acabar metido entre los pitones y dejar una efectiva estocada hasta la gamuza de efecto inmediato, tras haber pinchado antes.

Y luego Morenito de Aranda. Podemos hacer como suele hacer la crítica seria y echar las culpas de todos los males a los toros, que si el peor lote, que si el toro tercero tenía la embestida descompuesta, que si el sexto era áspero y se rajó, pero el caso es que a lo largo de la vida de aficionados hemos visto todo tipo de faenas a toros rajados, a toros parados, a mansos de carreta o a galafates como para no saber bien que cuando no embiste el toro, entonces le toca embestir al torero, y Morenito no parece estar precisamente en trance de comerse el mundo. Pasó por Madrid como un espectro y nada hay de reseñable en sus dos actuaciones.

Volveremos sobre el primero de la tarde, Carpintero, que acudió por tres veces al penco en el que iba subido Juan José Esquivel. En el segundo encuentro el toro desequilibra al picador que se desestriba y comienza literalmente a escurrirse, como un reloj de Dalí, por el lado derecho del caballo hacia donde está el toro entretenido con los faldones. De pronto el capote de José Mora atrae la atención del Adolfo y libra del peligro al piquero sacando al toro de debajo del caballo y llevándolo suave y limpiamente hasta el tercio, donde lo deja a disposición de su matador.

Fuente: Salmonetes ya no nos quedan

Las alimañas de Adolfo, unas benditas

Mucha bondad además de poca fuerza para un Rafaelillo desigual y un Cid que se mantiene.

Por Carlos Ilián.

La gente esperaba la corrida de Adolfo Martín como la parte torista de la feria de Otoño, y a ver si salía alguna alimaña. Pero esta vez se cambiaron las tornas y las alimañas salieron la tarde anterior en la corrida del Puerto de San Lorenzo, que se consideraba de las manejables, para no pasar apuros y sin embargo la de Adolfo ha sido blanda, suave, con nobleza, aunque algún toro recordara de pronto su origen y se quedara debajo o se metiera por dentro.

El primer toro fue el de premio para el torero por su calidad y Rafaelillo se mareó con él, sin pasar de vistoso y sin cuajar la tanda ideal,de acuerdo a la embestida. Pero en el cuarto que miraba con malas intenciones se acopló a las condiciones del toro y hasta lo templó por ambos pitones.

El Cid anduvo con soltura ante el blandísimo segundo de la corrida y muy firme, muy templado y muy en su versión de muletero insigne con el quinto, un toro con tantos pitones como clase,al que ligó tres tandas inmaculadas sobre la derecha y con el que se pasó de rosca por el pitón izquierdo, con el toro ya moribundo.

Morenito de Aranda se llevó un lote infumable y descastado pero salió del paso como una sombra. Muchos se preguntaban si había toreado ayer en Madrid.

Plaza de Madrid. Cuarta y última corrida. Tres cuartos de entrada. Toros de ADOLFO MARTÍN (5), serios, astifinos, blandos y de juego apagado aunque noble en la muleta. RAFAELILLO (6), de azul y oro. Estocada y descabello (saludos por su cuenta con protestas. Pinchazo y estocada (saludos). EL CID (6), de ve hoja y oro. Media estocada trasera (saludos). Media estocada y descabello. Un aviso (saludos). MORENITO DE ARANDA (4), de nazareno y azabache. Pinchazo y pinchazo hondo (silencio). Dos pinchazos y estocada (silencio).


Fuente: Marca