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Octavio Chacón y Javier Cortés dan una vuelta al ruedo cada uno con un notable encierro de Montalvo

Por Sixto Naranjo.

Jilguera” fue el nombre con el que Tomás Campos confirmó su alternativa. Cuatro años después del doctorado se asomaba a Las Ventas. Éste primero de Montalvo fue un animal al límite de todo. De fortaleza y raza. Campos tardó en cogerle el aire y la distancia al toro. Fue ya mediado el trasteo cuando surgieron un par de tandas al natural bien trazadas. Composición y ritmo aunque faltó la ligazón necesaria para dotar de mayor contenido a las series. El apagón con la espada cortó cualquier esperanza de mayor reconocimiento final.

Que Octavio Chacón ha caído de pie en Madrid se comprobó en la ovación que le tributó la afición venteña nada más terminar el paseíllo. “Asturdero” de Saltillo aún en el recuerdo. El gaditano cuajó un gran saludo a la verónica. Compás y temple a partes iguales. Después quiso lucir al toro en el caballo y en de Montalvo respondió en dos varas que tomó de largo y empujando abajo. El toro tuvo prontitud y humilló una barbaridad. Chacón trenzó una faena basada en la firmeza de plantas y en la limpieza de las tandas. Todo muy correcto. Un pinchazo previo a la estocada dio paso a una ovación final. Para el toro y para el torero.

Javier Cortés también quiso dejar de lejos al caballo a su primer toro. También se arrancó el animal pero después empujó sin terminar de entregarse en el peto. Después el de Montalvo también sacó casta y acometividad. El madrileño hilvanó una faena con demasiados altibajos en cuanto al temple. Lo mejor lo firmó al natural, con muletazos aislados preñados de profundidad y largura. Pero todo demasiado inconexo. Otra ovación reconoció al toro camino del desolladero y al torero en el tercio.

Se aplaudió de salida la imponente presencia del cuarto. Cuajo y pitones. Después fue el animal más medido de raza del conjunto del encierro de hierro salmantino. Sin embargo, tuvo unas embestidas dulces y enclasadas que aprovechó Octavio Chacón para mostrar su versión más templada. Lo cuajó sobre todo el toreo en redondo, por donde se llegó hasta a relajar en varios muletazos preñados de gusto. Como los remates de las series. Faena de torero aprovechable por sus múltiples registros. La estocada cayó algo perpendicular y suelta y dos golpes de descabello alejaron al torero de Prado del Rey de la oreja. La vuelta al ruedo fue el premio.

Idéntico premio obtuvo JavierCortés con el quinto, un toro que buscó la puerta de toriles al comienzo de faena pero al que inteligentemente se lo sacó a los medios el torero de Getafe. Muy asentado y jugando perfectamente la cintura, la cima del trasteo llegó en dos tandas al natural. La muleta puesta siempre para tirar de su oponente. El toro, también medido de raza, acabó embistiendo con buen son y calidad. Atacó por derecho Cortés para enterrar la espada pero quedando prendido por el pecho. Tremendo el trance y el susto en los tendidos. No caló el pitón y cayó el toro. Se pidió la oreja sin mayoría de pañuelos y la vuelta supo a premio cabal.

Para cerrar el notable envío de Montalvo, también se aplaudió la estampa del sexto, otro toro que se movió con viveza y fijeza en todos los tercios. Tuvo sabor el inicio por bajo de Tomás Campos, ganando terreno hacia los medios. Al natural llegó la mejor tanda del conjunto, por expresión y ligazón. En redondo no hubo la misma conjunción entre toro y torero. Cuando volvió a la zurda, todo pareció haberse diluido. Intentó recuperar la intensidad perdida con unas manoletinas finales. Pero un pinchazo y una estocada trasera terminaron por enfriar todo.

FICHA DEL FESTEJO

Madrid, domingo 24 de junio de 2018. Un cuarto de plaza.

Toros de Montalvo, muy bien presentados. De juego encastado y noble los lidiados en primer, segundo, tercero y sexto lugar. Más bajos de raza pero nobles y enclasados cuarto y quinto.

Octavio Chacón, saludos y vuelta.

Javier Cortés, saludos y vuelta.

Tomás Campos, que confirmaba alternativa, silencio tras aviso y saludos tras aviso.

Fuente: COPE

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FERIA DE SAN ISIDRO: Una bellísima trincherilla

Cayetano protagonizó una entregada y valerosa faena ante su primero y paseó una oreja protestada.

Por Antonio Lorca.

Una trincherilla, sí, bellísima, de esas que valen por toda una corrida, o por una temporada, o por la afición a esta fiesta. Un destello fugaz y luminoso, de esos que se refugian en la memoria para toda la vida. Así fue la trincherilla que dibujó Cayetano a su primer toro, el cuerpo erguido, asentadas las zapatillas, el pecho hacia adelante, el mentón encajado, y la muleta en la izquierda, el toro que acude presto, fijo en el engaño, y el torero mueve la muñeca, baja la mano a velocidad inmedible, el animal humilla, y lo que parece un muletazo largo, se troncha en un instante, el toro obedece y el dibujo alcanza una plasticidad inimaginable, imperceptible para la vista, pero radiante de belleza para el corazón.

Así fue la trincherilla de Cayetano al tercero de la tarde.

Al torero no se le había visto el pelo hasta que salió ese toro. Estaba en la plaza, pero casi escondido mientras transcurría el festejo. Pero allá que apareció muy digno en cuanto el tercero apareció en la arena. Huidizo como los demás, Cayetano intentó pararlo sin éxito, manseó en el caballo, apretó con genio en banderillas y puso en apuros a Iván García. Tocaron los clarines para el tercio de muleta, Cayetano pide permiso al presidente y toma el camino del centro del anillo para brindar al respetable.

Héte aquí, entonces, que vuelve sobre sus pasos y se sienta en el estribo junto al burladero de cuadrillas. Allí llama a su oponente y lo recibe con cuatro muletazos por alto torerísimos. A renglón seguido, ya en pie, se hizo presente la trincherilla, que arrebató a los tendidos, y cerró el cuadro con un recorte templadísimo y el obligado de pecho que hizo que la plaza entera estallara de emoción.

El toro se había entregado tanto en el encuentro con el torero que quedó roto, rajado, desinflado, apagado y se refugió en tablas. Decidido, entregado y valiente Cayetano, pero sin opciones de triunfo. Así las cosas, montó la espada, se perfiló con torería y se tiró sobre el morrillo con toda su alma. Cobró una estocada algo desprendida y los tendidos se poblaron de pañuelos cuando el animal pasó a mejor vida.

El presidente concedió el trofeo y se armó la de san Quintín: una pura, dura y ensordecedora división de opiniones. La faena, ciertamente, no había sido de oreja. Dudó Cayetano en recoger el trofeo, y, oreja en mano, dio una vuelta ruidosa que alcanzó su esplendor cuando pasó por los terrenos del tendido 7 y arreciaron las protestas de los aficionados más exigentes. Tenían razón.

La falta de fondo del sexto impidió que la actuación de Cayetano se coronara con matrícula de honor. Lo recibió de rodillas con una larga cambiada en toriles, emocionó con un precioso galleo por chicuelinas que acabó con una espléndida larga y con el capote a una mano para dejar al toro en los terrenos del picador. Tras el manso trámite del caballo, citó Cayetano de largo al toro, con el compás abierto, se echó el capote a la espalda y trazó una inspirada gaonera, un par de verónicas y una media. Se le veía al torero enardecido y apasionado, como en estado de trance; una actitud que anunciaba algo grande. De rodillas comenzó el tercio final, unos ayudados por alto y por bajo después, pero hasta ahí pudo contar porque el toro habló y le dijo que abreviara, que estaba hundido. La estocada, eso sí, de premio.

Castella volvió después de la paliza del miércoles y se lo agradecieron con un conato de ovación al romperse el paseíllo. Inválido fue su primero y noble el cuarto. Solvente y templado se mostró entonces en dos tandas, una por cada lado. Falló con la espada y todo se emborronó.

Rajado fue el primero de Manzanares, acobardado en toriles e imposible para el toreo. Más entonado el quinto, blando como todos, y permitió detalles, solo detalles poco lucidos, de su lidiador.

DEL RÍO / CASTELLA, MANZANARES, CAYETANO

Cinco toros de Victoriano del Río y uno –el tercero- de Toros de Cortés, justos de presentación, mansos, blandos y descastados.

Sebastián Castella: dos pinchazos y casi entera -aviso- (silencio); pinchazo, media -aviso-, -2º aviso- (silencio).

José María Manzanares: media (silencio); estocada (silencio).

Cayetano: estocada desprendida (oreja muy protestada); estocada (ovación).

Plaza de Las Ventas. Vigésimo quinto festejo de la Feria de San Isidro. 1 de junio. Lleno de ‘no hay billetes’ (23.624 espectadores, según la empresa).

Publicado en El Pais

¿Donde quedo el rigor de la afición madrileña? Generosa Puerta Grande para Castella en la puesta de escena de Ponce

El empresario Simón Casas se rompía la camisa frente el micrófono de canal Toros ante la puerta grande de su poderdante, mientras el prestigio de Las Ventas para muchos se iba por una coladera del coso madrileño.

La catedral del toreo esta de cabeza, su empresario no ha cumplido con lo que prometio al tomar la plaza, hay más cemento en el tendido que en años pasados, mientras que su afición y autoridades cada vez están mas cerca de una plaza triunfalista y sin rigor como por ejemplo la Plaza México, que de Las Ventas.

De la Televisión mejor ni hablar, ya que el resultado que nos arroja el festejo del día de hoy es una bomba molotov para Las Ventas.

Por Paco Aguado para el Heraldo.

El amable y festivo público que colmó este miércoles los tendidos de la plaza de Las Ventas consiguió que el diestro Sebastián Castella, aun lesionado, saliera finalmente a hombros, más por la impresión causada por el aparatoso percance que sufrió el francés que por los méritos reales de su faena al quinto toro de la tarde.

Ese preciso momento, cuando recibía de capa al astado de Garcigrande, fue la dramática clave de todo cuanto sucedió después, pues condicionó que se tomara como una heroicidad todo lo que Castella, ya recuperado del tremendo susto, le hizo al animal que minutos antes estuvo a punto de acabar con su vida.

Y es que el toro, de un violento y seco derrote de su pitón izquierdo, cuando aún conservaba todas sus fuerzas, prendió al francés por el pecho y lo zarandeó brutalmente en el aire antes de dejarle inerme sobre la arena.

Toda la plaza, hasta ese momento metida en fiesta, se quedó en silencio, impactada, conmocionada, esperando a que Castella tuviera una mínima reacción, esa que solo llegó cuando las cuadrillas lograron que se incorporara y pudieron llevarle hasta las tablas para ser atendido.

Tardó unos minutos el torero galo en recuperar las fuerzas y el ánimo, en tanto que el toro iba mostrando la calidad y la profundidad de sus embestidas. Quizá por ello, en un gesto que enardeció al tendido, Castella comenzó su faena de muleta con las dos rodillas en tierra con más voluntad que temple y acierto.

Pero ese matiz, esa falta de mando y de pulso sobre el notable toro de Garcigrande que continuó marcando el resto del trasteo, no lo tuvo en cuenta ese público que jaleó cada medio pase, cada alarde y cada efectismo de Castella como si contemplara una revelación, sin reparar en la buena condición de su enemigo, que no pedía épica sino una más profunda estética.

Sebastián Castella cortó dos orejas. Efe

Aun así, después de que Castella saliera trastabillado de una estocada volcándose entre la cuna de los pitones, se pidieron y se concedieron esas dos orejas, que fueron un desmedido premio acorde a las desmedidas reacciones de un público más impresionable de lo que era habitual en esta seria y exigente plaza.

Por Sixto Naranjo COPE:

Jesús Enrique Colombo se convertía en el noveno matador de toros al que Enrique Ponce confirmaba alternativa en Las Ventas. Ocho toreros de varias generaciones precedían al venezolano. Desde los tempranos Abellán o Juli hasta los más noveles Román o Varea. Es lo que tiene llevar casi treinta años al pie del cañón. Quien no tuvo suerte con el toro de la ceremonia fue Colombo. Un semoviente que llegó totalmente desfondado al tercio de muleta y con el que el joven diestro solo pudo brillar en un poderoso tercio de banderillas.

Se protestó al primero del lote de Ponce, muy lavadito de cara pese a sus buenas hechuras. No hubo mucho motivo para la polémica porque el animal se descoordinó al poco de salir y hubo de volver a chiqueros.

El sobrero de Valdefresno. ‘Lironcito‘ y Ponce en el recuerdo lejano. No estuvo sobrado de fuerza el toro del hierro charro, al que mimó el de Chiva en los primeros tercios. El inicio de faena, puro almíbar. Por abajo, sin violentar al toro y abriéndole los caminos. Dos tandas a derechas, aprovechando la bondad y clase del toro de Valdefresno. Muy estético, pero poca verdad en el embroque. Al natural le tropezó más el engaño, se alargaron los tiempos muertos. Cuando retomó la diestra el toro ya había echado el cierre. La estocada viajó caída y algunos intrépidos se aventuraron a pedir incluso la oreja. Pareció excesiva hasta la ovación final y la puesta en escena de Ponce y su cuadrilla, incitándole ésta a dar la vuelta al ruedo.

Colombo se volvió a mostrar como un fácil y poderoso rehiletero. Destacó en un tercer par al quiebro por los adentros de mucha exposición. Para prologar su faena de muleta, el venezolano se hincó de hinojos. Por dos veces el toro se llevó por dalente la muleta. El de Garcigrande siempre quiso salir de najas. Otro desarme ya incorporado frenó aún más la labor del joven diestro, que estuvo un punto acelerado por sus ansias de agradar.

Foto: Pablo Cobos Teran.

Un Sublime Roca Rey: Así vio la prensa su actuación en Las Ventas…

Roca Rey, en un muletazo por la espalda al sexto de la tarde. Foto JULIÁN ROJAS.

José Antonio del Moral – De Toros en Libertad: Vivido lo visto ayer con la lidia y muerte del sexto toro de Victoriano del Río, en cualquier época de esta plaza de Las Ventas, tenida por la más importante y, desde luego, la más trascendental del mundo, Andrés Roca Rey, el peruano-español que ya es tan nuestro como limeño, será aún más grande figura del toreo de lo que ya venía siendo, independientemente del numero de orejas que le dieron, solamente una, señores, solamente una tras enloquecer a toda la plaza con una faena más que épica que convenció a todos los presentes salvo al indeclinable sector que la desdora y la emborrona, como también y esto sí que tiene bemoles, salvo al señor presidente del festejo que obedeció las ruidosas indicaciones de la gentuza que intentó y consiguió impedir que aquello no fuera premiado con las dos orejas del único animal que medio sirvió de la muy decadente y decaída corrida. Pero dado el ambiente triunfal que dominó el ambiente hasta grados pocas veces visto aquí, no importó nada que Roca Rey no pudiera salir a hombros por la Puerta Grande, últimamente y al parecer cerrada a cal y canto porque a no más 60 personas entre las más de 22.000 que abarrotaban la plaza no les pareció oportuno que lo consiguiera. Sin embargo, el parecer general fue que el aún jovencísimo diestro se había consagrado en Madrid definitivamente. No es de ahora el dislate. Madrid con las grandes figuras casi siempre fue injustísima. Podríamos traer ahora mismo a colación – argumentar, aducir razones y ejemplos, digo yo, de las muchas veces que aquí ha ocurrido lo mismo en todas las épocas.

Paso a relatar lo que yo mismo viví junto al gran Paquirri una tarde que terminó en injusta bronca de los ínclitos del tendido 7. Habíamos llegado al Hotel Goya, donde se vestía siempre el de Barbate, cuando sonó el teléfono que descolgó el propio gran torero. Era Luis Miguel Dominguín, tío político del años más tarde trágicamente desaparecido diestro y por tanto mitificado en la historia del toreo para siempre. Y esta fue la conversación entre ambos: “¡Enhorabuena, Paco ! Enhorabuena por qué, si esos malditos me han puesto a caldo”. “No deberías estar tan enfadado”, enfatizó riéndose Luis Miguel que siguió diciendo “lo mejor que te puede pasar en Madrid es que te abronquen aún habiendo estado bien. Es la señal que distingue aquí a todos los grandes del toreo”. Y Paquirri, repentinamente conformado con el sabio consejo de Luis Miguel, abandonó su agriado gesto y volvió a sonreír tan abiertamente como siempre lo hacía. De tal modo sucedió también ayer o debió suceder con Roca Rey.

Imagínense ustedes hasta donde podría llegar a poco que le respeten más los toros por lo dificilísimo que es torear al borde del abismo con tanta entrega y, por ende, tanta limpieza… y sin ninguna red. No nos alerta tanto todo esto para Roca Rey a quien salva su privilegiada inteligencia, su enorme capacidad de improvisar lo que conviene hacer técnicamente en cada caso, dadas las varias y repentinas acciones de los toros y, encima, lograrlo sobre la marcha. Puras y variadas las sorpresas que adornan casi todas sus actuaciones a poco o poquísimo que los toros se le presten.

¡Hoy me rindo del todo ante usía, don Andrés! Que vos sigáis así durante el mucho tiempo que le queda y que uno lo vea.

Luis Cuesta – De SOL y SOMBRA: Roca Rey es punto y aparte. Uno de los últimos genios que está revolucionando nuevamente el toreo. Porque no solo hay qué fijarse en su quietud, en sus lances sin enmendar, sino también en el majestuoso esfuerzo del ánimo que tiene este torero, acompañado siempre de un valor inmenso.

Hoy en Las Ventas ha roto las leyes del espacio y del tiempo, dibujando espirales para llevar al toro donde el quería con su muleta y su cuerpo como escudo.

Que Roca Rey es un torero diferente no me cabe la menor duda. Que actualmente es el que más entusiasma a las masas está fuera de toda cuestión. No reconocerlo sería estar ciego.

La pregunta es: ¿Estamos ante un nuevo revolucionario del toreo?

Hay que recordar que los últimos revolucionarios basaron su legado en tres fundamentos: El riesgo, el dominio del toro, y la estética.

De los tres factores, en el del riesgo, Roca cumple cabalmente con los fundamentos inpuestos por toreros como Belmonte y Ojeda, este el último revolucionario.

En cuanto a la estética, el toreo de Roca Rey esta consiguiendo asimilarlo con un concepto de arte superior.

Y en cuanto al dominio de los toros, es preciso señalar que en su novísimo toreo, es algo que tarde a tarde a ido mejorando, prueba de ello es que los toros ahora lo respetan más que en otras temporadas.

Su faena al sexto toro de esta tarde tuvo dos partes: Una, de acuerdo con los cánones clásicos y la otra, de esa emocionante nueva tauromaquia que está anunciado una nueva revolución en el toreo.

Una revolución, que todavía muchos no quieren ver y que quizás cuando menos lo esperen, tocará muy pronto a las puertas de sus plazas.

Antonio Lorca – El País: El joven Roca Rey se erigió en el salvador de la tarde, si es que la corrida tenía salvación posible. El torero lo intentó con todas sus fuerzas ante el sexto de la tarde, cuando los ánimos estaban decaídos y nadie esperaba una recuperación que parecía imposible.

Pero este peruano es un ciclón. Cuenta con la fortaleza y la ilusión como atributos de su juventud; pero es, además, valiente a carta cabal. Ha adquirido oficio y trató de torear como mandan las escrituras. Goza del fervor popular y se ha convertido en el ídolo indiscutible del nuevo público taurino.

Todo se le jalea, todo se le aplaude, pero es que hay que reconocerle el gran mérito de su faena de muleta al que cerraba plaza, el único que embistió en el tercio final.

Esperó al toro en la primera raya del tercio, atornilladas las zapatillas en la arena, y aguantó unos muy ceñidos estatuarios, que cerró con un largo pase de pecho, que produjeron el delirio en los tendidos.

No le acompañaba la fortaleza al animal y dobló las manos dos veces en la primera tanda con la derecha. Cuando todo parecía destinado a la desesperación, Roca Rey lo embarcó en el engaño y le robó redondos hondos y largos, en el sitio justo, en un palmo de terreno, y, por vez primera en toda la tarde, surgió la emoción.

Hubo después un natural excelente y un espectacular e inteligente arrimón posterior; tanto se acercó a los pitones del toro que este lo derribó y, una vez en la arena, le perdonó la cornada. Se tiró a matar de verdad y consiguió una estocada en lo alto que produjo derrame y una muerte fulminante del animal.

Paseó la oreja con todo merecimiento; por su entrega, su encomiable decisión y porque salvó una tarde que había caído por el precipicio del fiasco más absoluto.

Este es el toro de las figuras, el que acabará con la fiesta, el que crían unos cuantos para que jueguen con ellos quienes copan ya todas las ferias al margen de un fracaso en Madrid.

Menos mal que, cuando nadie lo esperaba, surgió Roca…

Zabala de la Serna – El Mundo: Roca Rey remontó a última hora la frustración y arrancó una oreja de ley del sexto con una faena volcánica.

La anchura de sienes del tercero escondía el genio eléctrico que tantas veces se confunde con la casta. Roca Rey lanceó con decisión y quietud. La cortina de agua generaba una imagen borrosa. La media verónica chispeó bajo el aguacero. A RR no le importó para explosionar la faena por cambiados terroríficos. Como las puntas de fuego. La apuesta por la emoción desatada por encima de la necesidad de horma. El calambre del toro enganchaba los derechazos. No era fácil la limpieza. La muleta empapada y la rabia del toro componían una ecuación de difícil resolución. Lo consiguió a base de bajar mucho la mano. Sólo que, cuando logró la conquista, la embestida aminoró el recorrido. Y multiplicó las miradas desafiantes. El torero limeño piso terrenos volcánicos. Ya con la deriva del toro reculando. Y vencido.

Sobre zancos parecía levantado el último. Tan largas sus patas. Un toro hecho cuesta arriba además. Dosificó Roca Rey el castigo y se clavó por saltilleras impertérritas. Del quite de Saltillo brotó una media verónica espléndida. Las zapatillas de plomo del peruano volvieron a hundirse en los estatuarios. Los cimientos temblaron con la espaldina sin espacios. Y con el pase de pecho de pitón a rabo. El poder de su toreo volteó la plaza. Tan atalonado. El toro respondía con fijeza. Sin excelencias. La excelencia brotaba de la estatua peruana. La quietud máxima. El trazo profundo y arrastrado también con la izquierda. Otro cambiado, una arrucina, la embestida por las espinillas. Un circular invertido interminable. Ardía Madrid. Un volcán. En un trance apretado, el toro lo derribó. La bestia quedó asustada ante el hombre tendido. Cuando se levantó, lo crujió de un espadazo monumental. Rodó la oreja de ley del toro que al menos no duró un suspiro. Don King Roca acudía al rescate de la frustración a última hora. El don del rey de piedra. El don de los grandes.

Andrés Amorós – ABC: El tercero tiene un nombre muy adecuado, es un «Navegante» encastado pero flojo. Bajo el chaparrón, Roca Rey, impávido y solemne, logra suscitar olés con el capote; brinda al público; la faena es desigual pero tiene mérito: lo mejor, los naturales; lo más emocionante, cómo aguanta un parón, con los pitones rozándole el muslo. Pero el toro acaba rajado, en tablas.

Al salir el sexto, la esperanza de ver a Roca Rey hace que la gente no haya huIdo, a pesar del miedo al catarrazo. Este último toro sale fuerte pero suelto; tardea, en el caballo; no humilla. Después del quite por saltilleras, el peruano hace la estatua cuatro veces y sorprende al público, sacándose al toro por la espalda. Aunque la res flaquea, se suceden los muletazos mandones, ligados. Cuando aguanta un parón, la Plaza es un clamor y se convierte en un manicomio, cuando se saca al toro con una arrucina. Está tan cerca que el animal lo empuja pero, en el suelo, no hace por él: «Con su valor, lo ha asustado», escucho. Y mata entrando muy derecho: la oreja es el premio justo, pedido por todos. En una tarde difícil, ha mostrado la responsabilidad y la seguridad en sí mismo que distingue a las figuras. Apostilla un vecino: «Como Cristiano, cuando tiró el penalti a la Juve». Escucho a un viejo aficionado: «Mi destino es morir de una pulmonía, en una Plaza de Toros». Pero añade: «Ha merecido la pena». La gente sale empapada pero feliz: se han emocionado viendo lo que esperaban, el fenómeno que es, ahora mismo, Andrés Roca Rey.

Carlos Ilián – Marca: Y así hasta el sexto toro, que se movió y se empleó con genio, lo mínimo imprescindible para que el peruano Roca Rey evitara pues el siniestro total y salvara su paso este año por Madrid. El torero sabía que teclas tocar para que funcionara la conexión con un público de su parte, no olvidemos que es un torero de moda. Y las modas pueden hasta con las exigencias de los sectores más exigentes, ayer acallados por el entusiasmo que despertaba Roca Rey con sus recursos para la galería, pero que resultan válidos en la cara del toro como alguna arrucina o algún pase cambiado.

En los derechazos, apenas se pueden rescatar media docena y los trallazos en el toreo al natural tuvo suficiente para dejar maduro al público y con un enorme volapié tumbar al toro sin puntilla y cortar una oreja.

Juan Diego Madueño – El Español:
A los días de acontecimiento hay que arroparlos hasta el último momento. Posiblemente alguien vaya a utilizar la odiosa fórmula de la decepción y la expectación. Una de las idioteces más insoportables que se pueden escuchar en los esquinazos después de los toros. Insoportable estaba también la tarde cuando salió el sexto. El misterio de si Roca iba a ser capaz de echarse la tarde a la espalda.

El último tenía buenas hechuras. Huía el toro de los capotes y el caballo. El quite fue tomado a mal, las saltilleras, y sobre todo la media, tan buena y cerrada.

La expectación envolvía a Roca en el silencio de la plaza, moteado por los berridos contra el ganadero, y se abrió el peruano en un inicio de vértigo sin mirar atrás. Olvidados los terrenos y las distancias y las querencias el toro giraba alrededor de la rotonda de Roca. La tanda por la derecha que crugió las gargantas llegó cuando se sujetó el toro, al que le costaba un mundo a pesar del buen estilo. Extraordinario otro natural. Roca remontaba la tarde sin artificios, con recursos y consciente del escenario. Un parón lo resolvió acortando las distancias; la arrucina salió limpia y milimétrica. Un traspiés volcó al torero en la cara y el victoriano lo perdonó, ya podido. Roca dio la dimensión exacta de desbordarse. Habrá que esperar un poco más. Lo reventó con la espada y la gente se olvidó de todo pidiendo la feliz oreja.

Patricia Navarro – La Razón: Se repobló la plaza para ver a Roca. Y se paró la lluvia. Quiso. Y quiso el peruano. Con el capote primero. Tan quieto que asusta. Y la muleta después. Estatuarios, más uno por la espalda, que es el que prende la llama, y la locura colectiva. Humilló el toro con esmero y repitió, aunque con ese punto de estar encogido, amedrentado. Por eso que se salvó Roca cuando estuvo a su merced. Roca se ajustó con el toro y cuando se le había acabado el gas tiró de largo del valor que tiene para pasarse los pitones del toro por donde la lógica dice no. Roca apretó en el esfuerzo y lo cierto es que un sector del público también le cuestionó. Estamos ya en la cara b del éxito.

Emilio Martínez – El Confidencial:
Llegó el sexto y a fuerza de no importarle el desangelado ambiente, condenado ya al empate, tiró del toro con tiento, con arte y con mucho temple, y caldeó en varias tandas ese lleno inexistente ya a esas alturas del partido en que todos, también el agua, firmábamos no soportar de nuevo otro aguacero… a cero. Y se plantó delante del toro y se lo pasó por todos lados, y hasta se cayó al suelo por exceso de entregado. Y toreó por la espalda, por delante… y por sus mismísimos huecos. Y cuando a todos el empate nos parecía lo serio, remató Roca Rey de impecable peruana metiéndole un gol a la lluvia en el tiempo de descuento. Impresionante torero que solo sabe de triunfo y que se volcó con la espada. Oreja casi ‘in extremis’ de un torero verdadero que pienso odia los empates, la mediocridad y desde luego los aguaceros.

Sixto Naranjo – COPE: Con la tarde ya en una cuesta abajo imparable, Roca Rey, que quitó por gaoneras, prologó su faena al sexto por estatuarios. Impávido el torero, sin rectificar ni un milímetro. Pero cuando comenzó el toreo fundamental, el toro siguió los parámetros de blandura de sus hermanos de camada. De ahí el mérito de Andrés al atornillarse sobre el ruedo e ir asentando al toro para después atacarlo por abajo. Respondió el toro y permitió varias tandas de profundo trazo a derechas. Al natural hubo un muletazo tremendo por la hondura aplicada. Luego, con el animal más parado, llegó un arrimón sincero con voltereta incluída que llevó definitivamente la pasión de los tendidos. La estocada fue letal y los pañuelos afloraron en los tendidos. La oreja cayó por mayoría.

Paco Aguado – TM Cuadernos de Tauromaquia: He aquí el hombre de moda: es joven y posee un valor descomunal, tiene carisma y llena las plazas. Además su fiebre de gloria no le resta capacidad de crecimiento: o sea, arrolla pero cada vez torea mejor. Su toreo fundamental es mandón y poderoso, a veces asombrosamente lento, y en ocasiones, muy en redondo, rematado detrás de la cadera. Para colmo ve faena en todos los terrenos y, aunque se arrima como un perro, lo hace con la cabeza muy despierta, de ahí que los toros no lo cojan tanto como sería previsible, teniendo en cuenta el sitio que pisa.

La descripción corresponde a Andrés Roca Rey, la inminente gran figura del toreo de los próximos años, y que esta tarde ha cortado una oreja en Madrid.

Ficha del Festejo:

Plaza de Toros Las Ventas de Madrid. Asistencia: 23.624 espectadores

Miguel Ángel Perera:
1º Silencio (1 aviso)
4º Silencio

Alejandro Talavante:
2º Silencio
5º Silencio

Roca Rey:
3º Silencio
6º Oreja

Toros de Victoriano del Río:

1º- Pitos
2º- Pitos
3º- Pitos
4º- Silencio
5º- Silencio
6º- Pitos

Twitter @Twittaurino

Última llamada para José Adame en San Isidro 2018

Llega el turno de una de las ganaderías que más triunfos está posibilitando en los últimos años en Madrid. Los toros de Alcurrucén serán lidiados por Curro Díaz, Joselito Adame y Juan del Álamo. Estos son los datos y claves por Datatoros.

Desde 2015 Alcurrucén ha posibilitado 4 Puertas Grandes en Madrid: Castella (2015), David Mora (2016), Ginés Marín y Juan del Álamo (2017). Ninguna ganadería puede presumir de estos datos en este tiempo.

El año pasado, por primera vez en la historia de Alcurrucén, dos toreros salieron a hombros en dos tardes diferentes en San Isidro con esta ganadería (Ginés Marín y Juan del Álamo).

Desde 2015, dos toros de Alcurrucén han sido premiados con la vuelta al ruedo: Jabatillo (2015) y Malagueño (2016). Con ambos abrieron la Puerta Grande Castella y David Mora, respectivamente.

Curro Díaz se puede convertir en el séptimo torero en activo con más Puertas Grandes en Madrid. Ha triunfado en dos ocasiones: 2007 y 2016. Ninguna de sus dos salidas a hombros fueron en la Feria de San Isidro.

Adame pone punto y final a su paso por San Isidro tras irse de vacío en su primera actuación y con la sombra del reciente triunfo de su hermano Luis David en el mismo ruedo venteño. En toda su carrera suma 4 orejas en Madrid, la última en 2017. Nunca ha encadenado dos años consecutivos puntuando en Las Ventas.

Luis David Adame superó el jueves uno de los registros de su hermano Joselito. Éste necesitó de 3 corridas para cortar su primera oreja en Madrid, mientras que Luis David tan sólo ha necesitado de 2.

No será una tarde fácil para Joselito, ya que además de su lote, tendrá que enfrentar a un sector del publico madrileño que le aprieta mucho y que le exige resultados más contundentes en Madrid después de 13 tardes como matador de toros.

Oportunidad para del Álamo para convertirse en este año en el matador salmantino con más Puertas Grandes en Madrid en el Siglo XXI. Hasta ahora está empatado a una con Juan Diego, que la logró en 2003. El último diestro salmantino que encadenó dos años saliendo a hombros en Madrid fue Niño de la Capea.

Del Álamo se vuelve a encontrar con Alcurrucén tras la Puerta Grande que consiguió la pasada temporada. En aquella ocasión cortó una oreja a Licenciado (El palco no le concedió la segunda) y otra más a Bocineto. Adame también corto una oreja en 2013 a Alcaparrito.

Curro Díaz no mata un toro de Alcurrucén en Madrid desde 2004, en un mano a mano con Antón Cortés. Más experiencia tiene

Joselito Adame, que ha estoqueado 6 toros con un balance de 1 oreja.
Sólo 3 toreros han desorejado un toro en Madrid un 19 de mayo en toda la historia de San Isidro: Chicuelo II (1954), Andrés Vázquez (1962) y Matías Tejela (2014).

Fuente: Datatoros

Foto: Joselito Adame prensa.

Feria de San Isidro: Las figuras se reparten tres orejas

Por FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN.

Para torear así, tal cual se muestra en el documento gráfico, el torero tiene que tener la gallardía y el chispazo de inspiración propio de una gran figura del toreo, y el toro tiene que embestir de esa manera. Si ambas cosas no se circunstancian, la belleza del arte del toreo no se produce.

Reflejada la premisa, lo emblemático de la fecha en que se produce el hecho obliga a rendir emocionado culto al Torero por antonomasia, al que fuera indiscutible Sumo Sacerdote de la Tauromaquia de su tiempo, al ídolo inmolado en la plaza de toros de un pueblo toledano, va para un siglo. Noventa y ocho años, exactamente. Noventa y ocho tardes de toros en que los toreros de última generación que se visten de luces cada 16 de mayo, se descubren e inclinan la cabeza para musitar una oración en su recuerdo. Noventa y ocho veces ya que una multitud se pone en pie y guarda un respetuoso minuto de silencio en su memoria. Y es que ayer, hizo noventa y ocho años –se dice pronto—que a Joselito el Gallo le mató un toro en Talavera. Y nos seguimos acordando de él. ¡Cómo sería de grande su arte y de fecunda su obra!

Ayer se colocó el cartel de No Hay Billetes en la fachada de la Plaza de Las Ventas, porque actuaban tres toreros considerados figuras en esta época, dos consolidados, Manzanares y Talavante y uno, Ferrera, que viene trepando por los vagones del tren del toreo y va camino de alcanzar la locomotora. Decir tres figuras del toreo y público de Madrid, equivale a escenificar un escenario de permanente beligerancia. ¿Por qué razón? Razón, ninguna. En cuestiones taurinas, esto es Madrid. La villa y corte. El centro geográfico del país y, por supuesto, el santo y seña de la Tauromaquia; dicho lo cual, conviene recordar que Joselito el Gallo no actuó hace noventa y ocho años en Madrid porque la hostilidad de su público de toros se hacía ya insoportable. Hay que irse, Juan –le dijo a Belmonte–, vayámonos por un tiempo de la Plaza de Madrid y dejemos que vengan otros toreros…; pero se fue solo él, a encontrar su muerte talaverana junto al río Tajo, pegado a la ermita de la Virgen del Prado. Y ahora Madrid, año tras año, como si de una contrición perpetua se tratara, se quita el sombrero, se pone en pie y le dedica un minuto de silencio que a mi me parece más que de rendición admirativa, de remordimiento.

Con estos antecedentes, suponíamos que la corrida de máxima expectación acabaría como el rosario de la aurora. Figuras y Madrid, igual a petardo. Así sucede casi siempre. Pero, venturosamente, no sucedió tal cosa.

Sucedió que vimos al resurgido Antonio Ferrera, ahora colocado en modo homo levitating, vestido de raso y oro, torear a un toro de Cuvillo como si fuera una becerra de tentadero, incluso sin pensar en el premio a ganar, es decir, sin ánimo de lucro. Torear sin ánimo de lucro, aunque sea una metáfora, supone que el toro tampoco ha de poner apenas dificultades, como así era. No quiere esto decir que el peligro –de muerte, también, por supuesto- no acechara al torero. Quiere decir que el toro debe poner emoción a su embestida. Si esa emoción no aparece, el arte puede llegar a convertirse en artificio. Ni ese primer toro de la corrida ni el cuarto de la tarde, segundo del lote de Ferrera, generaron la emoción que lleva implícita la casta brava, por tanto, la emoción hubo de buscarla el torero por la vía de la estética, aunque también debiera estar lejos del amaneramiento. Antonio toreó a sus dos toros despacio, despacio, despacio porque los toros acometían andando, pesadamente. Toreó a placer. Para su placer, principalmente. Dos faenas de parecido corte, con algunos chispazos de cierta genialidad, en las que intercaló muletazos de bella composición. Al primer toro lo mató de una excelente estocada y al segundo de su lote, después de una faena de espejo larguísima, con algunos muletazos que podían servir de modelo para un cartel de Ruano Llopis, de un metisaca en los bajos. Oreja y aviso fue el balance de Ferrera, pero si llega a colocar a este cuarto toro un volapié tan magnífico y tan eficaz como el que recetó al primero, en esta corrida Antonio abre la Puerta Grande de Las Ventas.

Otro tanto le ocurrió a José María Manzanares, que se enfrentó al toro de mejores hechuras del lote enviado por Núñez del Cuvillo, jugado en segundo lugar y de 555 kilos de peso. Eso es entrar en razón. Fue éste un toro algo corretón de salida, al que picó superiormente Chocolate-hijo, pero un toro al que había que someter, porque su encastada embestida generaba calamocheos y rebrincamientos difíciles de aplacar. José María cuajó muletazos excelentes, de largo recorrido y templanza evidente, a pesar de que un sector del público le recriminaba constantemente, con ese ponte aquí y quédate allá, que es el tópico preferido o el catecismo de moda en estos tiempos. Lo cierto es que la labor de Manzanares en este toro fue francamente meritoria, pero caprichosamente devaluada por una corriente empecinada en el distorsionado del sentido común. El quinto fue un jabonero sucio de bella estampa, al que el diestro alicantino toreó de capa con ampuloso juego de brazos y bamboleo suave de la tela. Se arrancó el toro de largo al caballo de picar y Manzanares le volvió a ofrecer la capa para torear por delantales, suaves, sedosos, lentísimos; tan lentos que en uno de ellos por poco se lo lleva el toro por delante. Después, el de Cuvillo presentó problemas por el pitón izquierdo, pero tomó bien –sin perder temperamento— la muleta por el derecho, donde José María encontró los momentos más inspirados. Dos series por ese lado fueron sencillamente magníficas… a pesar de los pesare de por allá arriba del graderío. Otra vez montó la espada y ejecutó el volapié con perfecta sincronía de movimientos, metiendo el acero por el hoyo de las agujas. Solo por la estocada, la oreja que paseó el torero fue un premio de máxima justicia.

Al tercer espada del cartel AlejandroTalavante, le echamos de comer aparte, que diría un castizo. Su primer toro, tercero de la corrida fue un toro enrazado, corniveleto y respondón, al que Talavante toreó por bajo con unos muletazos de inspirado concepto –me atrevería a decir que se le ocurrieron sobre la marcha–, flexionando la pierna de salida de la suerte y obligando a humillar hasta lo inverosímil al toro de Núñez del Cuvillo. Incluso se permitió el lujo de mirar al tendido.

Comienzo tan explosivo auguraba una faena de altas dimensiones, pero el temperamento del toro no permitió excesivas florituras al torero. No obstante, el Tala cuajó muletazos magníficos, sobre todo en dos series con la mano derecha y una –excelsa—de naturales. Mató de estocada casi entera y la oreja cayó, sin discrepancia alguna que tuviera base concreta y sensata. Mejoró su actuación en el sexto, sin duda el toro de la corrida. Un cuvillo castaño que derribó con estrépito al caballo y al picador, Manuel Cid; acudió de nuevo con fijeza al área de castigo y apretó de firme bajo el peto. Arreó en banderillas, pero Juan José Trujillo le ganó la cara en dos pares meritorios, que le obligaron a saludar. La faena de Talavante a este toro olía a Puerta Grande. Más aún: a triunfo grande, de dos orejas. Y a fe que a punto estuvo de conseguirlo, porque toreó de muleta con arrebatada personalidad y desbordante torería. Las series en redondo con la derecha, perfectas; las de naturales, inmaculadas. Faena de gran intensidad que no firmó su espada como merecía. Dos pinchazos y estocada. La ovación, supo a poco.

Tres orejas, tres se repartieron las figuras ayer en Las Ventas del Espíritu Santo. Los tres, tienen nuevas comparecencias contratadas. Los tres deben agradecer a Núñezdel Cuvillo la corrida que envió a Madrid: toros de razonable peso, algunos bien corpulentos, pero todos ellos armados con dos puñales puntiagudos. Corrida, pues, seria y buena en líneas generales, con los matices descritos.

Corrida en la que un año más, salió revalorizado José Gómez Ortega, Gallito, o Joselito el Gallo, como ustedes quieran. En cualquier caso, el Rey de los Toreros, antes, ahora y siempre. Un Rey que ha dejado en prenda su corona: la montera que tuve el honor, el placer y la fortuna de tener entre mis manos durante varios minutos, hace tan solo tres días. Todavía me tiemblan de emoción.

Publicado en República

Foto: NTR Toros.

San Isidro 2018: La épica como recurso / Ureña, una verdad a medias

Por Paco Aguado / Foto: Teseo Comunicación.

No estaban terminando de salirle las cosas al bueno de Paco Ureña. Con el primero, que aunque cargado de carnes fue el mejor hechurado y, por tanto, también el mejor toro de la corrida, porque le pudo la ansiedad: una visible, tensa y empecinada intención de rebozarse de toro, de despatarrarse hasta lo obsceno y de pasarse muy cerca de la bragueta unas embestidas que pedían, en cambio, más sutileza formal y sobre todo menos ligereza de muñecas en los remates.

Cuando acertó a cogerle medianamente el aire, le pegó de tal guisa una serie de naturales vibrantes y bizarros, pero que, por aquello que le faltó, ya no logró volver a repetir mientras la faena se le iba cayendo hasta los cinco pinchazos que la hundieron en la nada. Y con el quinto, que se movió mucho y con recorrido sin emplearse demasiado, Ureña se tiró también un largo rato sin concretar casi nada bajo un tendido que empezaba a contagiarse del fresco de la noche y del frío del ruedo.

Así que, una vez más, en el tiempo de descuento el de Murcia apeló a la épica, al drama más buscado que encontrado, a esa impostura que sabe recurso infalible en una plaza aparentemente tan dura pero en realidad tan impresionable como la de Madrid. De nuevo vimos a Ureña en su versión “hard core”, con el arrimón desafiante entre los pitones, el ajuste amontonado de empellones, el ¡uy! por el ¡ole! Y, para redondear la escena trágica, tampoco faltaron la voltereta final, la duda de la cornada y el renacer doliente, después de caer entre las patas del toro en una estocada a cara de perro.

Cayó también así la oreja que se dejó en el otro, para repetir la que ya parece su tópica imagen de marca: aferrada la mano al trofeo, tinto en sangre el desaliñado vestido y el rostro crispado, entre lastimero y feliz. La gente le quiere por su humildad, por su constante sufrimiento, pero tiene ya ganas de verle salir a hombros con el traje impoluto y entero, salpicado si acaso de pelos del toro, y con una sonrisa de oreja a oreja después de que el toreo que busca le fluya de una vez sin tanta fatiga.

Del resto de la corrida, con el color ambiental que le dio el primer lleno pero coherente con el gris de todo lo que va de feria, quedó apenas la pasajera sensación de haber presenciado una jornada laboral más de El Fandi, con un lote vacío, y la voluntad evidente y desangelada de un López Simón que aún sigue por la tortuosa senda que le lleve hasta sí mismo.

Publicado en Cuadernos de TM

Ureña, una verdad a medias:

El torero murciano cortó una sola oreja al lote de más calidad de Puerto de San Lorenzo.

Por Antonio Lorca.

Que Paco Ureña es un gran torero es una innegable. Pero los héroes artistas no siempre tienen la inspiración a punto para culminar obras bellas.

Ayer, el torero murciano firmó una actuación valerosa, sincera, emotiva a veces, emocionante en algunos destellos, pero no arrebatadora ni conmocionante, como, quizá, exigía el lote que le tocó en suerte. Paseó una oreja a la muerte del quinto después de una faena de medianías y una voltereta en la suerte suprema que fue la que, de verdad, empujó para la concesión del premio. Una actuación a medio gas, por tanto, de un referente del mejor toreo actual al que se le debe exigir un mayor compromiso.

Todo comenzó en un quite por gaoneras ceñidísimas al primer toro de la tarde, anuncio de su plausible disposición. Recibió, después al suyo con un manojo de verónicas embraguetadas y otras tres, en el quite, de gran empaque.

Empujó el toro en el primer envite con el picador y salió suelto en el segundo; galopó en banderillas y pronto mostró su clase, hondura, prontitud y humillación en la muleta. No llegó a acoplarse Ureña con la mano derecha, y el buen toreo comenzó a surgir con unos naturales largos, templados y bien ligados, que dieron paso a una magnífica tanda por el mismo lado, con el compás abierto, en una demostración evidente del toreo auténtico. Aún hubo un gran pase de pecho, otro del desprecio monumental, una trincherilla y ayudados por alto finales. Mató mal, muy mal, pero ya antes había quedado explícito que brillaron trazos extraordinarios pero incapaces de crear una obra de arte. Fue una labor de menos a más que cayó por el precipicio de los pinchazos. Sobraron muletazos y faltó remate y conmoción. El buen toro mereció mejor suerte.

Bueno fue, otra vez, el recibo a la verónica al quinto, otro animal con movilidad y nobleza en el tercio final. Fue la de Ureña una faena larga, en la búsqueda incansable e inoperante de una emoción que no se hizo presente más que en destellos puntuales. Culminó su labor con unas anodinas manoletinas que, sorprendentemente, cerró con un remate y un pase de pecho torerísimos. El toro quedó cuadrado para la muerte, y Ureña se tiró encima del morrillo con decisión, lo que le costó una espectacular voltereta. Esta y la bella muerte del manso y noble toro propiciaron el premio de la oreja. Bien, pero puede y debe estar mejor. Es imprescindible que así sea por el bien de la tauromaquia.

El resto del festejo no tuvo color. El Fandi pechó con un lote infumable. Inválido, muy protestado, un cadáver en puertas, fue su primero, ante el que falló en un par de banderillas al violín y con el que trató de justificarse en una voluntariosa labor de brocha gorda.

No tuvo mejor fortuna con el cuarto, manso y deslucido, al que banderilleó con más fortuna, aunque desistió de hacerlo en la suerte del instrumento musical, por si acaso.

Y el madrileño López Simón confirmó la impresión que dejó en la pasada Feria de Abril: que atraviesa un bache, que no está, que da muchos pases y torea poco, que su labor no llega a los tendidos, y que, en pura lógica, aburre.

Tuvo toros de triunfo, nobles, obedientes y repetitivos los dos, pero a ninguno le cogió el aire, ni se sintió a gusto ni gustó a casi nadie. Algún muletazo largo, alguna tanda ligada, pero todo en un mar de aguas insípidas.

Cómo haría mella el aburrimiento en los tendidos que, mientras López Simón daba muletazos al sexto, se lanzaron vivas a España, a la tauromaquia y a san Isidro Labrador, motivo más que suficiente para que el buen torero reflexione sobre la crisis de identidad que, por lo visto, padece.

Otra tarde más deben subir al podio toreros de plata henchidos de gracia: Tito Sandoval por un buen puyazo al sexto, y Vicente Osuna, Yelco Álvarez y Jesús Arruga, por meritorios pares de banderillas. Los cuatro, miembros de la cuadrilla de López Simón; lo que son las cosas…

SAN LORENZO / EL FANDI, UREÑA, SIMÓN

Toros de Puerto de San Lorenzo, bien presentados; el primero, inválido; segundo, mansón y de calidad suprema en la muleta; cumplidor en varas y noble el tercero; deslucido el cuarto; manso y noble el quinto, y con movilidad el sexto.

El Fandi: casi entera (silencio); estocada caída (silencio).

Paco Ureña: dos pinchazos —aviso— tres pinchazos y un descabello (ovación); estocada (oreja).

López Simón: media estocada, un descabello —aviso— y un descabello (silencio); pinchazo —aviso— media tendida y un descabello (silencio).

Plaza de Las Ventas. Octavo festejo de la Feria de San Isidro. 15 de mayo. Lleno. (22.275 espectadores, según la empresa).

Publicado en El País

San Isidro: Encastados los de Ibán y pueblerina la oreja de Espada

No tuvo suerte él mexicano Sergio Flores, pero dejo buenas sensaciones.

Plaza de Madrid. Sexta corrida. Asistencia: 13.620 espectadores, algo más de meda entrada. Toros de BALTASAR IBÁN (6), en general encastados y de buen juego 3º y 4º.

ALBERTO AGUILAR (4), de marfil y azabache. Cuatro pinchazos y cuatro descabellos. Un aviso (silencio).

SERGIO FLORES (5), de verde botella y oro. Estocada contraria (saludos). Pinchazo hondo caído y descabello (silencio).

FRANCISCO JOSÉ ESPADA (4), de gris azulado y plaza. Estocada corta (una oreja). Cuatro pinchazos. Un aviso (silencio).

Por Carlos Ilián.

El viernes se negó una oreja a Fortes a pesar de la petición mayoritaria y del mérito del torero con un toro que pedía los papeles. El presidente quiso transcurrir por el camino de la exigencia atendiendo lo que siempre debe prevalecer en Madrid, o sea que los trofeos se otorguen con enorme rigor. Nada que objetar. Ayer, sin embargo se dio la vuelta a la tortilla de la seriedad y el presidente de turno concedió una oreja pueblerina a Francisco José Espada.

El efecto letal del espadazo final puso fácil la petición a pesar de que el buen toro de Ibán se fue sin torear. Espada anduvo a gatas, sin ligar una sola tanda decente, ni por redondos ni por naturales. Esta vez la oreja no se justificaba y, por el contario, era un agravio comparativo con lo de Fortes. O todos en la cama o todos en el suelo y que el palco no sea de Madrid, como el viernes, y de un pueblo como ayer.

Aparte de la polémica oreja la tarde no tuvo otra historia que la encastada corrida de Baltasar Ibán, con dos toros, tercero y cuarto que merecían algo más que los trallazos endilgados por Espada y Aguilar, respectivamente.

Apósito, Alberto Aguilar se despedía ayer de Madrid y la gente le ovacionó después del pasillo.

El mexicano Sergio Flores se estiró en naturales en su primero, otro toro que cumplió y no pudo con los derrotes del quinto.

Espada, por su parte, las pasó moradas en el sexto devolviendo la orejita benévola del tercero.

Publicado en MARCA