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La corrida (Miura) del deshonor

Rafaelillo y su Miura. Foto Manolo Briones para NTR Toros


Por Antonio Lorca.

Miura / Rafaelillo, Dávila, Pinar

Toros de Miura -segundo y quinto, devueltos-, desiguales de presentación, muy flojos, muy mansos, descastados y deslucidos; chicos los tres primeros. Primer sobrero, de Buenavista, soso y noble; el segundo, de El Ventorrillo, cumplidor en varas, noble y con clase en el tercio final.


Rafaelillo
: media estocada y dos descabellos (silencio); media trasera (ovación).


Dávila Miura:
pinchazo y estocada caída (silencio); pinchazo y casi entera (división de opiniones).
Rubén Pinar: dos pinchazos y estocada (silencio); estocada y cinco descabellos (silencio).


Plaza de Las Ventas
. Trigésima segunda corrida de feria. 11 de junio. Casi lleno (22.490 espectadores).

El primer toro tenía cara de chavalín; el segundo, era un compañero del cole, y el tercero, escurrido de carnes. Pero eso no fue lo peor. El segundo fue devuelto a los corrales porque a su cara de niño le añadía una evidente invalidez, lo que ya parecía una broma. Y el animal se marchó solo a los corrales, convencido, sin duda, de que había terminado el recreo. 

Los tres últimos parecían los padres de los primeros; aún así, quedó claro que la ausencia de fuerzas no era cuestión de tamaño, sino de familia. Esa y no otra fue la razón de que también acabara en los corrales el quinto, y a punto estuvo de seguir los pasos el sexto. Pero el reloj ya pasaba de las nueve y no era cuestión de prolongar el hastío.

Y hubo más: ningún miura mereció la pena en ningún tercio; muy mansos en los caballos, con la cara siempre por las nubes, desganados en banderillas, y sosos, descastados y deslucidos en la muleta.

En fin, que vaya cierre de feria, menudo colofón y deshonor para ganadería tan señera; un fracaso sin paliativos que no admite disculpa alguna. Imperdonable que salieran tres toros anovillados, y un negro borrón en la historia de la centenaria ganadería por el pésimo juego de la corrida.

Con tal material, es presumible que el festejo fuera desabrido y plúmbeo, a pesar de la buena voluntad de los toreros.

Una cerrada ovación sonó al final del paseíllo en honor de Dávila Miura. Merecidísima. El gesto de matar la corrida de su familia en situación de torero retirado que no se viste de luces desde los Sanfermines del año pasado es una heroicidad que el público le reconoció. Al final, no lidió ningún miura, pues su lote fue el devuelto, pero demostró que la experiencia es un grado y permanece en sus muñecas el sabor añejo del toreo. Se le notó, claro está, la falta de rodaje, lo que no impidió que trazara varias tandas de estimables redondos a su noble primero, con el que dio la impresión de no sentirse cómodo ni relajado. El mejor toro de la tarde -cumplió en varas, acudió en banderillas y derrochó clase en la muleta- fue el quinto. Muy lucido el comienzo por bajo, rubricado con un gran pase de pecho; varias tandas muy toreras con la mano derecha, faltas de ceñimiento, quizá; un manojo de bellos naturales; otra tanda con la mano derecha sin la ayuda del estoque y unos inspirados ayudados por alto pusieron el colofón a una labor criticada incompresible e injustamente por parte del público, en la que el torero -es verdad- no llegó a romperse como se esperaba.


Rafaelillo
se llevó un susto gordo cuando el cuarto le lanzó un derrote a su menudo cuerpo y le produjo puntazos corridos de carácter leve en el muslo izquierdo y la axila derecha. Era un buey con malas pulgas. Y con el primero -tan soso y descastado como noble- se sintió a gusto, como si estuviera firmando un armisticio, de tan cariñoso como era, aunque el calor de la amistad no llegó a los tendidos.

El más perjudicado, Rubén Pinar. Un lote imposible. Decidido y esforzado. Merece otra oportunidad.

Publicado en El País

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Feria de San Isidro: Antonio Ferrera, un mago del toreo

El diestro Antonio Ferrera en la faena a su segundo toro. Kike Para.


MARTÍN/FERRERA, BAUTISTA, ESCRIBANO

Toros de Adolfo Martín, bien presentados, muy mansos, descastados y deslucidos.

Antonio Ferrera: pinchazo y estocada trasera (silencio); pinchazo -aviso- tres pinchazos -2º aviso- estocada baja y dos descabellos (palmas).

Juan Bautista: tres pinchazos y media (pitos); media (silencio).

Manuel Escribano: estocada trasera y baja (silencio); estocada baja (silencio).

Plaza de Las Ventas. Trigésima corrida de feria. 9 de junio. Casi lleno (21.796 espectadores). Se guardó un minuto de silencio en memoria del joven Ignacio Echeverría.

Por Antonio Lorca.

La corrida fue un pestiñazo de los gordos; una constatación más de lo poco que dura la alegría en la casa de los aficionados a los toros. Un triunfo tras otro no debe ser bueno para el corazón, y quizá, por eso, la de ayer fue una tarde de penitencia, una de esas en la que se pone a prueba el nivel de afición de cada cual.

La corrida de Adolfo Martín fue un fracaso sin paliativos; bien presentada y astifina, eso sí, pero sin alma brava. Muy mansa, en líneas generales, en el primer tercio, a excepción, tal vez, del segundo y tercero, pero muy descastada, sin clase, áspera, sin recorrido y sin casi nada en las entrañas. Una corrida para olvidar.

En consecuencia, hubo pocos momentos para el recuerdo; pero quedan dos y ambos son importantes.

El primero es una nueva lección de torería de ese artista transfigurado llamado Antonio Ferrera. Volvió demostrar que posee una admirable capacidad y conocimiento en la cara de los toros, que ha aprovechado, y muy bien, el año y medio que estuvo de baja por la fractura de codo, y que en este momento es uno de los pocos toreros realmente interesantes para el aficionado por su sentido de la lidia, su colocación, su variedad, su firmeza y, sorprendentemente, su naturalidad.

Ayer, por ejemplo, se las estaba viendo con su primero, soso, sin fijeza ni calidad, que embestía con la cara a media altura y no le quitaba ojo al cuerpo del torero con la insana intención de levantarle los pies del suelo. Pues por allí andaba Ferrera con una seguridad asombrosa, como si estuviera en la plaza de tientas. Y ese mismo toro le había rasgado la taleguilla de un pitonazo en la segunda verónica con la que pretendió recibirlo pegado a tablas.

Pero lo mejor llegó en el cuarto, que derribó con estrépito en el primer encuentro con el caballo, se orientó en banderillas y puso en apuros a la cuadrilla. Rajado llegó al tercio final, huidizo, negado para embestir, absolutamente inservible para la lidia.

Sin embargo, tenía delante un torero. No se conformó Ferrera con actitud tan displicente del toro, y lo tocó por allí y por acá, le mostró la muleta de mil formas distintas -y el toro, que no y que no-, hasta que, en el quinto o sexto intento, le robó dos naturales que supieron a gloria; instantes después, le siguieron otros dos con sabor a torería, y una trincherilla y el obligado de pecho que despertaron los olés en los cansinos graderíos. Y aún hubo algún muletazo por el lado derecho, y un par de naturales más…

Nadie acertaba a entender dónde estaba el truco de este mago de la lidia. Porque eso fue, toda una suerte de magia para hacer embestir a un animal que parecía imposible para el toreo. Pero había sido tan exigente el análisis, tan detenido y largo el estudio del toro, que el tiempo se le echó encima, falló con el estoque y a punto estuvo de que le devolvieran el toro al corral.

No fue así, menos mal, y quedó el regusto de una lección de auténtico mago del toreo.

No tuvo mejor suerte Escribano con un lote inservible, cortísimo de ánimo y más propio de una manada de bueyes. Esa era la actitud de su primero, que no tenía un pase; y muy valiente se mostro ante el sexto, parado y deslucido, ante el que expuso más de lo debido habida cuenta del poco rédito que podía ganar.

A ese toro le puso el par de banderillas -el segundo recuerdo- de muchas tardes; el torero, subido en el estribo de la barrera; a pocos metros, muy cerca, el toro, y el encuentro resultó ceñidísimo, y muy apretada la llegada al burladero. Un par en el que se lo jugó todo, y salió indemne de milagro. Ferrera y él había competido en el segundo tercio en sus primeros toros de manera muy discreta, y Escribano subió el nivel ante el sexto.

Bautista aburrió en demasía ante el quinto, un inválido muy protestado, al que se empeñó en muletear contra el criterio de los tendidos; y nada dijo ante el noblote segundo, tan suave como soso.

La corrida de hoy

Espectáculo de rejoneo. Toros despuntados de Fermín Bohórquez, para Hermoso de Mendoza, Sergio Galán y Lea Vicens.

Fuente: El País

San Isidro 2017: Emocionante puerta grande para Juan del Álamo

Juan del Álamo cruza la puerta grande a hombros de los aficionados. Álvaro García.

Por Antonio Lorca.

El presidente fue muy exigente con Juan del Álamo al no atender la mayoritaria petición de la segunda oreja tras la muerte de su primer toro; y, quizá, tenía razón, pero se habían concedido trofeos tan baratos en esta feria que parecía injusta la extrema dureza del palco.

Pero el torero salmantino se propuso salir por la puerta grande y lo consiguió a base de pundonor, de entrega y de arrojo ante el deslucido sexto. Pero el público estaba con Del Álamo, y cuando se volcó sobre el morrillo como lo hacen los que deciden jugarse la vida de verdad la plaza se cubrió de pañuelos, y el torero vivió la experiencia mágica de ver la calle de Alcalá por encima de los demás.

Ya era hora de que Juan del Álamo dejara de ser el torero de orejas solitarias y protagonizara una tarde vibrante que le ayude a despegar definitivamente como figura de altos vuelos.

Se encontró, primero, con un manso de libro, como toda la corrida, que huía de su sombra, pero llegó a la muleta con una dulce embestida de altísima calidad. El comienzo por bajo, ganando terreno en cada muletazo, fue espectacular; el toro corroboró su bondad en la primera tanda con la mano derecha, y se entregó en tres más por el pitón izquierdo en los que destacaron algunos naturales y, especialmente, los pases de pecho. El público cantó de forma desmedida la buena labor del torero, que acabó con unos singulares ayudados por bajo. Mató de una estocada certera y llegó la gran bronca al presidente al negarle la segunda oreja, lo que obligó al torero al dar dos vueltas al ruedo.

La faena tuvo un pero: duró una exhalación; o, al menos, esa fue la impresión que dio. Faltó templanza, faltó largura en los muletazos, faltó que se recreara en la obra. Pero en comparación con otras orejas baratas…

Y en el sexto se jugó el tipo con entrega, pundonor, arrojo… Fue una labor deslavazada de un torero arrollador que no le perdía la vista a la puerta grande. Y la abrió con la ayuda de unos tendidos dispuestos a todo con tal de disfrutar.

Los mejores muletazos -lo que son las cosas- los dio El Cid ante el cuarto, un toro encastado, codicioso y repetidor, con el que dibujó dos tandas de naturales bellísimos, largos y de enorme hondura. Fue el mejor Cid de los últimos tiempos; pero pinchó, como siempre que torea bien, y se esfumó la oreja bien ganada. No ofreció, sin embargo, su mejor versión ante el deslucido primero.

Y Joselito Adame no tuvo su día. Apagado y derrotado se mostró ante el áspero segundo de la tarde, y anodino y sin garra ante el noble quinto. Los ajustados estatuarios iniciales no fueron más que un espejismo.

ALCURRUCÉN / EL CID, ADAME, DEL ÁLAMO

Un toro de El Cortijillo —el primero— y cinco de Alcurrucén, bien presentados, distraídos y muy mansos; descastados los dos primeros, nobilísimo el tercero, encastado el cuarto, noble el quinto y deslucido el sexto.

Manuel Jesús El Cid: estocada y un descabello (silencio); pinchazo y estocada (ovación).

Joselito Adame: pinchazo, media, pinchazo —aviso— y tres descabellos (silencio);estocada que asoma —aviso— dos pinchazos y bajonazo (silencio).

Juan del Álamo: estocada (oreja, petición de la segunda y dos vueltas al ruedo); estocada (oreja). Salió a hombros por la puerta grande.

Plaza de Las Ventas. Vigesimonovena corrida de feria, 8 de junio. Tres cuartos de entrada.

FuenteEl País

Feria de San Isidro: El que quiso…¡pudo! 

Juan del Alamo. Foto Manolo Briones NTR Toros.
Por Paco Jara para De SOL y SOMBRA.

Las Ventas de Madrid.- Hoy se celebró un festejo más de la llamada semana torista dentro del serial Isidril. En el cartel tres toreros que venían buscando cada uno algo diferente, El Cid tratando de renacer, Adame buscando después de 45 años por fin abrir la puerta grande para un coleta mexicano y un Juan Del Álamo que fue el único que llegó decidido a todo para lidiar un encierro de Alcurrucén donde han destacado los corridos en 3o y 4o lugar. El encierro lo completo un toro del hierro de El Cortijillo.

Manuel Jesús con “Coplero” de El Cortijillo un negro listón bragado con 546 kilos en los lomos ha sido un mar de dudas, no ha sucedido nada durante su labor y después de una entera tendida y un golpe de descabello, se ha retirado en silencio. 

Con su segundo de nombre “Antequerano” un toro negro chorreado bragado de capa, con 560 kilos ha estado en algo que ya se ha hecho costumbre en su historial, mejor dicho, una mala costumbre; ha estado irregular ante un toro de triunfó. Ahí quedo en el recuerdo ese “Antequerano” que en el segundo encuentro con el caballo fue de largo y con el que El Cid solo ha dejado detalles dejandose ir un toro con las orejas puestas. Al final señaló una entera y un golpe de descabello para saludar, creo yo, inmerecidamente desde el tercio. Palmas en el arrastre para el de la familia Lozano.

Por su parte José Guadalupe Adame ha tenido una segunda mala tarde en este San Isidro, en la que ha confirmado que está muy, pero muy lejos de ser alguien importante de este lado del continente y quién siga diciendo que es una figura del toreo en México, está en un grave error. 

Si bien su primero “Listillo” un colorado con 521 kilos no ha sido un buen toro, Joselito tampoco ha estado solvente. Después de 3 pinchazos y 3 golpes de descabello acabo con el de Alcurrucén para escuchar un aviso y algunos pitos.

Con “Afectísimo” un negro bragado de 527 kilos, lo más rescatable de su labor ha sido su inicio con ceñidos ayudados por alto, para después estar toda la faena fuera de cacho, sin sitio, sin encontrar la distancia, ni las alturas, ni los terrenos que el toro pedía. Por momentos estuvo haciendo el toreo que práctica en cualquier plaza de segunda o tercera categoría en México y daba la impresión de que se le olvidaba en donde estaba. El de Alcurrucen pedía distancia, mando y sometimiento y al no encontrarlo en la muleta de su matador, terminó igual que todo el tendido, aburrido. Dejo una estocada desprendida, dos pinchazos y un bajonazo para nuevamente escuchar pitos. 

Ya son muchas tardes de José Guadalupe en Madrid y no se cuántas más le van a aguantar. 

Juan Del Álamo quiso y pudo, y es que el que quiere puede, claro, siempre y cuando vaya acompañado de una solida y sustentada tauromaquia. 

Con su primero, “Licenciado” un colorado bragado meano de 551 kilos que tuvo un inicio incierto, Juan estuvo técnicamente perfecto y con sapiencia, ya que pudo ver los defectos y las virtudes del toro desde el capote. Y es que tras una salida incierta “Licenciado” rompió para bueno y parecía que planeaba en sus embestidas de tanto humillar. 

Con la muleta inició con unos doblones muy toreros que nos dejaron ver que “Licenciado” podría ir a más. Despues llegaron dos tandas por el derecho que calaron fuerte en el tendido por la enorme transmisión de las embestidas, y aunque en algunos momentos del Alamo anduvo un poco apresurado, enderezó el rumbo al cambiarse la muleta a la mano izquierda y fue en ese momento cuando llegó lo mejor de la faena; tres naturales de cartel que hicieron vibrar al tendido. Despues llegaron dos naturales más y un par de trincherillas que hicieron crujir los cimientos de Las Ventas. Se volcó con la espada sobre el toro dejando una estocada entera, pero un pelín desprendida. Sin embargo el de Alcurrucén vendio cara su muerte de bravo, en los medios, dejando en suspenso el final triunfal de la vibrante faena. 

Al doblar “Licenciado” la petición fue mayoritaria, pero el presidente Trinidad López ha querido ser el “protagonista” y solo ha concedido una oreja cuando la plaza exigía las dos orejas. Pero ¡va! esos son despojos, el que paga y manda en este espectáculo lo obligó a dar dos vueltas al ruedo. Y es que una cosa es ser EXIGENTE y otra muy distinta ser INTRANSIGENTE.

Cerró plaza “Bocineto” un toro con 570 kilos de capa negro salpicada. Desde su salida hasta que Del Álamo tomó la muleta todo había sido una capea, capotazos por todos lados, uno por aquí, otro por allá, en resumen un desastre de brega. Un picotazo por aquí y otro par más por allá. Sin embargo Juan ha sido muy inteligente y sabiendo que tenía a la gente en el bolsillo se fue ha plantarle pelea con muletazos de mucho valor, algunos cortos pero el toro no permitía el lucimiento. Se  tiro ha matar nuevamente con mucha verdad para dejar una estocada caída y tendida. Pero la petición fue mayoritaria y más allá de lo reglamentario, Trinidad ha sacado el pañuelo para pagar (mal hecho) la oreja que le había negado en su primero. 

Al final Puerta Grande para Juan Del Álamo

Para algunos será merecida para otros no, pero en conjunto y más allá de la oreja de su primero, logró por los menos para los que estábamos en la plaza, unificar criterios y eso en Las Ventas siempre ha sido algo muy difícil. 

Twitter @paco1rafigura

Rehuelga, con un corridón, hace trizas las teorías del taurinismo

El boleto de la lotería se llamo liebre, corrido en quinto lugar. Foto Plaza 1.
Por Carlos Ilián.

A pesar de la exagerada vuelta al ruedo al quinto toro, un notable para la casta y la seriedad de la corrida

Para ridículo del taurinismo, desmontando otra vez sus interesadas teorías sobre el peso, volumen y edad del toro “ideal”, ayer salió un corridón de Rehuelga con un promedio de 578 kilos, todos cinqueños y dieron un espectáculo por su movilidad, pelea en varas y algunos por su juego soberano en la muleta. El cuento del toro que embiste o sea ligero de kilos, utrero adelantado y descolgado de carnes vuelve a quedar hecho trizas en Madrid.

Si el otro día fue la corrida de Garcigrande, ayer los santacolomas de Rafael Buendía vuelven a demostrar que cuando hay casta detrás el peso y la edad no determinan el juego del toro. No fue la de Rehuelga la corrida perfecta, ni mucho menos, y hasta la vuelta al ruedo al quinto resultó una exageración triunfalista de la presidencia, pero la corrida dejó una huella de casta y en algún caso de bravura que merece un notable.

La corrida ha sido un canto a la casta. Una casta que Alberto Aguilar soportó por partida doble con el lote de la tarde. Le costó un mundo su primero y tardó en encontrar el temple y la distancia en el quinto, entendiendo que debía ligar dejando el engaño en la cara del toro para embarcar la embestida sin solución de continuidad y cuajar naturales y redondos muy serios en su concepción, Un feo espadazo afeó el conjunto.

Pérez Mota tuvo en el sexto el toro soñado en Madrid. Con generosidad abrió, de una vez, por naturales, capeando el torrente de embestidas. Por el pitón derecho alcanzó sus mejores momentos ante un toro que pedía mucho más. Le faltó continuidad y se notó lo poco que torea. Fernando Robleño, sin dejar de insistir en su lote, estuvo espeso y por debajo del cuarto. Al finalizar la corrida fue obligado a saludar el mayoral de la ganadería.

Plaza de Madrid. Vigesimoctava corrida. Menos de tres cuartos de entrada. Toros de REHUELGA y uno de SAN MARTÍN (7), serios, hondos, de gran pelea en varas, 5º y 6º de embestida encastada. Al 5º le dieron una exagerada vuelta al ruedo. 

FERNANDO ROBLEÑO (4), de grana y azabache. Dos pinchazos y estocada (silencio). Estocada caída y seis descabellos. Un aviso (silencio). 

ALBERTO AGUILAR (6), de rosa y oro. Pinchazo y estocada corta desprendida (silencio). Estocada caída (saludos). 

PÉREZ MOTA (5), de carmelita y oro). Dos pinchazos y estocada (algunos pitos). Pinchazo y estocada (palmas).

Fuente: Marca

San Isidro 2017: Sorprendente corrida de Rehuelga. Alberto Aguilar tuvo el gordo de la lotería 


Por Antonio Lorca

REHUELGA / ROBLEÑO, AGUILAR, MOTA

Un toro -el primero, de San Martín-, manso y descastado, y cinco de Rehuelga, bien presentados y astifinos; descastado el segundo; mansos y nobles tercero y cuarto; bravo y con clase el quinto, al que se le dio la vuelta al ruedo, y de encastada nobleza el sexto. Al final del festejo salió a saludar el mayoral de la ganadería.

Fernando Robleño: dos pinchazos y estocada (silencio); estocada caída, dos descabellos -aviso- y cuatro descabellos (silencio).

Alberto Aguilar: pinchazo y media caída (silencio); estocada baja (ovación).

Pérez Mora: dos pinchazos y estocada (pitos); pinchazo y estocada (palmas de despedida).

Plaza de Las Ventas. Vigésimo octava corrida de feria. 7 de junio. Algo más de media plaza (14.134 espectadores).

Doliente debe ser escuchar que la plaza ovaciona al toro que acabas de matar y tú, parapetado en el burladero, no quieres oír unos leves pitos que, aunque no lo desees, van dirigidos a ti.

Pero peor, mucho peor, debe ser que el presidente saque el pañuelo azul (“Que no quiero verlo, que no quiero verlo”) que ordena a los mulilleros que le den la vuelta al ruedo a tu toro, que pase delante de ti, con la solemnidad propia del caso y el aplauso emocionado de los tendidos, con las orejas colgando. Y tú miras, cierras los ojos y crees estar en un sueño. Cuando las mulillas desaparecen por el túnel del desolladero, unas leves palmas y el ánimo de los compañeros -pura compasión- te hacen abandonar a duras penas el burladero para responder al cariño elegante de algunos espectadores.

La primera experiencia la vivió Pérez Mota a la muerte de su primer toro; la segunda, Alberto Aguilar en el quinto, al que se le concedió el gran honor de la vuelta al ruedo.

¡Qué dramática y dura puede llegar a ser la fiesta de los toros…! Meses de duermevela, de entrenamiento diario, de sacrificio, de no tener vida en muchos casos; de ilusiones y sueños, también, cuando un torero se ve en los carteles de una feria tan importante, y que el día H, ese marcado a fuego en tu calendario más intimo, salga un toro embistiendo y tú no seas capaz de estar a su altura, y que la cabeza te dé vueltas y te agobies con la derecha y la zurda, y que no haya manera de encontrarle las vueltas a este toro que se está haciendo el amo de la situación, mientras yo me siento ridículo ante mí mismo. Duro debe ser; muy duro para un ser humano cargado de triunfos en su cabeza…

La corrida de Rehuelga, origen Santa Coloma, sorprendió a todos. Solo cinco toros aprobaron el examen veterinario, astifinos todos y cinqueños, y algunos con muchos kilos -608 el cuarto y 647 el quinto-, pero dieron un juego por encima de lo esperado, aunque pecaron de gotas de sosería. 

Mansearon en los caballos, aunque varios acudieron de largo a las cabalgaduras, y solo el quinto hizo una pelea de bravo auténtico; acudió tres veces desde los medios, y empujó con los riñones. Poca alegría demostró en el tercio de banderillas, y embistió largamente, con fijeza humillación y recorrido en el tercio final. No fue un toro completo -quizá, acusó el tercer puyazo- y le faltó regocijo en la embestida, pero derrochó nobleza y duración. Dobló las manos en varias ocasiones, aunque no dejó de obedecer al primer toque la muleta de su matador. Exagerado, en principio, el premio de la vuelta, aunque también se puede pensar que la mereció porque tuvo treinta muletazos, quizá más, para encumbrar a un torero.

Alberto Aguilar tuvo el gordo de la lotería en sus manos y no fue capaz –esa es la pura verdad- de comprarlo y alegrarse toda la vida. Era un toro para un torerazo, con mando en plaza, hondura y sentimiento. Era un toro para un torero con derrochadora personalidad, con ambición, con calidad excelsa, dueño de un toreo arrebatado y sublime.

Aguilar puso su alma en el empeño, y a quien da todo lo que tiene no se le puede exigir más. Fue una faena larga, por la derecha y la izquierda, pero su obra no acabó nunca de enganchar en los corazones del respetable, que había optado hacía tiempo por adoptar a su oponente. 

Unos ayudados por bajo finales, preñados de torería, y un largo pase de pecho fue lo mejor de su labor, insuficiente y muy lejos de lo que pedía el animal. Recibió un golpe en el muslo derecho en el inicio de la faena, que le produjo rotura de la aponeurosis y el músculo vasto interno.

Tampoco pudo destacar ante el segundo de la tarde, manso y noble, con el que solo se lució en una tanda con la mano diestra. En fin, que mejor no pensar en la noche que habrá pasado el torero; y algo más oscuro: lo empinada que se le pone la difícil cuesta de la temporada.

Otro lote de triunfo cayó en las manos de Pérez Mota, dos toros que debieron dejar sus orejas en el ruedo. Se movió mucho el tercero, con nobleza y un punto de sosería; se plantó el torero y algún muletazo tuvo cadencia y enjundia, pero resultó que era un espejismo. No entendió que el toro iba de largo y así lo reconoció el público, y recriminó al torero su falta de vista. Extraordinario fue en la muleta el sexto, y el torero no lo entendió; muletazos vacíos no era lo que merecía la calidad del toro. Otro hombre al que le que queda una profunda reflexión.

Tampoco se justificó Robleño ante el cuarto, sosón como todos, pero que no dejó de embestir con nobleza a una muleta despegada, tosca y hueca. El único que de verdad rechinó en toda la tarde fue el primero, y, en ese, Robleño se puso un poco pesado.

La corrida de hoy

Toros de Alcurrucén, para El Cid, Joselito Adame y Juan de Álamo.

Feria de San Isidro: Un toro fiero ante el poderío de Ureña


MARTÍN / URDIALES, TALAVANTE, UREÑA

Toros de Victorino Martin, bien presentados y astifinos. Descastado el primero; manso y muy noble el segundo; bravo, fiero y encastado el tercero; bravo y soso el cuarto; cumplidor en el caballo y descastado el quinto, y cumplidor en el caballo y sin calidad el sexto.

Diego Urdiales: cuatro pinchazos, casi entera atravesada y dos descabellos (pitos); pinchazo y estocada (pitos).

Alejandro Talavante: estocada trasera y un descabello (oreja); media atravesada, dos pinchazos y estocada (pitos).

Paco Ureña: estocada tendida -aviso-, dos descabellos -2º aviso- y un descabello (vuelta); pinchazo, casi entera -aviso- y tres descabellos (silencio).

Plaza de Las Ventas. Vigésimo séptima corrida de feria. 6 de junio. Lleno de ‘No hay billetes’ (23.624 espectadores).

Por Antonio Lorca.

Había que ser muy buen torero para estar a la altura de ese toro, tercero de la tarde, Pastelero de nombre, de 520 kilos de peso, descarado de pitones astifinos, que acudió con presteza al caballo, galopó alegre en banderillas y llegó a la muleta pidiendo guerra. ¡Pero qué guerra…!

Había que ser un torero muy poderoso para estar cruzado delante de ese toro, un dechado de fiereza y codicia, remiso a embestir al primer cite, pero duro, exigente y agresivo cuando acudía con acometividad, prontitud y fijeza. Daba miedo desde el tendido verlo cómo perseguía la muleta con con aire combativo y vibrante.

Había que tener las ideas muy claras, valor seco, oficio, seguridad, dominio de la situación, pundonor y arrojo para hacer el toreo con ese toro; para emocionar y arrebatar a unos tendidos temerosos de una voltereta que parecía inminente y lejana a un tiempo por la acometividad del animal y la firmeza del torero.

Vendió cara su muerte Pastelero. Tras una larga faena, en la que se empleó como los grandes, y una estocada algo tendida, el toro se negó a morir y deslució el triunfo incontestable del torero.

Mucha verdad mostró Paco Ureña ante ese toro; un poderío insultante; una capacidad fuera de lo común, una encomiable hambre de triunfo. No cortó las orejas, pero quedó para el recuerdo la obra de un torerazo.

Esperaba el toro en los medios, altivo y orgulloso, cuando Ureña tomó la muleta. Primera tanda con la derecha a modo de mutua presentación. Y quedó claro que Pastelero no era blandito ni dulce, sino una papeleta. La fiereza que guardaba en su interior la mostró en los redondos siguientes, y extraordinarios fueron los tres que vinieron a continuación, firme el torero, envalentonado el animal, y la plaza que comenzaba a rugir de emoción incontenida.

Otra tanda de altura, y quedó la plaza, el toro y el torero convencidos de que el que mandaba en aquella pelea era Ureña. Bajó la fortaleza de Pastelero por el lado izquierdo, pero aún tuvo oportunidad para demostrar la mucha vida que le quedaba cuando el matador volvió con la espada de verdad.

Un espectáculo grandioso, el de la lidia total, no coronado con el triunfo, pero igualmente emocionante y arrebatador. Si muchos toros fueran como Pastelero, la mitad del escalafón estaba en su casa y las colas en las taquillas darían varias vueltas a la plaza…

Con una magnífica disposición se enfrentó Ureña al sexto, que lucía dos pitones de miedo y provocó que la cuadrilla hiciera en banderillas un ridículo impropio de profesionales curtidos. Pareció por un instante que volvía la grandeza, pero el toro, áspero, corto de recorrido y sin clase, lo impidió. No se afligió el torero, y volvió a demostrar que le sobran agallas en el corazón y profundidad en las muñecas, aunque no fue posible.

Más suerte tuvo Talavante, al que le tocó el victorino artista de la tarde, y lo toreó a placer, con temple y hondura, en una faena de muleta, cimentada en la mano derecha, bonita, bien estructurada, pero falta de la emoción de la casta. Lo había recibido con cuatro vistosas verónicas y dos medias de cartel, y paseó una merecida oreja tras acertar con la espada.

Sin embargo, el público quería más y no entendió que el quinto carecía de clase y codicia, y Talavante prefirió montar la espada pronto y ahorrar a todos una suerte de aburrimiento.

Y el que no estuvo fino fue Urdiales. Le tocó el peor lote, ciertamente, pero también fue el torero más precavido y con menos recursos. Y eso no está nada bien. El primero no le gustó desde que lo vio aparecer por la puerta de chiqueros. Era descarado de pitones y astifino, que todo hay que decirlo, y el diestro no se quedó quieto con el capote. Los dos primeros tercios pasaron volando, como prueba de las prisas que tenía Urdiales por que pasara ese cáliz cuanto antes. Y cuando tomó la muleta estaba claro que no sabía por dónde empezar. Era un toro soso, sin fijeza ni sentido de la humillación, y, en un momento, Diego se le quedó mirando: ¿Y ahora qué hago yo? Pues, eso, que no sabía qué hacer. Escaso de recursos, lo macheteó por bajo en una actitud muy precavida y desconfiada. En fin, mal. ¡Un torero tiene que estar de otra manera…!

Tampoco tuvo clase el cuarto, sin fondo ni recorrido, y Urdiales intentó justificarse cuando el asunto ya no tenía remedio.

La corrida de hoy

Toros de Rehuelga, para Fernando Robleño, Alberto Aguilar y Pérez Mota.



San Isidro 2017: Un Victorino fiero salva al ganadero y Paco Ureña se la juega

Paco Ureña, durante su faena. AFP.

Por Carlos Ilián.

Una escabechina en el reconocimiento de la corrida que había apartado Victorino Martín, lo deja en mal lugar. Un resbalón inaceptable en un ganadero de su prestigio. Y el descalabro pudo ser mayor si no sale ese tercer toro, de nombre Pastelero, de fiereza desbordante, de un derroche de casta y codicia que encumbró la tarde y exigió a Paco Ureña un esfuerzo titánico. El torero desplegó la tauromaquia que combina el valor y el toreo más ortodoxo. Se fajó en los redondos sin concederse ventajas, embarcando la embestida feroz y ligando los muletazos, en series rotundas.

La prueba de fuego llega cuando Ureña se echa la muleta a la izquierda para pasarse las guadañas de la fiera por la taleguilla y cuajar unos naturales que parecían imposibles. Había que culminar con la espada y el torero se le juega para dejar un espadazo tendido que necesitó de tres descabellos. Acababa de perder una oreja de muchos quilates. En el sexto, con mal estilo, metiéndose por dentro, salvó el pellejo.

Alejandro Talavante estuvo exquisito al natural pero sin grandeza ante un victorino de embestida humillada y noble. Por el pitón derecho el toro se quedaba corto, pero Talavante se sacó de la manga una arruina que le puso el viento a favor y a pesar de un espadazo desprendido y un descabello cortó una oreja más que generosa. En el quinto cortó por lo sano ante un buey.

Y dos bueyes tuvo enfrente Diego Urdiales. El primero, morucho perdido y el cuarto, ah, el cuarto que engañó a muchos porque el torero tuvo la generosidad de dejarlo de largo en el caballo, muy de largo. El toro se arrancó dos veces y emocionó. Pero ¡ojo!, en la muleta fue un manso distraído y buscando las musarañas. Urdiales, en vez de enfadarse y taparse estuvo contemplativo y equivocó con su aparente desidia. Otra vez se va de vacío de Madrid.

Plaza de Madrid. Vigesimoséptima corrida. Lleno.

 Toros de VICTORINO MARTÍN (4), un toro fiero el 3º, un toro suave el 2º y cuatro de juego morucho, aunque el 4º fuera de largo al caballo.

DIEGO URDIALES (4), de verde botella y oro. Cuatro pinchazos, media estocada atravesada y dos descabellos (algunos pitos). Pinchazo y estocada delantera (algunos pitos). 

ALEJANDRO TALAVANTE (6), de malva y oro. Estocada desprendida y descabello (una oreja). Dos pinchazos y estocada (silencio). 

PACO UREÑA (6), de caña y oro. Estocada tendida y tres descabellos. Dos avisos (vuelta). Pinchazo hondo, estocada y tres descabellos (silencio).

Publicado en Marca