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FERIA DE SAN ISIDRO: Astifina y muy dura sosería


Por Antonio Lorca.

Diez minutos antes del inicio de la corrida comenzó a lloviznar y, al poco, cayó un aguacero de esos que dicen que viene de la parte de Toledo; el ruedo quedó encharcado en distintas zonas, y el vecino, que sabía de lo que hablaba, comentó: “La culpa de esto la tiene Morante”. ¿De la lluvia? “No, de los charcos, que se ha empeñado en que se rebaje el suelo, y, encima, no viene más que a una corrida. Pues que lo hubieran rebajado el día antes”.

El asunto no pasó a mayores porque pronto dejó de llover y el agua se diluyó a pesar del capricho del artista sevillano.

Y comenzó el festejo, y acabó cuando habían dado ya las nueve y media y el frío se había metido en los huesos de los espectadores; porque a los toreros lo que les llegó al alma fue la dureza de la corrida de La Quinta, de bella estampa, muy astifinos pitones, mansa de libro, descastada y con malas ideas; especialmente, el segundo de la tarde, violento y brusco, que llegó entero al tercio final y no paró hasta que enganchó por la pierna derecha a David Galván, lo zarandeó, lo buscó con saña en el suelo, y le ha hecho la puñeta. Una probable fractura en el codo izquierdo puede ser mucho peor que una cornada. Y con la falta que tiene Galván de un triunfo que lo saque del pozo en que se encuentra…

Es lo que tienen los toros, dirán algunos. No exactamente. Es lo que tiene estos toros que, de entrada, muestran unos pitones de miedo, de esos que saben que si te levantan las zapatillas, te calan, que fue lo que le ocurrió a Galván; y, además, con malas ideas, y falta de casta y bravura. Toros de comportamiento muy desigual, sosos y descastados; tan solo el quinto embistió con codicia por el lado izquierdo a la muleta de Javier Jiménez, que, de forma intermitente, dibujó algunos naturales estimables cuando se decidió a asentar los pies y torear hacia dentro. No fue la suya una faena con argumento propio, sino irregular y más propia de quien no las tiene todas consigo.

Tenía motivos, quizá, el torero sevillano, pues la corrida había dejado en la enfermería a un compañero, y el más veterano de la terna las había pasado canutas con su lote. En fin, que Jiménez lo intentó de veras, con más voluntad que decisión, y todo quedó en una ovación cariñosa y la percepción de que se esperaba algo más.

Se le vio más centrado ante su primero, que tampoco era de fiar, pero al que se enfrentó con firmeza y trazó muletazos muy serios, producto de su decisión y valentía. Estuvo por encima de su oponente, que pronto dejó de embestir.

Poco después, pasó un calvario con el corrido en sexto lugar, que le correspondía al compañero herido. Abierto de pitones, sosísimo en la muleta, se empeñó en no morirse y a poco le cuesta a Jiménez escuchar el tercer aviso. Vamos, que lo salvó la campana, pues el animal se echó cuando el reloj se acercaba peligrosamente al pitido final. Duro de roer era ese sexto toro y poco acertado con el estoque estuvo el torero, quien aunó su mala puntería con sus lógicas precauciones.

Otros tres toros mató Alberto Aguilar, que no tuvo su tarde. No se entendió nada con su primero, soso y noblote, al que aburrió con una actitud anodina e impropia de alguien que quiere escalar peldaños en el toreo. Se le vio muy desconfiado, excesivamente, ante el peligroso segundo que hirió a Galván, y corroboró que le habían abandonado las ideas ante el cuarto, que acudía a regañadientes.
En fin, que la primera en la frente; que la corrida de La Quinta decepcionó por su aspereza y mala casta, y los toreros lo pasaron mal. Quizá, a los tres les pase factura, la tarde lo que sería injusto, por otra parte.

Habría que haber visto ante estos toros a más de uno; al que exigió el rebaje del ruedo, por ejemplo, a ver cómo se las apañaba con semejantes astados. Y como él, a tantos otros, que no quieren ver ni en pintura a toros como los de ayer. Vamos, que si la mayoría de los salen por chiqueros fueran así, la mayor parte del escalafón —las figuras, los primeros— estaba prejubilada.

LA QUINTA /AGUILAR, GALVÁN, JIMÉNEZ

Toros de La Quinta, bien presentados, muy astifinos, mansos, sosos y descastados. El segundo, muy peligroso.


Alberto Aguilar
: estocada —aviso— y dos descabellos (silencio); en el que mató por Galván, cuatro pinchazos, media tendida y tres descabellos (silencio); estocada, un descabello —aviso— y cuatro descabellos (silencio).


David Galván
: cogido por su primero durante la faena de muleta.


Javier Jiménez
: pinchazo —aviso— y tres pinchazos (silencio); estocada tendida —aviso— (ovación); estocada atravesada, un descabello —aviso— tres pinchazos, estocada casi entera —2º aviso— pinchazo y media (silencio).

Parte médico: Galván sufrió un puntazo corrido en el tercio inferior del muslo derecho, ligera conmoción cerebral y probable fractura del codo izquierdo.


Plaza de Las Ventas
. Primera corrida de feria. 11 de mayo. Más de media entrada.

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Las Ventas: Una novillada a la que se la caían las orejas…

Ángel Jimenez. Foto Plaza 1.

Por José Ramón Márquez.

Una novillada a la que se la caían las orejas, más la que se desprendió de la cara de Calderón, el Asesor.

Ayer era el último festejo antes de la travesía del desierto que nos espera a partir del próximo jueves, y la Empresa habrá pensado que con el atracón que nos aguarda tampoco tenía que esforzarse en montar un festejo de esos de lujo, que ya tendremos tiempo para hartarnos en las próximas semanas. Hoy, para esta novillada de preferia, le tocó a don Justo Polo sentarse en el palco a defender la pureza del espectáculo y la dignidad de la Plaza, y a su siniestra se acopló Joselito Calderón, aquél de los pares de sobaquillo, en su calidad de Asesor, que ya sabemos lo que esto significa.
La buena noticia es que hoy se incorporó a la Andanada, y ahí se tirará la Feria del Isidro entera, mi excelente amigo y enciclopédico aficionado malagueño don Juan Galacho, fuente inagotable de conocimiento, de pasión y de afición óptimamente cimentada. Siempre repite el querido Juan que oyó a sus mayores, los que habían alcanzado a ver a Joselito y a Paco Madrid, que para ser buen aficionado hay que ser “orejero”, no en el sentido de ir por la vida pidiendo orejas, sino en el de prestar las propias para ir aprendiendo de los que saben más que uno. Por eso es que uno se pone un poco escéptico sobre las nuevas generaciones de aficionados, porque muchos de ellos han visto más festejos en la pantalla televisiva que en la Plaza y cuando llegan a la localidad vienen con las orejas llenas de esas cosas absurdas que dicen los comentaristas de la televisión, siempre a favor de extraños intereses. O sea que hoy era día de orejeo, de disfrutar dejando que el viejo aficionado explicase sus razones, y oír y callar y decir amén, como en Misa. 

Para este espléndido domingo de mayo Plaza1 le compró una corrida a Rústicas El Castañar S.L, que dicho así no dice nada, pero que si decimos que es la ganadería del Excmo Sr. Conde de Mayalde, entonces ya la cosa suena algo más. El conde mandó, como en él viene siendo habitual, cinco castaños y uno negro. Corrida muy pareja en presentación, un poco falta de fuerzas, bravucona más que brava para el caballo y, en general, óptima para la cosa de la muleta. Ni malas miradas, ni gestos de incomodo se pudieron ver en los súbditos del conde, más bien embestidas francas y repetidoras y mucho dejar estar. El primero, Chorlito II, número 29, castaño, fue el garbanzo negro de la endeblez congénita, pues el pobre bicho anduvo más tiempo de hinojos o directamente tirado en el suelo, como la cabeza de una gamba en un bar, que ofreciendo sus pastueñas embestidas llenas de bondad y de amor al prójimo. El público se encrespó, con razón, de que ni don Justo ni su asesor de la siniestra, ni el veterinario de la diestra se apercibiesen de la evidencia palmaria de la endeblez del pobre Chorlito II, y se oyeron agrias censuras, proferidas de la manera habitual, reprobando la presencia en el ruedo de un animal tan débil. El clásico negrito del conde salió en tercer lugar. De todo el encierro fue el que menos plaza tenía, el más chico, escurrido y culipollo. Tampoco fue un dechado de vigor, pero se mantuvo en pie y embistió al trapo cada vez que se le puso delante, o sea que a efectos del toreo cumplió de sobra. De idéntica manera cumplieron todos los demás excepto el sexto, Estafador, número 37, más parado y con tendencia a pensarse las cosas antes de acometer. No es que el bicho quisiera coger y su pensamiento fuese en esa dirección, es que el animal era de naturaleza más filosófica que sus hermanos y se cuestionaba más el hecho de ir al cite, nada más, porque luego ni media mala mirada. Por volver al tópico diremos que a la novillada se la caían las orejas, por si alguno no se había dado cuenta. En varas medio cumplieron, tomando algunas con fuerza y apretando hacia tablas con fijeza para dar lugar a ese denigrante espectáculo del mono agarrando el bocado del caballo desde el confort del callejón ante el desinterés patente del alguacil. Por cierto, que lo de poner los animales al caballo y quedarse el torero donde Dios le da a entender es ya algo tan común, tan consuetudinario, que acaso ni merezca reseñarse: eso de irse a la izquierda del penco podemos darlo ya casi por acabado en los toros, como el desjarrete o las banderillas de fuego.

Para aliviar a los novillos del conde de esa pesada carga que, tantas veces, es la vida y ver si podían hacer con ellos algo de provecho, la Empresa contrató a Ángel Jiménez, de Écija, nuevo en esta Plaza, Aitor Darío “El Gallo”, y Juan Silva “Juanito”, de Monforte (Portugal), nuevo en esta Plaza. No creo que ninguno de los tres pudiese pensar en su hotel -ya no hay novilleros de pensión- que lo que les esperaba encerrado en los jaulones de Florito fuera a ser tan acorde a sus intereses como lo que salió al ruedo.


Ángel Jiménez
lleva con caballos, según informa el programa, desde primeros de 2011. Le tocó en suerte el protestado primero, y el hombre, insensible al griterío, pretendió torearlo, pues las condiciones embestidoras del infeliz novillo eran de tal envergadura que para el buen Ángel debía ser un goloso pastel el estar junto al tal Chorlito II. Ahí Ángel Jiménez desarrolló de manera evidente, quirúrgica, su estilo basado en torear extremadamente despegado, conducir al novillo con el pico de la muleta, soltarlo lejos, lejos y no echar la pata hacia adelante ni de casualidad. La verdad es que hacía daño a los ojos ver tomar esa cantidad de precauciones frente a esa embestida tan esforzada, tan franca, tan sin doblez. En su segundo, Cuartelero, número 1, más de lo mismo, sin mancharse el vestido blanco hasta que se echa el toro encima, éste lo encuna y lo tiene por el suelo zarandeándole, cosa que hace a las buenas gentes ponerse inmediatamente del lado del ecijano, el cual ni antes del percance ni después da un solo muletazo digno da tal nombre. Lo que sí tiene este diestro es que es muy ceremonioso, que va el hombre por la Plaza como un obispo preconciliar, de cuando iban bajo palio, todo solemnidad, pompa y circunstancia. Como consolación por el revolcón y recompensa a sus trapazos Joselito Calderón y don Justo Polo le regalaron al muchacho una oreja de nulo peso y aún menos valor, viniendo de quien viene.

A Aitor Darío lo de “Gallo” le vino enorme, que hay apodos que los carga el diablo. En lo bueno digamos que trajo la mejor cuadrilla. En lo otro, que no dio pie con bola. En su primero, sin ideas y ventajista, pensando que al iniciar otra serie la bolita caería en su número, y nunca cayó. En su segundo, plúmbeo. No merece la pena seguir.

Y el portugués, “Juanito“, que debutó con el escuadrón del kevlar hace tan sólo dos meses, es el que ha traído lo más interesante de la tarde. Pese a su evidente falta de oficio y de ése sentido escénico tan necesario en este espectáculo, pese a sus maneras toscas y poco pulidas, pese a su bisoñez, en su primero ha hecho tal apuesta por no tomar ventajas, por quedarse en el sitio, como para tomarle en consideración. No cabe duda de que no remataba los muletazos en la cadera, dejando más bien lejos al toro y de que no lo llevaba toreado como nos enseñaron, pero la disposición del joven “Juanito” ha sido neta y sincera en su tosquedad. 

Le falta casi todo para ser un torero, pero hoy “Juanito” en su primer novillo, Cantaor, número 49, ha explicado en Madrid sus argumentos con una claridad meridiana para quien haya querido verlo. En su segundo, que era de distinta condición que su primero, anduvo más a lo moderno y no dijo nada. Ahora lo que toca es mandarle al campo, como antes se mandaba a los muchachos a los Agustinos de El Escorial, a coger oficio y nosotros a implorar para que no vayan a malear su deliciosa, clásica, inocencia.

Fuente: http://salmonetesyanonosquedan.blogspot.com/2017/05/una-novillada-la-que-se-la-caian-las.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+SalmonetesYaNoNosQuedan+%28Salmonetes+Ya+No+Nos+Quedan%29

Feria de Abril: Triunfo legítimo de Pepe Moral

El diestro Esaú Fernández, durante el tercer toro de la tarde en Sevilla.. Paco Puentes.

Por Antonio Lorca.

MIURA / NAZARÉ, MORAL, FERNÁNDEZ



Toros de Miura, bien presentados, muy blandos y descastados. Segundo, cuarto, quinto y sexto cumplieron en el caballo.

Antonio Nazaré: media estocada muy tendida, seis descabellos -aviso- y dos descabellos (silencio); estocada trasera y cuatro descabellos (ovación).

Pepe Moral: estocada (oreja); estocada caída (oreja y dos vueltas).

Esaú Fernández: estocada delantera (ovación); pinchazo y estocada baja (palmas).

Plaza de La Maestranza. Decimocuarta y última corrida de feria. 7 de mayo. Casi tres cuartos de entrada.

El público abucheó enérgicamente a la presidenta porque no concedió la segunda oreja del quinto toro a Pepe Moral. Injustísima protesta de unos tendidos invadidos por espectadores festivos y alborotadores que carecen de la mínima exigencia que debe presidir la concesión de trofeos en este templo de la tauromaquia.

Pepe Moral escaló ayer muchos peldaños y ojalá este triunfo legítimo y cabal le sirva para romper de una vez por todas en figura; pero su actuación no fue, ni por asomo, para dos orejas, pues si bien aprovechó al máximo la templada y noble embestida del miura y dibujó dos tandas de extraordinarios y bellísimos naturales, la faena no fue redonda, y, además, la culminó con una estocada caída, razón suficiente para que el premio quedara en un solitario y muy merecido trofeo.

Ya había cortado otra oreja a su primero, un toro sin fijeza ni recorrido en la primera parte de la faena de muleta, hasta que la buena mano del torero y la calidad misteriosa del animal se fusionaron en dos tandas de redondos muy templados y otra final con la mano zurda, cerrada con un caro trincherazo. Fue una labor de menos a más, premiada con un trofeo que, quizá, fue excesivo, pero reconoció el buen momento de un torero que merece mejor futuro.

Un buen susto se llevó Esaú Fernández cuando recibió a su primero de rodillas en los medios. El toro lo divisó en la lejanía, se acercó al trote, detuvo la marcha a la altura del torero, y, aunque aceptó el engaño del capote, se revolvió en un ápice de terreno, impidió que el torero recuperara la verticalidad, y lo zarandeó y pisoteó en el suelo. Quedó conmocionado el joven torero y así lo trasladaron a la enfermería, aunque no existía constancia aparente de cornada. Tanto es así que, momentos después, en el inicio del tercio de banderillas, salió Esaú de la enfermería y corrió veloz por el callejón para asumir la lidia del toro, que no fue posible porque carecía de clase y transmisión, y, además, se lastimó una mano. Tuvo mejor suerte con el sexto, que cumplió en el tercio de varas, y tuvo fortaleza para embestir con cierta calidad en la muleta. Anduvo afanoso y entregado Fernández, aunque sin alcanzar el clímax necesario para que la plaza se decidiera a blandear los pañuelos.

El lote más insulso le tocó a Antonio Nazaré; inválido total el primero, falto de vida, inservible, que se desplomó en varias ocasiones; y desfondado y descastado el cuarto, con el que se mostró firme con la muleta después de un más que titubeante recibimiento con el capote.

¿Y los toros? Blandos todos; aceptables en el caballo cuatro de ellos; nobles el lote de Moral y el sexto, pero no hubo un toro de la leyenda de Miura.

Publicado en El País 

FERIA DE ABRIL: Esbozos de mágico toreo

Morante banderilleó al cuarto; Talavante cortó una oreja y Mora dio una vuelta ante una mansa y noble corrida de Núñez del Cuvillo. Foto Pages.

Por Antonio Lorca.

La sorpresa de la tarde la protagonizó Morante cuando pidió a su cuadrilla los palos para banderillear al cuarto, el último de sus cuatro corridas. Irregulares los dos primeros pares y espectacular el tercero, al quiebro, encerrado en las tablas del tendido 3. Buscaba dejar un buen recuerdo, y a fe que lo intentó desde el principio de la lidia de ese toro, aunque todo quedó a medias por responsabilidad exclusiva en este caso, de un animal manso, distraído y suelto que no quiso aceptar la pelea.

Lo recibió Morante con unas lentas templadas verónicas que no acabó de rematar. Dibujó en el quite tres personalísimas chicuelinas, rotas cuando perdió el capote, y insistió después a la verónica que también acabó con el percal enganchado.

Después, llegaría el momento sorprendente de las banderillas, y, muleta en mano, se esperaba que el torero dejara destellos de toreo grande. Pero no pudo ser. Tras el primer muletazo por alto, el toro huyó despavorido hacia los terrenos de sol, y ya nada fue posible. Lo intentó Morante por ambos lados, pero se vio obligado a acabar pronto con la vida de su oponente ante su negativa tajante a colaborar.

Algo es algo. Mejor fue el primero, de escaso recorrido en el capote, pero noble y obediente en el último tercio. Hubo muletazos excelsos por ambas manos, en una labor cimentada sobre la mano zurda, con ráfagas de toreo mágico, pero a las que les faltó consistencia y cuajo. Algunos naturales brotaron largos y emotivos, al igual que dos tandas finales de redondos cargados de torería, pero unos y otros estristecieron su brillo con muletazos enganchados que hicieron añicos la armonía.

No fue una faena redonda ni completa, pero solo la tardanza del toro en morir le privó de una oreja, que hubiera sonado a excesivo premio.

¿Ha dejado Morante alto su pabellón en Sevilla? ¿Quién lo duda? La Maestranza necesita un artista y ese es el torero de La Puebla.

Algo parecido le sucedió a Talavante, pero este sí paseó una oreja que el presidente no debió conceder. Embistió incansable el animal, con dulce calidad, y el torero dio muchos pases acelerados y vacíos de largura y hondura. Un toreo extremadamente superficial, rematado al final con tres naturales de mejor factura.

Largo fue su trasteo al manso y menos obediente quinto, con el que tampoco alcanzó cumbre alguna. Tampoco se le vio con alegría capotera; en fin, que cortó una oreja y no dejó recuerdo alguno.

Y David Mora se llevó el mejor lote, pero no quiso ser menos. Si no pincha a su primero, corta oreja, inmerecida también, pero la cambió por una vuelta al ruedo. Acelerado en los capotazos iniciales, le cantaron su toreo de muleta, falto de reposo, despegado y escaso dominio. Dio muchos pases y algunos, como dos derechazos primeros y un natural al final, tuvieron enjundia, en un conjunto de poco calado. Al sexto lo veroniqueó con gusto; inició de rodillas la faena de muleta y volvió a ser un torero movido y despegado hasta que tomó la izquierda y el toro se rajó. A pesar de todo, dejó una mejor impresión de la que, en verdad, se puede derivar de su toreo.

La corrida de hoy

Toros de Victoriano del Río-Toros de Cortés, para Sebastián Castella, José María Manzanares y Roca Rey.



Fuente: El Pais

HAY UN ANTES (UN MORANTE) Y UN DESPUÉS


Por Álvaro Acevedo / Foto: Carlos Núñez.

Los de la farándula se quedaron en la feria y la Maestranza volvió a ser una plaza normal, que no es poco, en vistas de cómo gana posiciones el “nuevo público”, que es como se le llama a esta tropa de consumidores de telebasura que de vez en cuando se pone un clavel para profanar el templo. Sí, sólo había tres cuartos de entrada (gracias a Dios) y en un ambiente de seriedad y educación, sin noveleríos, histerias ni aletazos, vimos por fin torear.

Habían gustado Perera y Javier Jiménez, exprimiendo hasta límites insospechados a los primeros toros de sus respectivos lotes. El del extremeño, un anciano de casi seis años al que templó con el capote y buscó con la muleta en todos los terrenos posibles, pero fue inútil. El manso no quería pelea. El del sevillano, siempre con la cara por las nubes, pese a lo cual Javier lo entendió de maravilla, toreándolo con limpieza y buen estilo en una faena de menos a más, muy meritoria, y que hubiera tenido premio de no temblarle el pulso a la hora de matar.

Fue entonces cuando salió el cuarto de la tarde, corto de cuello, basto y bien comido. No importa: éste, que se lo trague el de la Puebla, que cobra muy caro y no llena la plaza, dijo uno cerca mía. Y un aire de pesimismo recorrió los tendidos cuando sonaron los clarines para el tercio de muerte. Entonces Morante citó al castaño, que se vino fuerte, y sin más historias le marcó el camino en una serie en redondo muy en línea recta, con el cuerpo volcado hacia adelante, llevándolo mucho, limpio y por abajo. La gente se quedó pendiente, y tres naturales florecieron como un milagro en esta feria del trapazo y la reolina. Tres naturales con un ajuste, con una pureza, con una suavidad y con una templanza que compendiaban toda la hermosura de este arte tantas veces castigado: el arte de torear.

Luego hubo redondos ya más flamencos, de mucho acompañar con la cintura, uno de pecho lento, un molinete, el kikirikí con ángel, el cambio de mano, otros dos naturales de ensueño y un cambio de mano por arriba, muy a la antigua, que preparó al bruto para la muerte. Casi en los medios pinchó el maestro, y este periodista se sumó a la ovación después de tantos días esperando un rayo de luz. Gracias Morante , le echábamos de menos. No a usted, sino al Toreo.

Sus compañeros hicieron luego lo que pudieron, y yo la verdad que les vi bien, pero la cátedra ya no rompió. Hubo un antes (un Morante) y un después.

Publicado en Cuadernos de Tauromaquia

Las Ventas: Toreras actuaciónes en la goyesca

Paco Ureña.

De SOL y SOMBRA.

Tradicional Corrida Goyesca del 2 de mayo en Madrid en la que con un tercio de entrada se lidiaron toros de José Vázquez, Victoriano del Río y Salvador Domecq. 

La tarde ha dejado el sabor del toreo purísimo de Diego Urdiales, una vez más emborronado con el acero, especialmente después de la brillante faena al primer toro. Hubo ovación, lo mismo que en el tercero y silencio en el quinto

Y la tarde también deja el sabor de la autenticidad de Paco Ureña que vuelve a convencer en Madrid. 

Cortó la oreja del sexto después de una faena de todo o nada ante un complicado toro de Victoriano del Río. Hubo silencio en su primero y ovación en el cuarto de la tarde.

FICHA DEL FESTEJO.- Dos toros -primero y segundo- de Salvador Domecq, noble y sin raza el primero, e inválido el segundo; otros dos -tercero y cuarto- de José Vázquez, mansurrones y de poco fondo; y dos más -quinto y sexto- de Victoriano del Río, sin clase uno y orientado el último.

Diego Urdiales: estocada ligeramente trasera y dos descabellos (ovación tras aviso); pinchazo, otro hondo y dos descabellos (ovación tras aviso); y dos pinchazos y estocada atravesada (silencio tras aviso).

Paco Ureña: estocada fulminante (silencio); media desprendida y cuatro descabellos (ovación tras aviso); y estocada baja (oreja tras aviso).

Incidencias: la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, presenció el festejo desde un palco de Las Ventas, acompañada por el consejero de Presidencia, Justicia y Portavoz de la Comunidad, Ángel Garrido.

La plaza registró algo menos de media entrada en tarde de nubes y claros, y de agradable temperatura.

Twitter @Twittaurino

Feria de Abril: Morante, malos augurios

Morante. Foto Pages.

Por Antonio Lorca.

HERMANOS GARCíA JIMÉNEZ / MORANTE, PERERA, JIMÉNEZ

Toros de Hnos. García Jiménez-Peña de Francia, correctos de presentación, astifinos, muy blandos, descastados y nobles.

Morante de la Puebla: estocada (ovación); pinchazo, media estocada -aviso- y un descabello (ovación).

Miguel Ángel Perera: estocada (ovación); estocada -aviso- (ovación).

Javier Jiménez: -aviso- pinchazo y estocada (ovación); media, un descabello -aviso- y un descabello (silencio).

Plaza de La Maestranza. Novena corrida de abono. 2 de mayo. Tres cuartos de entrada.

Varias notas preliminares.

Una. La plaza de la Maestranza solo se cubrió en tres cuartos de su aforo. ¡Un martes de Feria de Abril y con Morante en el cartel! Que este torero, tocado por el dedo de la magia y con el reconocimiento prácticamente unánime de los espectadores, no cuelgue el “No hay billetes” es un mal síntoma. Y en este caso no se puede culpar ni a los animalistas ni a los antitaurinos. Un motivo para la reflexión. Los toros son caros, es verdad, pero también es amplio el cansancio y el desánimo.

Dos. La corrida de toros enviada por los hermanos García Jiménez incluía algunos datos de interés. El lote de Morante, primero y cuarto, cumplía los cuatro años en mayo. Como la norma no obliga al ganadero a comunicar el día del nacimiento, sino el mes, bien pudieron ser lidiados antes de cumplir los cuatro años de edad real. Pero es que había otros dos, tercero y quinto, que accedieron a la mayoría de edad en abril. Y el segundo toro, el abuelo de la tropa, salió al ruedo con cinco años y medio. Pero, ¿no habíamos quedado en que una corrida de toros en la Maestranza debe ser pareja de hechuras, edad y kilos? ¿Tenían toros o no tenían toros los hermanos García Jiménez para Sevilla cuando los compró el empresario allá por el otoño de 2016? A la vista está que no; y si los tenía, por los pelos. Otro mal síntoma.

Por cierto, ¿qué llevó al empresario a comprar toros de esta ganadería? ¿Lo haría por precio? ¿Acaso por imposición de los toreros? Lo que parece claro es que no lo hizo pensando en el interés de sus clientes. Y algo más: ¿es lo mismo un toro con cuatro años recién cumplidos, o a punto de cumplirlos, que otro hecho y derecho? Pues, no. Como no es lo mismo, salvando las lógicas distancias, un chaval con 18 años que un hombre con 30. Pues eso.

Y tres. Solo la ilimitada generosidad y el conformismo extremo de un público perdido irremediablemente para la afición justificaron un festejo que naufragó de principio a fin a causa de unos toros inválidos y de aborregado comportamiento.

En fin, que no hubo toros ni toreo, a pesar de que la banda de música -otra identidad perdida- hiciera creer lo contrario. No hubo toros, aunque lucieron astifinas defensas, porque carecieron todos ellos de la fortaleza necesaria; y lo que es peor, sus esqueletos no encerraron más que carne y vísceras y no el misterio de la casta y la bravura. Muy descastados todos, agotados, tullidos y muy nobles; eso sí, bondadosos hasta el almibaramienro, pero inservibles para la lidia.

Lo intentó Morante ante su inválido primero (un par de verónicas garbosas) y no pudo pasar de buenas intenciones. Y se le cantó en exceso su disposición e insistencia ante el cuarto, ante en el que dibujó un par de naturales largos (tachín, tachín, la banda, y la gente loca), un molinete y un derechazo garboso. Y todo, ante un muermo. (Si mata a la primera, pasea la oreja. Así está la fiesta).

Insistió también Perera ante su primero (el abuelo de la tropa), un manso huidizo que no quería pelea. Le robó muletazos sin más interés que impedir que alcanzara la puerta de toriles. Y tampoco tuvo suerte con el quinto, otra prenda tullida. Felizmente, se lució con el capote.

Y queda el más joven, Javier Jiménez, que se encontró colgado en un cartel de lujo con toros de mentira. Tiene madera de torero este muchacho. Es patente su evolución en la técnica y la hondura. No tuvo oponente en su primero, noble, blando y descastado. Estuvo muy encima del señor de negro, y se permitió el lujo de trazar muletazos largos, con gusto y torería, pero carentes de la necesaria emoción. 
Alargó la faena en demasía y pinchó antes de cobrar una estocada. De lo contrario, otra oreja que se corta. Y el sexto, inservible. Ya sabe Javier Jiménez con qué ganadería no debe volver a anunciarse. Pero, claro, si está Morante, quién desaprovecha esa perita en dulce…

Publicado en El País 

Resurrección en Madrid. Puedo y no quiero de Díaz y quiero y no puedo de Garrido


Por José Ramón Márquez.

Para presentar esta corrida de toros del Domingo de Resurrección, mano a mano, los expertos en mercadotecnia de Plaza 1 organizaron un acto en el gimnasio Momo (sic), emplazado en la llamada Caja Mágica, recinto deportivo que se halla en el antaño temible barrio de San Fermín, situando a los toreros que se anunciaban dentro de un ring de boxeo. Acaso poniendo a Curro Díaz y a José Garrido dentro de las doce cuerdas, con el impar Matías Prats ejerciendo de speaker, pretendían dar al encuentro un aire de rivalidad, de desafío, de confrontación de estilos… Acaso pretendían dar la sensación de que había una tensión entre los protagonistas de la tarde, una especie de Mayweather y Canelo del toreo, que se trasladaría al redondel de Las Ventas para poder contemplar la decisión de cada uno de ellos por estar por encima del otro. De esto, como puede suponerse, no hubo nada. 
Prevaleció la visión contemporánea de los toreros como “compañeros” que ni se molestan ni se pisan la manguera, que eso va más acorde con estos mansos tiempos que vivimos, y por allí no asomó ni la rivalidad, ni el desafío ni ná de ná, no vaya a ser que alguno se lleve un berrinche. Mucho nos tememos que si en estos tiempos hubiese alguno que, al romper el paseíllo, se le ocurriese decir aquello de “¡Cornás pa tóos, hijos de p…!”, sería inmediatamente acusado de delito de odio y censurada de forma unánime en todas las redes sociales su ineducada y violenta actitud. Ya lo dice Morante, mientras besuquea la uña de un paquidermo: “Vivimos tiempos raros, complicados para los animales, no sólo para los humanos.” 

La otra parte del espectáculo, la que no estuvo en el ring de la Caja Mágica, eran los toros, que en principio eran los que tenían la cosa más complicada, como tan bien señalaba el inmarcesible artista de la Puebla del Río, pues la previsión era -y como tal se cumplió- de que ninguno de ellos volviese a contemplar en su vida terrenal los cercados de piedra de Los Vaenes, predios donde don Agustín Montes Díaz cuida el ganado que, procedente de una compra a Luis Algarra y a Francisco Medina, hierra con la eme, de Montes,y la de, de Díaz, y lidia en las Plazas con el nombre de El Montecillo. 
Volveremos aquí a reseñar la gran corrida que don Agustín soltó en Madrid el 2 de mayo de hace un par de años y lo poco clara que resultó la del Isidro 2016 para tomar un poco de carrerilla y ponerle los peros a la que se ha traído hoy a Madrid. 
Lo primero la presentación, que entre el más gordo y el más flaco había ciento setenta y cinco kilogramos de diferencia, que se dice pronto; lo segundo lo mansa tirando a descastada que ha salido, con toros saliendo sueltos de la vara a toda carrera; lo tercero lo tirando a blanda que resultó, ya que sin desplomarse ni mucho menos, tampoco dio la sensación de que los pupilos de don Agustín fuesen hercúleos titanes. La verdad es que no parece que el material visto en Madrid esta tarde sea como para que el mayoral se haya ido lo que se dice feliz, pues la cosa en comportamiento ni apuntó a lo juampedrero de su origen ni tampoco a la interesante variedad de comportamientos, viveza, dureza de pezuñas y seriedad de hace dos años. 
En descargo de los bóvidos digamos que no hubo durante toda la tarde el más mínimo sentido de la lidia, que se picó de pena, llevándose la palma de la inutilidad la incompetencia varilarguera de Javier García “Jabato hijo”, que Antonio Chacón recibió un puntazo corrido cuando entraba en el burladero del 10, acosado por el cuarto, Bordador, número 78, sin que hubiese por allí un capote para llevarse al toro y que hubo un toro, Campanita, número 40, que ofreció franca su embestida por si su matador se decidía a aprovecharla en beneficio propio.

En su primero Curro Díaz planteó una faena breve que no llega en momento alguno a cobrar vuelo, pero en la que quedan algunos retazos de la clase que atesora el jienense, sin que muchos se diesen cuenta. Venciendo su natural prevención hacia el toro, en seguida se queda quieto y ofrece su muleta de manera franca sin rectificar la posición, el medio pecho por delante, ligando dos muletazos. Es tan sólo un fulgor del toreo bueno, que no tiene continuidad en un trasteo en el que prima cierta desconfianza del torero, empeñado en no acabar el muletazo y fiando la solución de sus problemas a la inequívoca y torera estampa que compone Curro Díaz en su manera de estar en la Plaza. Mata de una estocada entera de buena ejecución.

Su segundo se llamaba Argentino, número 66, y lo mismo se podía haber llamado Barrabás, porque desde que lo recibió con la franela se vio que no tenía la más mínima intención de llegar a nada con él. Lo tuvo bastante claro y no anduvo pajareando, lo tocó por ambos pitones, no le gustó lo que vio y se echó a matar, esta vez con menos puntería que en el primero.

El tercero, un jabonero claro que atendía por Campanita, sirvió para poner a prueba la ambición de Curro Díaz. El animal se movía por ambos lados, acudió pronto a los cites y no hizo aspaviento alguno como para temerle más allá de lo que dicta la prudencia. Curro recibe a ese toro de manera muy personal con esos suaves trincherazos suyos, acaso más de acompañamiento que de mando, pero que ponen la Plaza a mil por hora. Ése es el momento en que Curro Díaz, en vez de profundizar en su toreo hacia adelante, buscando la hondura y el desgarro, opta por ceder la posición al toro, esconder la pierna de salida de manera inmisericorde y dedicarse a moverlo de acá para allá sin que se produzca el milagro del toreo, que una cosa es pegar pases y otra muy distinta torear. Con ese jarro de agua fría la afición se queda con un palmo de narices y la faena va despeñándose a menos y quedándose en una futesa. El toro se va sin torear, Curro Díaz firma una faenilla sin ambición de grandeza, óptima para un gache, y deja pasar la ocasión de pegar un aldabonazo fuerte en Madrid. Tuvo material y lo dejó ir. Y luego, con el estoque lo degolló.

Y GarridoJosé Garrido no se sabe qué demonios hacía en este ring. A Garrido la tarde le vino grande. En su primero, Virtuoso, número 84, le jalearon unos telonazos como al modo de verónicas que se dio el toro solo y yendo por donde le vino en gana y luego su labor se diluyó en la lidia y muerte del animal sin que nada reseñable ocurriese. El segundo, un castaño listón albardado bragado, Bordador, número 78, que desde el principio cantó la excelencia de su pitón izquierdo, le dio la oportunidad de entrar en la corrida. 
La lástima para él fue que el toro necesitaba que se le provocase metiéndose en su terreno, cosa que Garrido ni soñaba hacer, por lo que las posibilidades de mandar al tendido un inequívoco mensaje de decisión y de ganas se diluyeron como el azucarillo aquél de cuando había azucarillos. Garrido se obstinó en no ir donde el toro le respondía y el toro se empeñó en no ir donde el matador se la ponía, por lo que no hubo acuerdo. El sexto, Novillero, número 59, con Garrido fuera de la corrida, fue el mastodonte cárnico de 680 kilos, casi 60 arrobas, que era un pobrecillo que no se comía a nadie y bastante tenía con arrastrar sus lorzas. Ahí Garrido volvió a insistir en los mismos argumentos que en los anteriores sin que su labor llegase a emocionar ni a los más impresionables.

Luego, a la salida, había quienes se quejaban, pero al menos los que hicimos Domingo de Resurrección en Madrid habíamos visto algo parecido a una corrida de toros. 
Anda que si nos llegamos a quedar en Sevilla…

Fuente: Salmonetes ya no nos quedan