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BALANCE DE SAN ISIDRO 2017: Más toros sobresalientes que toreros de triunfo

El matador de toros Ginés Marín ha sido elegido como triunfador de la Feria de San Isidro, torero revelación y autor de la mejor faena por el jurado Plaza1, compuesto por los periodistas que cubren el ciclo taurino madrileño y representantes de la empresa que regenta la plaza de Las Ventas, presidida por Simón Casas.

Por Antonio Lorca.

Ha habido más toros que toreros, esa es la conclusión que se desprende después de que se hayan celebrado 32 festejos (25 corridas, tres novilladas y cuatro espectáculos de rejoneo) en esta interminable Feria de San Isidro, a la que han asistido 630.688 espectadores, según datos de la empresa; se ha abierto siete veces la puerta grande y se han cortado 29 orejas.

A pesar del mal momento que atraviesa la ganadería brava, a pesar de tantas tardes de hastío por la persistencia de reses mansas, blandas y descastadas, quedan en el recuerdo, al menos, 15 toros que propiciaron el triunfo de sus lidiadores, que no en todos los casos aprovecharon la oportunidad de un triunfo en bandeja.

Aún resuenan los nombres de Hebrea (Jandilla), o Liebre (Rehuelga), a los que se les dio la vuelta al ruedo; a los dos campeones les siguen Escandaloso (Montalvo), Hortelano (Fuente Ymbro), Juguetón (Buenavista), Opalino (Conde de Mayalde), Gironero (Puerto de San Lorenzo), Ratonero (Montecillo), Tristón y Nenito (Núñez del Cuvillo), Barverillo (Alcurrucén), Cojito (Victoriano del Río), Pastelero y Murmullo (Victorino Martín) y Coquinero (Rehuelga). Todos fueron toros con posibilidades y la mayoría se marchó al desolladero con las orejas por la impericia, escasas ideas o mal momento de sus matadores.

En líneas generales, destacaron las corridas de Jandilla —la mejor de todas—, Núñez del Cuvillo, Alcurrucén, Victoriano del Río, Domingo Hernández, Victorino Martín y Rehuelga. Entre los muchos fracasos, los más sonados son los de Miura, Adolfo Martín, Dolores Aguirre, Cuadri, Juan Pedro Domecq y Valdefresno.

Se cortaron 29 orejas (18 los matadores y 11 los rejoneadores), pero en el cuadro de honor de la torería solo figuran por derecho Ginés Marín, Juan del Álamo y Enrique Ponce, que salieron a hombros —aunque la puerta grande del veterano maestro valenciano sea más que discutible—, Antonio Ferrera, la auténtica revelación de la feria; Roca Rey, que ha mantenido su alto nivel, y toreros que sin pasear trofeos han dejado una magnífica impresión, como es el caso de Paco Ureña —heroico y artista ante un fiero victorino—, José Garrido, Fortes, Román, Javier Jiménez, Gonzalo Caballero y El Cid; cortaron oreja, pero se esperaba más de Joselito Adame, Morenito de Aranda, Talavante —a pesar de sus tres trofeos—, El Juli, Castella, Perera, Álvaro Lorenzo y Gómez del Pilar. Y defraudaron muchos, entre los cuales están los nombres de David Mora —aunque después cortó una oreja, escuchó los tres avisos en su primera comparecencia—, Diego Urdiales, Curro Díaz, López Simón, El Fandi, Fandiño, Bautista, Paquirri, Varea, Robleño, Castaño y Alberto Aguilar.

Eugenio de Mora, Juan José Padilla, Escribano, Juan Leal, Rafaelillo, Manzanares, Cayetano y Joaquín Galdós contaron con pocas opciones, y a José Carlos Venegas, Alberto Lamelas y Pérez Mota se les ha notado su escasa experiencia. Quedaron inéditos David Galván y Francisco José Espada, que cayeron heridos en sus primeros toros.

Hubo que esperar hasta el 25 de mayo, bien entrada ya la feria, para que la puerta grande la traspasara por vez primera un matador de toros; en este caso, el joven Ginés Marín, que dibujó una obra de arte con el toro Barberillo, de Alcurrucén. Pero fechas antes, el domingo 21, Antonio Ferrera había dejado a todos con la boca abierta con una concepción nueva y clásica de figura del toreo. Después, vendría la avalancha de admiradores de Enrique Ponce, que exageró sorprendentemente la buena actuación del maestro valenciano, y Juan del Álamo saldría, por fin, a hombros tras una actuación vibrante, que ojalá le conceda de manera definitiva el titulo de figura.

Hubo tres novilladas y entre los más jóvenes destacó José E. Colombo, torero venezolano que dio toda una lección de arrojo y vergüenza ante un novillo fiero.

Tres rejoneadores tuvieron el honor de abrir la puerta grande: Diego Ventura (dos tardes, con cinco orejas cortadas), Leonardo Hernández y Sergio Galán.

Entre los hombres de plata, algunos, no muchos, verdaderamente de oro. Nombres para el recuerdo son los de Ángel Otero, Iván García, Domingo Siro, Jesús Arruga, El Sirio, Raúl Martí, Fernando Sánchez, Miguel Martín, Curro Javier y Javier Ambel; y entre los montados, dos picadores de lujo: Tito Sandoval y Pedro Iturralde.

En una palabra, la Feria de San Isidro tardó en entrar en calor, pero lo hizo de la mano del toro, auténtico triunfador del ciclo, a pesar de todo.

Ocho tardes de “no hay billetes”, 630.688 espectadores

Ocho tardes se colgó en las taquillas el cartel de “no hay billetes”. En total, según datos de la empresa dirigida por Simón Casas, acudieron a Las Ventas 630.688 espectadores en los 32 días de corridas. El rey Juan Carlos asistió a seis corridas, algunas de ellas en compañía de su hija la infanta Elena.

Se cortaron 29 orejas; 18, los matadores: Alejandro Talavante (tres), Ginés Marín, Juan del Álamo y Enrique Ponce, dos cada uno; y una Morenito de Aranda, David Mora, Antonio Ferrera, El Juli, Sebastián Castella, Joselito Adame, Miguel Ángel Perera, Roca Rey y Gómez del Pilar.

Once trofeos pasearon los rejoneadores: Diego Ventura (cinco), Sergio Galán (tres), Leonardo Hernández (dos), y Lea Vicens (una).

Nueve toreros pasaron por la enfermería, aunque ninguno, por fortuna, de extrema gravedad: David Galván, el subalterno Manuel Muñoz, Paco Ureña, Javier Jiménez, Alejandro Talavante, Francisco José Espada, José Carlos Venegas, Alberto Aguilar y Rafaelillo.
La relación completa de los primeros premios Plaza 1 es la siguiente:


Triunfador de la feria: Ginés Marín.


Mejor faena: Ginés Marín.


Torero revelación: Ginés Marín.


Mejor estocada: Gonzalo Caballero.


Novillero triunfador: Jesús Enrique Colombo.


Rejoneador triunfador: Diego Ventura.


Mejor par de banderillas: Ángel Otero.


Mejor brega de subalterno: Iván García.


Mejor tercio de varas: Tito Sandoval.


Mejor toro: Hebrea, de la ganadería de Jandilla.


Ganadería triunfadora: Domingo Hernández.


Decidido el cartel de novilleros triunfadores

Ángel Jiménez, Ángel Sánchez y el venezolano Jesús Enrique Colombo forman el cartel de los novilleros triunfadores que volverán a hacer el paseíllo en Las Ventas el próximo domingo, 18 de junio, frente a un encierro ganadero del hierro de José Luis Marca, ha informado la empresa Plaza1.

Publicado en El País 


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El capote de Sergio Ramos

Sergio Ramos celebra la Copa de Europa en Cardiff. GLYN KIRK AFP.

Por Rubén Amón.

No existe mayor aberración iconográfica en la tiranía de la corrección que un jugador del Madrí toreando sobre la hierba de Cardiff. 

Una españolada redundante, una amalgama cañí, un insolente quite por verónicas que explora las convenciones de una sociedad encorsetada. Y que representa un mensaje de propaganda taurina universal, precisamente por la repercusión mediática de la Champions. Y porque no proliferan los iconos que confiesan su afición a la tauromaquia, como si hacerlo contraindicara la reputación o los cálculos comerciales.

Vemos a Sergio Ramos en Las Ventas haciendo apostolado, y a Koke. Y vemos a Eduardo Arroyo o a Miquel Barceló ensimismados en la estética. Y vemos que la plaza se llena durante 32 tardes consecutivas en una fervorosa yincana, pero el acontecimiento de San Isidro se resiente de un apagón informativo. 

Casi nunca trascienden las noticias de la feria. No porque escaseen, sino porque ha prosperado un cordón de aislamiento mediático, político y publicitario que reniega del acontecimiento.

Existir existe. De hecho, Las Ventas congrega 650.000 espectadores a la usanza de un fenómeno de masas, pero la feria de San Isidro, en su expectación, hipertrofia y hedonismo, termina encubriéndose, ocultándosele a la misma sociedad que ha decidido tolerarla y frecuentarla. Sería la manera de forzar la sentencia —la aspiración— que precipita la agonía de la Fiesta. 

Y no se habla aquí de complots organizados ni de conspiraciones coreografiadas, sino de un hábitat sociológico que intimida o silencia el descaro de un espectáculo intolerable. Intolerable porque expone la sangre y la muerte. O porque las estiliza. O porque la sociedad de la mascota y del lobo hombre se resiste a comulgar en esta eucaristía pagana que transforma —transubstancia— al toro en tótem.

Se trata de discriminar la feria de San Isidro como si no existiera, ocultarla en las limitaciones de un espectáculo clandestino. O vincularla a la idiosincrasia del PP, de forma que la afluencia de políticos populares y la presencia cotidiana del Rey emérito redundarían en la simplificación de un fenómeno conservador y rancio, cuando no anacrónico y pintoresco o folclorista.

El sesgo abunda en la tentadora politización de la tauromaquia. Empezando por la alcaldesa Manuela Carmena, no ya ausente o despectiva hacia el espectáculo “madrileño” que más público atrae y más dinero proporciona a la ciudad —24 millones en restauración, 16 en alojamientos, 3 en transportes—, sino refractaria a la categoría que define Las Ventas como la capital mundial del toreo. 

No hace tanto que los toros eran progres y que representaron el espíritu transgresor de la Movida, pero los malentendidos que acechan a la tauromaquia —el político, el ecologista, el cultural, el endogámico— han abierto una brecha con la sociedad a la que Ramos trató de poner remedio meciendo un capote en la hierba de Cardiff.

Publicado en: El pais

La corrida (Miura) del deshonor

Rafaelillo y su Miura. Foto Manolo Briones para NTR Toros


Por Antonio Lorca.

Miura / Rafaelillo, Dávila, Pinar

Toros de Miura -segundo y quinto, devueltos-, desiguales de presentación, muy flojos, muy mansos, descastados y deslucidos; chicos los tres primeros. Primer sobrero, de Buenavista, soso y noble; el segundo, de El Ventorrillo, cumplidor en varas, noble y con clase en el tercio final.


Rafaelillo
: media estocada y dos descabellos (silencio); media trasera (ovación).


Dávila Miura:
pinchazo y estocada caída (silencio); pinchazo y casi entera (división de opiniones).
Rubén Pinar: dos pinchazos y estocada (silencio); estocada y cinco descabellos (silencio).


Plaza de Las Ventas
. Trigésima segunda corrida de feria. 11 de junio. Casi lleno (22.490 espectadores).

El primer toro tenía cara de chavalín; el segundo, era un compañero del cole, y el tercero, escurrido de carnes. Pero eso no fue lo peor. El segundo fue devuelto a los corrales porque a su cara de niño le añadía una evidente invalidez, lo que ya parecía una broma. Y el animal se marchó solo a los corrales, convencido, sin duda, de que había terminado el recreo. 

Los tres últimos parecían los padres de los primeros; aún así, quedó claro que la ausencia de fuerzas no era cuestión de tamaño, sino de familia. Esa y no otra fue la razón de que también acabara en los corrales el quinto, y a punto estuvo de seguir los pasos el sexto. Pero el reloj ya pasaba de las nueve y no era cuestión de prolongar el hastío.

Y hubo más: ningún miura mereció la pena en ningún tercio; muy mansos en los caballos, con la cara siempre por las nubes, desganados en banderillas, y sosos, descastados y deslucidos en la muleta.

En fin, que vaya cierre de feria, menudo colofón y deshonor para ganadería tan señera; un fracaso sin paliativos que no admite disculpa alguna. Imperdonable que salieran tres toros anovillados, y un negro borrón en la historia de la centenaria ganadería por el pésimo juego de la corrida.

Con tal material, es presumible que el festejo fuera desabrido y plúmbeo, a pesar de la buena voluntad de los toreros.

Una cerrada ovación sonó al final del paseíllo en honor de Dávila Miura. Merecidísima. El gesto de matar la corrida de su familia en situación de torero retirado que no se viste de luces desde los Sanfermines del año pasado es una heroicidad que el público le reconoció. Al final, no lidió ningún miura, pues su lote fue el devuelto, pero demostró que la experiencia es un grado y permanece en sus muñecas el sabor añejo del toreo. Se le notó, claro está, la falta de rodaje, lo que no impidió que trazara varias tandas de estimables redondos a su noble primero, con el que dio la impresión de no sentirse cómodo ni relajado. El mejor toro de la tarde -cumplió en varas, acudió en banderillas y derrochó clase en la muleta- fue el quinto. Muy lucido el comienzo por bajo, rubricado con un gran pase de pecho; varias tandas muy toreras con la mano derecha, faltas de ceñimiento, quizá; un manojo de bellos naturales; otra tanda con la mano derecha sin la ayuda del estoque y unos inspirados ayudados por alto pusieron el colofón a una labor criticada incompresible e injustamente por parte del público, en la que el torero -es verdad- no llegó a romperse como se esperaba.


Rafaelillo
se llevó un susto gordo cuando el cuarto le lanzó un derrote a su menudo cuerpo y le produjo puntazos corridos de carácter leve en el muslo izquierdo y la axila derecha. Era un buey con malas pulgas. Y con el primero -tan soso y descastado como noble- se sintió a gusto, como si estuviera firmando un armisticio, de tan cariñoso como era, aunque el calor de la amistad no llegó a los tendidos.

El más perjudicado, Rubén Pinar. Un lote imposible. Decidido y esforzado. Merece otra oportunidad.

Publicado en El País

Una mascota en casa del torero Por Bardo de la Taurina

Solo les falto un Pony.

En ese camellar por el Centro Histórico, el calor parecía aventar a los transeúntes en busca de un alivianador, pa’ ello nada mejor que abrir el cogote a un curado de capulín o de nanche, la oferta de sitios pa’ los cruzados ya no es muy robusta, mas nunca olvidar que así como Hidalgo es tierra de toros bravos y Tlaxcala de toreros coloridos, el neutle aquí también tiene sus querencias regionales, si usted gusta del tlachicotón hidalguense llegado de Singuilucan, el lugar pa’ caerle pues lo es la ‘Chupamirtos’, en el corazón de la Merced y si usted prefiere el tlaxcalteca pues en la calle de Perú y Allende con sus ya casi 100 años se halla ‘La Antigua Roma’, sobra decir que por los orígenes de los aguamieles uno de los temas recurrentes lo son los toros, dicen que de Hidalgo salió el torero más valiente que ha parido madre alguna; Luis Freg, apodado ‘Don Valor’ y que de Tlaxcala salió el más profundo; Fernando de los Reyes ‘El Callao’, un parroquiano dice que le deberíamos hablar más de las figuras actuales que de los que son puro recuerdo y el ‘compa’ de a lado le contesto -pues preséntame a una figura- aquello prometía, máxime cuando iban surgiendo nombres al tiempo que eran descartados por no reunir los requisitos pa’ ser considerados auténticas figuras.    

Pues el jueves torea en Madrid ‘Joselito’ Adame ¿y usted Bardo que opina de eso? que el hecho de que un torero lo haga en Madrid no necesariamente equivale a ser una figura 4×4,  y si ¿‘Joselito’ triunfa y abre la Puerta Grande?, ¿qué va a pasar?

Lo primero es que estaría conectándole un gancho al hígado a la vanidad de Eloy Cavazos, que fue el último mexicano que abrió la puerta, luego será algo a su favor que le servirá pa’ que le salgan corridas incluyendo una de campanillas ahí mismo el 17 de junio, tras la que tiene que ir como ‘perro de caza’ y eso será lo que al torero le debe de interesar, pues un triunfo al lado de Morante de la Puebla y de Cayetano con toros de Núñez del Cuvillo, serían palabras mayores, José Adame es un toreador que en Madrid podría tocar techo y ¡ojo! no me estoy refiriendo al penthouse, ni a las nubes que tanto marean, ni muchísimo menos a los cuernos de la luna.

 
Y eso de ninguna manera es demeritar al torero aguascalentense, ese que gusta de juguetear junto con sus hermanitos con una becerrita de lidia en el jardín de su casa, con lo que dio pie a los anti taurinos pa’ que digan que los toros, son una especie que puede convivir con el hombre y que el ser humano de ninguna manera tiene que picar, banderillear y menos matar a los bureles en las plazas de toros, el hecho y las imágenes que a este torero le tomaron cachondeándose en un ambiente familiar son muy su gusto, mas que cuando la acción se sube a las redes sociales, se vuelven públicas y es por eso que los verdaderos taurinos le están tundiendo con todo y sobre el mismo tema 

Qué les va a contestar el protagonista a los anti taurinos cuando digan que ya quedo demostrado por una ‘figura’ que la Fiesta Brava no es ninguna tradición,  sino un pasatiempo que la gente rica puede practicar en su hogar y que en lo público se podría practicar sin problema, ya sea en los parques o en las plazas de toros.

 
Y que quede claro, que esta cachondeada nada tiene que ver con las corridas que se escenifican en países como Portugal o los Estados Unidos, pues ahí los toreros, rejoneadores y forcados le salen a toros con casta y trapío, no a mascotas y más allá de lo no compatible, hoy Adame está ante una nueva oportunidad de engarzar una faena, lo que en esta feria no ha logrado, pues no hay que confundir una oreja ganada por la vía del nocaut, con una lidia articulada, dominante, completa, hermosa y convincente. Y bueno si triunfa que bien y si no, también, pues ¿quién va a aguantar a los adamistas? que aunque pocos son muy intensos.

Rehuelga, con un corridón, hace trizas las teorías del taurinismo

El boleto de la lotería se llamo liebre, corrido en quinto lugar. Foto Plaza 1.
Por Carlos Ilián.

A pesar de la exagerada vuelta al ruedo al quinto toro, un notable para la casta y la seriedad de la corrida

Para ridículo del taurinismo, desmontando otra vez sus interesadas teorías sobre el peso, volumen y edad del toro “ideal”, ayer salió un corridón de Rehuelga con un promedio de 578 kilos, todos cinqueños y dieron un espectáculo por su movilidad, pelea en varas y algunos por su juego soberano en la muleta. El cuento del toro que embiste o sea ligero de kilos, utrero adelantado y descolgado de carnes vuelve a quedar hecho trizas en Madrid.

Si el otro día fue la corrida de Garcigrande, ayer los santacolomas de Rafael Buendía vuelven a demostrar que cuando hay casta detrás el peso y la edad no determinan el juego del toro. No fue la de Rehuelga la corrida perfecta, ni mucho menos, y hasta la vuelta al ruedo al quinto resultó una exageración triunfalista de la presidencia, pero la corrida dejó una huella de casta y en algún caso de bravura que merece un notable.

La corrida ha sido un canto a la casta. Una casta que Alberto Aguilar soportó por partida doble con el lote de la tarde. Le costó un mundo su primero y tardó en encontrar el temple y la distancia en el quinto, entendiendo que debía ligar dejando el engaño en la cara del toro para embarcar la embestida sin solución de continuidad y cuajar naturales y redondos muy serios en su concepción, Un feo espadazo afeó el conjunto.

Pérez Mota tuvo en el sexto el toro soñado en Madrid. Con generosidad abrió, de una vez, por naturales, capeando el torrente de embestidas. Por el pitón derecho alcanzó sus mejores momentos ante un toro que pedía mucho más. Le faltó continuidad y se notó lo poco que torea. Fernando Robleño, sin dejar de insistir en su lote, estuvo espeso y por debajo del cuarto. Al finalizar la corrida fue obligado a saludar el mayoral de la ganadería.

Plaza de Madrid. Vigesimoctava corrida. Menos de tres cuartos de entrada. Toros de REHUELGA y uno de SAN MARTÍN (7), serios, hondos, de gran pelea en varas, 5º y 6º de embestida encastada. Al 5º le dieron una exagerada vuelta al ruedo. 

FERNANDO ROBLEÑO (4), de grana y azabache. Dos pinchazos y estocada (silencio). Estocada caída y seis descabellos. Un aviso (silencio). 

ALBERTO AGUILAR (6), de rosa y oro. Pinchazo y estocada corta desprendida (silencio). Estocada caída (saludos). 

PÉREZ MOTA (5), de carmelita y oro). Dos pinchazos y estocada (algunos pitos). Pinchazo y estocada (palmas).

Fuente: Marca

San Isidro 2017: Sorprendente corrida de Rehuelga. Alberto Aguilar tuvo el gordo de la lotería 


Por Antonio Lorca

REHUELGA / ROBLEÑO, AGUILAR, MOTA

Un toro -el primero, de San Martín-, manso y descastado, y cinco de Rehuelga, bien presentados y astifinos; descastado el segundo; mansos y nobles tercero y cuarto; bravo y con clase el quinto, al que se le dio la vuelta al ruedo, y de encastada nobleza el sexto. Al final del festejo salió a saludar el mayoral de la ganadería.

Fernando Robleño: dos pinchazos y estocada (silencio); estocada caída, dos descabellos -aviso- y cuatro descabellos (silencio).

Alberto Aguilar: pinchazo y media caída (silencio); estocada baja (ovación).

Pérez Mora: dos pinchazos y estocada (pitos); pinchazo y estocada (palmas de despedida).

Plaza de Las Ventas. Vigésimo octava corrida de feria. 7 de junio. Algo más de media plaza (14.134 espectadores).

Doliente debe ser escuchar que la plaza ovaciona al toro que acabas de matar y tú, parapetado en el burladero, no quieres oír unos leves pitos que, aunque no lo desees, van dirigidos a ti.

Pero peor, mucho peor, debe ser que el presidente saque el pañuelo azul (“Que no quiero verlo, que no quiero verlo”) que ordena a los mulilleros que le den la vuelta al ruedo a tu toro, que pase delante de ti, con la solemnidad propia del caso y el aplauso emocionado de los tendidos, con las orejas colgando. Y tú miras, cierras los ojos y crees estar en un sueño. Cuando las mulillas desaparecen por el túnel del desolladero, unas leves palmas y el ánimo de los compañeros -pura compasión- te hacen abandonar a duras penas el burladero para responder al cariño elegante de algunos espectadores.

La primera experiencia la vivió Pérez Mota a la muerte de su primer toro; la segunda, Alberto Aguilar en el quinto, al que se le concedió el gran honor de la vuelta al ruedo.

¡Qué dramática y dura puede llegar a ser la fiesta de los toros…! Meses de duermevela, de entrenamiento diario, de sacrificio, de no tener vida en muchos casos; de ilusiones y sueños, también, cuando un torero se ve en los carteles de una feria tan importante, y que el día H, ese marcado a fuego en tu calendario más intimo, salga un toro embistiendo y tú no seas capaz de estar a su altura, y que la cabeza te dé vueltas y te agobies con la derecha y la zurda, y que no haya manera de encontrarle las vueltas a este toro que se está haciendo el amo de la situación, mientras yo me siento ridículo ante mí mismo. Duro debe ser; muy duro para un ser humano cargado de triunfos en su cabeza…

La corrida de Rehuelga, origen Santa Coloma, sorprendió a todos. Solo cinco toros aprobaron el examen veterinario, astifinos todos y cinqueños, y algunos con muchos kilos -608 el cuarto y 647 el quinto-, pero dieron un juego por encima de lo esperado, aunque pecaron de gotas de sosería. 

Mansearon en los caballos, aunque varios acudieron de largo a las cabalgaduras, y solo el quinto hizo una pelea de bravo auténtico; acudió tres veces desde los medios, y empujó con los riñones. Poca alegría demostró en el tercio de banderillas, y embistió largamente, con fijeza humillación y recorrido en el tercio final. No fue un toro completo -quizá, acusó el tercer puyazo- y le faltó regocijo en la embestida, pero derrochó nobleza y duración. Dobló las manos en varias ocasiones, aunque no dejó de obedecer al primer toque la muleta de su matador. Exagerado, en principio, el premio de la vuelta, aunque también se puede pensar que la mereció porque tuvo treinta muletazos, quizá más, para encumbrar a un torero.

Alberto Aguilar tuvo el gordo de la lotería en sus manos y no fue capaz –esa es la pura verdad- de comprarlo y alegrarse toda la vida. Era un toro para un torerazo, con mando en plaza, hondura y sentimiento. Era un toro para un torero con derrochadora personalidad, con ambición, con calidad excelsa, dueño de un toreo arrebatado y sublime.

Aguilar puso su alma en el empeño, y a quien da todo lo que tiene no se le puede exigir más. Fue una faena larga, por la derecha y la izquierda, pero su obra no acabó nunca de enganchar en los corazones del respetable, que había optado hacía tiempo por adoptar a su oponente. 

Unos ayudados por bajo finales, preñados de torería, y un largo pase de pecho fue lo mejor de su labor, insuficiente y muy lejos de lo que pedía el animal. Recibió un golpe en el muslo derecho en el inicio de la faena, que le produjo rotura de la aponeurosis y el músculo vasto interno.

Tampoco pudo destacar ante el segundo de la tarde, manso y noble, con el que solo se lució en una tanda con la mano diestra. En fin, que mejor no pensar en la noche que habrá pasado el torero; y algo más oscuro: lo empinada que se le pone la difícil cuesta de la temporada.

Otro lote de triunfo cayó en las manos de Pérez Mota, dos toros que debieron dejar sus orejas en el ruedo. Se movió mucho el tercero, con nobleza y un punto de sosería; se plantó el torero y algún muletazo tuvo cadencia y enjundia, pero resultó que era un espejismo. No entendió que el toro iba de largo y así lo reconoció el público, y recriminó al torero su falta de vista. Extraordinario fue en la muleta el sexto, y el torero no lo entendió; muletazos vacíos no era lo que merecía la calidad del toro. Otro hombre al que le que queda una profunda reflexión.

Tampoco se justificó Robleño ante el cuarto, sosón como todos, pero que no dejó de embestir con nobleza a una muleta despegada, tosca y hueca. El único que de verdad rechinó en toda la tarde fue el primero, y, en ese, Robleño se puso un poco pesado.

La corrida de hoy

Toros de Alcurrucén, para El Cid, Joselito Adame y Juan de Álamo.

Feria de San Isidro: Un toro fiero ante el poderío de Ureña


MARTÍN / URDIALES, TALAVANTE, UREÑA

Toros de Victorino Martin, bien presentados y astifinos. Descastado el primero; manso y muy noble el segundo; bravo, fiero y encastado el tercero; bravo y soso el cuarto; cumplidor en el caballo y descastado el quinto, y cumplidor en el caballo y sin calidad el sexto.

Diego Urdiales: cuatro pinchazos, casi entera atravesada y dos descabellos (pitos); pinchazo y estocada (pitos).

Alejandro Talavante: estocada trasera y un descabello (oreja); media atravesada, dos pinchazos y estocada (pitos).

Paco Ureña: estocada tendida -aviso-, dos descabellos -2º aviso- y un descabello (vuelta); pinchazo, casi entera -aviso- y tres descabellos (silencio).

Plaza de Las Ventas. Vigésimo séptima corrida de feria. 6 de junio. Lleno de ‘No hay billetes’ (23.624 espectadores).

Por Antonio Lorca.

Había que ser muy buen torero para estar a la altura de ese toro, tercero de la tarde, Pastelero de nombre, de 520 kilos de peso, descarado de pitones astifinos, que acudió con presteza al caballo, galopó alegre en banderillas y llegó a la muleta pidiendo guerra. ¡Pero qué guerra…!

Había que ser un torero muy poderoso para estar cruzado delante de ese toro, un dechado de fiereza y codicia, remiso a embestir al primer cite, pero duro, exigente y agresivo cuando acudía con acometividad, prontitud y fijeza. Daba miedo desde el tendido verlo cómo perseguía la muleta con con aire combativo y vibrante.

Había que tener las ideas muy claras, valor seco, oficio, seguridad, dominio de la situación, pundonor y arrojo para hacer el toreo con ese toro; para emocionar y arrebatar a unos tendidos temerosos de una voltereta que parecía inminente y lejana a un tiempo por la acometividad del animal y la firmeza del torero.

Vendió cara su muerte Pastelero. Tras una larga faena, en la que se empleó como los grandes, y una estocada algo tendida, el toro se negó a morir y deslució el triunfo incontestable del torero.

Mucha verdad mostró Paco Ureña ante ese toro; un poderío insultante; una capacidad fuera de lo común, una encomiable hambre de triunfo. No cortó las orejas, pero quedó para el recuerdo la obra de un torerazo.

Esperaba el toro en los medios, altivo y orgulloso, cuando Ureña tomó la muleta. Primera tanda con la derecha a modo de mutua presentación. Y quedó claro que Pastelero no era blandito ni dulce, sino una papeleta. La fiereza que guardaba en su interior la mostró en los redondos siguientes, y extraordinarios fueron los tres que vinieron a continuación, firme el torero, envalentonado el animal, y la plaza que comenzaba a rugir de emoción incontenida.

Otra tanda de altura, y quedó la plaza, el toro y el torero convencidos de que el que mandaba en aquella pelea era Ureña. Bajó la fortaleza de Pastelero por el lado izquierdo, pero aún tuvo oportunidad para demostrar la mucha vida que le quedaba cuando el matador volvió con la espada de verdad.

Un espectáculo grandioso, el de la lidia total, no coronado con el triunfo, pero igualmente emocionante y arrebatador. Si muchos toros fueran como Pastelero, la mitad del escalafón estaba en su casa y las colas en las taquillas darían varias vueltas a la plaza…

Con una magnífica disposición se enfrentó Ureña al sexto, que lucía dos pitones de miedo y provocó que la cuadrilla hiciera en banderillas un ridículo impropio de profesionales curtidos. Pareció por un instante que volvía la grandeza, pero el toro, áspero, corto de recorrido y sin clase, lo impidió. No se afligió el torero, y volvió a demostrar que le sobran agallas en el corazón y profundidad en las muñecas, aunque no fue posible.

Más suerte tuvo Talavante, al que le tocó el victorino artista de la tarde, y lo toreó a placer, con temple y hondura, en una faena de muleta, cimentada en la mano derecha, bonita, bien estructurada, pero falta de la emoción de la casta. Lo había recibido con cuatro vistosas verónicas y dos medias de cartel, y paseó una merecida oreja tras acertar con la espada.

Sin embargo, el público quería más y no entendió que el quinto carecía de clase y codicia, y Talavante prefirió montar la espada pronto y ahorrar a todos una suerte de aburrimiento.

Y el que no estuvo fino fue Urdiales. Le tocó el peor lote, ciertamente, pero también fue el torero más precavido y con menos recursos. Y eso no está nada bien. El primero no le gustó desde que lo vio aparecer por la puerta de chiqueros. Era descarado de pitones y astifino, que todo hay que decirlo, y el diestro no se quedó quieto con el capote. Los dos primeros tercios pasaron volando, como prueba de las prisas que tenía Urdiales por que pasara ese cáliz cuanto antes. Y cuando tomó la muleta estaba claro que no sabía por dónde empezar. Era un toro soso, sin fijeza ni sentido de la humillación, y, en un momento, Diego se le quedó mirando: ¿Y ahora qué hago yo? Pues, eso, que no sabía qué hacer. Escaso de recursos, lo macheteó por bajo en una actitud muy precavida y desconfiada. En fin, mal. ¡Un torero tiene que estar de otra manera…!

Tampoco tuvo clase el cuarto, sin fondo ni recorrido, y Urdiales intentó justificarse cuando el asunto ya no tenía remedio.

La corrida de hoy

Toros de Rehuelga, para Fernando Robleño, Alberto Aguilar y Pérez Mota.



San Isidro 2017: Un Victorino fiero salva al ganadero y Paco Ureña se la juega

Paco Ureña, durante su faena. AFP.

Por Carlos Ilián.

Una escabechina en el reconocimiento de la corrida que había apartado Victorino Martín, lo deja en mal lugar. Un resbalón inaceptable en un ganadero de su prestigio. Y el descalabro pudo ser mayor si no sale ese tercer toro, de nombre Pastelero, de fiereza desbordante, de un derroche de casta y codicia que encumbró la tarde y exigió a Paco Ureña un esfuerzo titánico. El torero desplegó la tauromaquia que combina el valor y el toreo más ortodoxo. Se fajó en los redondos sin concederse ventajas, embarcando la embestida feroz y ligando los muletazos, en series rotundas.

La prueba de fuego llega cuando Ureña se echa la muleta a la izquierda para pasarse las guadañas de la fiera por la taleguilla y cuajar unos naturales que parecían imposibles. Había que culminar con la espada y el torero se le juega para dejar un espadazo tendido que necesitó de tres descabellos. Acababa de perder una oreja de muchos quilates. En el sexto, con mal estilo, metiéndose por dentro, salvó el pellejo.

Alejandro Talavante estuvo exquisito al natural pero sin grandeza ante un victorino de embestida humillada y noble. Por el pitón derecho el toro se quedaba corto, pero Talavante se sacó de la manga una arruina que le puso el viento a favor y a pesar de un espadazo desprendido y un descabello cortó una oreja más que generosa. En el quinto cortó por lo sano ante un buey.

Y dos bueyes tuvo enfrente Diego Urdiales. El primero, morucho perdido y el cuarto, ah, el cuarto que engañó a muchos porque el torero tuvo la generosidad de dejarlo de largo en el caballo, muy de largo. El toro se arrancó dos veces y emocionó. Pero ¡ojo!, en la muleta fue un manso distraído y buscando las musarañas. Urdiales, en vez de enfadarse y taparse estuvo contemplativo y equivocó con su aparente desidia. Otra vez se va de vacío de Madrid.

Plaza de Madrid. Vigesimoséptima corrida. Lleno.

 Toros de VICTORINO MARTÍN (4), un toro fiero el 3º, un toro suave el 2º y cuatro de juego morucho, aunque el 4º fuera de largo al caballo.

DIEGO URDIALES (4), de verde botella y oro. Cuatro pinchazos, media estocada atravesada y dos descabellos (algunos pitos). Pinchazo y estocada delantera (algunos pitos). 

ALEJANDRO TALAVANTE (6), de malva y oro. Estocada desprendida y descabello (una oreja). Dos pinchazos y estocada (silencio). 

PACO UREÑA (6), de caña y oro. Estocada tendida y tres descabellos. Dos avisos (vuelta). Pinchazo hondo, estocada y tres descabellos (silencio).

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