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Radar Taurino – La México: El Toro, Verdad Revelada.

El Toro en La México trae lo imborrable: Mariano y "Marqués" de José Julián Llaguno.
El Toro en La México trae lo imborrable: Mariano Ramos y “Marqués” de José Julián Llaguno, Temporada 1992-93.

Entre tanta necedad y tanta coba, nebulosa y empalagosa, otra vez el toro y el brillo de su ausencia marcan el derrotero de una Temporada que muy temprano se duele donde más tendría que ser más fuerte: los encierros.

Por: Luis Eduardo Maya LoraDe SOL Y SOMBRA.

Si de construcción se tratara solo ese edificio de la sureña Avenida Revolución, El Celanese, se “levantó” de arriba para abajo.

Y no de abajo para arriba.

La empresa en La México construye al revés, el tejado antes del cimiento. Deja la base de todo espectáculo taurino, el toro, no solo en duda sino bajo grave sospecha cada tarde. De menos, evidencia desigualdad, tedio y enojo más el desdén de la desesperanza en la Afición. Los festejos, salvo sus episodios aislados, quedan a deber.

Tres muestras van, tres, en esta Temporada.

Y el presente ciclo tiene el riesgo de reventar en trayecto y acabar debajo, que ya es decir, de la Temporada de Oro, donde el gran pecado fue justo no cimentar todas las tardes a partir de los encierros. Conste aquí que el áureo ciclo, carente de encierros como San Martín, no cayó en la tropelía de colar uno como el del pasado domingo.

Recuerdo, con casi esta misma Empresa, la corrida inaugural de la Temporada áurea, de Garfias y el triunfo rotundo, en irrenunciable rosa mexicano y oro, de César Rincón o esa astifina cornamenta del castaño segundo, portada del especial taurino que la revista “Somos” dedicó al cincuentenario, también casos como Rodrigo Aguirre, la inolvidable de rejones de Los Ébanos, Rancho Seco en el adiós de Antonio Lomelín.

Al menos en trapío, espero errar, no veremos este año toros como Giraldillo de Manolo Martínez o Media Luna de Fernando de la Mora, ganadería que lidiar un encierro serio en la apertura hace diez años, parece, le costó un veto de cinco.

Privados de ver su mejor lustro regresa al sistema y decepciona. Y para muestra está el encierro completo de la semana pasada. Nada tienen que ver estos toros, en dignidad e importancia, con aquella corrida inaugural de 2005, diez años han pasado y volviendo el recuerdo a ese encierro, escogido ni más ni menos, por la administración de Enrique Ponce, veremos que la única verdad que no se encuentra en La México es el toro que esté al nivel de la importancia de la Plaza.

No ya en kilos, no ya en tamaño, simplemente en majestad.

La Afición, por ello, en vez de analizar más el juego del toro y menos su trapío, esencia sobre apariencia, sigue atorada en luchar por un presupuesto básico, la presencia.

Hoy, responsabilidades aparte, en el toro la ley del menor esfuerzo impera en la Plaza México pues coloca al toro verdadero, que sí existe y sale en Guadalajara, salía en Mérida o Tijuana y que salió –aunque ustedes no lo crean- algún día en la Monumental, con más carga que la de la verdad en sí: para La México el toro real peca e incomoda y para su mala suerte, además, cuesta más.

Y el costo no es asumible.

Si La México, como fue de ‘89 a ‘96, a veces después, echara hoy lo indubitable del toro mexicano, su Puerta de los Sustos, con la televisión, redes sociales en puntas y el gran coso en sí como escenario, sería el cimiento para soportar la vigencia de la Fiesta y el necesario filtro que refería el viejo Don Dificultades: “Toro en Temporada Grande y novillo en Temporada Chica. Así se irán los que nada tengan que hacer.” Eso incluye a los que avalan: la “Autoridad”

Varios petardos en la presente época se han salvado de su expansión mediática porque se han dado en bajo la “conveniente” sombra de Guadalajara o por haberse dado –antes- en Tijuana o en Mérida. Donde ya también han desterrado en buena parte al toro.

En La México tal cosa se quedaría, mas que bajo la luz, a la vista de reflectores.

Porque el toro real, de lidiarse en La México, con todo lo que esto implicaría, podría en duda al propio sistema, haría mucho más evidente la falta de mérito de los que viven del cuento y ese efecto depurador resultaría insoportable para una cantidad de gente insospechada pues uno de los antídotos contra el cáncer taurino por excelencia que es la coba, está en el propio toro bravo.

Será porque pone siempre a cada quien en su lugar.

Para bien o mal, para arriba o para abajo.

Mientras tanto, justo cuando sigue en los carteles Bernaldo de Quirós, la aburrición, la poca categoría, la reducción del arte de lidiar al oficio de trastear gana e impide la catarsis añorada. Y, tristemente, evita revelar el misterio taurino y la aparición entera de su verdad eterna.

Esa que, a pesar de todo, nos mantiene vivos y perseguiremos siempre.

La irrefutable verdad del Arte.

Siempre, esperamos, con el Toro por delante.

Twitter: @CaballoNegroII.

 De arriba para abajo… “El Celanese”, arquitectura impactante: Av. Revolución y José María de Teresa, Tlacopac, San Ángel.

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Programa @Taurinisimos – Edición 23. Noviembre 21, 2014.

Programa 23 @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 21 de Noviembre de 2014.  Actualidad Taurina. Plaza México. Temporada Grande 2014-2015.

Conducen Miriam Cardona (@MyRyCar) Luis Eduardo Maya Lora (@CaballoNegroII) y José González (@JoseNinoG).

Faenas de Fermín Rivera, José Mauricio e indulto de Juan José Padilla a “Sonajero” de Villa Carmela.

Análisis Previo Quinta de Derecho de Apartado Plaza México: Toros Bernaldo de Quirós para  Miguel Ángel Perera, “El Payo” y Fermín Espinosa “Armillita IV” Faena de Perera a “Quita Penas” de Campo Real en La México, 2010.

Discurso César Rincón en Bogotá. Conferencia de Prensa Fermín Rivera.

Bonus: Trailer “Salida de Caballos, No Aparcar”

La emisión 24 de @Taurinisimos será transmitida hoy viernes 28 de Noviembre, en vivo, a las 19 horas a través del link: http://www.radiotv.mx

Twitter: @Taurinisimos.

César Rincón de Madrid al cielo.

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De SOL y SOMBRA.

Lejos sonaban entonces los inminentes clarines del adiós definitivo en Bogotá cuando César Rincón se despedía de España en Barcelona.

El eco de las voces que coreaban el grito unánime de “¡Torero, Torero!” que lo había seguido desde el 21 de mayo de 1991 en Las Ventas, se apagaba lentamente, como el crepúsculo del Mediterráneo, en los tendidos de la Monumental.

En una sola tarde había concentrado toda la tauromaquia de veinticinco años de leyenda. Las lágrimas brotaron entre aplausos y ovaciones con el quebranto del toro, muerto en la suerte de recibir, sobre la boca de riego callada. Volaban los pañuelos y se agolpaban los recuerdos. Los ojos de César se adentraban en el mundo de las nostalgias durante la vuelta al ruedo, agarrado de las banderas de España y Colombia como de dos asideros de vida, patrias que sustituían en las palmas de sus manos los trofeos de raza y caza, valor y distancias, empaque y solera.

Viajaba Rincón al pasado en aquellos momentos, por su natal barrio Santander, de Bogotá, que había parido en 1965 el torero más importante de la historia en América.

Ni Gaona, quizas ni Armillita, ni Garza –dicho y escrito con los máximos respetos– y toda aquella pléyade de grandiosos toreros que pusieron en lo más alto a México; ni los arrolladores Girón, César y Curro, de Venezuela, tristemente chavista hoy: ningún capitán de la torería americana conquistó tantas tierras ni mantuvo por tantos años su imperio como el César de piedra, Rincón de bronce. De Madrid al cielo y desde el cielo a Francia. Y el universo táurico se rindió a sus pies en el regreso a la Tierra Madre para hacerse héroe y mito sobre un camión de bomberos con cuatro Puertas Grandes de Madrid, ¡cuatro de una tacada!, sobre los hombros.

Desde 1991 Rincón ha paseado a Colombia por el mundo como su más carismático embajador.

César terminó de recorrer el anillo de Barcelona en aquel 23 de septiembre de 2007 sin que le hubiese dado una prórroga el reloj para paladear un segundo más. Como cada tarde, había pensado en mamá Teresa, crespón de luto en el alma como aquel que lucía su manga en la alternativa de 1981.

Antoñete, Manzanares y él, tan poquita cosa, con el afán de la lucha en el esportón como única carta credencial para perseguir los sueños, el mundo onírico que vislumbraba en el horizonte de los paisajes inalcanzables con nueve años, el paraíso de Alicia entre las paredes del patio de su humilde casa, con papá Gonzalo como maestro Jedi de una vocación que hervía en su interior como la lava de un volcán.

Llovió y llovió entre 1981 y 1991 sin que escampase. Para César Rincón nunca acababa de salir el sol. La hora del amanecer se retrasaba como si las manillas no avanzaran y se quedasen siempre marcando las dos, siempre las dos.

Confiesa el torero que aquellos años se hicieron lentos, farragosos, interminables.

La gravísima cornada de Palmira en 1990 colmó el vaso del dolor, y aún nadie sabía que le había inoculado el veneno de una hepatitis C que iba a dar la cara en su plenitud, como un veneno de efectos retardados vertido en los ríos de su sangre que bullía, en la plena eclosión de los años noventa, de pura gloria y frescas rosas, días de vino.

Pero la cornada fue también como la curva de la montaña de rocas que al doblarse desemboca en un fértil mar donde el esfuerzo sembrado se multiplica como los panes y los peces de la parábola.

El 21 de mayo de 1991 cambió el curso de la historia. Encadenó César Rincón tres Puertas Grandes consecutivas en la primavera de mayo y junio. Y una cuarta en octubre. El ciclo de tristeza había concluido, de momento. Rincón había redescubierto el toreo de siempre con las armas de la pureza, las distancias, la profundidad, la sabiduría de un torero en sazón que nunca dejaba de crecer.

La revolución cesarista guardaba un evidente paralelismo con la que una década antes había protagonizado Antoñete sobre la misma arena venteña.

Desde entonces habitó siempre César Rincón en el espíritu de Las Ventas, sin que Las Ventas nunca le regalase ni un gramo de las seis Puertas Grandes –la épica de Bastonito pervive en el recuerdo como la más fiera batalla del último cuarto de siglo, aun sin salida a hombros– que ahora se lleva consigo.

Quienes vivimos el toreo como pasión no olvidaremos jamás, ni cuando crucemos la laguna Estigia hacia la otra orilla, al César eterno de Madrid, sus lecciones, su generosidad, su vida rota y renacida de la hepatitis, su hombría y su grandeza.

25 años no son nada en la vida de algunos simples mortales, pero en la vida de un César son siempre leyenda.