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Heroico y admirado pirata Padilla, una forma diferente de estar en el mundo

Juan José Padilla, el pasado viernes, en su despedida de la plaza de Pamplona. Juan José Padilla, el pasado viernes, en su despedida de la plaza de Pamplona. Jesús Diges EFE.

Por Antonio Lorca.

A pesar de los muchos años de vida que tiene la tauromaquia, aún no está claro qué es un torero. No se sabe si es un loco, un tipo inteligente capaz de engañar a un animal salvaje para ganar gloria y dinero, un ser atrapado en una pasión, un amante del riesgo, un gladiador, un artista…

El viernes se despidió Juan José Padilla de la plaza de Pamplona, donde es un ídolo; y allí se presentó seis días después de que un toro le levantara el cuero cabelludo y le dejara al aire las ideas en una imagen pavorosa. “No hay motivo para no torear en Pamplona”, respondió cuando le preguntaron por sus intenciones horas después del percance.

La actitud de este hombre resulta inexplicable desde la lógica del habitante de un país desarrollado del siglo XXI. No es normal. Es un extraterrestre o un pirado. Es más, si se escudriña la cara de Juan José Padilla se podría concluir que es un ‘tío raro’, alguien que no pertenece a esta especie nuestra tan quejica, hedonista y autocompasiva que parece haber desterrado valores tan supuestamente humanos como la superación, el esfuerzo, la excelencia, el sacrificio…

Quizá, la respuesta sea sencilla: Padilla es solo un torero, alguien anacrónico, que no goza del favor y la simpatía del establishment por su dedicación a una actividad denostada hoy por corrientes imperantes; y un personaje incorrecto y sorprendente para los que formamos parte del rebaño de una sociedad cuadriculada, limitada y dirigida. Quizá por eso, por su extraordinaria actitud, es objeto de la admiración popular, y muchos lo consideran un ídolo porque ven en Padilla al protagonista de una película que la mayoría no será nunca capaz de rodar.

Porque ser torero es un modo de estar en la vida. Y porque la tauromaquia es una vieja y sabia escuela de valores, una filosofía de vida, que oferta lecciones para enfrentarse a las dificultades.

Lo cuenta de diferentes formas el profesor y aficionado Javier López Galiacho en su interesante libro ‘De frente, en corto y por derecho’.

Cita, por ejemplo, al escritor Michael Ende, autor de ‘La historia interminable’, quien afirma en el prólogo de su obra que “las pasiones humanas son un misterio, y los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas”.

Un torero es alguien atrapado en una pasión, portador de un veneno extraño y desconocido que produce un efecto incomprensible: vencer el pánico a la muerte. Ser torero es un abierto desafío al instinto de conservación, un desprecio a la seguridad, ese valor tan extendido y deseado socialmente. Ser torero es una locura que, además, persigue la excelencia. No se trata, pues, solo de un juego sobre la vida y la muerte, sino de la búsqueda constante de la superación del miedo, del conocimiento, del dominio, de la belleza, del arte…

Ser torero es un desafío al destino, una ruptura de la norma, soñar la gloria por medio del riesgo. Ser torero es una demencia, basada en el enfrentamiento con un animal salvaje con el objeto de alcanzar la perfección mediante la astucia, la prudencia, el arrojo y otros tantos valores que parecen perdidos.

Y algo peor: ser torero es una misión casi imposible. Muchos son los que creen tener el veneno en las entrañas, pero muy pocos son los que lo poseen en la dosis necesaria para alcanzar la gloria.

Padilla es puro veneno. De otra manera no se entiende su trayectoria vital. Padilla murió y resucitó en Zaragoza el 7 de octubre de 2011 cuando un toro le sacó un ojo con aviesas intenciones de espantarlo definitivamente del camino de la vida. No se trataba, quizá, de una muerte física, pero sí el final de una vocación arrebatadora.

Pero el veneno hizo su efecto, se rebeló contra la adversidad, superó el dolor, aguantó con estoicismo las inclemencias de no se sabe cuántas intervenciones, le cambió la cara a una dolorosa rehabilitación, le ganó la partida al toro de la muerte y su lucha se erigió en un grandioso canto a la vida.

Es verdaderamente admirable la evolución de este hombre, seas o no taurino, te guste o no su toreo. Es sorprendente su capacidad para sobreponerse a las duras vicisitudes que le ha presentado la vida.

Dice ser consciente de que el riesgo es inherente a su profesión, pero también su recompensa. “El sufrimiento es parte de la gloria”, ha repetido en distintas ocasiones.

Por todo ello, muchos lo consideran un héroe, una persona famosa por sus hazañas; admirada y ejemplar, un referente en el seno de una sociedad profundamente ambigua.

Cuenta con la admiración ajena, pero pocos premios recibirá más allá de los taurinos. No se olvide que es un torero, un apestado para la corrección política, un torturador, un tipo despreciable… No se olvide, también, que es, nada más y nada menos, un hombre que ha dicho no al oscuro destino que aquel toro de la Feria del Pilar le tenía reservado.

Desde entonces, lleva un parche en el ojo perdido, y en Pamplona le llaman ‘el Pirata’; al fin y al cabo, un torero ejemplar para todos los quieran vivir la vida con la intensidad que merece, para todos los que apuesten por una forma diferente de estar en el mundo, apasionada y única.

El profesor López-Galiacho cita al siquiatra Viktor Frankl en su obra magna ‘El hombre en busca de sentido”, un impresionante testimonio de supervivencia en Auschwitz. “Al hombre se le puede arrebatar todo menos una cosa, -escribe-, la última de las libertades humanas, como es la elección de la actitud personal que debe afrontar frente al destino, para decidir su propio camino”.

Y, a veces, como en el caso de Padilla, el destino puede ser un regalo…

P.D. El torero jerezano no es más que un ejemplo conocido. Toreros como él, auténticos héroes que se sacrifican durante años, se esfuerzan cada día y consiguen, o no, sus objetivos los hay a manojos. Por algo son diferentes.

Y seguro, además, que hay otros muchos raros, sin discriminación de sexo, anónimos, gente de toda condición y quehacer, que se ha levantado mil veces de una caída que parecía definitiva, y que triunfa, aunque solo sea desde lo más íntimo de su ser, en una lucha titánica por ganar la batalla a la adversidad.

Publicado en El País

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Feria de San Fermín: “Padilla, quédate”

Emotiva despedida del torero jerezano ante dos buenos toros y triunfo incontestable de Roca Rey.

Por ANTONIO LORCA.

La despedida de Juan José Padilla de la feria de San Fermín fue una auténtica fiesta en una plaza llena hasta la bandera, hecho que sucede por vez primera en esta feria. Fue recibido con todos los honores, como solo se recibe a alguien de la familia, y despedido a hombros, entre la algarabía popular, y la plaza toda puesta en pie al grito de “Padilla, quédate”.

Padilla se presentó como un auténtico pirata -pañuelo negro cubriéndole su reciente herida en la cabeza y parche del mismo color en el ojo izquierdo-, y lo dio todo de principio a fin; primero, en medio de una inmensa polvareda, más propia de una tormenta desértica que de una plaza, y, después, empapado por un intenso aguacero que se hizo presente a partir del cuarto toro.

Se hincó de rodillas Padilla para recibir a su primero con cuatro largas cambiadas en el tercio, y ese inicio no fue más que la tarjeta de presentación de una completa actuación presidida por la entrega, el compromiso, la gallardía, el pundonor y el agradecimiento. Tuvo en sus manos un lote de toros extraordinarios -de alto nivel fue toda la corrida-, bravos y encastados los dos, y de mayor calidad, si cabe, el segundo, con los que protagonizó momentos brillantes sin redondear una faena de clamor, pero expresó abiertamente su personalísima tauromaquia, basada en una técnica efectista y dominadora y un estilo emocionado y cálido. No es Padilla un artista, pero sí una figura que se da sin límites. Brindó su primero al público, enloquecidos el sol y la sombra con su hijo adoptivo, y el segundo, a la Casa de Misericordia, que le ofreció la primera oportunidad de triunfo en el año 1999.

Especialmente emotiva fue su vuelta al ruedo tras la muerte del cuarto; al final de la misma besó el ruedo y se guardó un puñado de arena en el pecho mientras las peñas coreaban una y otra vez su nombre, el torero se llevaba la mano al corazón y mostraba emocionado el pañuelo rojo a toda la plaza en señal de afecto.

También triunfaron Cayetano y Roca, que brindaron uno de sus toros a Padilla. Inconmensurable el joven peruano por su valor, aplomo y firmeza; sobre todo, en la faena de muleta al tercero después de una tremenda voltereta que sufrió cuando Roca citó por estatuarios al inicio del último tercio. Con el gesto dolorido, el torero atornilló las zapatillas en la arena y ofreció toda una lección de buen toreo cimentado en el arrojo, la disposición y un conocimiento exacto de los terrenos; otra lección de poderío ofreció ante el sexto, al que mató de un muy efectivo espadazo.

Tampoco se fue de vacío Cayetano, irregular e intermitente, y autor de una gran estocada al quinto de la tarde.

JANDILLA / PADILLA, CAYETANO, ROCA REY

Toros de Jandilla, bien presentados, cumplidores en el caballo, encastados y nobles; destacaron especialmente los lidiados en primer y cuarto lugares.

Juan José Padilla: estocada (dos orejas); -aviso- estocada baja (oreja).

Cayetano: pinchazo y estocada (ovación); gran estocada (oreja).

Roca Rey: pinchazo y estocada (oreja); estocada (dos orejas).

Plaza de Pamplona. Séptima corrida de la feria de San Fermín. 13 de julio. Lleno.

Publicado en El País

Lo que siempre has querido saber de un torero en el siglo XXI

Lo que siempre has querido saber de un torero.

Por Guille Álvarez.

Juan José Padilla, el “Ciclón de Jerez”, lleva casi un cuarto de siglo viviendo de su pasión de infancia. Es uno de los rostros más conocidos de la tauromaquia en España, sobre todo tras sufrir una grave cornada en 2011 por la que perdió el ojo izquierdo. Desde entonces lleva parche. Al “Pirata” Padilla le molesta y le parece una falta de respeto que le llamen asesino por la calle, y más cuando va acompañado de su familia. “Es una provocación”, dice el jerezano de 43 años, que asegura que tiene amigos y familiares a los que no les gustan los toros y no van a sus espectáculos, pero una cosa es que no te gusten y la otra es que seas antitaurino, matiza.

Siendo uno de los toreros más reconocidos del mundo, quisimos hacerle diez preguntas sobre su profesión, una de las que más polvareda levanta en pleno siglo 21.

VICE: ¿Por qué eres torero?

Juan José: Probablemente sea culpa de mi padre. En mi casa siempre se ha respirado ambiente taurino. Mi padre quiso ser torero, tuvo una gran vocación y una afición tremenda. Mis tres hermanos también intentaron ser toreros, y de hecho han sido banderilleros. Recuerdo la primera vez que me puse delante de una becerra. Tenía siete años. Aquí en la provincia de Cádiz hay muchas ganaderías, así que mi papá me llevaba y yo toreaba en ellas, me ponía delante de las becerras ya de pequeño.

¿Sabes a cuántos toros has matado?

Pues lo que son toros, podríamos calcular que alrededor de 5,000. Entre España y América he participado en unas 1,500 corridas, y contando lo que se mata practicando en el campo…

¿Nunca has sentido pena por el hecho de matar a un animal?

Bueno, nuestra cultura nos hace entender que el toro nace para morir en la plaza. Quizás puedo sentir una voluntad de no matarlo cuando el toro se ha ganado la vida por su comportamiento, y eso sucede en muchas ocasiones, que el toro tiene un comportamiento bravo y es digno de que vuelva al campo. Entonces, cuando hay que matarlo porque el presidente [de la corrida] te obliga, sientes frustración en ese momento. Pero en definitiva, en nuestra cultura creemos que el final del toro es la muerte en la plaza.

¿Te gustan los animales?

Sí, y de hecho tengo animales en casa. Al toro lo veo como un colaborador, como un animal especial, lo admiro y respeto. Mi vida es el toro, mi mundo es el toro. Me apasiona su bravura y su comportamiento, es una raza única y exclusiva para este espectáculo, la raza no existiría si no existiera el espectáculo.

¿Cuando estás delante del toro, sientes miedo?

El torero siempre tiene miedo, antes y después de la corrida. Primero sabes que te juegas la vida delante de un toro y luego, también, que tienes que crear un arte y una faena con un colaborador que se llama toro.

Has sufrido varias cornadas graves en tu trayectoria —19 intervenciones quirúrgicas en total—, y en una perdiste un ojo.

¿Qué sientes cuando el toro te embiste y te desgarra?

Comprensión. La verdad es que no le guardo rencor al toro, que solo está cumpliendo con su cometido. El toro sale a arremeter y su defensa es esa, por lo tanto, el tributo que pagamos los toreros es la cornada, algunas veces con la vida.

¿Y qué sientes cuando eres tú el que le atraviesa?

No hay ninguna sensación ni de placer ni de disgusto, siento que cumplo con mi cometido y obligación, que es matar al toro.

¿Qué haces con las orejas, el rabo y esas cosas?

Hay algunos trofeos que te llevas a casa, los disecas y los tienes como recuerdo o los regalamos a admiradores, amigos, la familia… Son motivo de orgullo e ilusión, porque quieren decir que has alcanzado algo durante tu carrera, es algo muy personal.

¿Cuánto ganas por una corrida?

No puedo hacer público lo que me llevo por una corrida, pero sí te puedo decir que, desgraciadamente, la crisis también se ha notado en el mundo de la tauromaquia y no pasamos por buenos momentos. Está costando mucho trabajo llevar al público a las plazas, y esto afecta al colectivo taurino en general.

¿Te tomarías un trago con un antitaurino?

Sí, ¿por qué no? Hay que ser educado. Yo respeto sus ideales y que él respete los míos. Yo entiendo su posición siempre que tengan un argumento, me parece perfecto. Yo también tengo los míos: el espectáculo se defiende por sí solo, es un espectáculo vivo y de verdad. Se siente de verdad, se vive de verdad y se muere de verdad.

Fuente: VICE

“Mi deseo es terminar la temporada como Dios manda”: Juan José Padilla

El torero Juan José Padilla recibe las curas en su herida en la cabeza donde le pusieron 50 grapas tras ser cogido en Arévalo. TWITTER.

Padilla quiere estar en Pamplona: “Es una corrida importante y quiero despedirme de mi afición”. Esas fueron sus primeras declaraciones tras sufrir una espeluznante cornada en la cabeza, el torero ha asegurado que su intención es pisar el ruedo pamplonés este viernes.

De SOL y SOMBRA.

Juan José Padilla quiere y hará todo lo posible por estar en Pamplona el próximo viernes para despedirse de la Feria del Toro de San Fermín después de su impresionante cogida.

El torero recibió una cornada en la cabeza el pasado sábado en Arévalo cuando trataba de poner las banderillas y le tuvieron que poner un total de 50 grapas.

“Sí voy a seguir toreando. No hay motivos para dejarlo y mi deseo es estar en Pamplona el viernes”, ha asegurado este lunes.

“Ha sido muy aparatoso como habéis visto pero no hay ningún riesgo ni peligro de ninguna lesión grave, ni craneal ni neurológica. Es una cornada extensa en la cabeza, aparatosa, pero bueno, con mucha suerte y milagrosamente estoy bastante bien”, ha dicho.

Sobre su presencia en Pamplona, Padilla ha comentado que se encuentra “en manos del doctor García-Perla, ayer (domingo) ya me hizo una cura y vio la herida y el drenaje, que mañana (martes) ya retiran”.

“Mañana (martes) tengo una nueva revisión y me retirarán el drenaje, pero mi deseo es estar en Pamplona con Cayetano, con Roca Rey“, ha asegurado el torero.

“Es una corrida importante y quiero despedirme de mi afición, de una plaza que me lanzó a la feria, y donde no he dejado de estar ningún año. Me siento muy querido por la afición de Pamplona”, ha añadido Padilla.

Por último, Padilla ha señalado que “este es el tributo que se paga en la profesión y no tengo motivo para no despedirme en Pamplona. Me encuentro fuerte físicamente, con buen fondo y mi deseo es terminar la temporada como Dios manda, como creo que merecen todos los aficionados”, ha sentenciado.

Juan José Padilla: «El valor no era para torear sino para volver a ser un hombre libre»

El torero, que sufrió una tremenda cornada en la cara y perdió un ojo hace siete años convirtiéndose en un icono de superación, torea este viernes en San Isidro en el año de su retirada de los ruedos. Se le acerca el descanso al Ciclón de Jerez.

Por Patricia Navarro.

Dice Padilla que las cornadas se olvidan para no convertir la vida «en un camino de amargura». El cuerpo del torero gaditano es un mapa en el que encontrar en cada cicatriz un puerto de montaña, un alto en el camino… Hace siete años, cuando la temporada llegaba a su fin en Zaragoza le tocó subir al Everest tras una dramática cornada que le convirtió ya para los restos en un icono de superación: el pirata Padilla. Sin un ojo, con problemas de audición, en la mandíbula y para hablar, regresó en tiempo récord (cinco meses) porque torear fue la manera de salvar al hombre. Ya sin parar, mientras las temporadas se sucedían, se sometió a interminables operaciones que le devolvieran la simetría en su cara, en la boca, recuperar la dicción… Y superarse día tras día. Ya ha cumplido los 25 años desde que tomó la alternativa. El cuarto de siglo exponiendo la vida y los pedazos de ella. Se recompuso de sus cenizas cuando dejó de creer y a finales de la temporada pasada, de vuelta de aquel lugar donde estuvo a punto de morir y nació con el tiempo un nuevo Padilla, decidió que había llegado el momento. La hora del adiós. El descanso del guerrero. El cambio de tercio. Y afronta así el año de la despedida. Será el viernes cuando haga su último paseíllo en la plaza de Madrid, en San Isidro, un cartel estrella con Castella y Roca Rey. «Esta etapa tiene mucha magia y la quiero disfrutar». Dice, y lo dice mientras cura a uno de los muchos perros que tiene en casa y que ha sido atacado por otro.

Parece que entre los conceptos de torero y animal hay un conflicto. ¿Qué relación tiene con los animales?

–Tengo muchos en casa y no sabe la gente nuestra sensación y nuestro amor hacia los animales. Yo he convivido con ellos desde pequeño y tengo pasión. Por eso me da tanta rabia que nos juzguen como maltratadores y personas violentas sin conocernos.

–¿Cómo justifica entonces la muerte del toro?

–Aunque suene crudo, si no muere el toro muere la Fiesta. Todo deja de tener sentido. Es la rúbrica a la exposición tan de verdad que se da entre el hombre y el toro. Es la suerte suprema que tiene vital importancia.

–¿Se pasa miedo en esa suerte suprema?

–Mucho. Son los momentos en los que pierdes de vista la cara del toro. Miras sólo el morrillo donde vas y pierdes el movimiento de la cabeza, lo que va a pasar, haces la cruz y… Por eso hay tantas cornadas e incluso muertes.

–¿Cómo se afronta la temporada sabiendo que es la última?

–Contento por todo lo que estoy viviendo. No me esperaba el cariño que estoy recibiendo. En algunos momentos siento emociones encontradas. A veces tristeza. Me ocurre cuando me quito el vestido de torear y pienso que el año que viene ya no voy a torear en esa plaza. Ahí me da un arrebato de nostalgia. Pero estoy convencido de dejar de torear, de retirarme y lo vivo con ilusión.

–¿Por qué se va ahora?

–Porque lo he elegido yo. No quería que me apartase el toro ni el público, porque dejara de interesar, o los médicos. La temporada pasada fue buena y pensé que había llegado el momento de decir adiós ahora en un punto álgido.

–¿Esa decisión se consulta con alguien?

–No. La tomé solo, porque la decisión de reaparecer también la tomé solo.

Esa tuvo que ser muy complicada.

–Fueron momentos muy difíciles. Tuve lagunas en las que la vida no tenía sentido. En el hospital me sentía fuerte, pero después me derrumbé y me di cuenta de que era muy difícil superar el trance. Supe que torear podía salvar al hombre. Aquella decisión la tomé yo y la de la retirada también. Después se lo dije a mi mujer y mis hijos.

–¿Cómo se lo tomaron?

–Pues hubo de todo. Mi mujer siempre ha sido imparcial. Ella me ha apoyado siempre, sin presionarme para tomar una decisión u otra. Pero yo creo que también sentía que había llegado el momento de disfrutar juntos de otras cosas. Pero Paloma, mi hija, que es muy aficionada y me sigue a muchas plazas, no quería que me retirara. La tuve que convencer de pasar a una nueva etapa y ver los toros juntos desde el tendido.

A pesar de haber vivido experiencias tan duras en casa…

–Ella tenía siete años cuando me pasó el percance de Zaragoza y ella se enteró de todo, pero creo que ama profundamente el toro… Yo he hecho lo mismo con mis dos hijos y no lo sienten con la misma intensidad. De hecho, en la cornada de Valencia, que ella estaba en la plaza, me acerqué al burladero y ella me hizo una señal con los dedos de fuerza y en la enfermería me besó y llamó a su madre con una entereza enorme. Esos valores yo creo que se los ha transmitido su madre. Los tributos que se pagan en el toreo con normalidad.

–¿Cómo es hacer el último paseíllo en Madrid?

–Todos los paseíllos son para mí especiales esta temporada, pero el de Madrid es algo que supera todo por el respeto que le tengo a esta plaza. No quiero que sea una tarde con sabor a despedida sino con la sensación de que me gano el siguiente San Isidro.

–¿Cuesta más vestirse de torero sabiendo que se va?

–Sí, pero eso es una lección de amor propio de la profesión. Yo lo he vivido de otras generaciones. Ruiz Miguel, César Rincón, Espartaco… las grandes figuras se fueron como si no tuvieran nada y me gustaría dar un reflejo de aquello.

–¿Le queda un sabor amargo de la cornada de Zaragoza?

–No le tengo rencor al toro. La sensación que me queda es la de conocer el sufrimiento que hay como parte de la gloria. Llevo mucho sufrimiento, pero he recibido mucha gloria. Cada vez que he vuelto a torear en Zaragoza pensaba dentro de mí que algo así no podía volver a suceder, que volvería a sentir la gloria y así ha sido. Estoy agradecido al toro, a mi profesión y a todos los médicos que han hecho posible llegar hasta aquí.

Esa cornada marcó un antes y un después también en su profesión.

–Después de 18 años matando las corridas duras, en las que el corazón bombea a otro ritmo, cuando tuve el percance me llegó la oportunidad de torear otro tipo de corridas, en otros carteles… He vivido una cara más amable del toreo.

–¿Cuál ha sido esa tarde inolvidable?

–La de la reaparición en Olivenza cinco meses después de la cornada en Zaragoza. Causó un impacto mediático brutal y me sentí muy arropado por mi gente. Significaba mucho por todo lo que dejaba atrás. Jamás lo podré olvidar. Al salir a hombros, miraba al cielo y me sentía cerca de Dios.

Pero la recuperación estaba lejos de acabar ahí, quedaba todavía mucho quirófano por delante.

–Sí. Reaparecí en marzo y después en Valencia salí intervenido de la mandíbula que me habían puesto cuatro placas, una operación de cinco o seis horas y toreé a los pocos días. Pero para mí fue importante, y acertamos, poner fecha de reaparición para tener la mente centrada. Tenía fisio, logopeda, el centro de alto rendimiento y mi preparación como torero a la vez. Según salían la fechas de torear era como que de las intervenciones no me iba dando cuenta, a mí me ha ayudado mucho.

–¿Qué ha tenido que ir mejorando?

–He tenido que corregir la simetría de mi boca y la pronunciación. No he podido comer bien durante casi dos años, porque las mandíbulas no funcionaban. Me tuvieron que poner placas, tornillos… Y la audición también. Además me crea vértigos y el acúfeno al que ya me he acostumbrado.

–¿Cómo se ha ido adaptando a estos desafíos delante de la cara del toro?

–A la visión me adapté rápidamente, a la profundidad, a la velocidad. Nunca he derramado agua en una vaso. Me acuerdo mucho de una conversación con Feliciano López, que él tuvo problemas con la visión de niño, y me dijo que jugara al tenis o pádel y lo hago. Me costó más la audición, perdía el equilibrio, las vueltas, las largas cambiadas, me desorientaba y me costó la adaptación.

–¿Se llega a olvidar un percance tan duro?

–Sí. Si no la vida sería muy amarga y he conseguido darle la vuelta a todo. Era más importante ver a mis hijos y mi mujer bien y la sonrisa ha vuelto a mis labios y he vuelto a ser el hombre de siempre.

–¿De dónde sacó el valor Padilla en aquellos momentos duros?

–Hubo lagunas profundas de estar solo en la habitación durante mucho tiempo. Recuerdo mirarme en el espejo y preguntarme ¿dónde está el valor de Padilla? Y la respuesta estaba en afrontar la vida tal y como me había venido, no en el valor de ponerme delante de un toro. El valor era salir a la calle, cenar con mi familia, ver a los amigos, ir al cine, no tener miedo, no ocultarme, destaparme. Ser un hombre libre. Eso ha sido para mí la verdadera importancia de la vida.

No estuvo solo.

–Hubo mucha gente que se entregó. Adolfo Suárez no se separó de la cama del hospital. Ni después. De médicos y hasta hoy. Ha sido un puntal para mí y para toda la familia y además un hombre que ha pasado por circunstancias tan duras en la familia. Es un amigo y un hermano. O Finito, que es padrino de mi hijo, y su mujer Arantxa, en los momentos duros y en los felices. La Casa Matilla, y por supuesto Diego… Y tantos y tantos compañeros.

El pirata acabó convirtiéndose en un icono, incluso entre los niños.

–Yo no soy un hombre de estudios, pero he tenido la oportunidad de expresar todo lo que he vivido para ayudar a personas que también han pasado o pasan por momentos complicados. Hay que dar fuerza a los valores de la vida para empezar de nuevo. Yo no soy ejemplo para nadie, pero sí he tenido ejemplo en otras personas y me ha ayudado. Perder un ojo no puede ser todo, hay que valorar lo que se tiene.

–¿Qué se ve haciendo?

–No soy un hombre de futuro dejo la vida en mano de Dios. Pero me siento tranquilo.

En este tiempo ha protagonizado varias polémicas también, algunas de manera indirecta, como la retirada en Barcelona de una imagen suya de fotografía.

–No me ofendió por mí, sí sentí que se retiraba la tauromaquia, la cultura, la fiesta y eso duele.

–¿Orgulloso de su bandera?

–Yo sí. Y me da mucha envidia cómo otros países la lucen con orgullo. Yo no me avergüenzo, aunque muchos no la respeten.

Publicado en La Razón

Juan José Padilla, el héroe de las dos caras

El maestro Juan José Padilla se despide el próximo domingo de la afición valenciana. Comparte cartel con El Fandi y Román.

Por JOSÉ LUIS BENLLOCH.

El domingo Padilla levanta el telón taurino de Fallas. La cita tiene su punto sentimental, el Pirata se despide de Valencia. Las despedidas de los toreros siempre tienen una carga emotiva y en este caso aún más, es el torero de las dos vidas, de las dos caras, literal, hasta Zaragoza 2011 y desde Zaragoza. Desde entonces, más de 500 corridas de toros, más de 20 intervenciones quirúrgicas consideradas severas y un montón de hitos taurinos, incluida la conquista de la Puerta del Príncipe, le sitúan en el territorio de los héroes. Un milagro sobre otro milagro que desbordó los pronósticos médicos y los cánones toreros para anidar en el corazón de las gentes.

Su presencia en Valencia, otra curiosidad, tiene además ribetes de reaparición teniendo en cuenta que en esta plaza cobró el año pasado la que era su cornada numero cuarenta de su carrera. El último episodio cruento, toquemos madera, de su trayectoria. Así que será una especie de hola de nuevo… y un adiós.

-Valencia es la plaza en la que siempre soñé para empezar las temporadas. Eso les ocurre a todas las figuras. Sus triunfos tienen gran repercusión y la pasión de su público te hace sentir bien. Me apetece mucho volver.

-¿A pesar del último percance?

-Por eso quizás más. Me trataron muy bien. Todos, desde los médicos que venían a verme todos los días, hasta los aficionados. Además no soy de malos rollos. Mi obligación de torero me lleva a superar la adversidad.

¿Eso cómo se hace?

-Se hace con fe. Soy creyente. Y también con profesionalidad. A esta ciudad llegué con mucho fondo físico y eso me ayudó mucho. Hasta el punto que de la cama me fui a Castellón a torear por la Feria de la Magdalena.

Fe y fuerza.

-Para mí es lo mismo, la fe te hace fuerte.

Padilla recuerda divertido la cara que ponían muchos de los aficionados y facultativos que le visitaban tras la cornada en la Casa de la Salud, cuando le veían probarse en la misma habitación y en los pasillos con los goteros todavía puestos.

Este es el arranque de la que se anuncia como su última temporada. En Zaragoza, por el Pilar, punto final a su carrera de torero en activo. «No pongas que me retiro, los toreros no nos retiramos nunca, solo dejamos de torear en público». Cuando le pregunto por los motivos de su despedida mezcla lógica y sentimiento. «Siempre hay un buen momento para tomar buenas decisiones. Y este es el momento y la buena decisión», me cuenta muy seguro antes de añadir: «con lo conseguido me siento sobradamente recompensado. Lo que me ha dado Dios ya es mucho más de lo que esperaba, así que…».

La importancia de la trayectoria de Padilla desborda los méritos estrictamente taurinos y se adentra en los terrenos del héroe popular. Es el tipo que desafió a la muerte, la lidió, le pudo, se adornó y la venció, el artista que se reinventó desde el sufrimiento. Sin visión en un ojo, con una asimetría facial tremenda que ha ido corrigiendo intervención tras intervención, volvió a los ruedos para torear quince tardes «con quince me conformo», dijo entonces y lleva quinientas.

-¿Te costó mucho decir el adiós?

-No. Era una decisión que partió desde el más puro convencimiento. Entendí que debía ser así. Otro año no me iba a compensar más que una despedida gloriosa como pretendo. Así que nada más terminar la temporada pasada, lo decidí.

¿A quién se lo dijiste primero?

-A mi esposa y a mis hijos. En el mismo viaje de vuelta de Zaragoza la última tarde de la temporada les di la noticia. La decisión de volver a los ruedos tras la cornada también se lo dije a ellos primero que a nadie, por tanto el adiós también debía ser así.

¿Cómo lo encajaron los niños?

-Paloma no se lo tomó muy bien. Ella tiene la idea de su padre torero y no lo ve sin el vestido de luces. Es lo que ha vivido. Es aficionada, venía a las plazas a verme y claro… que ya no vaya a ser así, lo ha sentido mucho. Martín en cambio se me abrazó con una ternura tremenda y me dijo que él me lo iba a pedir pronto, que no quería que torease más. Ya ves, la familia estaba dividida.

-Debió desempatar la opinión de tu mujer.

-Pero no desempataba. Ella es muy neutral. Ahora se alegra muchísimo pero siempre ha estado detrás y respaldando mis decisiones sobre torear o no torear. Nunca me dijo retírate ni tampoco que torease. En realidad nunca habíamos hablado de ese tema.

Todos damos por entendido que Zaragoza será estación término.

-Esa es mi idea y mi ilusión. Allí acabó todo y allí empezó de nuevo todo, así que allí quiero que acabe definitivamente todo. Pasé momentos muy duros, muy difíciles, en los que era casi imposible imaginar un futuro, pero aquellos sufrimientos sirvieron para alcanzar la gloria.

Habla con un punto de lógica nostalgia. Natural. Para los toreros de vocación las retiradas, por oportunas que sean, siempre tienen su toque de dolor. Juan parece recoger la voz y la lleva a un registro más intimista antes de repetir…

-Es un buen momento para una buena decisión. Me voy.

Las temporadas del adiós no tienen buena prensa.

-Tranquilo. Me voy a arrimar como si fuese la primera. Eso forma parte de la decisión de despedirme. Necesito que sea triunfal.

-¿Y extensa?

-Quiero una temporada en la que pueda disfrutar de todas las plazas, tanto en las que he triunfado como en las que pasé algún calvario, que también las hay de esas. En alguna no he estado a la altura y me gustaría tener la oportunidad de estarlo. Quiero ir a todas las plazas en que se me requiera para mostrar el sentimiento de gratitud que me acompaña.

Después del accidente de Zaragoza se puede decir que fuiste otro torero y otro hombre.

-No es que fuese otro torero u otro hombre pero sí que la vida me cambió completamente. Aquellos días Dios me dio una nueva oportunidad para todo, para vivir, para disfrutar de mi familia, para volverme a vestir de torero y gozar del toreo… Fue un milagro, cuando desperté no sabía si aquello era verdad o era un sueño. Fue un regalo de Dios.

-¿Descubriste a Dios en aquellos momentos?

-No. Ya lo tenía descubierto. Fui una persona de fe desde muy niño. Eso me lo inculcaron mis padres. Claro que cosas así te dan a entender definitivamente su grandeza infinita.

Una imagen próxima de San Martín de Porres delata su devoción por el santo peruano.

-Me acompaña desde niño.

«Yo torero, como los toreros»

Cuando de niño decides ser torero, ¿qué te atraía más: la pasta, el crecer socialmente, la fama…?

–No era nada de eso en concreto y era todo. Te diría que era un cúmulo de circunstancias. Me gustaba acompañar a mi padre a los toros y me sentía feliz. Era algo, el toreo que me tenía ganado. Luego cuando toreaba becerritas en el campo la descarga de adrenalina que me producía, la sensación del miedo que me generaba ese momento, me gustaba. Sí, sí, yo sentía mucho miedo, pero me gustaba. Además veía a las figuras que venían entonces por la Ruta del Toro, a los grandes maestros como Manzanares, Paquirri, Dámaso, Ruiz Miguel… Los veía con aquellos cochazos, todos llevaban Mercedes, con aquellos vestidos cortos, porque hay que ver cómo vestían, veía sus cadenas de oro con las medallas de sus devociones, les veía fuertes, poderosos y, claro, yo quería ser uno de ellos. Eso es lo que me atrajo, más que la fama que yo no conocía ni sabía cómo era. Tampoco sabía de ascensos sociales, yo no sabía siquiera lo que entendemos como la sociedad, yo sólo conocía lo que veía y era aquello que te cuento. La plaza, el campo, las figuras, su vida, su personalidad… y era por lo que quería ser torero, por ser como ellos.

Algo así como: ¡Yo torero, como los toreros!

–Exactamente.

Se reconoce en aquella época como un niño despierto y travieso, capaz –bromea– de saltar muchas tapias.

–Mi padre cuando me ve ahora reconvenir a mis hijos por alguna trastadilla me suele decir ¡calla hijo, que tú tienes por qué callar!… eso me dice.

Eran los años en que causaba admiración en los tentaderos por su simpatía y arrojo. El crío se ponía delante de cualquier becerra que saliese sin importarle el tamaño. Paquirri le tenía especial afecto, llegó a regalarle un vestido y recuerda que en todos los tentaderos en los que coincidían, y eran muchos, le obligaba a ponerse de rodillas: «Me decía ‘¡Juan de rodillas y no te muevas!’ y yo me ponía».

«Un enamoramiento de cuento»

Su carácter de niño travieso no le eximió de la responsabilidad de ganarse la vida. Lo hizo en lo que era el trabajo familiar, repartiendo el pan que fabricaban en casa, de ahí su primer alias ‘El Panaderito’. No conforme, cuando se acercaban las navidades se buscaba un extra. Compraba junto a un amigo un lote de pavos y los ponían a la venta en la calle. El servicio era completo y al cliente que lo pedía le mataban el pavo, se lo pelaban y se lo troceaban allí mismo, recuerda entre risas Juan José, que asegura que había años en lo que despachaban más de ciento cincuenta.

–Poníamos un corralito, encendíamos la candela y llegaban los clientes. Había su ambientillo. Quiero una pava, que tenga diez kilos u ocho, aquella o la otra o la que le gustase… la cogíamos y se la preparábamos. Ganábamos un dinerito.

Era divertido y rentable, pero la recompensa gorda llegó en el reparto del pan, tarea en la que conoció a la que sería su mujer. Cabe decir que fueron novios desde siempre. Ella, Lidia, tendría, me cuenta Juan José, catorce años, y él pocos más; él era un aspirante a torero, despierto y bien caído que se ganaba la vida repartiendo pan por los barrios de Jerez y ella una niña recatada y buena estudiante.

«Empecé por conquistar a la madre. De tanto en tanto le regalaba un bollito. ‘Este pa la niña’ y le advertía a la vez de que ella iba a ser mi suegra». Y como tantas veces, Padilla se salió con la suya. «Fue un enamoramiento precioso». «De cuento», le recuerdo que me ha dicho en alguna ocasión. «Y lo mantengo», añade.

Publicado en Las Provincias

Lunes @Taurinisimos 137 – Arturo Saldívar y @deJaral @ La México. Alternativa de Colombo en Acho.

Tijerilla de Saldivar a “Bienvenido” de Jaral, esto y más en @Taurinisimos. Foto: SuerteMatador.com

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del lunes 27 de Noviembre de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Actualidad Taurina. Plaza México Temporada Grande 2017-2018.

Análisis 6 de Jaral de Peñas, 6: Cayetano, Arturo Saldívar y Leo Valadez, confirmación de alternativa. Bernaldo y Hermoso de Mendoza.

Tentadero en Jaral de Peñas.

Castella y alternativa de Colombo en Lima.

Recuerdo Saldívar y “Avellano” de Jaral de Peñas, indultado en Pachuca.

La próxima emisión de @Taurinisimos será el próximo viernes 1 de Diciembre de 2018 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

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‘El Panaderito’ se retira

Por Juan Alfonso Romero.

Así lo anunció el pasado viernes a los medios de comunicación y a la opinión pública en general. Después de una larga, intensa y sacrificada carrera ese niño que apenas con ocho añitos ya se había puesto en marcha en el mundo del torero anunciaba que a final de 2018 se irá de la vida activa profesional. Una trayectoria en la que se ha ganado el respeto con sangre y sudor. En la que le ha costado múltiples cornadas y batallas superadas e incluso se podría decir con el máximo respeto y cariño que a él sí le ha costado “un ojo de la cara” llegar a lo más alto en su carrera profesional.

El viernes pasado, Juan José Padilla, Torero de Jerez, anunciaba que cuando finalice la temporada próxima 2018 se corta la coleta. Quien conoce a Juan sabe que además de torero valiente de raza y lucha sin temor amante de su profesión, es una persona excelente llena de humanidad. Preocupado siempre para que salgan adelante sin dejar atrás a nadie de los suyos. Orgullo de hijo para unos padres que han sufrido igual o más que él todas las cornadas del toro y las de la vida que no deja secuelas externas pero te funde por dentro.

‘El Panaderito’, como conocimos en sus principios al maestro Juan José Padilla por su vinculación familiar en el sector del pan, deja una forma de vida ejemplar. Te guste o no te gusten los toros , estés a favor o en contra, es indudable la entrega, el amor incondicional, el afán de superación y el enorme espíritu de sacrifico del que puede hacer gala este hombre ejemplar ante la vida. Padilla contiene el gen que deberíamos tener una gran mayoría de personas en nuestro paso en esta vida. Muchos ante la mínima dolencia ya están en el médico pidiendo la baja por un latigazo o ‘cuponazo’ cervical o ante cualquier huesecillo que nos duela. Juan José Padilla , a mi modo de entender, se ha cargado el baremo o tabla de incapacidades laborales y el criterio de valoración del daño corporal, porque si un torero puede seguir ejerciendo su trabajo con un ojo menos pues fíjate la de gente que hay de baja disfrutando de ‘paguitas’ por lesiones comparativamente incoherentes o desproporcionadas con las de Padilla.

Este luchador nato insaciable e incansable ha visto pasar la muerte por su lado en varias ocasiones e incluso mantener un diálogo fluido con ella, pero creo que la misma muerte se ha asustado y ha salido corriendo del miedo ante la energía y el positivismo vital de Juan José. Yo lo conocí en la Escuela de Tauromaquia de Jerez donde venía a entrenar algunas veces y por mi vinculación en esa época con el mundo del toro. Juan solía venir por la Plaza de Toros de Jerez a entrenar y coincidía con Currillo, Antonio Lozano y el maestro Rafaeli, cuando nos impartían clases de salón y prácticas en la escuela de Jerez por aquella década de los 80.

Después pude seguir su evolución y he tenido la suerte de compartir bonitos momentos con él y su gente. Recuerdo a Juan de Almería que apostó en firme por él. ¡Qué de curvas hasta llegar! ¿Verdad Juan José ? Sobre todo las curvas para llegar a la plaza portátil de Alhaurín en la que toreabas en aquella época de tu carrera para hacerte matador de toros… ¡Qué de curvas! Todavía me acuerdo, y quien conducía era mi padre porque yo no tenía ni carné de conducir. También recuerdo con mucho cariño y me harto de reír cuando en aquel verano en Chipiona comiendo en el ‘Mustaki’ estabas relajado en bañador disfrutando de un buen ratito de playa con tu gente y quedamos en que yo iría a verte a Bilbao cuando torearas. Y así fue.

Fui a verte a Bilbao en agosto y andando para entrar en la plaza de toros a la hora de la corrida me dieron unos toquecitos en el hombro y cuando me volví eras tú vestido de torero con tu cuadrilla para entrar a la plaza. Te dije “¿ves cómo he venido a verte? ¿Qué tal estás?” y me respondiste riéndote con la ironía del que se va a enfrentar a dos toros de quinientos kilos en Bilbao “¿que cómo estoy? ¡Fatal! Porque te acabo de ver y me han entrado ganas de irme para Chipiona y ponerme el bañador jajajajaja”.

Querido Juan José, dicen que no hay desgracia mayor que cuando alguien se va no se le eche de menos. Así que todos te echaremos de menos pero sabemos que el anuncio que haces para retirarte de los ruedos es de torero y honrado. Saber retirarse es lo más difícil quizás. Has conseguido llegar a lo más alto a cambio de un altísimo precio, pero todos también sabemos que nunca te irás porque el torero siempre vivirá en torero y vaya Ud condió.

Publicado en El Diario de Jerez