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Opinión: En busca de Manolete


Por ​Jorge F. Hernández.

En una película sin colores se ve a Manolete bordando el arte en la vieja plaza de El Toreo de la Ciudad de México; atrás del milagro, se observa a un guardapuertas (que no monosabio) vestido de filipina blanca y gorra ídem que rompe todo protocolo y no sólo jalea cada muletazo del Monstruo de Córdoba, sino que alza los puños en eléctrico frenesí… pues, ése anónimo entusiasta soy yo y soy también una de las muchas amas de casa que acudieron a la Regencia de la Ciudad de México a solicitar que se dejara de anunciar a Manolete en la Temporada Grande porque afectaba notablemente el presupuesto de cada economía familiar y soy el locutor Paco Malgesto que entrevistó a Manolete en Sanatorio de los Toreros, luego de una cornada en la que todos los tendidos vieron que el toro se le echaba encima y al preguntarle por qué no se había movido, el Monstruo respondió: “Porque si me muevo no soy Manolete”. Soy el anónimo madrileño que lo vio entrar por la puerta giratoria de Chicote y la vieja vestida de luto que lo vio fumar un pitillo al filo del patio de cuadrillas, recostado sobre un muro encalado y soy el niño que intentó seguir su coche, corriendo entre la polvareda, tan sólo para gritarle ¡Figura!

Soy el tertuliano del café Tupinamba en el corazón de la Ciudad de México que escucha el relato lleno de chismes donde uno presume conocerlo en persona y el otro asegura que su amor por Lupe Sino está no sólo mal visto en España, sino abiertamente perseguido por el Régimen y soy el tertuliano del viejo Café Comercial que escucha un día sí y otro también la mentira de que Manolete no quiso partir plaza en México hasta que bajaran del asta la bandera republicana, con su franja morada… sin considerar que en las plazas de toros mexicanas no ondea bandera alguna. Soy el que lo vio de tabaco y oro inaugurar la Monumental Plaza de Toros México desde la infinita distancia de Sol General, allí dónde él mismo señaló desde el callejón preguntando “¿Y ésa gente a qué ha venido… si no se ve nada?” y lo vimos todos y lo soñamos en blanco y negro en las viejas películas que registran lo que las generaciones que nos preceden vieron a colores y hoy que se cumplen cien años de que naciera en Córdoba quiero guardarle un instante de respeto y recuerdo a Manuel Rodríguez Sánchez, hijo de doña Angustias, sobrino nieto de Pepete (muerto por un Miura en tiempos de sepia), torero estatua, inmóvil vertical ante el vértigo horizontal de todos los toros que embisten, serio hasta en las pocas ocasiones en que se le vio sonreír… nacido en 1917 en un mundo donde aún no se decretaba el uso obligatorio de pasaportes, conmemorado hoy en una Europa donde ya no es necesario el uso de los mismos, habiendo pasado los años tristes de la pólvora y el polvo que llaman Guerra Civil, la llamada Segunda Guerra Mundial… y la tarde aciaga en la plaza de toros de Linares en la que Manuel Rodriguez Sánches murió matando y mató muriendo al toro “Islero” de la ganadería de Miura, hijo de la vaca “Islera” que mató a balazos D. Eduardo Miura, su criador, en el momento en que se enteró de la desgracia en Linares… muerto vestido de rosa y oro, con el triángulo de escarpa abierto como un libro y las siete palabras últimas en los labios, mientras afuera de la enfermería Lupe Sino esperaba con el alma en un hilo y en los tendidos, María Félix preguntaba a Luis Miguel Dominguín quién sabe qué cosa y Gitanillo de Triana enjugaba una lágrima que nadie vio caer.

Reunidos en el Club Matador de la madrileñísima calle de Jorge Juan, convocados por el periodista Rubén Amón: Chapu Apaolaza, cronista taurino de micrófono en ristre; Juan Diego Madueño, cordobés y cronista, egresado de la Escuela Taurina de los Califas y el gran Agustin Díaz Yanes, cineasta, guionista e hijo de Michelín, compañero de andanzas novilleriles de Manolete en una época de muy poco pan, sardinas de sobra, mujeres enlutadas y viudas.. esa España de blanco y negro con la estatura promedio muy debajo de las garrochas que ahora campean por las calles y los prados de la España multicolor, donde un puñado de aficionados tomamos un respiro para evocar la figura inasible y rara, casi indefinible de un héroe callado, lejos de la supina incomprensión de la ahora inmensa mayoría bañada en estulticia y soberbia agresiva que sin saber un ápice de tauromaquia se apuran a denostar a los hombres heridos por asta de toro, peor aún: celebrar sus muertes en el ruedo como pretexto para abogar por la vida de un animal en este enrevesado mundo donde lo de menos son los pasaportes y lo de más, la ignorante voluptuosidad con la que nos hemos olvidado de un mundo donde los artistas que digerían la técnica como antesala de una sutil expresión –polémica, impactante, efímera e impalpable—caminaban por las calles con un silencio absolutamente consciente de que en ese instante se paralizaba el Universo.
Publicado en El País 

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Ocho con Ocho: Toreros entre siglos Por Luis Ramón Carazo

¿Escoger, seleccionar a los mejores? ¿En función de qué criterios? ¿Quién soy yo?

La relación y el parecido que puedan existir entre la portentosa actuación de Manuel Rodríguez Manolete, en la plaza del Toreo de la Condesa en la Ciudad de México, el 9 de diciembre de 1945, frente Gitano de Torrecilla; o la faena de Tanguito de Pastejé en la misma plaza el 31 de enero de 1943 en la ejecución magistral de Silverio Pérez, o ésa misma tarde, la faena de Clarinero de la sabia tauromaquia de Fermín Espinosa Armillita o la faena de Manolo Martínez a  Aceituno de Tequisquiapan, son muy relativos.

No hay comparación posible. 

Por muchas razones, las bases del enjuiciamiento y lo que hemos visto por razones naturales de la edad, no es lo mismo; por lo tanto, no hay posibilidad de una clasificación racional, objetiva.

Alguna vez platicando en Ronda en España, con Antonio Ordóñez me decía “el toreo no es de saber sino de sentir” Y llevaba razón el inmortal rondeño.

El toreo ha evolucionado, el espectáculo y los aficionados somos diferentes. Lo que sí queda es el símbolo del toreo, el ritual del enfrentamiento de un hombre o una mujer con un animal agresivo, pero noble.

Respeto, admiración, a veces embelesamiento, son algunas de las sensaciones; que despiertan ciertas actuaciones de los toreros, ciertas faenas ante determinados toros, dentro de una circunstancia muy específica. Pero ese conjunto de valores y apreciaciones siempre está conducido por la pasión, la cual impide ser frío y objetivo.

Por lo tanto, la selección de los toreros de una época, siempre dará lugar a discusiones y controversias. Pero las controversias, que son el grano de las conversaciones, sugieren la reflexión y finalmente obligan a meditar y pensar.

La relación la integro, gracias a la extensa bibliografía del tema y a las charlas con José Luis Carazo Arenero, mi padre, al que debo en gran medida mi afición por los toros y conocimiento sobre la técnica del arte efímero que es el toreo.

Empezaré por tres toreros que dominaron la escena del toreo en España en los años diez del siglo veinte:

Joselito el torero poderoso al que su madre la seño Gabriela se refería como fuera de serie “para cogerlo el toro necesita lanzarle un cuerno” para su dolor y de todos en su época, murió a consecuencia de la cornada de Bailaor, de la ganadería de la Viuda de Ortega, en la plaza de Talavera de la Reina en 1920.

Sus rivales Juan Belmonte, el llamado Pasmo de Triana, a quién se le considera el revolucionario del toreo y quién sobreviviría a Joselito para como paradoja de la vida, cortarse el hilo de su existencia en su finca, al sentirse deprimido en el ocaso de su vida y el inmenso torero mexicano Rodolfo Gaona, nacido en León Guanajuato, cuya aportación al toreo, como lo reconoce un gran escritor español taurino Claramunt fue la de descubrir que es “con el toro y no contra el toro” como las faenas se labran. 

Gaona, Armillita y Carlos Arruza son los toreros mexicanos más importantes en España del siglo pasado.

Lanzo con atrevimiento por si alguno quiere un nombre propio del toreo entre siglos lo digo sin rubor; el toreo se llama; Manuel Rodríguez Manolete. 

Su figura, su mirada, reflejan el drama y la luz del toreo, sus actuaciones interrumpidas por graves cornadas, hasta la última, que le llevo a la muerte la de Islero de Miura en la plaza de Linares, son conocidas por los aficionados y también por aquellos que no conocen o incluso detestan al ritual taurino. 

En México entre 1945 y 1947, se vivieron tardes imborrables de Manuel Rodríguez al lado de Garza, Silverio (el acento mexicano del toreo) Armillita, del genial poeta del torero Alfonso Ramírez Calesero, de Pepe Luis Vázquez el torero sevillano, de Luis Procuna el berrendito de San Juan, que dejó para la posteridad su gloriosa despedida en 1974 en la plaza México, cuando ya el mando lo encabezaba Manolo Martínez, el torero mexicano con mayor número de años en la cumbre del toreo en México, genio en todos los sentidos dentro y fuera del ruedo. Y desde luego la lista es interminable.

Joselito Huerta, Manuel Capetillo le antecedieron a Manolo Martínez en México, ya cuando en España Paco Camino, torero consentido de nuestra afición, como lo fuera Joaquín Rodríguez Cagancho luego El Capea y ahora Enrique Ponce perseguían las glorias de Ordóñez y Dominguín, cuñados en la vida civil y rivales en el ruedo.

Manuel Benítez El Cordobés controvertido, acusado como su paisano Manolete de empequeñecer al toro, heterodoxo, como lo definía el inolvidable Pepe Alameda, capaz de generar pasiones, provocó que su nombre unido al toreo se conociera en todo el mundo.

En México en los setenta Martínez, Curro Rivera, Eloy Cavazos, Mariano Ramos y Lomelín, lograron una época dorada con los defectos y virtudes que arrojó la falta de competencia con los toreros españoles que ahora en todo el mundo parten el bacalao.

En los ochenta en España, Paco Ojeda, sin olvidar a un torero de aroma, como lo fue el sevillano Curro Romero, matador de toros desde 1959, en México como Espartaco pasaron de puntillas, sin la huella que dejó Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea.

Jorge Gutiérrez y David Silveti provocaron en México las últimas grandes entradas que se recuerdan en plazas mexicanas de figuras nacionales.

No me olvido de El Príncipe del toreo Alfredo Leal, o de Miguel Espinosa Armillita, el valor indomable de Diego Puerta, Solórzano, Pepe Ortiz, El Soldado y tantos otros y guárdeme Dios de El Pana o José María Manzanares.

Es claro que en un espacio de tiempo de más de cien años, el toreo se ha transformado de una lucha sin cuartel, en una actividad esencialmente plástica y de intención estética.

Me pregunto para concluir:

¿El estoicismo de José Tomás, es comparable con la quietud de Manolete?

¿La maestría de Ponce con la de Joselito El Gallo? 

¿La calidad en el capote de Curro Romero con El Calesero?

¿La melancolía del toreo de Morante con Rafael de Paula en la Verónica?

Tantas y tantas preguntas, que sumadas a otras tantas observaciones, alimentarán siempre la reflexión sin dar nunca respuesta categórica y definitiva a la cuestión, ¿Fue éste, mejor torero que aquel?

Aquí tienen, un texto de referencia, para ir recordando, comparando y seguramente enjuiciando, lamentables ausencias de mi memoria, cuando el 4 de julio de 2017 hubiera cumplido 100 años Manuel Laureano Rodríguez Sánchez llamado para la posteridad; Manolete. 

¿La Fiesta en Paz? Lupe Sino, pareja de Manolete, y su fugaz retorno a México


Por Leonardo Páez.

Con motivo del centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete –Córdoba, España, 4 de julio de 1917– volverán a correr ríos de tinta en torno al legendario diestro, cuya muerte, acaecida en Linares, provincia de Jaén, el 29 de agosto de 1947, no ha sido suficientemente aclarada al quedar en el aire demasiadas sospechas en torno a las verdaderas causas de su fallecimiento, más allá de la cornada que le diera Islero, de Miura, la tarde anterior.

Sin embargo, al utilizado, exaltado, descalificado y enamorado Manolo le habría gustado que se disiparan las dudas en torno a su amada Lupe Sino y su breve retorno a México, país donde la pareja, una vez casados, pensaba radicar la mitad del año. Pero las ambiciones de algunos, el ingenuo sentido de libertad del diestro y su inoportuno anuncio de que en octubre de ese año, una vez retirado de los ruedos, contraería matrimonio, pusieron sobre aviso a su apoderado, a sus amigos de confianza, a los cancerberos de las buenas costumbres, a los taurinos fundamentalistas y a todo el régimen de Franco, preocupado porque el torero que habían utilizado para olvidar una guerra se saltaba las trancas de la decencia y se dejaba ver con su amante por los países taurinos del orbe.

Antonia Bronchalo Lopesino, que en el medio artístico sería conocida como Lupe Sino,  nació en Sayatón, pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, España, el 6 de marzo de 1917.

Fue la segunda de nueve hijos y a lo largo de su vida tendría que aguantar no sólo las embestidas que toda mujer bella y con personalidad aguanta, sino que además fue objeto de un extraño encarnizamiento de prejuicios, calumnias y rechazos varios de taurinos, funcionarios, periodistas, familiares del diestro y la clerigalla en turno, pues en la España franquista no era bien visto que el portaestandarte de las virtudes de todo un pueblo y figura internacional de los ruedos anduviera luciéndose con esa mujer que, para colmo, ya había estado casada por lo civil –en 1937 con Antonio Verardini, un militar del IV Ejército Republicano, unión que terminó al concluir la Guerra Civil–, no podía tener hijos y se le calificaba, entre otras lindezas, de caza fortunas.

A Manuel Rodríguez, tan dueño de sí y de su determinación delante de los toros, poco o nada le importó el juicio condenatorio de que Lupe era objeto y, enamorado como estaba, no midió las consecuencias de desafiar a todo el sistema ideológico que desaprobaba tan escandalizante, para los buenos, relación, al grado de que mientras Manolete expiraba luego de que se le administró, por órdenes del doctor Luis Jiménez Guinea, médico de la plaza de Las Ventas, un plasma noruego en mal estado que días antes ya había cobrado centenares de víctimas en el puerto de Cádiz, tras la explosión de un polvorín, en el cuarto contiguo Lupe Sino rogaba infructuosamente verlo ante la negativa terminante de José Flores Camará, apoderado del torero, y de Álvaro Domecq y Díez, amigo de confianza y quien había traído el plasma.

Al doble duelo de Lupe Sino –haber perdido a su famosa pareja y quedarse sin nada, pues que le gustaran las joyas y las pieles no la convertía en cazafortunas, no obstante que Manolete, sobre todo en México, ofreció comprarle una casa en varias ocasiones–, se añadió una serie de denuestos, responsabilizándola indirectamente de la muerte del diestro y cerrándosele las puertas en el medio cinematográfico, donde entre 1942 y 1948 había intervenido en tres películas –La famosa Luz María, de Fernando Mignoni; El testamento del virrey, de Ladislao Vajda, y El marqués de Salamanca, que dirigió Édgar Neville. Por ello, cuando su paisano, el director de cine radicado en México, Miguel Morayta, le ofreció un papel en La dama torera, Lupe no dudó en volver a México en 1949.

Hasta acá la perseguirían los inventos de una prensa amarillista e incondicional del régimen que ahora inventó que Lupe se había casado con un Manuel Rodríguez mexicano.

La realidad es que a sus 32 años Lupe Sino seguía siendo una bella y graciosa mujer con unos ojazos verdes y una sonrisa luminosa, de la que se enamoró a primera vista un simpático y próspero abogado, exitoso empresario del negocio inmobiliario, José Rodríguez Aguado El Chípiro, nada de Manuel, con quien se casó por el civil y la Iglesia en 1950. Sin embargo, no obstante la disposición de la pareja de apostar por una relación prolongada y la cálida acogida que tuvo Lupe de los familiares de El Chípiro Rodríguez, el matrimonio duró poco más de un año, en una lujosa residencia de la calle de Camelia, en la colonia Florida.

Una vez más el chismorreo y la maledicencia, ahora de periodistas de la Ciudad de México, acompañaron la decisión de la pareja, para incluso aventurar que Lupe se quedaría con tres casas que su esposo poseía en las Lomas de Chapultepec. De nuevo el sambenito de cazafortunas le fue colgado a Lupe, que sin casas a su nombre ni fortunas de que disponer, regresó a España en 1951, a su modesto piso del paseo Rosales, en Madrid, donde sola, rodeada de recuerdos y algunas fotografías, falleció el 13 de septiembre de 1959 a causa de un derrame cerebral, luego de 42 años de decir sí a la vida.

Fuente: La Jornada

@Taurinisimos 117 – Manuel Rodríguez “Manolete”, Centenario (1917-2017) #ManoleteVive.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 30 de Junio de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Recuerdo y Gloria Taurina.

Centenario Manuel Rodríguez “Manolete” (1917-2017) IV Califa de Córdoba.

#ManoleteVive.

Programa conmemorativo por el Centenario del natalicio de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez “Manolete”, Córdoba, España, 4 de Julio de 2017.

Pasodoble “Manolete” canta Nicolás Urcelay.
Fotografías del famoso Diestro Cordobés.

Comentario de Rodrigo Nuno desde Sevilla

Faenas de “Manolete” en El Toreo a los toros:

1. “Gitano” de Torrecilla, 9.12.45.
2. “Platino” de Coaxamalucan, 16.2.46

Faenas de “Manolete” en la Plaza México a los toros:

1. “Fresnillo” de San Mateo, inauguración y primera oreja de la plaza, 5.2.46.
2. “Boticario” de San Mateo, 19.1.47. Rabo.

Testimonios de Don Neto y Fernando Marcos en relación a “Manolete” en México.

Imágenes a color de “Manolete”, “El Soldado”, “Armillita”, “Gitanillo de Triana” y Silverio en Pentecostés. Trio Calaveras canta “La Feria de las Flores”

La próxima emisión de #Taurinísimo será el próximo viernes 7 de Julio de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

#EsperamosSuOpinión.

Twitter: @Taurinisimos.

Mail: taurinisimos@gmail.com

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Manolete, una personalidad fuera de lo común. 

  

Manolete, el torero que fascinó a diestros e intelectuales por Andrés Amorós.

Manuel Rodríguez Sánchez (1917-1947) es uno de los grandes mitos de la historia del toreo y el símbolo de toda una época de la historia de España. En la inmediata posguerra, fue el ídolo que compensó al pueblo español de muchas penalidades.

Se le considera el máximo exponente contemporáneo de la escuela cordobesa: seriedad, estoicismo, valor sereno, personalidad fuera de lo común. Por eso, fascinó a casi todos los diestros e intelectuales de aquellos años, como Agustín de Foxá o Eugenio d’Ors; también, a los exiliados españoles, en México.
  
Su toreo se basaba en la verticalidad, la quietud, el juego de muñeca. Toreaba muchas veces de perfil, con los pies juntos, sin cargar la suerte. No tenía un repertorio amplio, se limitaba a los pases esenciales: era un gran torero “corto”.

A la tarde de Linares (28 de agosto de 1947) llegó cansado, sufriendo el empuje del joven Luis Miguel, que quería destronarlo. Su entrega a la hora de estoquear al miura “Islero” le causó la muerte: en aquella España, fue una catástrofe nacional.
  

Así opinó Orson Welles: “He visto grandes faenas de Manolete pero no he conocido a ninguna persona que sea más grande como hombre que Manolete; si yo fuera español, estaría orgulloso de haber vivido en el mismo siglo que él”.

Fuente: http://m.libertaddigital.com/cultura/toros/2015/07/23/manolete-el-torero-que-fascino-a-diestros-e-intelectuales-1276553332/