Archivo de la categoría: Ernest Hemingway

Hemingway y su séquito, en San Mateo

Por Pablo García Mancha.

LOGROÑO. Lloviznaba levemente aquel 24 de septiembre de 1956 en Logroño. Tarde de toros, con Miguel Báez ‘El Litri’, Antonio Ordóñez y el venezolano César Girón ante una corrida de María Montalvo en los chiqueros de la Manzanera y con Ernest Hemingway en una barrera del ocho. El escritor de Oak Park se sentía viejo y cansado, había regresado a España a conocer a Pío Baroja y se las vio de nuevo en una plaza de toros con el hijo del ‘Niño de la Palma’: «Eres mejor que tu padre», le dijo a Antonio Ordóñez, aunque en realidad lo que sucedía es que comenzaba a reconocer la derrota que le estaba asestando la vida porque ya no era aquel reportero de la ‘Generación Perdida’ al que le embriagó la fiesta en los ‘Sanfermines’ de 1923 tras las dos heridas de su bautismo de fuego italiano en la Primera Guerra Mundial, las de la metralla del mortero que le alcanzó en Fossalta di Piave y su desengaño con la enfermera que le cuidó, la bellísima y rubia Agnes von Kurowsky.

A esas alturas -como relataba el biógrafo de Ordóñez Antonio Abad Ojuel-, entre el torero y el escritor ya se había establecido una «pintoresca sociedad repleta de connotaciones paterno-filiales. Antonio le llamaba papá Ernesto y pactó con él una fantástica asociación en la que uno se ocupaba de la literatura y el otro de los toros».

Hemingway nunca viajaba solo y el séquito que le acompañó en Logroño lo encabezaba un aviador británico de la RAF, míster Rupert Belleville, que decía que quería ser torero; Mary Welsh, cuarta esposa del autor de ‘El viejo y el mar’ y corresponsal en Europa de las revistas Time y Life durante la II Guerra Mundial, además del hotelero pamplonés Juanito Quintana, que fue el encargado de acercar al grupo desde la capital del Viejo Reyno y lograr alojamiento para todos en Logroño: «Es que habían almorzado en Pamplona con Quintana», relataba Esteban Chapresto, fotógrafo y autor de un profuso reportaje que apareció unos días después en la revista ‘El Ruedo’, en aquellos años suplemento taurino del ‘Marca’. Quintana tuvo que tirar de oficio para alojar a la tropa de Hemingway en el Gran Hotel, de hecho iban tan justos de tiempo que llegaron por los pelos a la función taurina. 

El maestro Girón, que venía de triunfar en Sevilla, le brindó un toro al escritor y ‘Migueliyo‘, crítico taurino de ‘Nueva Rioja’, se entretuvo más en el faenón de Ordóñez que en glosar la figura del autor del ‘Adiós a las armas’, que apenas dos años antes de su visita riojana había recibido el Premio Nobel de Literatura. A Mary Welsh le gustaban los toros desde que vio a Manolete en México, cuidaba de Ernest aunque supiera de sus continuas infidelidades, mecanografiaba sus manuscritos y le acompañaba a los ‘safaris’, como el del día siguiente, en el que pasearon por el Ebro y fueron a las Bodegas Franco-Españolas con Ordóñez y el doctor Tamames, médico personal del diestro de Ronda.

Ernest Hemingway cayó enfermo en aquel viaje, pero pudo regresar en noviembre a Francia donde guardaba unos baúles en el Ritz con manuscritos y anotaciones con los que comenzó a dar forma en Cuba a su obra ‘París era una fiesta’.


Fuente: La Rioja.

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Una Goyesca de muchos aficionados y pocos famosos

Por Vanessa Melgar.

Ronda está celebrando hoy su famosa Corrida Goyesca, un festejo taurino que cumple 59 años, con los matadores Morante de la Puebla, José María Manzanares y Cayetano. La cita, en que años pasados brilló más en lo social, ha atraído, como ya ocurrió en 2014, menos rostros famosos, aunque bien es cierto que muchas de las personalidades que acuden a la ciudad del Tajo prefieren guardar el anonimato y no dejarse ver por el gentío que se empezó a congregar en el entorno de la plaza de toros a medida que se acercaban las 17.30 horas.

Así, se han dejado ver en Ronda el hijo de la Duquesa de Alba Fernando Martínez de Irujo, el jugador del Betis, Joaquín Sánchez, el comunicador Jesús Quintero, el cantante Manuel Lombo, el actor Máximo Valverde, el ex torero Jaime Ostos y su mujer, María Ángeles Grajal, el humorista César Cadaval, el presentador del programa ‘Toros para todos’, Enrique Romero y el comunicador Carlos Telmo, entre otros.

Francisco Rivera Ordóñez ‘Paquirri’, empresario de la plaza de toros y torero, anunciado en el cartel de esta Goyesca pero en la que no actúa por su cogida en Huesca, también estuvo presente ayer en la novillada, con su hermano Cayetano, al igual que el empresario y dibujante Mikel Urmeneta.

En el plano político, se han desplazado hasta la ciudad del Tajo el delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz, el presidente de la Diputación Provincial de Málaga, Elías Bendodo y el ex alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido. También, el presidente de Unicaja, Braulio Medel.

La Corrida Goyesca supone el plato fuerte de la Feria y Fiesta de Pedro Romero que la ciudad del Tajo celebra esta semana. Mañana se cerrará con los enganches (a las 10.00 horas, parada en la calle Virgen de la Paz y a las 12.00 horas entrada a la plaza) y los rejones (a las 17.30 horas con Fermín Bohórquez, Pablo Hermoso de Mendoza y Lea Vicens) pero para el recuerdo quedan muchas estampas, como la entrada a la plaza, en carruajes de los toreos y de las Damas Goyescas que representan en los festejos, y durante todo el año, a la mujer rondeña.

Aquéllos que no entran a la Goyesca, que no pisan el ruedo, casi se conforman con este momento vivido hoy que forma ya parte de la fisonomía del municipio.

Fuente lhttp://www.diariosur.es/fotos/interior/201509/05/ambiente-goyesca-ronda-30114143396793-mm.html

Ronda homenajea a Orson Welles y Ernest Hemingway, embajadores de la ciudad por el mundo

La localidad malagueña de Ronda ha querido rendir homenaje al cineasta Orson Welles y al escritor Ernest Hemingway, que contribuyeron a potenciar la proyección internacional de la ciudad, con la instalación de dos monumentos que han sido inaugurados este sábado, coincidiendo con la celebración de la tradicional Corrida Goyesca y la Feria y Fiestas de Pedro Romero.
Tanto Welles como Hemingway mantuvieron una estrecha relación con Ronda, especialmente a través de la fiesta de los toros. En el caso de Welles, esta vinculación fue tal que sus cenizas reposan en la Ciudad del Tajo, concretamente en la finca El Recreo de San Cayetano, propiedad de los hermanos Rivera Ordoñez; además de que este año se conmemora el primer centenario de su nacimiento. Al acto de inauguración de las esculturas han asistido el delegado del Gobierno en Andalucía, Antonio Sanz; el presidente de la Diputación de Málaga, Elías Bendodo; el máximo responsable de Unicaja, Braulio Medel, entidad que ha patrocinado, a través de su Obra Social, los dos monumentos; y la alcaldesa de Ronda, María de la Paz Fernández, entre otros. Sanz ha asegurado que con este homenaje “se hace justicia con dos personajes ilustres en el mundo vinculados como nadie a Ronda, a la historia de la ciudad y al arte de los toros”; al tiempo, ha manifestado, “que venimos a reconocer nuestra pasión y orgullo por las tradiciones y, también, por la fiesta de los toros”. “Quiero expresar el apoyo del Gobierno de España siempre a la fiesta de los toros. Es parte de nuestra historia, de nuestra cultura y de nuestra tradición. Es una de las artes que lleva nuestro nombre por el mundo. Sigamos apostando, sigamos creyendo y sigamos confiando en esta fiesta, que es cultura de España y de Ronda”, ha dicho Sanz, quien, además, ha destacado el potencial turístico de la ciudad. Por su parte, el presidente de la Diputación, Elías Bendodo, ha señalado que tanto Orson Welles como Ernest Hemingway “son los dos grandes embajadores para siempre de Ronda, ellos se enamoraron de esta ciudad soñada y, gracias a Antonio Ordóñez, rondeño por excelencia, se enamoraron de la tauromaquia y llevaron el nombre de Ronda por todo el mundo”. Bendodo ha asegurado que iniciativas como ésta contribuyen a potenciar el turismo y la promoción, al tiempo que ha felicitado por “lo bonita que tiene la ciudad” a la alcaldesa, la cual ha manifestado su orgullo por la “maravillosa Ronda, acogedora” y ha agradecido “a todas esas personas que pasaron por la ciudad, se enamoraron de ella y la llevaron por todo el mundo”.
UNICAJA
La Fundación Bancaria Unicaja, a través de su Obra Social, ha sufragado las dos esculturas, ubicadas junto a la plaza de toros y realizadas por el prestigioso escultor Paco Parra. La colaboración de la entidad forma parte de las actuaciones que ésta promueve y respalda en el ámbito cultural, con especial interés en las acciones en Ronda, ciudad con la que mantiene una estrecha vinculación.
Su presidente, Braulio Medel, ha explicado que cuando la alcaldesa comunicó a la entidad que si podía colaborar “contestamos inmediatamente que sí, porque no requería de mucha meditación esa respuesta, en primer lugar, por nuestro compromiso perenne con Ronda”, recordando que en 1996 el Ayuntamiento declaró Hijos Adoptivos a ambos autores. Ha dado su enhorabuena al artista y ha mostrado su satisfacción “por poder colaborar en hacer, que es difícil, a Ronda algo más atractiva de lo que ya es”. Asimismo, ha destacado que este acto supone el reconocimiento “a dos personas que atesoran merecimientos más que sobrados para que Ronda se acuerde de ellos y para que los honre en la medida en que se merecen”, en referencia a ambos autores. “En unas décadas en las que Estados Unidos se proyectaba ya de manera clara como la gran potencia hegemónica mundial, no sólo en lo económico sino también en lo cultural, dos personas, dos iconos de ese país hundieron sus raíces y se identificaron tanto con Ronda y los rondeños como Orson Welles y Ernest Hemingway”, ha subrayado Medel.
Asimismo, ha reseñado la colaboración de Unicaja, a través de su Obra Social, con la realización de otras dos esculturas, inauguradas hace casi 20 años —en septiembre de 1996—, en homenaje a los históricos toreros rondeños Cayetano Ordóñez (‘Niño de la Palma’) y Antonio Ordóñez, ambas situadas junto a una de las puertas de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Ronda.
Desde Unicaja han explicado que las esculturas se han realizado en homenaje a ambos autores por su estrecha vinculación con Ronda, ciudad de la que forman parte de su patrimonio histórico y con la que han contribuido significativamente a potenciar su proyección internacional. Los dos monumentos tienen una altura de 2,5 metros cada uno y están elaborados con piedra denominada ‘Arroyo del Toro’.
Las esculturas recogen los bustos en alto relieve y en bronce. Con esta inauguración, la ciudad de Ronda, con la colaboración de la Fundación Bancaria Unicaja, quiere perpetuar las figuras de ambos autores, Hijos Adoptivos de la Ciudad del Tajo desde 1996 y que cuentan con sendas calles en la localidad, y dedicarles un hito de honor junto a la plaza de toros, muy unida a ellos por su afición a los toros, al toreo rondeño, y su amistad con el torero Antonio Ordóñez. El cineasta estadounidense Orson Welles (1915-1985), de quien se conmemora este año el primer centenario de su nacimiento, estaba fascinado por los toros y por España, lo que le llevó a instalarse en España durante largas temporadas, rodando aquí varias de sus películas y acompañando por los ruedos a su amigo rondeño Antonio Ordóñez, a quien grabó con su propia cámara alguna de sus grandes faenas. Varias veces estuvo presente en la tradicional Corrida Goyesca de Ronda, hospedándose siempre en casa de su amigo Antonio Ordóñez, la finca el Recreo de San Cayetano. Es en este lugar donde descansan los restos de Orson Welles, por deseo expreso del cineasta.
El escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961), Premio Nobel de Literatura, visita Ronda por primera vez en 1923. Según sus propias palabras, aspiraba a escribir como se torea en Ronda: “sobrio, de repertorio limitado, simple, clásico y trágico”. Su primera novela de éxito ‘Fiesta’ fue inspirada por el encuentro en un hotel en Pamplona con el torero rondeño Cayetano Ordóñez, ‘Niño de la Palma’. Le siguió por los ruedos durante mucho tiempo, libreta en mano. Años más tarde conocería a su hijo, Antonio Ordóñez, con quien trabó una gran amistad, y a quien también siguió, dispuesto a escribir el día a día del mejor torero de la época. Ronda era la ciudad andaluza favorita de Hemingway, y la citó en varias de sus obras.

Hemingway en San Fermín

Buena parte de la fama universal de los Sanfermines se debe a las referencias que, sobre estas fiestas, recogió Ernest Hemingway en sus crónicas periodísticas y en su novela “The sun also rises”, conocida como “Fiesta” en el mundo hispano.

El que sería premio Nobel llegó por primera vez a Pamplona acompañado de su primera mujer, Hadley Richardson, el 6 de julio de 1923. Tan hondo calaron en él los Sanfermines, que repitió viaje en varias ocasiones, la última de ellas en 1959. Durante sus estancias en Pamplona acostumbraba a hospedarse en el hotel La Perla de la plaza del Castillo.

Por aquella época, era frecuente  verlo en las terrazas de la Plaza del Castillo, corriendo el encierro o en la arena del coso taurino, ante los novillos embolados que llegaron a darle algún tremendo susto.

Gran admirador de las feria del toro y de los matadores, tampoco se perdía una corrida. Fue asiduo cliente de los restaurantes y bares como Casa Marceliano. En esta taberna degustaba los platos más tradicionales de la cocina navarra y siempre conservó la receta del ajoarriero con gambas que allí le proporcionó su amigo Matías Anoz.

Su apretada agenda festiva aún le dejaba tiempo para practicar su afición favorita, la pesca, en los ríos trucheros navarros. De esas escapadas al campo ha quedado un reflejo en el viaje que Jake Barnes y Bill Gorton, protagonistas de “Fiesta”, realizan por los valles pirenaicos.

Desde los primeros testimonios de Hemingway, numerosos norteamericanos han visitado Pamplona en San Fermín. Entre ellos, cabe recordar a David Black, que vino 40 veces; Matt Carney, que llegó a ser un gran corredor del encierro gracias a su buen amigo y maestro, Jerónimo Echagüe; Alice Hall, Joe Disler, Ray Morton y el dramaturgo Arthur Miller y su mujer, la fotógrafa austriaca Inge Morath. James Michener repasa en “The drifters” la presencia de visitantes extranjeros en San Fermín.

Junto a tanta figura de renombre, ciudadanos de todo el mundo siguen el camino de Hemingway y se acercan a Pamplona para conocer in situ la Fiesta.

Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense Toronto Star. Sus crónicas periodísticas y su novela “Fiesta” favorecieron la divulgación internacional de las fiestas de San Fermín.

Hemingway fue galardonado en 1954 con el Premio Nobel de Literatura. Visitó los Sanfermines en un total de nueve ocasiones; la última de ellas en 1959. Se suicidó en el año 1961 en vísperas de los Sanfermines. Ernest Miller Hemingway, nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois (Estados Unidos). Fue el segundo de seis hermanos.

En su adolescencia mostró interés por el boxeo, por la caza y por la pesca, aficiones las dos últimas que nunca abandonaría. Dejó los estudios para ponerse a trabajar como periodista en el rotativo “Kansas City Star”, un trabajo efímero, pues la primera Guerra Mundial cambió el rumbo de su vida.

En 1920 Hemingway retomaba su dedicación al periodismo colaborando con el semanario canadiense “Toronto Star Weekley”. Este periódico le envió a Europa de corresponsal; se afincó en París con su primera esposa, y allí creó su propio círculo de amigos (John Dos Pasos, Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, James Joyce, Ford Madox, y Ezra Pound) a los que se conoció como la “generación perdida”.

Durante su estancia en París compaginó su labor periodística con la escritura de poemas, cuentos y narraciones cortas, lo que derivó en una interesante evolución del periodismo hacia la literatura narrativa.

Hasta Canadá llegaron noticias de que en una pequeña ciudad del norte de España, junto a los Pirineos, los mozos corrían en la calle delante de los toros. El “Toronto Star”, ante esta noticia tan curiosa, decidió enviar a Pamplona a su corresponsal en Europa; y es así como en 1923 Ernest Hemingway visitaba por vez primera las fiestas de San Fermín.

De la experiencia vivida en sus primeros Sanfermines salió su primera novela importante: “The sun also rises” (“Fiesta”, en su traducción al español).

A partir de ese momento vemos al escritor norteamericano inmerso en una carrera literaria que alcanzaría su punto más álgido en 1954 con la concesión del Premio Nobel de Literatura. Entre medio quedaban, entre otras muchas, obras de la envergadura de “Adiós a las armas” (1929), “Muerte en la tarde” (1932), “Las verdes colinas de África” (1935), o “El viejo y el mar” (1952), novela esta última con la que ganó el Premio Pulitzer.

Toda esta obra literaria tiene su base de inspiración en su pasión por las corridas de toros, la caza, la pesca, o experiencias de vida como su participación como corresponsal de guerra en la contienda española de 1936-1939, o en la II Guerra Mundial.

HISTORIA COMPLETA DE HEMINGWAY EN PAMPLONA

1923

Los relatos referidos a Pamplona, que llegaban hasta América en el año 1923 eran tan fantasiosos que se imponía la publicación de una relato veraz y documentado. Hasta se había llegado a decir que en Pamplona los toros corrían sueltos por las calles, y que los pamploneses, con gran valor, se atrevían a correr delante de ellos. ¿Quién podía creerse semejante falacia?.

Para clarificar todo esto, y dejándose llevar por el prestigio internacional que iban adquiriendo los Sanfermines y sus encierros, el semanario canadiense Toronto Star decidió enviar a Pamplona, desde París, a su corresponsal en Europa, el periodista Ernest Hemingway, que ya ese año había mostrado en España su interés por el arte de la tauromaquia, acudiendo en Madrid, por vez primera, a una corrida de toros. La escritora norteamericana Gertrude Stein, famosa entre otras muchas cosas por su amistad con Picasso, fue quien despertó en París el interés de Hemingway hacia el mundo de los toros.

Este encargo del Toronto Star coincidía, además, con los deseos expresados por Ernest de venir a Pamplona para completar en esta ciudad una serie de doce breves reportajes cuya redacción había apalabrado a su amigo Bill Bird. Como se suele decir: se juntó el hambre con las ganas de comer.

La tarde noche del 6 de julio de 1923, Ernest Hemingway, acompañado de su esposa Hadley Richardson, llegó a Pamplona en el tren procedente de Irún. Nadie sospechaba entonces la trascendencia que para Pamplona y para sus fiestas iba a tener este momento.

El ómnibus de la estación les subió hasta la Plaza del Castillo, dejándoles en la puerta del Hotel La Perla, en donde había una habitación reservada para ellos. Ese primer contacto con el céntrico hotel, al que años después retornaría el escritor con una economía mucho más saneada, no resultó satisfactorio. Ernest se encontró con unos precios muy superiores a los que con su sueldo de periodista se podía permitir. Sin embargo, la misma dueña de La Perla, doña Ignacia Erro, a la que él definió posteriormente como una señora “gordita y simpática”, les solucionó amablemente el problema y les buscó un dormitorio mucho más barato en el último piso del número 5 de la calle Eslava, en el que Ernest y Hadley pasaron su primera noche sanferminera. Hemingway, en posteriores visitas al Hotel La Perla, expresó siempre su agradecimiento a aquella primera ayuda que se le prestó en este establecimiento, en el que encontró, en su dueña, la primera cara amable y la primera intérprete de la que se sirvió para hacerse entender en no pocos sitios, pues no hay que olvidar que Ernest y Hadley desconocían totalmente el idioma, y que en Pamplona la lengua inglesa era la gran desconocida. Él mismo escribiría poco después en una de sus crónicas: “según mis noticias, fuimos los únicos individuos de habla inglesa en Pamplona durante la feria del pasado julio”.

De aquella primera noche José María Iribarren relata en su libro “Hemingway y los Sanfermines” que tras una noche desvelada por tambores y chistus, Ernesto y su mujer madrugaron para ver el encierro en la Plaza de Toros desde la balaustrada de los palcos. Empezaba entonces la popular carrera a las seis de la mañana, y en poco se parecía, en cuanto a gentío, a la actual.

Ese mismo año el Toronto Star (el nombre completo de esta revista era The Toronto Star Weekly) publicaba el 27 de octubre un artículo titulado “Pamplona en Julio” y firmado por Ernest Hemingway en el que éste explicaba su primer contacto con la Plaza de Toros de Pamplona: Nos fuimos entre la gente, y llegamos ante la plaza de toros. La bandera española, roja y gualda, ondeaba en la brisa de la mañana. Una vez dentro subimos a la parte alta, y nos situamos en las balconadas que dan a la ciudad. El palco cuesta una peseta. Las localidades más bajas son gratis. Había allí fácilmente unas veinte mil personas…

Esa misma revista canadiense, para quien vino a trabajar nuestro hombre, recogía en otra ocasión, de su pluma, la descripción de la cogida de un mozo pamplonés; Hemingway la narró así:

Un muchacho de blusa azul, faja roja, alpargatas blancas y la inevitable bota de vino colgada al hombro, tropezó cuando iba embalado por entre las vallas. El primer toro bajó la cabeza y le dio una sacudida, lanzándole a un lado. El muchacho fue a chocar contra los maderos y quedó allí tendido, pasando la torada junto a él. La multitud chilló.

Así, de esta manera, Ernest Hemingway comenzaba, sin él saberlo, a dar a conocer a todo el mundo cómo eran los Sanfermines, las corridas de toros y, sobre todo, el encierro pamplonés. Él marcó su propio estilo literario, frecuentemente exagerado y tremendamente sensacionalista en la mayoría de las ocasiones. Sin ir más lejos ese mismo año escribía en el Toronto Star:

En Pamplona, donde tienen seis días de toros cada año, desde el 1126 de la era cristiana, y donde los toros corren por las calles de la ciudad a las seis de la mañana, con la mitad de la población corriendo delante de ellos. (…) Pamplona, donde todos los hombres y jóvenes de la ciudad son toreros amateurs y donde hay una lidia amateur cada madrugada que es esperada por 20.000 habitantes, en la que los toreros amateurs van todos desarmados y donde hay una lista de accidentados por lo menos igual que en una elecciones en Dublín. (…).

Ese mismo año el Hotel La Perla alojó en una de sus numerosas habitaciones con balcón a la calle Estafeta al prestigioso periodista Francisco Grandmontagne, quien días después publicaba en El Sol de Madrid, su particular relato del encierro de los toros que pudo ver desde el balcón de su habitación:

El encierro de los toros pone los pelos de punta. La operación se verifica al amanecer. Sólo un instante dura la terrible escena. Delante de las fieras, y a todo correr, va la muchedumbre por la estrecha calle de la Estafeta. De pronto tropieza alguno; en éste se enredan los pies de los demás y, sobre el montón de los caídos, pasan los toros, los mansos y los vaqueros. La algarabía es formidable. Los balcones y ventanas se llenan de fantasmas.

La gente ha saltado de la cama y, envuelta en sábanas y toallas, presencia el truculento espectáculo que pasa como una exhalación. El confuso conjunto de hombres y fieras, las embestidas, los cencerros, los gritos de la calle y los alaridos de los balcones, evocan algo así como las huestes de Atila. Son verdaderamente unos bravos los que preceden a los toros en su marcha al encierro.

Era obvio que Hemingway no era el único sensacionalista, aunque también hay que entender, sin necesidad de justificarles, el impacto emocional que suponía para un forastero la visión en directo de un espectáculo, francamente emocionante, del que nunca habían visto ni tan siquiera una imagen. Si hoy impresiona a los primerizos, y aún a los veteranos, a pesar de conocerlo los primeros a través de la televisión o de verlo en seleccionadas fotos… ¿qué no podía impresionar a aquellos periodistas que lo descubrían in situ?.

En cualquier caso, en esto, como en tantas otras cosas, lo que más vale es la primera impresión, es decir, el primer relato que hace Ernest Hemingway para su revista, en donde esboza una curiosa descripción de los Sanfermines de obligado repaso. Es el relato, además, de su primer contacto con Pamplona. Y decía así: “Las calles eran una masa sólida de gentes danzando. La música era algo que golpeaba y latía con violencia. Todos los carnavales que yo había visto palidecían en su comparación. Un cohete reventó sobre nuestras cabezas con una explosión radiante, y la caña cayó a nuestros pies zumbando. Los danzantes, repiqueteando los dedos y llevando un ritmo perfecto entre la multitud, chocaron contra nosotros antes de que pudiéramos descargar las maletas del autobús…”

Aquéllos Sanfermines Ernest tuvo oportunidad de reencontrase de nuevo con las corridas de toros. Doña Ignacia Erro, acostumbrada a conseguir entradas para los clientes de su hotel, no tuvo reparo en poner en contacto al matrimonio norteamericano con Leandro Olivier, empleado municipal (archivero) que habitualmente, por encargo, se encargaba de gestionar y reservar las entradas a los forasteros que lo pedían.

Como muy bien recuerda Iribarren y reflejan las hemerotecas locales, las fiestas de aquél año resultaron algo accidentadas, pues la naturaleza, siempre caprichosa, quiso mostrar a nuestros visitantes lo más selecto de las inclemencias meteorológicas: “Se celebraron las tres primeras corridas –narraba Iribarren-, pero hubieron de suspenderse las de los días 10 y 11, porque llovió espantosamente, sobre todo el 10 a la tarde. Aquella madrugada se sintió en toda Navarra una sacudida sísmica, y el temporal de aguas hizo que nuestros ríos se desbordasen”.

Estas circunstancias no fueron suficientes para evitar que Hemingway disfrutase de aquella feria taurina, muy especialmente de la corrida del día 13 tantas veces reflejada posteriormente en sus obras.

Ernest Hemingway, periodista y apuesto galán, quedaba aquél año de 1923 marcado e impresionado para siempre por los días vividos en la capital navarra. A partir de entonces esta experiencia condicionaría en buena medida su vida, su obra y sus éxitos, especialmente los que ha cosechado, y sigue cosechando, después de su fallecimiento.

1924

En un claro preludio de la importante presencia de extranjeros que con el paso de los años iba a acarrear la presencia de Hemingway en Pamplona, aquél año de 1924 nuestro hombre no se conformó con traer a las fiestas de San Fermín a su mujer, sino que convenció con sus relatos periodísticos a un pequeño grupo de amigos para que se acercaran a conocer la fiesta más impresionante que jamás habrían de volver a ver. Entre aquellos amigos, según pudo recoger Iribarren, se encontraban Chink Smith, el editor Bill Bird con su esposa, el también editor Robert MacAlmon, George O’Neil, el periodista Donald Ogden Stewart, y el famoso escritor John Dos Passos, amigo éste último que acompañó a Hemingway en numerosas giras por Europa y con quien compartía la afición por el esquí.

Días antes de venir a Pamplona, Ernest Hemingway tuvo oportunidad de conocer en Madrid a Rafael Hernández, crítico taurino de “La Libertad”, quien aconsejó a su colega norteamericano que cuando fuese a Pamplona se alojase en el Hotel Quintana, en la Plaza del Castillo, por ser su dueño un gran aficionado a los toros.

Este hotel había sido inaugurado unos años antes por Juanito Quintana quien, merced a su entusiasmo por la fiesta de los toros había logrado atraer a su establecimiento a algún matador. En aquellos años era el Hotel La Perla, en la misma plaza, y el Grand Hotel, en la Plaza de San Francisco (perteneciente este último al primero), quienes acogían mayoritariamente a las figuras del toreo que acudían cada año a los Sanfermines, siendo habitual que las figuras más destacadas de sus cuadrillas (fundamentalmente los banderilleros) se alojasen en el Hotel Maisonnave, ubicado entonces en la calle Espoz y Mina, mientras que el resto de acompañantes se repartía entre las numerosas fondas y pensiones que salpicaban el callejero pamplonés. Y es que en la tauromaquia, como en tantos otros ambientes, las clases sociales estaban perfectamente definidas. Tuvo que ser el mítico Manolete quien, unos años después, no permitiese que su cuadrilla se alojase en establecimientos de inferior categoría.

Es así como aquél año Ernest Hemingway se aloja con su mujer y con sus amigos en el Hotel Quintana. Desde entonces, y hasta su fallecimiento, Juanito Quintana y él mantuvieron una férrea amistad aumentada y consolidada con el paso de los años por compartir ambos una gran afición por los toros y, en momentos difíciles, unas mismas ideas políticas.

Como no podía ser de otra manera, Hemingway aquél año disfrutó lo suyo enseñando la ciudad a sus amigos. Comer y beber era para ellos, o al menos para él, casi la razón de su existencia. Y en Pamplona se comía bien, y se bebía en abundancia sin necesidad de llamar excesivamente la atención. Aprendieron aquellos amigos de su guía lo qué era dedicar varias horas al día a contemplar la Plaza del Castillo y cuanto en ella acontecía desde la terraza del Café Iruña, sentados en sus blancas sillas de mimbre. Este popular café fue el denominador común de cuantos viajes hizo Hemingway a Pamplona. Es, sin duda, el único establecimiento que fue testigo de todas las visitas del escritor. Y es que el Café Iruña era, y es, algo así como el palco de un teatro (la Plaza del Castillo) desde donde se puede ver, cómodamente sentado y con la consumición en la mano, la escenificación de las fiestas.

El día 7, acompañado por su amigo Donald Ogden Stewart, Ernest corre por vez primera en el encierro. No se conocen datos sobre esta experiencia pero es fácil suponer que ambos se limitaron simplemente a estar presentes en el recorrido preocupándose de no correr el mínimo riesgo. Testimonios posteriores que narran la forma de correr del periodista avalan esta hipótesis. En cualquier caso, lo cierto es que aquél día Hemingway vivió de cerca el paso de los toros y, posteriormente participó con su amigo en las vaquillas emboladas que aquella mañana se soltaron en el coso taurino.

Al día siguiente, y como parece que les gustó, repitieron ambos la experiencia. Pero en esta ocasión, como si ya todo estuviese predestinado, durante la suelta de las vaquillas que hubo después del encierro, una de las reses emboladas le dio un revolcón a Donald Ogden Stewart tirándolo por los suelos. En un acto solidario, que le honra, Ernest Hemingway al ver en tan apurado trance a su colega se apresuró en tratar de agarrar a la vaquilla para que no se ensañase más con su amigo, respondiéndole ésta al norteamericano con otro revolcón para que entre ambos amigos no hubiese envidias.

Esta acción, que no tuvo mayores consecuencias físicas para la salud de ambos periodistas según se puede comprobar en los partes médicos de la Plaza de Toros y en las crónicas de la prensa local, al otro lado del charco tuvo una repercusión muy propia del estilo periodístico de Ernest Hemingway. En Toronto se publicó que el periodista Donald Ogden Stewart había sufrido en este percance taurino la fractura de dos costillas, mientras que Hemingway, aquejado de varias contusiones, había sido multado por hacer el gamberro. Ambas informaciones eran falsas.

Por si acaso esto no era suficiente, Hemingway pasó una crónica de aquél incidente a la agencia United Press informando en ella que ambos periodistas habían resultado corneados por un toro. El titular de la noticia que apareció publicada en Canadá decía así: “Un toro cornea a un periodista de Toronto en las fiestas anuales de Pamplona”; un subtítulo añadía: “Su compañero, sin embargo, tuvo dos costillas rotas”.

Dejando a un lado tan fantasiosos relatos que a Hemingway, por presumir, no le gustaba desmentir; la cogida que si fue real aquél año de 1924 es la que tuvo lugar en el encierro del día 13 cuando un toro de la prestigiosa ganadería de Santa Coloma corneó en el callejón al joven Esteban Domeño, un muchacho sangüesino de 20 años, que falleció al día siguiente a causa de esta mortal cornada. Este joven, albañil de profesión y residente en Pamplona, se convertía en la primera víctima mortal del encierro. Pero lo que Esteban Domeño nunca hubiese imaginado es que el relato de su muerte fuese posteriormente leído en todo el mundo porque un escritor, Ernest Hemingway, lo plasmó en su novela Fiesta, publicada dos años después.

El día 14 Ernest y Hadley, como ya habían hecho poco antes Bill Bird y su esposa Bob MacAlmon, se desplazaron a Burguete para descansar unos días de la vorágine sanferminera. Allí se juntaron los cuatro, incorporándose al siguiente día el resto del grupo, dedicando unas jornadas a practicar la pesca en el río Irati. Esta excursión la habría de repetir Ernest en varias ocasiones durante los años siguientes.

1925

Los sanfermines de este año son para Hemingway unas fiestas diferentes. Si los dos años anteriores se había dedicado a disfrutar del ambiente y a escribir algún pequeño relato periodístico, en esta ocasión Ernest, sin alejarse excesivamente del ambiente báquico, acude a Pamplona con la idea y la misión de recoger cuanta información le sea posible para escribir después una novela con la que debutar dignamente en el terreno literario. Su amiga Gertrude Stein, intuyendo las cualidades literarias de nuestro hombre, no dejaba desde hacía tiempo de insistirle en que se dejase de crónicas baratas y que diese el gran salto al mundo de las novelas. Y Ernest, agradecido por tan sabios consejos y fiel a su vocación de escritor, había tomado la decisión este año de escribir y publicar una gran novela ambientada en el mundo de la tauromaquia.

Hacía ya varias semanas que Hemingway tenía hecha su reserva de habitación en el Hotel Quintana. Como dato curioso sepa el lector que este año a Ernest le costaba diariamente su habitación en el Hotel Quintana un total de 12 pesetas, incluidas la comida, la cena y el desayuno; mientras que en el Hotel La Perla por estos mismo servicios hubiese tenido que pagar 35 pesetas diarias (si la habitación daba a la Plaza del Castillo) o 30 pesetas (si estaba orientada a la calle Estafeta), precios éstos que quedaban reducidos a la mitad si los servicios se prestaban fuera de las fiestas de San Fermín; y en el Grand Hotel los precios podían ascender hasta las 38 pesetas diarias, con la salvedad de que ese año se habían suprimido las propinas, lo que se traducía en que éstas se incrementaban posteriormente al importe total de la factura haciéndose en los siguientes porcentajes: hasta dos días de estancia se cargaba el 15%, hasta 8 días el 10%, y de 8 días en adelante el 5%.

El Hotel Maisonnave y el Hotel del Norte mantenían unas tarifas similares a las del Hotel Quintana, mientras que únicamente en algunas fondas se podían encontrar precios más asequibles, aunque en ellas las condiciones higiénicas y las comodidades brillaban por su ausencia, aunque siempre se podían encontrar excepciones; era el caso de la Fonda Hispano Francesa que, aunque adosada al Hotel Quintana, y esforzado siempre su dueño (el artajonés Wenceslao Cilveti) en mantener unas comodidades que le permitiesen competir con su vecino, no lograba ofrecer unos servicios tan completos como los que ofrecía un hotel. Únicamente La Perla y el Maisonnave aumentaban sus precios durante las fiestas, no en vano las venían trabajando ambos desde el siglo anterior, lo que les permitía tener asegurada una clientela específicamente sanferminera.

Y por si el lector quiere satisfacer todavía más su curiosidad sepa que en 1925 en los hoteles de Navarra únicamente había habitaciones con baño completo en el Grand Hotel, de Pamplona, y en el Hotel Pirineo, de Isaba; a su vez sólo La Perla y el Maisonnave disponían de algún baño en los pisos para uso de sus clientes. La Perla y el Grand Hotel eran los únicos que tenían ascensor, mientras que tan sólo el Grand Hotel disponía de habitaciones enmoquetadas. Pese a todo Ernest Hemingway no perdía ocasión para recordarle a Juanito Quintana que su establecimiento era bastante caro.

Pero volvamos a aquellos días. Leandro Olivier, el archivero de Pamplona, había recibido también el encargo de guardarle entradas para las corridas de toros, concretamente tres barreras de sombra y tres sobrepuertas. Todo estaba preparado para que el escritor tuviese una estancia a su gusto.

Ernest y Hadley llegaron a Pamplona el día 27 de junio, partiendo ese mismo día hacia la villa de Burguete, en donde les esperaban Bill Bird y Donal Ogden Stewart. Hemingway estaba enamorado de Burguete, de su paisaje, de su tranquilidad. Desde el pueblo gustaba de ir paseando hasta cerca de Aribe, en donde ya tenía localizadas algunas pozas en el río Irati, en donde pacientemente dedicaba largas horas a pescar truchas. Ese año, sin embargo, después de cuatro días de infructuosos intentos, ni Ernest ni sus amigos lograron pescar una sola trucha. Lo achacaron al estado del río, lleno de ramas y hojarasca a causa de las talas forestales que esos meses se habían desarrollado en el bosque del Irati.

Hemingway se sentía empequeñecer cuando paseaba entre aquél bosque de hayas, una de las mayores masas forestales de Europa.

El escritor y sus amigos, el quinto día, obtuvieron por fin su pequeña recompensa a la tenacidad sacando alguna trucha en Espinal y en Orbaitzeta, en la presa existente junto a la antigua fábrica de armas. Son lugares éstos que cualquiera que tenga interés por reencontrarse con el espíritu literario de Hemingway no puede dejar de visitar. Son lugares idóneos para el descanso del cuerpo y de la mente. Son rincones aptos para cimentar cualquier novela o cualquier proyecto.

El día 3 de julio el matrimonio y sus amigos se presentan ya en Pamplona, alojándose en el establecimiento de Juanito Quintana. Para Ernest, que ese mismo día acude al primer desencajonamiento de los toros, las fiestas de este año se le presentan ante sus sentidos como la tarea de un escolar. Tiene que observar, analizar, anotar…

Es un escritor.

La internacionalización de las fiestas empieza a consolidarse tímidamente, aunque la realidad es que esto en la escena sanferminera apenas se nota. El Hotel La Perla acoge en una de sus habitaciones, los días 11 y 12 de julio, a don Alexandre P. Moore, diplomático y embajador de Estados Unidos en España, a quien podríamos considerar el primer extranjero no vinculado a Hemingway que acude a Pamplona atraído por los relatos de éste y por el eco informativo que éstas empiezan a alcanzar en el exterior. El embajador tuvo la oportunidad de ser testigo excepcional, como lo fue Hemingway, de la reaparición de Juan Belmonte en el coso pamplonés.

Pero Hemingway no se conformaba con ver corridas de toros; necesitaba sentir riesgo, peligro, miedo… ¡cómo sino lo iba a transmitir después a sus lectores!. Es así como el mismo 7 de julio Ernest corre en el encierro con sus amigos y compatriotas; forzándoles seguidamente a algunos de ellos a participar en la suelta posterior de las vaquillas. Vive las fiestas con plena intensidad, aunque en honor a la verdad justo es decir que ese año, como los demás, Ernest y sus amigos apenas salen de la Plaza del Castillo; el Hotel Quintana, el Hotel La Perla, el bar Torino (actual Windsor Pub), el Café Iruña, el Café Suizo…, este era el epicentro de la fiesta sin necesidad de abandonar la plaza. En ella bebía, comía, reía, dormía, disfrutaba e incluso reñía, porque aquél año Ernest no tuvo reparos en dedicarle unas duras palabras a su amigo Loeb en la terraza del Iruña, palabras que estuvieron a punto de derivar en una violenta riña.

Y Hemingway tampoco se pierde ninguna corrida de toros. Descubre, y admira, a Cayetano Ordóñez, Niño de la Palma; se enamora de su estilo, puro y elegante; y decide que este matador tiene que ser uno de los protagonistas de su futura novela. Juanito Quintana le permite conocer en persona al Niño de la Palma, a quien tenía alojado en su hotel y con quien mantenía una estrecha amistad.

Además de ello, Hemingway no desperdicia ninguna oportunidad para intentar conversar con las figuras de ese año. Para ello no tiene inconveniente en pasar largas horas en los salones del Hotel La Perla con el fin de acaparar, aunque tan sólo sea durante unos minutos, la atención de figuras como Belmonte, Lalanda, Márquez, Agüero… con quienes empezó a forjar una relativa amistad. Este hotel tenía por costumbre dedicar la misma habitación a la figura de cada día; una habitación que con el paso de los años Hemingway visitaría en repetidas ocasiones atraído por el solemne ritual taurino que los matadores emplean para vestirse. Y es que Ernest supo ganarse la confianza de algunos diestros obteniendo de ellos el consentimiento para estar presente en la estancia durante los preparativos previos a la corrida. Esta misma acción llegaría a hacerla, ocasionalmente, en el Grand Hotel.

Pese a todo su héroe, su figura mítica, era el Niño de la Palma, sabiéndose que Ernest pasaba abundante tiempo con Juanito Quintana comentando y desmenuzando analíticamente cada una de las faenas que Cayetano Ordóñez realizó en el coso pamplonés los días 7, 9 y 11 de aquél mes de julio. Repasaban juntos, una y otra vez, las numerosas fotografías que Juanito tenía en su despacho. La afición por los toros la tenía a flor de piel, vibraba con ellos como el mejor de los taurinos, tanto es así que éstos estuvieron presentes, y muy presentes, en varios de sus éxitos literarios.

Finalizadas las fiestas el grupo de amigos se dispersó, y Ernest y Hadley viajaron a Madrid en donde, días después, nacían los primeros párrafos de “Fiesta” a la que su autor dedicó por completo ese verano de 1925. Se tiene conocimiento de que ya para el 21 de septiembre Ernest había acabado el borrador de su novela que, en los meses posteriores, sería minuciosamente revisada y corregida hasta lograr ver la luz en octubre de 1926.

1926

Cuando su novela no estaba todavía en la imprenta, aunque sí finalizada, Ernest y Hadley fieles a lo que había empezado a ser una tradición veraniega en sus vidas, acuden de nuevo a los Sanfermines.

El año anterior el novelista se había sentido molesto con la presencia en las fiestas de varios extranjeros que nada tenían que ver con él ni con su cuadrilla. Le gustaba sentirse como un ser excepcional, y un forastero como él en las fiestas de 1923 o de 1924 lo había sido pues en la ciudad no era muy frecuente ver, ni tan siquiera en los hoteles, a personajes que no hablasen la lengua de Cervantes.

Pero ya era tarde. Ernest Hemingway con sus escritos y sus crónicas había puesto en marcha el carro de la popularidad y de la internacionalización de las fiestas de Pamplona. Y este año de 1926, como ya había sucedido en el anterior, la capital navarra vuelve a acoger en su marco festivo a un atípico número de extranjeros. El propio Ernest acude con su mujer, con un matrimonio amigo (Gerald Murphy y Sara) y con Pauline Pfeiffer, una joven periodista predestinada a ser la segunda esposa de Ernest.

Nuestro hombre puede decir ya que es un escritor, pues aunque su novela todavía no se ha impreso, meses antes había publicado su primera obra, una novela corta titulada The Torrents of Spring (“Aguas primaverales”), así como un pequeño libro, In our time, que viene a ser una recopilación de relatos breves exquisitamente seleccionados. Estas publicaciones y la inminente aparición de The sun also rises (“Fiesta”) le reportan a su autor una comodidad económica que nunca había conocido. De esta manera, aunque su amigo Gerald Murphy pagó las entradas de las corridas de estas fiestas, Ernest se permite por vez primera el lujo de salir a comer fuera del hotel y descubrir las cualidades gastronómicas de un establecimiento que posteriormente alcanzaría gran protagonismo en futuras estancias; se trata de Casa Marceliano, en la calle, o plaza, del Mercado.

Es aquí precisamente, y este mismo año, cuando Ernest se aficiona al ajoarriero, un plato típicamente navarro elaborado a base de bacalao. El propio Matías Anoz, propietario entonces de este emblemático establecimiento, a requerimiento del ilustre comensal le facilita a éste la receta para su preparación. En posteriores ocasiones y en diferentes países Hemingway confiesa reiteradamente que su plato favorito era el “ajoarriero al estilo de Pamplona”.

El escritor nos descubre este año que su gran afición no es solamente ingerir buenas copas de coñac en la terraza del Café Iruña (ésta era su gran debilidad y su gran placer), sino degustar también sabrosos platos, preferentemente los típicos de la cocina navarra, como era el caso del mencionado ajoarriero, del cordero al chilindrón, las magras con tomate o las truchas a la Navarra. Comer y beber eran para él dos vicios que no podía, ni quería disimular. Precisamente su afición a la bebida y a las mujeres es la que le hizo partícipe y protagonista de numerosos altercados y de refriegas escandalosas que repetitivamente provocaban las iras de la clientela del Hotel Quintana (Hotel Montoya, en la novela Fiesta), poniendo noche tras noche en serios aprietos a su propietario.

Esta curiosa mezcla de alcohol, juerga, sexo, cultura y toros llegaron a configurar una personalidad que parece reunir todos los aditivos para dotar hoy de una fama atípica a la figura y la obra literaria de Ernest Hemingway. Sólo esta mezcla, reforzada con una indudable calidad literaria, explica y justifica la trascendencia que ha tenido a nivel mundial, y tiene, la figura humana de este hombre.

Retomando el esbozo, a grandes rasgos, de la estancia de Hemingway en aquéllos Sanfermines de 1926, es obligado mencionar una vez más su presencia en el encierro y en las vaquillas, acompañado en esta ocasión de su amigo Gerald Murphy. Se sabe que participaron al menos en una ocasión.

Pero el protagonista de aquellas fiestas no fue otro que su amigo el diestro Cayetano Ordóñez, y no precisamente por haberse cubierto de gloria en el coso pamplonés, sino que precisamente por todo lo contrario.

La temporada taurina no le iba bien; el miedo había sustituido al valor, y la mediocridad al arte (todo por una cornada que había recibido la temporada anterior en el muslo). Los días 7 y 8 de julio forzó con sus nefastas actuaciones la intervención de los Guardias de Seguridad. Éstos no fueron suficientes para controlar las iras del respetable durante la faena del día 9, requiriendo también la obligada intervención de la Policía y de los Guardias Municipales; aunque finalmente tuvo que ser la Guardia Civil a caballo quien tuvo que disolver al nutrido grupo de irritados que reclamaban y buscaban la cabeza del “Niño de la Palma” ante las puertas del Hotel Quintana. Fue aquélla una tarde plagada de anécdotas, en la que la salida discreta y camuflada del diestro por la puerta trasera del establecimiento en donde un taxi le esperaba para llevarle a la estación de tren, puso el punto final a varias horas de tensión.

Para el propio Hemingway había caído un mito. Cayetano Ordóñez en tan sólo tres tardes había pasado de héroe a villano, de admirado a despreciado. Años más tarde, al escribir “Muerte en la tarde”, Ernest aludía a esta profunda decepción dedicando estas letras al matador: “Si vais a ver al Niño de la Palma, es posible que veáis la cobardía en su forma menos atractiva: un trasero gordo, un cráneo calvo por el empleo excesivo de cosméticos, y un aspecto de precoz senilidad. De todos los toreros jóvenes que se levantaron en los últimos años que siguieron a la primera retirada de Belmonte, fue el “Niño de la Palma” el que despertó las esperanzas más falsas y el que provocó mayor desilusión…”.

Superados con creces los Sanfermines de este año, el 27 de agosto, después de haber revisado a fondo el borrador, modificar algunos aspectos y pulir bien el léxico, Ernest Hemingway envía al editor Max Perkins el texto definitivo de su esperada novela. Finalmente la editorial neoyorquina “Scribner’s” publica en octubre la novela The sun also rises (“Fiesta”). A partir de ese momento, aparentemente intrascendente en la vida de aquellos talleres de la imprenta neoyorquina en donde el libro simplemente es uno más de su curriculum editorial, la ciudad de Pamplona va a comenzar a vivir una auténtica revolución en sus fiestas en honor a San Fermín. El efecto no va a ser inmediato; va a ser, y está siendo, progresivo, y todo parece indicar que las fiestas pamplonicas están todavía muy lejos de conocer el punto final del impacto de “Fiesta”.

No es la intención de este libro analizar literariamente la popular novela de Hemingway. Sería largo y complejo, siendo además una labor que se debe de dejar en manos de expertos mucho más cualificados. Aquí únicamente se trata de dejar constancia de la importancia y trascendencia de esta obra, verdadero origen de la internacionalización que hoy conocen las fiestas de San Fermín. “Fiesta” es una novela que despierta sensaciones diferentes, incluso opuestas, entre sus lectores; a algunos les ha cambiado la vida tras su lectura, a otros les ha generado una profunda decepción al ver que su contenido no respondía a las expectativas que ellos tenían, encontrando su texto de baja calidad, mediocre y poco acorde con su fama.

Sin embargo, analizado el impacto personal que provoca en los lectores, es interesante observar cómo los decepcionados son precisamente, y en un porcentaje muy elevado, los hispanoparlantes. Y es que no debemos olvidarnos de que Hemingway escribe su novela en inglés; para ello utiliza un lenguaje muy simple, aparentemente sencillo, tan sencillo que es realmente complejo y difícil pulir el texto hasta dotarlo de esa sencillez. Esto le lleva a su autor un tiempo superior al que le ha costado escribir la obra. Sería fácil, por lo tanto, llegar a la conclusión de que las cuatro traducciones al español que hasta la fecha se han hecho de esta obra, no han sido capaces de transcribir y transmitir con fidelidad lo que Ernest plasmó en su texto en inglés. Sólo una persona de la misma calidad literaria que Hemingway podría llegar a plasmar en español lo que aquél escribió.

Así podríamos entender que un angloparlante vibre, se emocione e incluso llegue a transformar su vida tras la lectura de “Fiesta”; mientras que los hispanoparlantes, en general, no sólo no llegamos a percibir todas esas sensaciones, sino que además nos resulta difícilmente entendible el impacto que su lectura provoca en los extranjeros que se acercan hasta la capital navarra a disfrutar de sus fiestas.

En cualquier caso quien quiera profundizar en la descripción que hace su autor de los Sanfermines, sin olvidar siempre que estamos ante una novela, es más que recomendable el trabajo de José María Iribarren titulado “Hemingway y los Sanfermines”. Otro trabajo interesante es el que ha elaborado desde la Universidad de Navarra el joven Gabriel Rodríguez Pazos, quien después de una minuciosa y meritoria investigación ha analizado las diferentes traducciones al español de esta novela, poniendo de relieve el aspecto novelístico de la misma y justificando, desde esta perspectiva, cualquiera de los errores históricos que ésta presenta.

1927

Hemingway acude a Pamplona una vez más. Lo cierto es que poco a poco va creando su propio círculo de pamplonicas con quienes mantiene una cierta relación, y esto le hace sentirse cómodo. Ha empezado a dejar de ser ese forastero al que la gente observa con curiosidad, ganando terreno en sus relaciones el saludo espontáneo del vecino de Pamplona que le saluda con cordialidad y alegría al reencontrarse con él, una vez más, en el marco festivo. Ernest, que va conociendo ya el suficiente vocabulario como para desenvolverse en los ambientes habituales, percibe cómo va controlando y conociendo las fiestas de San Fermín. Se siente plenamente integrado.

En esta ocasión nos visita marcado por dos importantes acontecimientos: por un lado su novela ha empezado ya con fuerza a adquirir popularidad, habiéndose editado en inglés y en alemán, si bien, en España es todavía desconocida; y por otro lado Ernest acude a los Sanfermines por vez primera sin su esposa Hadley, a la que ha abandonado (a ella y a su hijo) unos meses antes. En estas fiestas el escritor estrena nueva esposa; se trata de Pauline Pfeiffer, quien ya el año anterior rivalizó con Hadley en Pamplona provocando los celos de la legítima.

Los sanfermines de este año discurren para el escritor inmersos en la normalidad. Casa Marceliano, Café Kutz, Hotel La Perla… son algunos de sus escenarios habituales; sin olvidar las horas que pasa en el Hotel Quintana, donde se hospeda, ni las que pasa en “su” terraza del Café Iruña, desde donde percibe la fiesta en toda su intensidad. Lo cierto es que no es partidario de buscar nuevos escenarios; el coñac del Iruña y sus sillas de mimbre son para él algo único; y ¿qué no decir del ajoarriero del Marceliano?, ¿o del ambiente taurino que se respira en el hall de La Perla? No necesitaba más.

Precisamente en este último hotel tuvo la oportunidad de conocer en persona, y dialogar con él, al afamado diestro Cagancho, de etnia gitana, de quien Ernest –pese a no tenerle excesiva simpatía- supo reconocer su valor y su arte, sobre todo después de la impresionante actuación que tuvo el gitano en el coso pamplonés durante el último toro de la última corrida, con la que puso un broche de oro, excepcional y único en opinión de los expertos, a la feria de ese año. Tanto habría de impresionarle a Hemingway esta faena que no pudo dejar de mencionarla cuando escribió Muerte en la tarde, aludiendo a Cagancho como un torero cobarde y deshonesto, pero capaz de “consumar todas las proezas habituales de todos los toreros de un modo que no se ha visto jamás (…); tiene una gracia escultural, una lentitud y una suavidad majestuosa de movimientos…”.

Al finalizar las fiestas Ernest y Pauline se fueron a descansar una semana a San Sebastian. Desconocía Hemingway que, después de seis años de ininterrumpida asistencia a los Sanfermines, después de su marcha en 1927 se iba a abrir un pequeño paréntesis de tan sólo un año sin acudir a Pamplona motivado por el nacimiento, a finales del mes de junio de 1928, de su hijo Patrick.

1929

Muy poco es lo que se sabe de la estancia de Hemingway en las fiestas de este año. Recogiendo los testimonios de otros autores, como es el caso de José Mª Iribarren o de Carlos Baker, llegamos a averiguar que Ernest partió de Paris hacia Pamplona a finales del mes de junio, acompañado de su esposa Pauline, y a bordo de un flamante Ford descapotable de reciente adquisición. Sabemos también que el viaje se lo pagó su amigo Ben Ray Redman, por especial capricho de este último, quien conoció al escritor en un café de París sintiéndose admirado por sus relatos.

Fuera de estos testimonios, conocidos ya por quien haya buceado en las biografías sobre Hemingway, en los años ochenta tuve oportunidad de charlar con Eustaquio Ardanaz, antiguo empleado del Hotel Quintana y buen conocedor de las virtudes y de los defectos de nuestro protagonista, quien me aportó algunos detalles sobre la forma de ser y de comportarse de Ernest Hemingway. Una de estas narraciones la situaba Eustaquio Ardanaz en los Sanfermines de 1929, en la que contaba un incidente que llegó a saturar la paciencia de Juanito Quintana poniendo en peligro la relación entre este propietario y el famoso escritor.

El relato no tiene desperdicio: “Aquél año vino Hemingway acompañado de Paulina, con este nombre la conocíamos todos, alojándose como otras veces en nuestro hotel (…). No tenía una habitación fija, pues a Juanito le preocupaba el comportamiento de Ernest cuando bebía, y procuraba tenerlo bien separado de los clientes educados y correctos que venían siempre (…). Nada más comenzar las fiestas de 1929 Hemingway vino una noche totalmente borracho acompañado de dos señoritas. Paulina dormía ya; y él, sabedor de ello, pidió al conserje de noche que le diese otra habitación para él y sus acompañantes. Tan sólo media hora después, en medio de un gran alboroto, ellas salían corriendo de la habitación, prácticamente desnudas, mientras él, en calzoncillos, las encorría insultándoles. El escándalo que se armó motivó las protestas de unos cuantos clientes del hotel, y el propio Juanito llegó a amenazar a Hemingway con echarle del establecimiento. A pesar de todo el follón que se armó, si mal no recuerdo, Paulina no llegó a enterarse.”

Se da la circunstancia de que este mismo incidente fue corroborado, en otra ocasión, por el pamplonés Jerónimo Echagüe, quien describía al escritor como un norteamericano al que “le gustaba beber, comer, los toros y el sexo… ¡vamos, lo corriente!”. Pero como decía el propio Jerónimo, “Hemingway no es famoso por eso, sino por otras cualidades que le hacían ser diferente a los demás, no en vano se ganó el Nobel”.

Preguntado Echagüe sobre los rincones favoritos del escritor durante sus estancias sanfermineras, éste aludió al Hotel Quintana, al Hotel La Perla, al Txoko, al Marceliano, al Café Kutz, al Torino… “pero, sobre todo, al Café Iruña. Hablar de Hemingway en Pamplona es hablar de él sentado en la terraza del Iruña; ese era su rincón preferido”. Jerónimo, aún admitiendo la popularidad de Ernest Hemingway, “sobre todo en los últimos años”, y aún sintiéndose un gran admirador de éste, no podía menos que comparar su fama con la de Sarasate, “lo de aquél si que era cariño popular, ¡cómo le quería la gente!; pero te advierto una cosa –me decía-, Hemingway no lo ha conocido, ni yo tampoco llegaré a conocerlo, pero llegará el día en que Pamplona será capaz de admitir y reconocer el gran bien que Hemingway ha hecho a Pamplona. Aquí los extranjeros no vienen a colonizarnos, como sucede en otros lugares, sino a integrarse en nuestras fiestas, eso lo estamos viendo todos los años, aunque siempre habrá excepciones”.

Este era Hemingway, con sus virtudes y con sus defectos, como todos los mortales. Pero, dándole la razón a Jerónimo Echagüe, hay que admitir que Pamplona hoy es famosa en todo el mundo gracias a Ernest Hemingway; y éste, a su vez, es hoy famoso en todo el mundo, gracias únicamente a su obra literaria y a sus extraordinarias cualidades como novelista.

Por lo demás, poco queda que aportar sobre la estancia del escritor en los sanfermines de 1929. Sepa el lector que cuando aquél año abandonó el hotel pamplonés su amistad con Juanito Quintana seguía gozando de muy buena salud, y Pauline, ajena a todo, marchó satisfecha de los momentos vividos en la capital navarra. Desde Pamplona el matrimonio viajó hasta Montroig, en Cataluña, a donde acudieron para visitar al afamado pintor Joan Miró.

En 1930, enganchado por los placeres de un atractivo viaje por el oeste americano, Hemingway y su esposa, como ya sucedió en 1928, no acuden en el mes de julio a los Sanfermines.

1931

Tan sólo unos meses antes en España se había proclamado la II República, y este acontecimiento, aparentemente ajeno a los Sanfermines, tendría su gran influencia en la persona de Hemingway quien desde un principio no perdió ocasión de mostrar sus simpatías hacia el nuevo sistema político. La casualidad, tan caprichosa como siempre, hizo que en Pamplona Juanito Quintana y su hotel se convirtiesen, por las convicciones políticas del hotelero, en lugar emblemático de la causa republicana. De esta manera, y al margen de la tauromaquia Ernest Hemingway y Juanito Quintana encontraban en su relación amistosa un nuevo punto de afinidad.

El escritor acude a las fiestas de Pamplona animado por el cartel taurino de ese año. El propio Juanito Quintana se había preocupado de hacerle llegar la noticia de que el torero Domingo Ortega iba a actuar en dos corridas, los días 8 y 11 de julio. Y es que Domingo Ortega era en aquél momento de lo mejor que se podía ver en los ruedos españoles; su fama y su gran popularidad le permitían poner un elevado precio a cada una de sus actuaciones. En Pamplona cobró nada menos que veintitrés mil pesetas por corrida. Pero si escandaloso fue entonces el precio, más escandalosas fueron todavía sus mediocres actuaciones en el coso pamplonés que provocaron la hilaridad del respetable.

Pero lo realmente anecdótico de aquella feria fueron las nefastas actuaciones del torero Manolo Bienvenida. Lo hizo francamente mal, como nunca de mal, y el público, harto ya de tanto matador de pacotilla ofreciendo espectáculos que no se correspondían con el precio que se pagaba por cada entrada, mostró reiteradamente su enfado y su indignación llegando a poner en grave peligro la integridad física del diestro gitano. Estando así de mal las cosas, Manolo Bienvenida tuvo que enfrentarse la última corrida de la feria a dos nuevos morlacos, sabedor de que si repetía una actuación bochornosa lo iba a tener muy mal para salir del coso sin algún hueso roto.

Es por ello que pidió al gobernador, antes de la corrida, que le pusiese protección policial; respondiéndole éste que si en la plaza de toros cumplía con su deber, para nada la necesitaría. Aquella tarde Manolo Bienvenida, con más miedo al público que al toro, hizo dos faenas extraordinarias, lo suficientemente buenas como para hacer olvidar al público las chapuzas anteriores; y lo suficientemente buenas como para que Hemingway, que tenía prácticamente ultimado su libro Muerte en la tarde, buscase un hueco en su borrador para incluir una alusión a esta memorable tarde de Bienvenida.

Para la curiosidad del lector, y en honor a la verdad, no puedo dejar de omitir que, aunque aquella tarde el diestro gitano se portó como un torero, fue el Niño de la Palma, una vez más, quien cuajó una faena espantosa provocando con ella la exaltación del público que no tuvo reparo en invadir el ruedo durante veinte minutos forzando la presencia en el mismo de policías, guardias de asalto y del propio gobernador.

Ernest Hemingway se caracterizó en aquellas fiestas por su presencia discreta. El trabajo le podía, y en esta ocasión tuvo que compaginar la fiesta con la confección laboriosa de un vocabulario taurino que le permitiese aportar a su novela Muerte en la tarde el léxico adecuado. Además de esto, hay que reconocer que de su estancia en Pamplona en aquellos Sanfermines apenas se conocen detalles, es más, para los biógrafos del escritor son las fiestas de este año las que aparecen más difuminadas.

Se sabe que, procedente de París, llegó a Hendaya con su esposa y con su hijo. Se ha escrito también que al pequeño lo dejó en esa localidad francesa al cuidado de la niñera y que Ernest viajó con su esposa hasta Madrid antes de venir a Pamplona; pero en ningún sitio queda constancia escrita de que su esposa Paulina y su hijo John estuviesen presentes en los Sanfermines de ese año; sin embargo, una fotografía obtenida en el interior de la Plaza de Toros, y que aquí se reproduce, nos permite descubrir entre el público pamplonés la presencia del matrimonio Hemingway acompañados de su hijo John “Bumby”. Este documento fotográfico inédito nos permite asegurar que en los Sanfermines de 1931 Ernest estuvo acompañado de su familia al menos durante una tarde.

En cualquier caso, parece como si el escritor hubiese buscado pasar desapercibido, sin llamar la atención, sin escándalos… como si supiese que las fiestas de San Fermín, aunque siempre fieles a su cita anual de julio, se iban a despedir de él, de su vista, de todos sus sentidos, durante algo más de dos largas décadas. Y así fue. El exceso de trabajo, primero; la guerra, después… el miedo a volver a una España contra la que él había luchado, África, la caza, la pesca, Cuba… lo cierto es que Hemingway permanece veintiún años sin acudir a Pamplona.

Veintiún años en los que no deja de escribir, de publicar y de triunfar (Muerte en la tarde, Adiós a las armas, Las verdes colinas de África, Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar…). Una época en la que se ve envuelto, por propia voluntad, en una guerra civil en la que decide participar como corresponsal de guerra para el bando republicano, contra las tropas del general Franco. Estamos hablando de la misma guerra que forzó el cierre definitivo en Pamplona del Hotel Quintana; a Juanito le había pillado el inicio de la contienda en la localidad francesa de Mont de Marsán y ya no se atrevió a volver, teniendo que abandonar su negocio de la Plaza del Castillo.

Veintiún años en los que se casa y descasa a su gusto. Se divorcia de Pauline Pfeiffer en 1940, se casa con la periodista Marta Gellhorn en 1941, se divorcia de ésta en 1944, en 1946 se vuelve a casar con la periodista Mary Welsh… Y entre medio de todo esto no pierde ocasión para alistarse a los frentes bélicos más disparatados hasta obtener del gobierno de los Estados Unidos la Medalla al Valor.

1953

No debe de ser fácil imaginar, o tratar de sentir, el momento sublime en el que Hemingway pisa de nuevo Pamplona después de tantos años de ausencia. Nada se parecía esa ciudad a la que el conoció unas décadas antes, aunque realmente el marco festivo era prácticamente el mismo. Afortunadamente para él el Café Iruña seguía en su sitio; en la misma plaza estaban ahora el bar Torino, el Choco (Txoko)… en los que también se iba a sentir cómodo. Quien ya no estaba era el Hotel Quintana, aunque sí su propietario Juanito, de quien estuvo acompañado todas las fiestas.

¿Qué había sido de ese hotel?; ya hemos adelantado antes que el establecimiento cerró sus puertas en 1936 por circunstancias políticas, que no comerciales. Un año después, en 1937, es decir, en pleno conflicto bélico, coge el hotel don Pedro Erviti Cilveti, de la localidad navarra de Alcoz, y reabre el establecimiento con el pomposo nombre de Hotel España. Su visión comercial le permitió aprovechar las circunstancias de aquellos duros años de la guerra; una guerra, por otro lado, que aportó grandes beneficios al sector hotelero de la ciudad. Sin embargo, finalizado el conflicto los hoteles acusaron los difíciles momentos de la postguerra, y es así como el Hotel España, sin llegar a cumplir sus diez años de vida tuvo que cerrar sus puertas.

El pamplonés Jesús Goñi Zabalza, que trabajó de botones en el Quintana y en el España, aún recuerda como fueron perdiendo la clientela: “poco a poco se nos iban los clientes a otros hoteles próximos, y es que el problema era que nosotros no teníamos más que un baño para todo el hotel; así se nos fueron todos. Hemingway se fue directamente a La Perla, ni tan siquiera conoció el Hotel España, pues volvió a Pamplona cuando ya llevaba unos años cerrado”.

Pero lo que sí encontró Hemingway en 1953 era el hecho de que las fiestas seguían siendo iguales. Los mismos actos, la misma alegría, música, peñas, encierro, vaquillas, toros, barracas, procesión, riau-riau, los gigantes mantenían su tamaño de siempre, Casa Marceliano mantenía intacto su encanto… Todo era igual, y a la vez todo era diferente. De pronto descubre Ernest que los Sanfermines acogían ya a un importante número de extranjeros, fundamentalmente norteamericanos, atraídos todos ellos por los relatos que el escritor había plasmado en Fiesta.

Empieza Ernest a ser consciente de la fama mundial que ha adquirido su novela sanferminera; una novela, por cierto, que había sido llevada ya al cine. Por otro lado, el encierro había dejado de ser un acto íntimo, nada tenía que ver ahora con aquél sublime y emocionante encuentro personal entre el toro y el corredor; la participación en estos Sanfermines que él redescubre era masiva, el peligro ya no estaba solamente en el toro sino en el entorno.

La fiesta había seguido su evolución. La esencia se mantenía. La gente era la misma, el mismo carácter, la misma nobleza; ni en la frontera ni en la ciudad le había dicho nadie absolutamente nada sobre su apoyo a los rojos durante la guerra, y esto le sorprendía y le aliviaba. Había sido su preocupación durante muchos años.

Aquél año Ernest Hemingway vino acompañado de su esposa Mary, que sólo conocía los Sanfermines por boca de su marido, y de dos amigos italianos. Llegaron el día 6 de julio a Pamplona, siendo recibidos por Juanito Quintana que les acompañó seguidamente hasta el Hotel Ayestarán, en Lecumberri, en donde oficialmente se alojaron aquél año.

Tan sólo un día después, influenciados seguramente por la distancia diaria que tenían que recorrer para llegar a Pamplona, y sin abandonar el alquiler de su habitación, Ernest y Mary acuden al Hotel La Perla, en la Plaza del Castillo, y se alojan en la habitación número 217; éste había sido uno de los grandes sueños del escritor, siempre había deseado llegar a dormir en aquella mítica habitación en la que tantas veces había visto vestirse a las mejores figuras de la feria. Aquél sueño, antes inalcanzable, ese 7 de julio se convertía en gozosa realidad.

Desde la habitación su esposa y él tenían oportunidad de ver cada mañana el encierro de los toros. El matrimonio supo simultanear sus estancias y sus descansos entre Pamplona y Lecumberri. Esa misma mañana del 7 de julio se trasladan todos a Pamplona para ver el encierro. Para ello acceden a la Plaza de Toros y lo ven desde la balaustrada exterior de los palcos, lo que les permite contemplar el tramo último, es decir: desde el final de la calle Estafeta hasta el callejón, en sus propios pies. Hemingway revive a continuación algo tan entrañable para él como lo era el espectáculo de las vaquillas. Ya no estaba él para esos trotes.

Esa misma mañana acuden todos a la puerta de la iglesia de San Lorenzo para verle entrar a San Fermín acompañado por la multitud. Ése, y no otro motivo, era la causa real de aquellas fiestas, de aquél alboroto. En su honor eran todos los festejos. San Fermín, el santo “moreno” (gracias al humo de las velas) era honrado con total solemnidad.

Cuenta Iribarren que Ernest, impresionado tal vez por la magia de aquél momento en el que veía perderse a la figura del santo bajo el arco de entrada, penetró después en el templo hasta situarse, en la capilla de San Fermín, bajo la imagen del copatrono de Navarra. Allí, ante él, de rodillas, le rezó devotamente. ¿Qué se dirían? Seguro que más de un lector, conocedor de la afición del escritor hacia la bebida, la juerga, el sexo, y conocedor también de su filosofía política, se habrá preguntado si realmente Ernest admiraba a San Fermín. La respuesta la da el mismo escritor cuando en esa fiestas es entrevistado por Octavo Aparicio (la entrevista apareció publicada el día 25 de julio en el número 242 de El Español) y éste le pregunta directamente a Hemingway quien era a su juicio el pamplonica más interesante. La respuesta no se hizo esperar: ¡San Fermín!.

Décadas después de esto sigue siendo habitual en el recorrido de la procesión ver a numerosos forasteros, vibrar, sentir, emocionarse, incluso llorar, ante el paso solemne del busto de San Fermín. A él le imploran periódico en mano, en su capotillo confían cuando arriesgan su vida cada mañana ante las astas del toro; y es que San Fermín… es mucho San Fermín.

El norteamericano Jimmy McPharen me contaba hace unas décadas el impacto que le produjo conocer en persona a Hemingway, al autor de Fiesta, cuya lectura le había llevado hasta Pamplona en 1950 y de la que ya no se separó durante algunas décadas. “Nos conocimos en la recepción del Hotel La Perla en donde ambos estábamos alojados. Recuerdo su grueso bigote y su barba mal afeitada. Su corpachón, y lo que él representaba para mí, hacía que yo sintiese que todo lo que él decía era incuestionable, era toda una autoridad, un mito… No le acababa de gustar que sus compatriotas viniésemos a compartir todo lo que las fiestas le transmitían a él, como si lo quisiese en exclusiva, pero tampoco nos rechazaba. De alguna manera representábamos el éxito de su novela. Era muy accesible, incluso quiso enseñarme su habitación anunciándole antes a su mujer que íbamos a subir. Ésta era el doble de grande que la mía, casi se podía jugar al tenis en ella, y para mi envidia su cuarto tenía un par de balcones a la calle Estafeta”.

Juanito Quintana no quiso perder la ocasión aquellas fiestas de presentarle a su amigo al matador de toros Antonio Ordóñez, hijo de Cayetano. Ya el día 8 Hemingway tuvo oportunidad de verle torear en el coso pamplonés, quedando vivamente impresionado por el espectáculo que el diestro ofreció. Escribiría más tarde sobre aquella actuación: “Pude darme cuenta de que era extraordinario desde el primer lance que hizo con la capa. Era como ver redivivos a todos los maestros del capote, y había muchos, excepto que él era el mejor (…). Advertí que sería un gran matador si nada le ocurría…”.

Es así como el día 10 de julio, después de comer, Juanito y Ernest se acercaron hasta el Hotel Yoldi, en la avenida de San Ignacio. “Llegaron cuando Antonio estaba vistiéndose –cuenta Iribarren-. Antonio, que había leído “Fiesta”, se alegró de conocer a su autor. Hemingway le habló de la admiración que sintió por su padre en el año 1925”. Y esa misma noche, después de haber cortado Antonio Ordóñez las cuatro orejas, ambos cenaron juntos en el Hostal del Rey Noble (“Las Pocholas”), en el Paseo de Sarasate.

Las fiestas tocaron a su fin en medio de un tiempo desagradable. Lecumberri había supuesto para Ernest y su mujer un remanso de paz y refugio tranquilo en no pocos momentos de agobios y de compromisos.

Una vez más se abría un nuevo paréntesis en sus visitas a Pamplona, no tan grande como el anterior, sobre todo si tenemos en cuenta la breve visita que realizó a la capital navarra el 21 de septiembre de 1956. Fueron tan sólo unas horas, en las que tuvo oportunidad de juntarse con los viejos amigos que aquí tenía en torno a la mesa del restaurante “Hostal del Rey Noble”. No hay que olvidar que a finales del año 1954 Ernest Hemingway fue galardonado nada menos que con el Premio Nobel de Literatura, del que se hizo merecedor gracias a su novela El viejo y el mar. Esto lo catapultó a la fama. Y precisamente por eso, su esporádica visita de 1956, por vez primera, quedó reflejada en Diario de Navarra.

1959

Pamplona le esperaba, o al menos él así lo sentía en su corazón. A pesar de sus numerosas ausencias seguía sintiendo las fiestas de San Fermín como una cita obligada a la que tenía que hacer todo lo posible por acudir. Y éste año la capital navarra le hizo llegar, por la vía sentimental, como si de un sueño se tratase, una llamada muy especial. Aquéllos Sanfermines estaban destinados a ser algo muy especial para el escritor norteamericano, iban a ser diferentes a los demás, ¡muy diferentes! Aquellos Sanfermines… iban a ser los últimos de su vida. 1959, además, estaba destinado a ser su año triunfal en Pamplona. Ya no era simplemente un escritor popular llamado Ernest Hemingway; no, en esta ocasión, los Sanfermines recibían la visita de todo un Premio Nobel de la Literatura, y esto era una circunstancia que no iba a pasar desapercibida, ni para el pueblo liso y llano, ni para las autoridades de la ciudad.

Juanito Quintana y un pequeño grupo de amigos del escritor le buscaron ese año, para que se alojase, un pequeño chalet en la zona de la Media Luna, concretamente en el número 7 de la calle San Fermín. Igual que sucediese en su estancia anterior, Ernest y Mary, sin dejar de agradecer el bonito detalle de su cuadrilla de amigos que tanto velaban por su tranquilidad, nuevamente volvió a alquilar la habitación número 217 del Hotel La Perla, dejando el chalet para uso exclusivo de quienes habían venido con él a Pamplona, que sumaban nada menos que un total de doce personas. Entre este séquito de amigos y admiradores estaban, entre otros: el torero Antonio Ordóñez, el doctor Vernon Lord, el escritor y guionista de televisión Aarón Hotchner, la joven periodista Valerie Danby-Smith, etc.

A Hemingway le tocó torear durante estas fiestas con su popularidad; la concesión del premio Nobel y su continua presencia en la prensa nacional habían hecho de él un personaje extremadamente famoso. Al pegajoso cortejo que siempre le acompañaba de un lado para otro, tenía que añadir ahora a todos aquellos admiradores que se acercaban hasta él con el ánimo de obtener un autógrafo, de retratarse con él o, simplemente, de escuchar su voz.

La prensa local, y la nacional, siguieron de cerca, informativamente hablando, todos sus movimientos sanfermineros; los fotógrafos no le concedieron tregua alguna; y los compatriotas suyos, así como numerosos angloparlantes, hacían cola en las terrazas del Choco y del Iruña para saludarle, para felicitarle por su galardón, o para agradecerle su labor como escritor, merced a la cuál, les había permitido a ellos conocer los Sanfermines. La fama y la gloria le asediaban por doquier. Era el amo, el “rey” de la fiesta. Una y otra vez no se cansaba de repetir a sus amigos que esas fiestas estaban siendo los mejores días de su vida.

El propio Ayuntamiento de Pamplona decidió rendirle un pequeño homenaje en señal de reconocimiento por cuanto Ernest había hecho en la labor de popularizar por todo el mundo las fiestas de San Fermín. Para ello le invitaron uno de los días a presenciar la corrida, en compañía de las autoridades de la ciudad, desde el palco del Ayuntamiento. Claro que… Hemingway era como era, no hay que darle más vueltas, y esa tarde llegó a los toros con bastante retraso (los munícipes ya se habían tragado el plantón) y ataviado con su ropa de pescar; lo cierto era que esa mañana se habían ido a pescar al río Irati y allí parece que se entretuvieron demasiado. En cualquier caso, Ernest y Mary tuvieron oportunidad de ver desde el palco del Ayuntamiento los últimos cuatro toros de la corrida y la muerte del segundo.

Su vida sanferminera fue la misma que en otras ocasiones. Las terrazas del Choco, del Torino y del Iruña eran, en la Plaza del Castillo, y en Pamplona, cita obligada para quien quisiera encontrarse con él. Allí era frecuente encontrar a Ernest Hemingway rodeado siempre de amigos, vestido con camisa de cuadros rojos y blancos, tocado también con una visera cuadriculada, blancas barbas, y con una copa de coñac en las inmediaciones de su mano, o de su boca.

Procuraba no perderse ningún encierro; en unas ocasiones los veía en la misma plaza de toros o desde la calle Estafeta, y en otras invitaba a sus amigos a verlo desde la habitación del hotel; el único inconveniente de este último sitio es que desde allí no podía asistir al espectáculo posterior de las vaquillas, pero a cambio gozaba de la comodidad de ver una bonita carrera a lo largo de más de media calle Estafeta, incluida la emocionante curva de Mercaderes.

Cuando veía el encierro desde la calle, acostumbraba a hacerlo en la calle Estafeta, concretamente desde la puerta de la cocina del Hotel Maisonnave, lugar estratégico y privilegiado desde el que dominaba la carrera en su parte final de la calle así como la curva de Telefónica. Allí se colocaba él con don Eliseo Alemán, con la puerta abierta y preparados por si la situación requería una rápida retirada. Hay que decir que en aquellos años el Hotel Maisonnave no estaba en su actual emplazamiento de la calle Nueva, sino en la calle Espoz y Mina, junto a la calle Estafeta.

Una mañana de los Sanfermines de 1959 se encontraban, como otras veces, Ernest Hemingway y el señor Alemán en la puerta de la cocina del hotel esperando la llegada de los toros; de pronto, cuando la llegada de la manada era inminente, un mozo agarró de la mano al escritor tratando de convencerle para que corriese. El forcejeo entre ambos, y la proximidad de los toros, provocó una situación de verdadero apuro; y en esta desesperación Hemingway se agarró a lo primero que pudo, que no era otra cosa que el asa de la enorme cacerola llena de leche que en ese momento se calentaba junto a la puerta del establecimiento. El resultado es el que todos imaginan: la leche cayó al suelo mojando a todos los que estaban junto a la puerta, especialmente al escritor, que además se perdió el paso de los toros.

Pero independientemente de dónde viese el encierro, lo que sí hacía todos los días al finalizar éste era acudir con su cuadrilla de amigos y amigas a Casa Marceliano para degustar un buen almuerzo. Juancho Echeguía, empleado de este establecimiento desde 1944, en una entrevista que en el verano de 1998 concedía a la periodista local Conchín Fernández (de “Diario de Navarra”), rememoraba sus vivencias en torno al escritor: “Hemingway nunca llevaba dinero. “En Casa Marceliano le pagaban los cinco o seis amigos que venían con él (…); Casi todos los días se marchaban al Irati a beber. Es cierto que Hemingway bebía mucho, pero yo nunca le he visto borracho (…);Tenía contrarios. Yo fui testigo de una pelea en la cocina, en la que dos hombres de Pamplona quisieron pegarle por algo que había escrito y que a ellos no les había gustado. Le llamaron cerdo, y otros insultos…”.

Normalmente llegaba a este establecimiento sobre las nueve y media de la mañana, y durante las dos siguientes horas se dedicaba a reír y a charlar, a la vez que disfrutaba degustando un buen rosado de Navarra, o comiendo pimientos, cordero en chilindrón, jamón con tomate, estofado de toro o ajoarriero, éste último era su plato favorito. Después de estar en Casa Marceliano se instalaba de nuevo en la Plaza del Castillo; sin ella no concebía las fiestas.

Llegada la noche acudían a cenar, bien a Casa Marceliano o bien a Las Pocholas, dependiendo siempre de quienes fuesen sus acompañantes. Su propia esposa, como la mayoría de sus amigos, era incapaz de soportar el ritmo festivo que marcaba Ernest, retirándose prudentemente después de cenar hacia un merecido descanso.

No ignoraba Mary, lo toleraba simplemente, de que hasta bien entrada la madrugada su marido, a pesar de las recomendaciones médicas, se sumergía de lleno en la fiesta acompañado de Antonio Ordóñez y de Aarón Hotchner; y que durante esas trepidantes horas nocturnas fumaba y bebía en exceso y, lo que era peor para los sentimientos de ella, sabía que su marido se hacía acompañar de muchachas jóvenes, especialmente de la periodista Valerie Danby-Smith, de Glasgow, que con sus 19 tiernos años se había convertido en la favorita del escritor. Mary, lejos de irritarse ante estas continuas infidelidades, se mostraba como una esposa dulce y paciente que, resignadamente, aceptaba las correrías de un marido al que un día le dio el sí aún conociendo de él éstas y otras debilidades y defectos.

Es así como Ernest Hemingway vivió unos Sanfermines con una intensidad superior a la de otras ocasiones. Los disfrutó como nunca lo había hecho…, y como nunca más lo volvería a hacer.

Sobre esta última estancia del escritor es precisamente de la que más documentos fotográficos se conservan y de la que más detalles se conocen.

Parecía que Ernest intuía ya que no iba a tener una nueva oportunidad de venir a Navarra; y ese año de 1959, al finalizar las fiestas, en lugar de irse enseguida, como había hecho siempre, decidió prolongar su estancia en la ciudad durante unos cuantos días con el fin de descansar de los excesos festivos y relajarse a las orillas del Irati tratando de capturar alguna trucha.

Este hábito de pescar truchas en ese río navarro forma ya parte de un ritual que, año tras año, repiten no pocos seguidores y admiradores de nuestro protagonista que, al finalizar las fiestas se trasladan a Burguete para montar allí su cuartel general desde el que se desplazan hasta las inmediaciones de Aribe, bien sea para tratar de pescar algo, o bien para relajarse unos días después de las trepidantes jornadas sanfermineras.

Marisol Frauca, que en aquellos años vivía en los baños de Aribe (antiguo balneario), recuerda perfectamente cómo, muy cerca de su casa,

Ernest Hemingway tenía su rincón privado a la orilla del río, entre la esclusa y la presa, al que acudía en solitario a pescar: era curioso ver cómo, cada día, el escritor norteamericano pasaba largas horas con sus tres o cuatro cañas sentado junto a un árbol; venía con una cesta de mimbre en donde llevaba la comida y botellines de cerveza; y cuando se iba de allí dejaba el árbol rodeado de botellines vacíos.

Ernest y su esposa se marcharon finalmente de Pamplona. Puestos a cambiar –le dijo un día a su amigo Castillo Puche-, ahora mismo te digo, con la mano en el pecho, yo no cambio Pamplona por Chicago. Pero él no sabía que de Pamplona y de sus fiestas ya no disfrutaría nunca más.

El destino, los problemas, las circunstancias, el carácter, la mala salud, la conjunción de todo ello, o la excusa que cada uno quiera poner, tuvieron como resultado un fatal desenlace. Hemingway, con las entradas de toros para la feria de Pamplona en el cajón de su mesilla, un 2 de julio de 1961 se suicidaba, con un disparo de rifle, en su casa de Ketchum (Idaho). Unos días antes había anulado su reserva de habitación en Pamplona.

Es difícil lanzar una hipótesis mínimamente válida que permita adivinar las causas reales que le llevaron a tomar la fatal determinación. No hay que olvidar que el suicidio no era algo novedoso en su familia, su propio padre había fallecido así. Lo que sí es cierto es que Ernest se suicida unos días antes de Sanfermines, y que quienes convivieron esos últimos meses con él llegaron a afirmar que el famoso escritor, desde su enfermedad mental, no soportaba la idea de una nueva ausencia suya en las fiestas de Pamplona.

El destino, siempre caprichoso, y la necesidad de esperar en Estados Unidos la llegada de su hijo para que diese el último adiós a su padre, hizo que Ernest Hemingway fuese enterrado en el cementerio católico de Ketchum un 7 de julio de 1961, festividad solemne de San Fermín.

Twitter @Twittaurino

‘Sin Temor a los Temores’ Por Bardo de la Taurina.

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La progenitora de aquel toreador de la legua que lo fue Paco’ Cruz (Lo llamaban El Suave) damisela que por línea consanguínea cual flecha directa le tocaba llevar el apellido de un mentado General Cruz al que se le indigestaban los cristeros con su padre Pro y su madre Conchita, entre sus diabluras que olían a pólvora y sus linduras de las que se destacó el gusto por la Fiesta Brava de la cual le llegó para su cobijo un chaval de gallega nacencia llamado Juan Orol el que terminó viéndoselas con ese personaje azufrarado que lo fue Maximino Ávila Camacho.

Ese que pretendía que la Plaza México llevaría sus apellidos, el que quiso saciar su vanidad de ganadero y le quemaron un toro de lo manso que era en pleno ruedo con una pira que se formó con los cojines que en tropel cayeron de las alturas y pa’ rematar cuenta uno de los renglones torcidos de las leyendas negras que a raíz de que el hermano tirano del presidente Manuel Ávila Camacho, quiso correrle la mano, alborotarle el pelambre zaino y adjudicarse el rabo de la rumbera María Antonieta Pons, que tenía quereres con Orol y este largaba que enveneno al tirano, lo cual parecería no fue del todo exacto, pues en lo particular el Bardo, no considera que los alcances del fantasioso ‘Johnny Carmenta’ nombre gansteril del todólogo Juan Orol, dieran para tanto.

El caso es que cuando este escribano escuchaba las ligas del abuelo el mencionado General Cruz quien decía ‘que él no mataba curas, solo los mandaba al infierno’, con ese mundo sórdido la neta que los ‘Temores a los Temores’ le aparecían a este escribano desde siempre.

Aquello fue por parte de la descendencia materna, más por la paterna las cosas no se entonaban mejor, pues imagine usted que en el hacienda ‘Sombretillo’ de la familia del toreíllo allá en Durango se dio el incidente ese que registra la historia en el que quedó involucrado un hijo del hacendado con la hermana del tal Doroteo Arango, quien mató al lagartijo López Negrete, que porque dizque le había hecho la faena a la hermana del que se convertiría en Pancho Villa, el cual juró acabar con toda la descendencia de los del apellido pomadoso de ahí que el abuelo, el padre, los hijos, la tía Lolita, que no era otra que la mismísima Dolores del Rio, tuvieron que emigrar a tierras lejanas para que la ira y las balas del que había asesinado no alcanzaran a la familia.

Lo que si alcanzó fue a intensificar los ‘Temores a los Temores’ de este escribano quien había sido advertido que cuando se apareciera por las duranguenses laderas se pusiera abuzado, primero a quien le dirigía la palabra, pues no sea que se fuera a topar con algún descendiente de Villa y usted sabe que cuando la sangre es resabiada permea en los encastes a pesar del paso del tiempo.

Ante esas vivencias resulta cuando menos pa’ mi menda lógico que por muchos años en mi espuerta cargara los reductos de los ‘Temores a los Temores’, hasta que un día como caídos del cielo vía la mano afortunada de Doña Silvita Pérez Domínguez, quien es hija de un ‘Príncipe’, de un ‘Monarca’, de un ‘Compadre’ amo de Pentecostés e ídolo mayor del México Taurino, como solo el maestro Silverio Pérez lo ha sido, hizo llegar hasta mi los ‘Temores’ del genial Ernest Hemingway, el galardonado con el Premio Novel.

Por esas cosas del destino que es el devenir de los acontecimiento ese genial director hollywoodense que lo es Robert Richardson, el de los tres ‘Oscares’ estatuillas por cierto para las que posó el ‘Indio’ Fernández, me honro obsequiándome la obra primera edición 1927 ‘Muerte en la Tarde’ de Ernest Hemingway, ante tales joyas e impulsado por lo que el escritor norteamericano significó como impulsor de la Fiesta Brava española y en particular de Pamplona con sus San Fermines, el Bardo de la Taurina en calidad autoral decidió homenajear al autor de ‘Viejo y el mar’ a través de de lo cual se germino el ensayo ‘Sin Temor a los Temores’.

La obra en sí cobra dimensión basada en que de cada uno de los catorce pensamientos sobre los ‘Temores’ que esbozo Hemingway, ésta pluma los llevo al albero de la reflexión en torno a lo que palpita dentro del mundo bravo de la fiesta y así el autor se inmiscuye incluso en el pensar imaginario del toro de lidia.

Temor III

‘Temía lo que la gente opinara de mí, hasta que me di cuenta que de todos modos opinan.’
Ernest Hemingway

Opiniones

Es la sociedad, los prejuicios, la incomprensión, los tiempos, los intereses, los políticos, la falsa moral, el exhibicionismo, los extremistas, los ignorantes, los enemigos de las artes, incluso quienes están poseídos por la envidia, son los que atacan a mi fiesta, la Fiesta de Toros, ¿Por qué?, ¿Por qué nací pa’ vivir como rey?, ¿Por qué los seres humanos en edad madura no pueden luchar por conservar su vida y yo sí?, ¿Por qué vengo de una estirpe donde el trapío es galanura?, ¿Por qué poseo los dones de la bravura, la casta, la nobleza?, no lo sé, solo sé que las opiniones contrarias, hieren , lastiman, perjudican pero nunca acabaran con mi raza, porque yo he nacido para morir en la plaza, en la más digna de las muertes, la de la Suerte Suprema.

El Próximo martes en punto de las 19 hrs. la Consejería de Educación de la Embajada de España abrirá la Puerta Grande para que se dé la noche del debut estelarizada en el tercio literato por el filósofo Agapito Maestre, en el de la poesía por el poeta Jaime de Casas Puig, en el fotográfico por el artista Mundo Toca, quienes en un acto de tolerancia le harán un hueco al autor El Bardo de la Taurina.

A la obra se tendrá acceso a partir de esa misma noche a través de http://charlasdeltupinamba.blogspot.mx/ y con posterioridad aparecerá impresa en mano a mano con el arte español del Museo Soumaya, bajo la edición de lujo de Transatlántica de Educación.

Gratitud plena en palpitar de corazón a Don Agapito Maestre Consejero de Educación de la Embajada de España en México, y respetuosamente a la Madre Patria.

‘Adiós mi España querida dentro de mi alma te llevo metí’a aunque soy un emigrante jamás en la vida yo podre olvidarte’

La cita es en Hamburgo # 6 esq. Con Berlín Col. Juárez México D.F.

Bullfighting, Sport and Industry by Ernest Hemingway (Fortune 1930)

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Editor’s note: “Nobody ever lives their life all the way up except bull-fighters,” Ernest Hemingway wrote in his 1926 classic The Sun Also Rises. This week, Fortune turns to a feature Hemingway penned for the magazine’s March 1930 issue on the harsh, unforgiving, and, for a select few, immensely lucrative business of bullfighting.

Marcial Lalanda made over $150,000 last year. But the bull breeding sons of Don Eduardo Miura took in only $33,000. Then there is the matter of the propina.

By Ernest Hemingway.

(This article, dealing with the economics of the bullfight business in Spain, is contributed to Fortune by Mr. Ernest Hemingway.)

FORTUNE — Formal bullfighting is an art, a tragedy, and a business. To what extent it is an art depends on the bulls and the men who are hired to kill them, but it is always a tragedy and it is always a business. Just how much of a business it is may be judged from statistics which showed that the Spanish people spent 20,000,000 pesetas ($2,966,000) on bullfights in 1911.

Maximiliano Clavo who, writing under the name of Corinto y Oro, is one of the most prominent bullfight critics in Spain — his position on La Voz of Madrid corresponds to that of W.O. McGeehan on the New York Herald Tribune — disputed this sum at the time and gave figures to show that the Spanish public spent between 28,000,000 and 35,000,000 pesetas ($4,152,400 to $5,190,500) a year on bullfights. Since then the price of seats at the bull rings has doubled and in this last year there were 319 formal corridas de toros or major league bullfights in Spain as against 241 in 1915.

Every once in so often you read in the papers a stock story about how Association Football is putting bullfighting out of business in Spain. It is a story that is usually written by a newspaper man on his first visit to Spain, a visit which may be made during the off season for bullfights when football is in full swing. With rare exceptions the major bullfighting season opens at Easter and closes at the end of October. May is the fatal month for the bullfighters. Joselito, Granero, Varelito, all died in that month as well as many matadors of earlier days. May is the most dangerous month because bulls are at their strongest after fresh spring pasture and before the long, hot, debilitating voyages from ranch to bull ring in summer months. Bullfighters in May are not yet at the peak of their training after a winter’s inactivity or else stale from the long trip to Mexico or South America.

After October many of the bullfighters go to Mexico, Peru or Venezuela where the season opens as it closes in Spain; others go to the bull breeding ranches of Salamanca to train during the winter with the young bulls and cows, and others spend the winter resting or recuperating. A visitor to Spain sees no bullfighting activity in the late fall, winter or early spring unless he goes out into the country; but to conclude that the bullfighting industry is dying out is as silly as it would be for a European visitor to deduce that baseball was finished because of the empty ball parks in America after the World Series.

There were 230 major bullfights in Spain in 1922. This was the lowest figure in a number of years and was caused by the death in the bull ring, in two successive years, of Joselito — one of the three or four greatest bullfighters who ever lived — and Manuel Granero, a boy from Valencia who gave promise of taking the great Joselito’s place.

After Joselito, whose real name was Jose Gomez y Ortega, nicknamed Joselito or Gallito, and the last of a great family of bullfighters of that name, was killed in the ring at Talavera de la Reina many people who had admired him swore they would never go to bullfights again.

His great rival, Juan Belmonte, retired and when young Granero was killed in Madrid in May, 1921, the public was left without an idol. In 1924 various young matadors were getting a following and there were 248 big league corridas. This number was increased to 286 in 1927, in 1928 to 305, and last year to 319.

In this last year 61 bullfighters killed 1,856 bulls in Spanish rings. The bulls were paid for at an average price of around 1,8oo pesetas (from $240 to $300 apiece) and were furnished by 104 different accredited bull breeding ranches. That means that the accredited ranches (they are organized into an association for mutual protection and to protect the breed, fighting bulls being bred as carefully as race horses) received something over 3,340,800 pesetas ($495,440.64) for formal or classic fights. In addition they furnished about one third as many defective animals at bargain prices for the apprentice bullfights or novilladas.

There are also informal bullfights for amateurs, called capeas, where any sort of bulls are used, but these come under the head of sport and are not considered here except as they serve as training schools for professionals.

Fighting bulls

The Spanish fighting bull is as different from any domestic bull as the wolf is from the dog. He is not merely a vicious form of the same animal, he is a separate and wild strain directly descended from the wild bulls that roamed the Iberian peninsula, and he is closer kin to the Cape buffalo, supposedly the most deadly of African big game, than to the Hereford, Jersey or Durham. The bulls are raised on big ranches where they live as they did in the days when they were a free roaming wild animal. When they are a year old, the calves are cut out of the herd by men on horseback and branded with the iron of the breeder and with an individual number. They are given names in the breeder’s stud book. About the same intelligence is exercised in naming them as is shown in the naming of race horses and Pullman cars. When they are two years old, the calves are tested for bravery. Both the male and the female calves are tested, and the testing may be done either in a corral or on the open range. This test, in which they are allowed to charge a man on horseback and are held off by a pic or vara, a long lance like a vaulting pole with a short steel pike at the tip, is to determine their bravery and a note is made of their probable courage or viciousness. Those that are not brave are marked for veal. The cows are tested to find their suitability for breeding to maintain the viciousness in the strain. They are tested also as to their following the cape, in order to avoid breeding from color-blind animals or animals indifferent to color. A color-blind bull or one with defective vision is useless for the ritual of the bullfight. Great care is taken that the bull calves should not come in contact with the men on foot, and the bullfighters and amateurs work with the female calves. This is because there is no harm in the cows learning about the cape and how to hunt for the man; in fact it is necessary to test them if they are to be bred, but the whole ritual of bullfighting is built on the fact that it is assumed that the bull is having his first contact with a dismounted man in the ring.

The bull is only in the ring about twenty minutes from the time he comes out until he is killed, but all the time he is learning and becoming increasingly dangerous. The bullfighter, from the time he comes out with the red cloth and sword, is given fifteen minutes to kill the bull. If the bull is still on his feet at the end of ten minutes, the matador is given a warning through a bugle call ordered by the presiding official at the fight. A second warning is given three minutes later and a final warning at the end of the fifteen minutes. When the bugle blows for the third time the matador must leave the bull and retire behind the barrier in disgrace. The bull is taken out to the corrals by the steers which are held in readiness to enter the ring the minute the final warning sounds. A bull taken out in this way must, by law, be killed at once in the corral. The disgraced matador may be fined a part or the whole of his contract at the discretion of the presiding authority. If his attitude has been insolent or cowardly, he may be ordered to jail on a charge of disrespect of the constituted authority and by his attitude causing scandal and riot. This scandal and riot caused by a bullfighter who is afraid to kill the bull is something worth seeing for anyone interested in scandals and riots as such. In the early times of bullfighting bulls were allowed to fight several times in the ring and so many men were killed in bullfights that the church forbade anyone taking part in them under pain of excommunication, and this ban was only lifted when a law was passed which required that every bull which appeared in the ring, whether he was killed by the bullfighter himself or not, should be killed at the end of the fight. It is around this law that the modern tragedy of the bullfight is built.

The bull moves quietly in the herd. Separated from the herd he is not so peaceful. As to his strength: I have many times seen a bull lift a horse high in the air and with a thrust of his neck muscles throw the horse over onto his back. Picadors, riding the horses, are many times thrown completely over the barrier by the shock of the bull’s charge. The most common end for a picador is mental derangement from the concussion of the shocks he receives when he is thrown with his horse by the bull.

As to blind bravery: a single really brave bull separated from the herd, will attack, light-heartedly, a motor car (this has occurred many times), an elephant (this took place in the ring at Madrid and the bull would have killed the elephant had the fight not been stopped), and with no hesitation at all a full-grown African lion. This fight was allowed to go to a finish and the bull killed the lion. We do not know how representative a champion the lion was. The point is that the bull showed no fear of him and the more threatening noises the lion made the more eager the bull was to charge.

He is vicious, angry; the great hump of muscle on his neck that gives him power when he hooks rises; his horns are sharp, sometimes as sharp as a porcupine’s quill, if he has not blunted them or splintered them against the inside of his traveling cage; and he is as fast on his legs and turns as quickly as a polo pony. There are six bulls to a fight, and they are sold on the hoof at the ranch for between 12,000 and 15,000 pesetas ($1779.60 to $2,224.50) for the six. The purchaser pays for the cost of putting the bulls in the cages. By the contract he is required to pay for any damage they may do while they are being driven from the ranch to the pens where they are caged. It is he who loses if the bulls fight among themselves and any are wounded or killed. He is required to pay the railway fare from the ranch to the bull ring of a man who travels with the bulls to see they are given food and water, and he guarantees to pay this man a tip of 100 pesetas ($14.83) after the fight and his fare back to the ranch. If from the time the purchaser, who is the bull ring promoter, sees and pays for the bulls on the open range any of them are hurt, die or become sick with an infectious disease, it is the purchaser’s hard luck. He also guarantees by contract that the bulls will be unloaded from their cages and rested in the corrals of the bull ring for a full three days before they are to be fought.

There is no truth in the story that the bulls are kept without food or water to make them more vicious. The bull is not a carnivorous animal; he does not kill for hunger but for pleasure and bulls are given food and water until they are put into separate dark pens at noon on the day of the fight.

Breeders of bulls

The sons of Don Eduardo Miura of Seville own perhaps the most famous bull breeding establishment because their bulls have killed more men than any other. This is not because they are particularly brave but because they are very uncertain, reserved, refusing to charge uselessly and frankly, but saving their strength to try and kill the man. They are also big, stand high at the shoulder, have very wide horns and necks that seem to reach longer and longer as the fight goes on. The bravest bulls are usually black, but the Miura bulls are roan, sorrel, steel grey, black and white and various combinations of colors. This last year, in spite of the fact that many of the bullfighters do all they can to avoid having to fight the Miuras, the ranch sold 66 bulls for formal fights. It probably sold nearly half as many defective bulls, that is with some defect of horn or vision, for the minor fights which are called novilladas. A novillo may mean either a bull which is under four years of age or a fully aged bull with some defect that makes him unsaleable for formal fights or corridas de toros where the bulls are required by law to be between four and five years old and free from all defects.

At 3,000 pesetas apiece the Miura bulls brought their owners 198,000 pesetas for stock sold for formal fights. If 20 young or defective bulls were sold (they sold 18 in 1928 and the 1929 figure will not vary greatly) at 1,200 pesetas apiece, that adds another 24,000 pesetas. This total of 222,000 pesetas or around $33,000 is the gross income and from that must be deducted all the expenses of the ranch.

Pablo Romero is another famous bull breeding ranch, perhaps the most scrupulous of all in testing, breeding only from the bravest stock, never selling any bulls under age and never seeking to reduce the size of the bulls through breeding down to please the bullfighters. Last year they sold 60 bulls and their gross income from these and the defective bulls will probably not have been above $33,000.

Of all those concerned in bullfighting, it is the conscientious bull raisers who have made the least out of the general advance in prices. In 1865 a first class lot of six bulls brought 6,000 pesetas. In 1885 the price bad gone up to 9,000. ln 1912, when a bullfighter was making 7,000 pesetas as top price for killing two bulls, a lot of six bulls from the ranches sold for about 12,000 pesetas. Now, when first class bullfighters get 15,000 pesetas for an aftenoon’s work and Juan Belmonte, who was in a class by himself before he retired, received 25,000 pesetas for a fight, the same lot of six bulls brings only 15,000 pesetas.

The result has been that many bull breeders are unwilling to keep their stock until they are past four years, and, to please the bullfighters, who sometimes insist on certain breeds of bulls in their contracts, sell their products when they are only just past three years, and are therefore much less experienced in the use of their horns, lighter and less dangerous, the breeders relying on the compliance of the medical authorities to pass them as fully aged.

There is a royal decree which regulates all phases of bullfighting: the weight of the bulls, that is, the dressed weight the four quarters must have when the bull is cut up in the butcher shop of the ring after the fight to be sold; the age (this is judged by the teeth which must be examined on the severed heads by a government veterinary after the fight and a written report made); the height of the horses which are ridden by the picadors in the first third of the fight and bear the shock of the initial charge of the bull. A general tolerance of infractions of this code exists, however, and this is further complicated by the practice of the propina or tip.

Horses and tips

Take the matter of the horses. This is to most Anglo-Saxons the most objectionable part of bullfighting. It is especially objectionable to Americans, always before they have seen a fight and sometimes afterwards as well. Yet most of the horses for the Spanish bull ring are furnished by the United States. The worst, worn out cab horses in Spain will bring $50. So the big horse contractors for the Spanish bull ring buy their horses in St. Louis where western horses can be purchased for as low, sometimes, as $5, ship them to Newport News and bring them to Spain direct, a shipload at a time. The bull ring horse contractor will at the same time buy mules for the Spanish army and I have one friend in the business who, as well as buying horses for the ring, buys polo ponies for the King of Spain. The fact, however, remains that the United States, where opinion deplores the use of horses in the bull ring, furnishes some 85 per cent of the horses used.

At various times attempts have been made to do away with the use of horses in the Spanish fights. They have all been unsuccessful. Without going into the technical causes, it is a question of having either horses or men killed. Men are liable to be killed in any event, but they are certain to be killed if horses are not used. The present Queen of Spain is an Englishwoman. When she married Don Alfonso and came to Spain she wanted to see a bullfight — but without horses. It was put on in private with real bulls, and after seven men had been carried to the hospital and the Queen had left the Royal Box, the two bulls still left to be killed were allowed to wait in the corrals to be brought out on another day when horses should be used and the general public admitted.

At present horses are protected by a sort of mattress which is hung over their chests, upper forelegs, and bellies. A horse protected by one of these mattresses can be wounded by a bull, but the spectators are spared the sight of the wound. Anyone who has ever been wounded knows that the pain of a wound does not come at once but from half an hour to forty minutes later. In the old days the public could see to what extent the horse was wounded and could, by their protests, force the horse to be killed at once. Now the wound is concealed to be sewn up in the corral. The wearing of the mattress, which was hailed by many people as a step in the humanizing of the bullfight and making it more acceptable to visitors to Spain is, in reality, a great blow against it.

The horse contractor furnishes the horses for a fixed sum — formerly, for a big fight, 2,000 pesetas ($296.6o). There were required by law to be six horses on hand in the corrals for each bull which was to be killed. The contractor must have these horses on hand, but it is to his interest that as few of them are killed as possible, also that they should be of the minimum value possible. The horse contractor therefore gives a propina to each bull ring servant in order that he will do everything possible to avoid horses being killed, i.e., put out of their misery in the ring.

The contractor also gives a tip to the picadors — the men who, of all men who take risks of life and death, are paid the worst, next to the soldiers, of course — in order that the picadors will take additional risks and accept horses which do not comply with the regulations as to height, size, strength, etc. It is to the existence of these tips that most of the visual horrors of the bull ring are due. The picadors, if they were well paid and trained and well mounted on big, solid, strong horses, could protect their mounts from the bull, and the tiring of the bull and the lowering of his head could be accomplished with no more danger to horses than they experience, for instance, in steeplechasing. A really fine picador will sometimes go through an entire afternoon on the same horse and never have his mount touched. The horse contractors have been most responsible for all the sights which have shocked northern people in their first view of a bullfight.

The men who make the money out of bullfighting are not the bull raisers, who are nearly all rich men before they become bull breeders, nor the promoters — last year in Spain out of 115 bull rings that gave major fights there were not a dozen rings that made any considerable money — but the matadors or killers. There are many reasons for this, but the principal one is that the matadors are organized.

The Promoters

The lot of the promoters is very difficult. All bullfights take place in the open air. A serious bullfight in the rain is impossible, and a bullfight without sun is completely unattractive. Therefore the promoters are at the mercy of the weather. Because the bullfighter fills his dates up early in the year and because most bullfights are given on Sundays, legal or religious holidays, and during the months of August and September on the fixed Saints’ days of towns, these Saints’ days determining the dates of the local fairs, the promoter must sign the bullfighter to a contract at the start of the season. If the bullfighter is injured and cannot appear, the promoter must get a substitute and the substitute may not have the drawing power in gate receipts of one-eighth as much as the original fighter contracted for. Again, the bullfighter may be wounded and on going back to the ring after coming out of the hospital be in bad physical shape, or still under the impression of the goring he has received, and may take no chances at all, do nothing brilliant, and kill the bull how and when he can instead of artistically preparing and killing by the rules. So the promoter is at the mercy of all sorts of accidents. He has bought his bulls from the bull breeder, and perhaps something happens to them: they get hoof and mouth disease, which was epidemic throughout Andalusia two years ago, and he sees them refused by the veterinary, or they may fight together in the corrals of the bull ring — they frequently do — and at the last minute he has to replace one or two. The promoter is in a bad way, too, because he usually does not own the ring but has to rent it from the municipality. The rings are usually put up for rent by sealed bids every five years or so. If the promoter has rented the ring for 30,000 pesetas a year, as was done at Malaga where the ring made money due to the popularity of two local bullfighters, at the end of five years the promoter may find himself bid up to 90,000 pesetas ($I3,347) a year, one of his local fighters dead and the other useless, through fear and high living, as a drawing card, and the promoter himself facing five years of almost certain loss.

The promoters of the bull ring at Valencia, a rich city of over 200,000 people surrounded by the richest farming country in Spain with peasants coming in from the country each day for bullfights during Fair Week, gave eleven bullfights on successive days this last July in a ring which holds 16,851 people. On nine of the eleven days the ring was full. On four days there was not a ticket to be had by the morning of the fight. Two fights which were given with local matadors of the second category, who received less than half of what the first strong matadors were getting, drew only about 10,000 spectators each. Yet at the end of the eleven days of bullfighting, when every day but two the ring had been filled to capacity, the promoters were bankrupt. The reasons for this loss were the price they had been bid up to lease the ring; the exigencies of the matadors, who were popular favorites; and the fact that the most expensive first row seat at a bullfight at Valencia costs less than five dollars. That is all the public will pay for the best seats except at tourist centers like San Sebastian; if prices are raised they stay away.

Bull rings in Spain which make money are Madrid, where there is a big ring, a steady public of bullfight fans, many of whom have their seats subscribed for during the season, and a steady stream of tourists to attend the fights the regulars stay away from; Bilbao, where the seats are also subscribed, where the population has money and where the taxes are almost inexistent because the profits go to the local hospitals and charitable institutions: San Sebastian, where there is a rich summer colony and also Saint Jean de Luz, Biarritz and all the Basque coast to draw tourists from; Pamplona, where, because of the last survival of the old custom of running the bulls through the streets in the early morning, people come from all over Spain to spend bullfighting week and where, also, there is a big ring which is managed and kept tax free by the local poorhouse. These rings with, usually, Barcelona, Seville, Valladolid, Santander, always show a profit. But promoting bullfights in other Spanish cities is a gamble for the individual even though the local municipalities often make a subvention for the fights or fight in order to attract people from the surrounding country to the Fair Week.

Profits of the Matador

The people who get the money are the matadors. Take, for instance Marcial Lalanda who, last year, was the best, the most skillful, the most consistent and the highest paid matador in Spain. In 1924 the bullfight promoters organized to fight the matadors, whose demands were ruining their business, and agreed to blacklist any matador who demanded more than 7,000 pesetas, around $1,000, for killing two bulls. This sum was to include the pay of the matador and his team or cuadrilla of three banderilleros or cape and dart men and two picadors. These assistants are always paid by the matador and given their traveling expenses out of what he receives for the fight. The attempt to hold down the bullfighters’ prices was broken by one man, Ignacio Sanchez Mejias, who demanded I2,000 pesetas for a fight and got it because he was popular, and ended by fighting sixty times that year in defiance of the promoters’ organization.

Since then bullfighters’ prices have not been controlled in any way by the promoters, and Marcial Lalanda this year gave eighty-six fights at an average price of well over 12,000 pesetas. This would gross him over a million pesetas. The price of the fights varied slightly and the exchange on the peseta also varied during the summer, but it is accurate enough and no exaggeration to say that Marcial Lalanda gave eighty-six fights at an average of $2,000 apiece. That gives him a gross of $172,000 against a gross for the season of $33,000 by the leading bull breeder.

The bull ring at Pamplona, for instance, with all expenses paid but no charge made for depreciation, was said to have netted 200,000 pesetas or some $29,600 on the season, one of the most successful it has ever had. If Marcial Lalanda had wanted to go to Mexico for the winter, where there is an enormous ring and where the seats are sold in dollars, instead of resting after his hard season, he could have fought six times and earned an additional $25,000 net.

Next to Lalanda in point of earnings came Vicente Barrera with 66 fights; Felix Rodriguez with 63; Valencia II, 43; Niño de la Palma, 42; Villalta, 41; Marquez, 37; Chicuelo, 36; etc.

All these bullfighters mentioned, except Villalta, lost many fights from horn wounds, and the fights they lost were divided among the other 53 matadors, who fought anywhere from 34 to 2 fights.

There were six matadors in Spain last year who had only one fight. None of them received over 4,000 pesetas for their single appearance and it is safe to say that they had to give at least 1,000 of that to their aids and the manager who put them on the program, and the 3,000 pesetas that remain is all the money they made in the year of Our Lord 1929. There were thirty-one bullfighters, that is, officially consecrated bullfighters or matadors de toros, who made less than $4,000 last year. So it is not the bullfighters in general who make the money but rather the twenty or so who are in the first flight of their profession.

Out of the 12,500 to 15,000 pesetas ($1853.75 to $2,224.50) that Marcial Lalanda receives from each fight, he must pay two picadors at 625 pesetas ($92.69) the pair, two banderilleros at 300 ($44.49) apiece, and another at 250 pesetas ($37.08). He pays his manager perhaps 250 pesetas ($37.08) for each contract that he signs for him, and this added to the expense of his team makes a total of 1,725 pesetas ($255.82), which he must deduct from the money he receives from each fight. He holds down traveling expenses by making all trips possible by motor car.

The bullfighters who in the height of the season must fight, for instance, at Santander one day and at Valencia the next, a train trip of over 40 hours, have been the greatest beneficiaries of the splendid motor roads that are being built all over Spain.

Leaving Santander after the bullfight and driving all night and the next day, the team of bullfighters arrives in Valencia at three o’clock in the afternoon in time to bathe, dress, and rest a short time before the fight. But it is unfair to the public, who pay to see a performance by men at their best rather than tired and stale after an all night motor trip. The bullfighter has one idea: to make all the money he can while he can, because he never knows when an accident, a slip, or an error of judgment may bring him a wound that will incapacitate him or, what is as bad, take away his courage. It takes a bullfighter half a dozen fights after he has been badly wounded to get his confidence back. This has nothing to do with his fundamental courage — no man is a coward who goes into the bull ring — but a brave man may be so badly wounded that he cannot control his reflexes at the approach of the horn.

Also when a matador has been badly scared he cannot kill well. He cannot profile in front of the hull’s horns, make the bull lower his head to follow the red cloth held in the man’s left hand, and, as the man goes in on the bull and the bull charges, put the sword in high up between the bull’s shoulders. After he has been wounded, and until he gets his confidence back, he only gives a parody of the final encounter between bull and man. He shoves the sword in any way he can and the crowd throws all available objects at him. After the matador has been wounded, and until he has his nerves back, he does only one thin — avoids the bull’s horn; and each day he loses popularity and drawing power. There are new fighters coming up each season and after two or three bad years a bullfighter finds himself without contracts, out of training because he has no chance to keep his judgment of distance and confidence by fighting. Then he has to accept what fights he can get as a substitute, kill the bulls no one else will kill and, being out of practice, if he tries anything brilliant the serious horn wound is nearly inevitable.

Bullfighters start their profession in two ways. If they have economic advantages, they can go to the bull ranches of Salamanca, principally, and learn to handle bulls through practicing on the female calves when they are tested for fighting quality. They will have the aid and counsel of mature bullfighters who will correct their faults and tell them how to do things. In this way they are sometimes made good, artistic, mechanical bullfighters who have a great success when they are working with the young bulls in the novilladas or minor bullfights, this success sometimes continuing until they get their first horn wound from a real bull, after which they may lose their courage and usefulness entirely.

Poor boys, without any financial protection, follow the bullfights as bootblacks, eager to get into the ring in any kind of an amateur fight no matter how dangerous; practicing the various passes on each other, a passing waiter, a cab horse; riding under the seats of trains with their fighting capes rolled up as pillows; going for days without food when they have been put off a train somewhere by a conductor who catches them without a ticket; going through all the hell of the capeas or village fights where an old, experienced criminal of a bull is let loose in the barricaded square of a country town and all the aspirant bullfighters may practice with it or be practiced on by the bull. There was one such bull that was used in the province of Valencia which killed sixteen amateurs and crippled badly more than thirty others before the law forbidding capeas was enforced and the bull was finally sent to the slaughterhouse. Boys following this method of learning to bullfight get the worst of it first, but they do not have to worry about having their confidence suddenly destroyed by their first wound or by some bull that may have other ideas than to follow the cape.

A bullfighter may spend some years as a novillero or killer of young or defective bulls. Unless he has rich backing he will kill no young bulls. Those will be saved for the young phenomenons who are being rapidly pushed ahead by people interested in their careers. The average aspirant bullfighter will have to contend with bulls which are too big, too old, too dangerous to be accepted by the artistic heads of his profession. He will be wounded again and again; in all his fights as a novillero he will never get up to a thousand dollars a performance, and he will have to spend a good part of what he makes on publicity and propaganda in the bullfighting papers; but if his physical means and his passion for bullfighting remain intact, then, finally, he may be made a matador de toros or formal bullfighter. He will then be in competition with the sixty-one other matadors in Spain who were in practice in 1929.

If he gets to the top he will make $200,000 a year in the best years of his life, he does not have to pay income tax on what he earns, and he should, if he can stay near the top, make over $100,000 a year for at least six years. But if he does not get to the top he will have the same dangers, greatly increased because he will have to kill the bulls that are refused as too dangerous or unsuitable to their styles by the aces of the business, and he will make about twice as much as a street car conductor does in America.

So far only one American has entered this competition. He is Sidney Franklin, born Frumkin, of Brooklyn, N.Y., and I salute him. As a matador of novillos he has had some fifty bullfights in Mexico, killing all kinds of bulls in competition with local matadors. He had over seventeen fights in Spain last summer, three times filled the arena of Madrid to capacity, got his price up to $1,000 a fight, thinks, talks, and lives nothing but bullfighting, and hopes to be the greatest matador in the world. He has never been gored or badly wounded although he has been tossed frequently in the ring. He is very brave, very skillful, very artistic, and kills very well, and he explained to me how bullfighting was really not dangerous, that there is always a way to avoid being gored, that, in the words of Ricardo Bombita, it is not the bull who gores the man, but the man who gores himself on the bull by some mistake in technique; and I, who have seen nearly every bullfighter in the first twenty seriously wounded at least once, wanted very much to believe him and hoped it was all true.

Twitter @Twittaurino

Vía: http://features.blogs.fortune.cnn.com/2013/07/28/bullfighting-hemingway-fortune-1930/

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