Archivo de la categoría: Victorino Martín

@Taurinisimos 129 – Gloria Victorino Martín Andrés (1929-2017) Homenaje @VictorinoToros.

Programa @Taurinisimos de @RadioTVMx del viernes 6 de Octubre de 2017. Conducen Miriam Cardona @MyRyCar y Luis Eduardo Maya Lora @CaballoNegroII.

Homenaje, Recuerdo de Victorino Martín Andrés (1929-2017)
Memoria de grandes toros de Victorino de 1982 a 2017.

Imágenes de Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar, “El Capea” y Luis Miguel Encabo en Madrid.

Faena de “El Tato” en Sevilla 1997, “El Cid” en Bilbao y recuerdo de “Zotoluco” en Valencia.

Faena e indulto de “Cobradiezmos” en Sevilla, 2007.

Faena e indulto de “Belador” en Madrid, 1982.

Juan Bautista en Logroño en 2017.

La próxima emisión de @Taurinisimos será el próximo viernes 13 de Octubre de 2017 a las 7 pm (Mex) a través de http://www.radiotv.mx

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Sevilla y Victorino, de plaza maldita a la gloria de Cobradiezmos

Entierro del ganadero Victorino Martín en Galapagar, Madrid. JAVIER BARBANCHO.

Por CARLOS CRIVELL.

En la muerte de Victorino Martín sería bueno recordar algunos de sus avatares relacionados con Sevilla. Victorino llegó a Sevilla muy tarde. La primera corrida que lidió fue en 1996. El cartel de aquel jueves de preferia lo compusieron Ortega Cano, El Tato y Pepín Liria. La corrida supuso un gran triunfo para Victorino. Había logrado romper las barreras que le cerraron durante muchos años el paso a la Maestranza.

Antes, los dimes y diretes corrían de boca en boca sobre las causas de su ausencia. En el año 1985 me decía en el histórico suplemento de El Correo de Andalucía que “estoy deseando lidiar en Sevilla; es más iría gratis, pero no voy a regalar mis toros para que el dinero se lo lleven otros”. Era el Victorino transgresor que denunció el afeitado masivo en la Fiesta; el ganadero que fue objeto de campañas contra su figura que, al revisarlas ahora, nos llegan a sorprender por la mezquindad de los argumentos utilizados.

En aquellos finales de los ochenta Victorino era cada vez más popular, bien por la bravura de sus toros, bien porque hablaba sin tapujos de todos los temas que se ponían encima de la mesa. De alguna forma, esa transgresión no era bien asimilada en determinaos sectores el toreo, sobre todo ganaderos, que tenían bien controlado el mercado. El buen aficionado sevillano, ese que ahora ya casi brilla por su ausencia, anhelaba que el ganadero de Galapagar lidiara en Sevilla.

En 1987 visité por primera vez Las Tiesas de Santa María. Ese día me dijo que era guerrillero, que la polémica le acompañaba porque no estaba dispuesto a callarse por nada. Sobre Sevilla, volvió a insistir: “Estoy deseando lidiar en la Maestranza, pero no hay acuerdo con la empresa”. A comienzos de 1988 decía Canorea que “Victorino debía acomodarse a las costumbres de Sevilla”. Era un mensaje muy claro. Victorino quería una fecha y unos dineros. Los días de farolillos en Sevilla tenían sus ganaderos. De dinero, no se admitía que un ganadero sin pedigrí se llevara un trozo del pastel así a las primeras de cambio.

En un nuevo encuentro con el ganadero en Sevilla en 1989, delante de la misma Puerta del Príncipe, para no dejar de lado su permanente discurso volvió a dejar claro que “estoy loco por traer mis toros a Sevilla. No vengo porque no recibo el trato económico que merezco”.

Y por fin apareció en 1996 con aquella corrida de los toros Bogotano y Bravío y el espaldarazo para El Tato y Pepín Liria. En 1997, de nuevo en Sevilla, ya el viernes de preferia, con un corridón donde salió Veraniego, toro inmortalizado por El Tato. Victorino había puestos las bases para ser imprescindible en Sevilla. Sin embargo, todavía había capítulos no escritos y que ahora resultan poco menos que increíbles. Ese mismo año recibí alguna presión para que no votara a Victorino en los jurados de los que formaba parte. Es decir, el poder elitista sevillano estaba a disgusto con la irrupción de la ganadería en la Maestranza.

Este clamor se desinfló en 1998 con una corrida de poca clase que lidiaron mano a mano los dos especialistas de primera hora de los Victorinos en Sevilla; El Tato y Liria. Y más se desinfló en 1999 con una mala corrida que estoquearon Juan Mora, Ponce y Caballero. La realidad es que Victorino dejó de acudir a Sevilla durante cuatro años. Ahora, al cabo del tiempo, cuesta mucho entenderlo.

La vuelta fue el 22 de abril de 2004, jueves de preferia, con Antonio Ferrera, El Cid y Luis Vilches. De este cartel hace ya 13 años. Figuraban en el mismo dos toreros que con el paso del tiempo serían ídolos en Sevilla con la de Victorino. Ese día, la corrida fue desigual y el que estuvo mejor fue el torero de Utrera.

Desde ese año 2004 hasta nuestros días no ha faltado Victorino en la feria de Sevilla. La corrida del 7 de abril de 2005 fue histórica. Se consagró Victorino en Sevilla y El Cid abrió la Puerta del Príncipe después de una tarde completa. La faena a Cobreño fue el punto de partida de un idilio entre ganadería y torero que tendría fechas gloriosas por delante. Para el torero de Salteras fue la segunda salida por la Puerta del Príncipe el mismo año después de haberlo conseguido el Domingo de Pascua. Los jurados se entregaron sin presiones al nombre de Victorino.

Bajó el tono en 2006 y subió a lo alto en 2007. Siempre El Cid en los carteles de estos años. El 19 de abril de 2007, El Cid se encontró con Borgoñés y le cortó las dos orejas. Ese día de nuevo abrió la del Príncipe. El toro fue premiado con la vuelta al ruedo. La de 2008 fue otra gran corrida que sirvió para la despedida sevillana de Pepín Liria. Se llevó los premios a la mejor corrida de la Feria. Menos buena fue la de 2009, celebrada el jueves de preferia, con un mano a mano de Morante y El Cid. Tampoco la de 2010 fue buena. Allí estuvieron de nuevo Ferrera y El Cid. Y otra decepción en 2011 con Padilla, El Cid y Salvador Cortés en la terna.

La novedad de 2012 fue que por fin Victorino pudo lidiar en farolillos. El martes 24 de abril de ese año se enfrentaron el desaparecido Iván Fandiño y David Mora con una corrida variada pero lejos de lo esperado. Mal año el de 2013 con un encierro sin relieve para El Cid y Daniel Luque y un toro para Manzanares en su encerrona. Fue un toro difícil que hizo pasar un mal rato al alicantino.

Los años más cercanos a este relato son gloriosos. En el año 2014, consumada la afrenta de las figuras del G-5 a la plaza sevillana, se lidió en Resurrección una de Miura y la de Victorino pasó al Domingo de la Feria. Ese día fue Antonio Ferrera quien ya en su etapa más madura se enfrentó a Disparate, un toro cumbre. Se repitió el triunfo de Ferrera en 2015 con otro toro enorme por humillación y recorrido, el recordado Mecanizado. A su lado, Escribano cortaba una oreja como aperitivo de la gran fiesta que estaba por llegar en el año 2016.

El día 13 de abril fue el día de la consagración para la eternidad en Sevilla de Victorino Martín. Entre varios toros con casta y bravura salió Cobradiezmos y se encontró con Manuel Escribano que logró su indulto. Ya el viejo ganadero no pudo presenciar en directo el acontecimiento. Su hijo, digno sucesor de su categoría ganadera, paseó el anillo maestrante con el torero de Gerena. Ese mismo día Paco Ureña le cortó las dos orejas a Galapagueña, otro producto de casta y bravura de pelo cárdeno.

La de este año fue otra corrida variada con ese toro llamado Platino que cuajó el nuevo Antonio Ferrera, ya de vuelta a los ruedos después de su ausencia en 2016 por una lesión.

En definitiva, 18 corridas de toros y uno más en la corrida de seis de Manzanares. Y muchos toreros en la gloria, como El Tato, Pepín Liria, El Cid, Antonio Ferrera, Paco Ureña y Manuel Escribano como nombres más destacados. Nombres de toros inscritos con letras de oro en la historia del toreo en Sevilla, aunque el nombre de Cobradiezmos lo eclipsa todo. ¿Quién le iba a decir al bueno de Victorino que sería necesario e imprescindible en Sevilla? Le dio tiempo a saborear su triunfo. Se ha marchado con ese buen sabor de boca de que ha conquistado la Maestranza, una plaza que al principio parecía maldita y que acabó rendida a sus pies.

Publicado en El Mundo

Adiós, Victorino


Por FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN.
¡Cómo no te voy a conocer!, me dijo Victorino hace un par de años en Valladolid, al acercarme a la meseta de toriles de la plaza de toros, donde se había instalado junto a su nieta Pilar, al terminar una multitudinaria manifestación a favor de la Tauromaquia. Al ver su mirada perdida y su meneo de cabeza, como ausente ante mi presencia y ante aquella magnífica concentración de la gente del toro, le tuve que preguntar medio enfadado: ¿Pero es que no me conoces? Fue al iniciar el abrazo habitual de nuestros cada vez más espaciados encuentros cuando me percaté de la gravedad de su estado. ¡Cómo no te voy a conocer!, me espetó al cabo de unos minutos, probablemente porque un rayito de lucidez se abrió paso entre el celaje de su memoria. Pero me dejó preocupado. Muy preocupado. Y ahora, hace un momento, me acaba de llegar la noticia: ha muerto Victorino.

A Victorino le conocí cuando (taurinamente hablando) a ninguno de los dos nos conocía nadie; cuando aquí el firmante hacía sus primeros pinitos como informador taurino y ya se había hartado de correr delante de los grises por los merodeos de los comedores universitarios del SEU, en aquél enfebrecido mayo del 68. De él, me impresionaba su radiante colmillo de oro, incrustado en la formación recia y amarilla de una formidable dentadura, pero sobre todo su locuacidad, su desparpajo y su asombrosa determinación de no claudicar ante nada ni ante nadie que le tocara, siquiera fuera tangencialmente, la dignidad. Tenía encerrados en su hato de Galapagar una piara de toros fornidos, enterizos, soberbios, de pieles grises y cuernos buidos y brillantes, cuya mirada de acero causaba un respeto imponente. Unos toros de impresionante trapío que ningún torero –ni siquiera los que estaban más tiesos que una regla—querían ver ni en pintura. Me contaba entonces que estaba dispuesto a ceder una corrida completa ¡gratis! a la empresa de Madrid, para solventar la polémica entre El Cordobés y Palomo Linares, a la sazón a la greña en la disputa por una corrida de Galache para la feria de San Isidro. Y, de paso, naturalmente, darse a conocer entre el establihsment taurino ¡Qué tío, mi amigo Victorino! ¡Qué forma de ordaguear a los poderes fácticos de la Fiesta! ¡Qué huevos! Aquél ejemplar tan especial de la raza humana me ganó para los restos.

A partir de entonces –y porque los azares de la vida así lo quisieron—seguí de cerca su meteórica carrera como criador de reses bravas. Por tanto, pude disfrutar de su apabullante despegue, por encima de sus compañeros de crianzas, que no de fatigas. Y hasta me hizo un hueco en cosas de su privacidad, comiendo cocidos en su casa de Galapagar, y alubias con chorizo en el cuartito de estar en Monteviejo; pero sobre todo, me hizo el honor de compartir largas horas, días y años en su gratificante –bien que intermitente– compañía.

Llevo mucho tiempo en continuo contacto con su hijo, también Victorino, amigo del alma, con quien he solapado tantas confidencias, personales y profesionales, y tipo cabal donde los haya. Le acabo de telefonear y no descuelga el móvil. Lo entiendo. Debe estar abrumado, agobiado, desbordado por el aluvión de llamadas interesándose por tan infausta noticia, una noticia que no por esperada deja de ser dolorosa, de las que le dejan a uno aplanado. Ha muerto su padre, y con independencia de la edad y de las circunstancias penosas en que vivía en los últimos meses, un padre es un padre. Y más si el padre se llama Victorino Martín Andrés.

A la hora de los obituarios —increíble lo de este malhadado año, Señor—se contarán las vicisitudes y los avatares de este tío paleto, descarado y atrevido, que tuvo la osadía de hacer de un proyecto utópico una realidad maravillosa: recuperar un encaste de bravo emblemático que se había medio perdido entre las verdes praderas de las dehesas y los verdes tapetes de los casinos: los albaserradas del marqués que un marranero de Palazuelo de Vedija se llevó previo vaciado de sus alforjas reventadas de dinero. Unos toros que, en manos de sus herederos, andaban de acá para allá, sin que apenas nadie les echara cuentas… hasta que Victorino y sus hermanos Venancio y Adolfo hicieron piña y comenzaron la aventura.

De la aventura hablarán o escribirán, si a bien lo tienen, los compañeros de la información taurina y algún que otro aventurero en estos menesteres. La mayoría citarán lugares comunes, datos de toros, triunfos sonados, encuentros y desencuentros con empresas, taurinos, toreros y aficiones. Les puedo asegurar que Victorino jamás dobló el lomo ante ellos, ¡faltaría más! Iba a lo suyo, y lo suyo era el toro y su crianza, el toro íntegro, el serio, el que ponía las peras a cuarto al más pintado… o metía el morro a ras de la arena, con una nobleza extraordinaria. ¡Había que verle en esos tentaderos, abroncando a quien creía que lo merecía, sin distingos de rangos ni pijadas!

Le quisieron involucrar en tejemanejes espurios o burdas añagazas. Fracasaron los viperinos y los envidiosos. Victorino Martín Andrés ha puesto un jalón indestructible en la historia de la ganadería brava del mundo y de la Tauromaquia en general. Lo he dicho y escrito tantas veces que no me importa repetirlo ahora: es el mejor ganadero de lidia de todos los tiempos, porque sobre su talento, su intuición, su capacidad de trabajo y su imperturbable honestidad, se fue erigiendo un criador de bravo desde abajo, un ganadero sin apoyo de herencias, apellidos, ni otras zarandajas. Un ganadero ejemplar. Un fenómeno irrepetible, me atrevo a decir. Y no quiero abundar más en panegíricos o semblanzas por si alguien pudiera creer que se incurre en el ditirambo. Victorino estuvo, y está, muy por encima de todo eso.

A pesar de los temores por la evolución de su último arrechucho, hace tan solo cuarenta y ocho horas, ahora que nos abandona siento que un vacío extraño y una rara melancolía va ganando espacio en mi ánimo. Ya no sé qué decir. Solo sé que se me ha ido un amigo. Uno de mis buenos amigos, de los mejores que he podido espigar entre las besanas de la gente del toro.

Adiós, Victorino. Te echaré de menos. Ya lo estoy haciendo. Como te conozco, no me extrañaría que abandonaras este perro mundo rescatando el resplandor de tu potente colmillo de oro, tratando de alumbrar el oscuro panorama, taurino, político y social que aquí nos dejas. Lo digo porque te conozco bien. ¡Cómo no te voy a conocer!

Que la tierra te sea leve, ganadero

El perrillo de Fermín Mondaraiz Mosulén, émulo del Perro Paco, tratando de animar al Belador para volver a los corrales tras su indulto. Corrida de la Prensa 1982.

Por José Ramón Márquez.

Y dicen que Marqués de Albaserrada, y el buen hombre tuvo la ganadería tan sólo ocho años; y dicen que Marqués de Albaserrada cuando el que ha hecho la ganadería, el que la ha dado fama, el que ha proclamado urbi et orbe lo del Marqués ha sido un paleto de Galapagar que se llama, se llama porque siempre se va a llamar, Victorino Martín, que dicen que se acaba de morir pero que no se va a morir nunca mientras permanezca el recuerdo de todos los Albaserrada que nos ha dado, desde su presentación en Madrid con los del 69, que fueron veinte veces al caballo, hasta los del 82 y el Belador, que no había quien fuese capaz de meterlo al chiquero después de indultado.

Victorino nos ha acompañado toda la vida de nuestra afición y aunque a veces haya estado por debajo de la altísima exigencia que siempre le hemos puesto, nunca ha dejado de echar uno al menos que él sólo valía por toda la corrida, por toda la Feria.

Victorino y sus toros tobilleros de Ruiz Miguel, de Manili, de El Cid; Victorino y sus “toros que hacen el avión”, Victorino compitiendo con Miura en Madrid y echando la corrida impresionante de la Feria del año 14, con ese toro Vengativo, número 27, ese despliegue de casta, de fiereza, esa explosión primitiva de fuerza, de sentido. Y dicen que Albaserrada, por ocho años que lo tuvo. Y ahí, como un titán, Victorino, que no se refugia en la cosa del minoritario, que no está a ver si vende en Francia una corrida a un pueblo con dos mil espectadores, que está en Sevilla y en Valencia y en Bilbao y en Gijón, y en Madrid, poniendo su verdad frente a todos los inmundos ganaduros de eliminando lo anterior, que Victorino no sólo no elimina sino que hace mejor lo que ya era bueno y no se apea de su verdad: la verdad del toro, del cárdeno como bandera y, de vez en cuando del negro “que procede de lo ibarreño”.

Hoy con el tránsito de Victorino Martín Andrés, no por anunciado menos doloroso, se va uno de los responsables de la propia afición, que si uno se hizo aficionado a los toros fue por toros como los de Victorino. Hoy habrá podido encontrarse por las dehesas celestiales con don Vicente José Vázquez y mirarle a la cara de tú a tú, con su sonrisa de tratante, de hombre sabio del campo, de gran ganadero de reses de lidia.

Que la tierra te sea leve, ganadero.

Publicado en Salmonetes ya nos….

Ganadero de Época 

De SOL y SOMBRA.

Victorino Martín puso su persona por delante del personaje que convivió con él durante más de cuarenta años. Una época del toreo y un personaje de época. Ni el brillo de la popularidad ni el aura de la fama llegaron a cegarle. Fue de una cercanía nada común con la gente del toro y también con gente ajena al toreo, en grado distinto pero no distante. Don de gentes cautivador, irresistible en tardes de toros cualquiera que fuera la plaza donde lidiara. Madrid, Bilbao, Sevilla o Logroño, feudos fijos propios. Castellón, Valencia, Bayona, Santander, Zaragoza, San Sebastián, Mont de Marsan o Azpeitia, y en su día Nimes, donde llegó un año a lidiar tres corridas dentro de una sola feria. En plazas menores donde se anunciaran corridas suyas, Victorino se convertía en protagonista. Una personalidad magnética.

Se retrataba por su elocuencia, su bello timbre de voz serrana y su sonrisa entre socarrona y transparente, pero, sobre todo, por su mirada profundamente expresiva, frontal, directa y aguda, más veces brillante que preocupada. El optimismo como razón de ser. En momentos difíciles de su vida familiar y de su vida profesional, que los hubo, Victorino fue el mismo que en sus muchas tardes de gloria como ganadero en plaza y, desde luego, en la intimidad del campo como criador de bravo. Sus fincas de Cáceres han pasado a ser recintos de culto.

La fuerza de carácter, la fidelidad a una idea, la perseverancia y la intuición. Sobre esas bases se pusieron y sostuvieron en pie el ganadero y el personaje, fundidos los dos por una pasión irrenunciable por la fiesta de los toros. Victorino fue un aficionado extraordinario.

Educado taurinamente en Las Ventas en los años cuarenta y cincuenta, se hizo ganadero de bravo no por efecto del primitivo negocio de carnicería de su familia sino por sus ideales de aficionado, traducidos en la defensa de la integridad del toro y en la recuperación de un encaste, el de Saltillo-Santa Coloma, que estaba al borde de la extinción cuando Victorino y sus hermanos Venancio y Adolfo compraron a mediados de los años 60 la ganadería de Escudero Calvo, contaba el propio Victorino, «a la puerta del matadero» de Galapagar donde iba a ser sacrificada.

La aventura de lanzarse a un mercado de bravo hermético fue de alto riesgo, pero se cumplió la máxima romana del ‘audaces fortuna iuvat’ y solo quince años después de sus primeros, aislados y sonados éxitos en Madrid Victorino estaba instalado en el olimpo de los ganaderos. Detractores y zancadillas, más de un poderoso enemigo, vetos encubiertos, pero fueron muchísimos más los partidarios y los apoyos incondicionales, que hicieron de Victorino un regenerador de la fiesta y una voz de indiscutible autoridad en el mundo del toreo a partir, sobre todo, de la llamada Corrida del Siglo, en junio de 1981 en la plaza de toros de Madrid. Espectáculo memorable.

En el trato cercano con los periodistas taurinos Victorino fue respetuoso, afectuoso, sincero y sin dobleces. El mismo en las duras que en las maduras. Los años trabaron en la mayoría de los casos una fiel amistad, que en mi caso echó raíces una noche de 1989 en el Hotel Bahía de Santander. Victorino había lidiado por primera vez en la plaza de Cuatro Caminos una corrida brava de muy desiguales hechuras. El sexto, el de mejor nota en mi opinión, fue uno de los toros más feos o raros en el largo historial de la ganadería. Un toro muy escurrido y largo, algo deforme, los cuernos como un manillar de bicicleta. Lo toreó muy bien Rafael El Boni. Dos orejas, sí, pero cuando llegué a la recepción del hotel observé que Paco Gil, el empresario que recuperó Santander para los toros, y Victorino discutían en tono mayor. Supe después que por el precio de ese toro tan feo, que había sido muy protestado. Antes de retirarme, me despedí de Victorino, que estaba a punto de marcharse, y le di la enhorabuena. Por la corrida y, sobre todo, por ese toro, que me había entusiasmado. Y se acabó la disputa. «¿Ves…?», le dijo Victorino a Paco Gil.

Publicado en 

Rubén Amón indulta a Victorino Martín: “Elevado como un dios de la tauromaquia, se ha marchitado en su finca de Coria”

Procede asomar el pañuelo naranja que es el que se estila en el mundo taurino para indultar un toro bravo, aunque más que a un toro bravo vamos a indultar a un ganadero. Y no a cualquiera, sino al más importante de las últimas décadas.

Por Rubén Amón.

Me refiero a Victorino Martín, cuyos ejemplares saldrán de los chiqueros con la divisa negra. Que se nos ha muerto el hombre que les dio la vida. Tanto se identificaba con ellos el viejo ganadero que a los toros de Victorino se le llaman los victorinos. Y hasta los vitorinos.

Y se le parecen a él en el comportamiento. Listos, bravos, despiertos. De mirada intimidatoria. Y de buena memoria, pues el victorino se acuerda de lo que se deja detrás, aunque no sea Victorino Martín un hombre rencoroso.

Ha sido más bien un trabajador, un entusiasta, un visionario. Y ha llegado a enorgullecerse del apodo con que le despreciaban los señoritos. El paleto de Galapagar, pues fue en Galapagar y en la sierra madrileña donde Victorino transitó de la la carnicería a la ganadería, redimiendo un hierro desahuciado, Escudero Calvo, que ha convertido en leyenda.

Llenaba las plazas Victorino como una primera figura y ganaba tanto dinero como ellas, aunque hacá tiempo que no le veíamos en ellas. Y echábamos de menos su carisma de tratante, sus muelas de oro, sus manos cuarteadas de currante, su sonrisa burlona, solar.

Y las cornadas que no se le ven. No ya las metafóricas. Que su padre fue ejecutado en Paracuellos, sino las que le propinó un semental de su ganadería, Hospiciano. Pues los victorinos no agradecen ni la mano que les da de comer. Por eso es tan difícil torearlos. Y por la misma razón te lo pueden dar todo y quitártelo también.

Se amontonan los hitos, los trofeos. Los toros indultados, Belador, Cobradiezmos, los toreros insomnes, pero todavía se evoca la corrida del siglo, cuando Ruiz Miguel, Esplá y Palomar salieron hace 35 años a hombros en Madrid.

Y cuando lo hizo el propio Victorino, elevado como un dios de la tauromaquia que se ha marchitado en su finca de Coria, 90 años cumple, pero que tiene garantizada la simiente de Hospiciano. Y a un hijo tan sabio como él que naturalmente se llama Victorino.

Publicado en: Onda Cero

Al alimón: Recuerdos de la “corrida del siglo”


Por El Molinero.

Dentro de los tesoros de la historia que hay guardados en internet está la tarde más memorable de toros del siglo XX, al menos en España. Fue el día en el que la suerte se acompasó con la maestría y con ello se dio una muestra excepcional de técnica torera.
El primer día de junio de 1982 se realizó la vigésima corrida de la temporada de San Isidro, en Madrid, con un cartel compuesto por Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar.

Los toros no podían ser otros que los de Victorino Martín, que llevó a “Pobretón”, “Playero”, “Gastoso”, “Director”, “Carcelero” y “Mosquetero”. Y es que sobre el último, todavía parece que la tarde hubiera sido narrada por el mismo Alejandro Dumas.

Casta, nobleza y trapío, todo lo que se sueña en un toro que corre por el redondel, estuvieron allí. De hecho, muchos pensaron que se trataba del futuro de la torería, pero otros, muy acertados, aseguraron que era la tauromaquia en su manera original.
De expectativas

Ruiz Miguel, en su primero del lote asignado, logró una oreja, pero dio dos vueltas al ruedo por aclamaciones de “¡torero, torero!”. En su segundo, nuevamente dio la vuelta al ruedo con otra oreja para su palmarés.

Luis Francisco Esplá fue ovacionado, pero no logró oreja en su primero. Tuvo después su momento de desquite con una media estocada que le consiguió dos orejas, luego de un éxtasis de banderillas.

A su turno, José Luis Palomar logró dos orejas en aquella tarde. De nuevo las aclamaciones y las ovaciones llegaron desde los tendidos, con una oreja que se tradujo por segunda vez en una doble vuelta al ruedo. Concluyó su tarde con otro apéndice.

Tal sería la dicha de aquella tarde y noche que portales y aficionados, como Sol y Moscas, reseñan que “el ganadero, el mayoral y los tres espadas dieron la vuelta al ruedo […] y al acabar la corrida salieron a hombros por la puerta grande”.

Banderillas de color

El quinto toro de la jornada le entregó las llaves a Luis Francisco Esplá para que se luciera como los filósofos de la tauromaquia lo habían pensado siglos atrás.

¿Cómo se puede jugar la vida de una forma tan señorial (ver video en 1:46:50) y luego deleitarse con la suerte del trapecista? La imagen vale más que mil palabras en este caso.

Solo queda la invitación para disfrutar con la historia que se hizo hace ya prácticamente 35 años.

Véala

Usted puede ver la corrida del siglo aquí:


Publicado en La Patria

Victorino Martín 


Por Antonio Lorca.

Victorino Martín
ha muerto. “El mejor ganadero del mundo”, “el defensor de la tauromaquia íntegra”, “infatigable y ejemplar ganadero”, “un personaje fundamental en la historia de la tauromaquia moderna”, “ganadero de leyenda”… Martín admite todos los calificativos posibles que traten de explicar la grandeza de un criador de toros bravos. Y todos se los ganó en el ruedo, donde sus toros han demostrado muchas tardes que la casta, la bravura y la nobleza son ingredientes posibles e imprescindibles para el mantenimiento de una fiesta necesitada de emoción. El pasado domingo había sufrido un “severo accidente cerebrovascular”. La familia prefirió no hospitalizarlo y permaneció en observación en su finca de Extremadura, rodeado de sus seres queridos y atendido por un equipo médico.

“La familia Martín comunica con gran tristeza que ha fallecido Victorino Martín Andrés hoy a las 15.00 horas en su finca Monteviejo rodeado de sus seres queridos, después de llevar varios días luchando por su vida tras sufrir un accidente cerebrovascular”, ha informado la familia en un comunicado colgado en su página web.

Victorino Martín (Galapagar, 1929) había cumplido ya los 88 años, y hacía algún tiempo que había pasado el testigo a su hijo. Pero su nombre ha seguido siendo y será por mucho tiempo sinónimo de ganadero revolucionario, un puntal esencial de la segunda mitad del siglo XX, buscador incansable del toro auténtico y millonario en ejemplares de toros bravos que han desparramado la pasión en los ruedos.

Su trayectoria demuestra que ha sido un ganadero intuitivo, inteligente, independiente, íntegro y sagaz, sin pelos en la lengua y defensor de la autenticidad. No procedía de noble estirpe ganadera, ni falta que le hizo. Prefirió siempre servir al aficionado antes que al taurinismo, y así de bien le ha ido. Ha sido un autodidacta cargado de sentido común y con un olfato especial para acertar con las necesidades de la fiesta moderna.

Comenzó a trabajar siendo un niño, con los rescoldos aún de la Guerra Civil y tras haber perdido a su padre en el triste episodio de Paracuellos. Dos años en un colegio de los Hermanos Maristas le sirvieron para ser un sabio, y sus primeras faenas, siendo aún un zagal, se relacionaron con el negocio de las carnicerías y la compra y venta de ganado.

Junto a sus dos hermanos varones se especializó en el montaje de festejos populares con ganado morucho, y en 1969 compró un lote de la ganadería de Hermanos Escudero, procedencia Albaserrada, y lidió la primera novillada el 30 de abril del año siguiente en Zaragoza.

El 29 de junio de 1964 salió a hombros por vez primera en Aranjuez, y en 1965 se anuncia con novillos en la plaza de Las Ventas.

Un semental, de nombre Hospiciano, estuvo a punto de desbaratar una bonita historia el 12 de junio de 1968. Tras una dura pelea con otro toro, sorprendió a Victorino y lo corneó hasta nueve veces. Las aguas de un río cercano fueron providenciales para el criador, que superó el muy grave accidente, aunque tardó varios meses en su completa rehabilitación.

Pronto llegarían los éxitos, la expectación, el reconocimiento y los premios. Baratero fue el nombre del primer victorino al que se le dio la vuelta al ruedo en Madrid, momentos antes de que su matador, Andrés Vázquez, paseara las dos orejas. Era el verano del 1969.

En 1982, el 1 de junio, se celebró en Las Ventas la llamada “corrida del siglo”: toros de Victorino Martín, para Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá y José Luis Palomar. Los tres toreros y el ganadero salieron a hombros en una tarde apoteósica que ha pasado a los anales del toreo.

Pero un mes y medio más tarde, saltó al mismo ruedo el toro Belador, que le tocó en suerte a Ortega Cano. Ambos, toro y torero, salieron triunfadores. Belador volvió a la dehesa convertido en el primer toro indultado en Las Ventas, y el diestro se consagró como figura.

Desde entonces, 11 toros más de Victorino han vuelto al campo, entre los últimos figura Cobradiezmos, indultado en la Feria de Abril de Sevilla de 2016.

Después de Belador, volvieron a la finca Garboso, Pelotero, Muroalto, Molinito, Melenudo, Esclavino, Estudioso, Melancólico, el citado Cobradiezmos, Plebeyo y Platónico. Y el pasado 23 de septiembre, en la feria de Logroño, se le dio la vuelta al ruedo al toro Verdadero, el último premio del que Victorino ha podido disfrutar en vida.

Y ahí sigue la ganadería de la familia Martín, en todo lo alto, con el máximo prestigio ofrecido por una afición emocionada con la casta del toro bravo.

En 2004, recibió el II Premio Nacional Universitario en Tauromaquia Joaquín Vidal; en marzo de 2014, Martín recibió la Medalla de las Bellas Artes, y acertó a decir que había alcanzado el éxito gracias al trabajo, la lucha, la afición y la suerte. Y en junio de 2015, la Comunidad de Madrid colocó un azulejo en la Puerta Grande de la plaza madrileña con la siguiente leyenda: “A Victorino Martín Andrés, ganadero infatigable y ejemplar, defensor de una tauromaquia íntegra, leyenda de la cabaña brava española”.

Retirado el padre, es Victorino hijo quien dirige la ganadería. Pero quedará siempre el sello de un ganadero legendario, un hombre rural, de rudos ademanes y análisis tan simplistas como acertados.

Muchas de sus reflexiones han quedado para historia. “El mayor cáncer del toreo es hacer un toro que no moleste; el bravo exige, molesta y hace sudar”, dijo no hace mucho.

Por eso, entre otras razones, el pasado 13 de septiembre, el Rey Don Felipe le hizo entrega, con todo merecimiento, del Premio Nacional de Tauromaquia. También es casualidad que ese fuera el último acto público al que asistió Victorino Martín Andrés, un ganadero mítico.

Publicado en El País.